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La noche de París después del terror

A un año de los ataques en Bataclan y otros lugares, las fiestas y salidas debieron adaptarse, incluso ocultarse, para garantizar la seguridad y volver a seducir a los extranjeros. Los organizadores ahora tienen que incluir en sus presupuestos los costos de personal armado o hasta añadir altas dosis de misterio y secretismo acerca del sitio en el que se realizará un evento.
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Hay que bajar por una rampa, seguir un camino que bordea el agua, pasar debajo de un puente y traspasar un molinillo que prohíbe el paso. Estoy en el puerto del Arsenal, espacio al que jamás bajé y sin charme especial salvo porque, en este punto, el canal Saint-Martin, que previamente pasa por debajo de la plaza de la Bastilla, desemboca en el Sena. En un lugar improbable, unas recepcionistas me piden mi nombre. Al mismo tiempo que aparezco en la lista, unos mozos se presentan con mi copa de champagne y un patovica vestido de traje inspecciona mi cartera.

Entro en un hangar oscuro y me topo con una mesa iluminada y alargada alrededor de la cual comen 100 personas. “Disfrutá. Bienvenida a una noche increíble”, me dice Foulques Jubert, el organizador de la fiesta. La noche continuará con un rapero francés muy conocido pasando música y arengando, bailarinas de pole dance haciendo acrobacias tomadas de un caño y gente que se divierte hasta las 2 de la mañana. Todo bajo la supervisión de Jubert, un treintañero de altura discreta, vestido con moño, y novia despampanante que lo acompaña.

Durante un año, él viajó por 24 festivales en 13 países y hace cinco creó We Are The Oracle (WATO), una agencia de producción que organiza fiestas en lugares secretos, abandonados y delirantes, y hace soñar a los parisinos. La puesta en escena es única: una comida a la luz de las velas para 40 personas en las catacumbas de París, una pileta vaciada de sus 900,000 litros de agua que se convierte en pista de baile con restaurante submarino, un parque de skate en el norte de París rellenado con 60 toneladas de arena para recrear una noche épica en homenaje a Lawrence de Arabia, o un piso abandonado con 70 cuartos cerca del Arco de Triunfo en donde 650 personas beben champagne disfrazadas con pelucas de rulos blancos como un baile de máscaras veneciano.

Jubert me invita a subir a un gomón con otros cinco invitados y dos agentes de la protección civil que aseguran el recorrido. Es jueves, y como parte de la fiesta que organiza, propone este paseo náutico. La experiencia es única: con lanchas inflables se puede alcanzar una velocidad poco usual sobre el río de París. El viaje me permite contemplar la vida nocturna parisina desde otro ángulo. En los bordes del Sena se multiplican los grupos de amigos que hacen pícnic o toman algo. Un bateau mouche iluminado pasa lentamente y los turistas saludan.

La discoteca Faust, debajo de uno de los puentes, ya tiene las puertas abiertas, pero todavía no veo a nadie haciendo fila. El Rosa Bonheur sur Seine, ese barco anclado a la altura de los Inválidos, está lleno de gente que toma algo y baila mirando el agua. La noche parisina es plural y variada. A los cabarets, discotecas y fiestas privadas se suman esos espacios sociables como los bordes del Sena o del canal Saint-Martin y los jardines que en verano están abiertos toda la noche, sin olvidar las 4,000 terrazas, como aquí denominan a los bares con mesas al aire libre.



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A un año de los atentados del 13 de noviembre de 2015, lo que más rápido parece haberse recompuesto es el espíritu de los parisinos. Los cines y teatros están llenos, los bares vuelven a ser un lugar de encuentro y en varios restaurantes no se consigue mesa sin reserva previa. Salen, van a fiestas y a vernissages, organizan festejos en sus casas y de los ataques casi no se habla. Era un tema cotidiano y semanal, ahora con suerte es un tópico mensual.

El miedo inicial de no sentarse cerca de una pared vidriada en un restaurante o de ir a un concierto y rápidamente detectar las salidas de emergencia se sustituye por la reconquista del espacio público y de la vida nocturna, incluso con la apertura de nuevos lugares de celebración. Los parisinos se acostumbraron a ver militares en las calles día y noche, a escuchar sirenas todo el tiempo, a los controles de carteras en las entradas de centros comerciales, locales y museos, a los mensajes de vigilancia por altavoces y en pantallas del subte, a los simulacros en las escuelas y oficinas que ya no buscan solo preparar contraincendios, sino también contraatentados y tomas de rehenes. Readaptados al nuevo contexto, de a poco volvieron a vivir como antes solían hacerlo.

Poniendo en práctica ese pragmatismo que los caracteriza, eligieron no priorizar el miedo porque consideran que eso sería una victoria para los terroristas. Defensores férreos de los derechos adquiridos, prefirieron retomar sus costumbres en una suerte de reivindicación de la vida libre que protegen. Ese espíritu de reconstrucción viene acompañado por mayores medidas de seguridad, multiplicación de patovicas y complicaciones y costos adicionales para los organizadores de fiestas. Se suma, además, una baja del 30 % en la cantidad de turistas que visitan la ciudad, lo que repercute, sobre todo, en las discotecas que reciben a esta clientela, como las de los Campos Elíseos.

“El impacto de los atentados se siente sobre todo en el turismo, que se redujo. Pero los parisinos y los residentes de los alrededores, que son quienes salen mucho en París, tienen una capacidad de resiliencia increíble. No se dejan derribar. Desde enero volvieron a salir. Los dueños de los bares se quejan de la disminución de la clientela internacional, pero no de los locales. Los parisinos son gente abierta y, si algo les queda claro, es que no quieren caer en la trampa de los terroristas. La noche en París funciona y nunca estuvo tan viva”, asegura el consejero delegado a cargo de la noche parisina, Frédéric Hocquard.

Elegido por la alcaldesa Anne Hidalgo, él tiene la tarea de orquestar un consejo de la noche que reúne a los actores ligados con la vida nocturna de esta ciudad: dueños de bares, sindicatos de transportes, discotecas, policía. Pronto sumará también a noctámbulos para reflexionar en equipo sobre propuestas que dinamicen la noche. La municipalidad lanzó a fines de octubre, por primera vez, la operación París, capital de cabarets, que busca incentivar a parisinos y, sobre todo, a turistas, para que atraviesen esas puertas y descubran los espectáculos del Lido, del Moulin Rouge o del Crazy Horse.

Esos son, junto con algunas discotecas, como la selectiva Silencio (con decoración de David Lynch), Queens (sobre los Campos Elíseos) o Les Bains Douches (disco y hotel cuatro estrellas), algunos de los lugares más afectados por la baja del turismo. Esta disminución se suma a la ya generada por las dificultades económicas: muchos prefieren juntarse en sus casas o hacer un pícnic nocturno al borde del Sena en vez de gastar 100 euros en una noche en la discoteca.

Consciente de la baja del turismo en una ciudad que recibe 30 millones de visitantes por año, la ciudad también difundió una película promocional que busca volver a seducir a los extranjeros con imágenes emotivas de París, y anunció un plan estructural a largo plazo para incentivar el turismo y mejorar la calidad de la experiencia vivida. La noche forma parte de uno de los ejes que desarrollarán.


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Los atentados no lograron, sin embargo, debilitar la creatividad de la noche parisina. Al contrario, se abren nuevos bares y restaurantes y se inauguran discotecas en pleno París que tienen una identidad muy fuerte y que no buscan ser solo un club de botellas. Ejemplos: Les Nuits Fauves, 700 metros cuadrados de estética neo-punk y estilo underground, salvaje y eléctrico cerca de la estación Austerlitz, o l'Alpage en la Villette, un espacio decorado estilo hibernal con animaciones, sets de DJ, conciertos acústicos y espacios más chill como un bar premium para degustar el famoso vino caliente de los Alpes. La programación incluye noches como la del Rock'n'roll's not dead.

“Hay ganas de ir más lejos con propuestas culturales de lo más variadas y no ceder a una especie de presión. Hay un costado artístico muy fuerte y un compromiso de la gente que va más allá de la simple diversión, una juventud muy reivindicativa en la afirmación de sus libertades y sus ganas de expresarse, y por eso florecen los espíritus de la comunidad arty, gay, trans”, explica a La Nación la fundadora de la agencia de eventos culturales We Love Art, Marie Sabot. Junto con su compañero y socio, Alex Jaillon, crearon la empresa en 2004 con la intención de que la música electrónica saliera de las discotecas y llegara a lugares excepcionales.

Hoy se establecieron como referentes del mundillo parisino. Crearon, además, el festival We Love Green, cita ineludible de París desde 2011, con bandas actuales que tocan en un predio totalmente ecológico. A la edición de este año acudieron 50,000 personas. Son también ellos los organizadores de Peacock Society, festival de música electrónica que se hace desde 2013 en verano (40,000 personas) y en invierno (25,000), en el parque Floral.

Sabot confiesa que los atentados frenaron el crecimiento. “Hoy, en todos los encuentros que organizamos, tenemos que incluir dispositivos de seguridad que antes no existían. Para la última edición de We Love Green, por ejemplo, agregamos 60,000 euros para asegurar una doble barrera de control, con gente que patrullaba y con cacheos, y un estudio para visualizar en directo las imágenes de las cámaras de seguridad. Esta situación no cambiará a corto plazo. Estamos en un contexto de guerra a escala mundial. No vamos a dejar de organizar fiestas, pero posiblemente el precio de las entradas aumente porque esos costos adicionales van a incluirse en el modelo económico de los festivales”, cuenta Sabot.

Para la última edición de la Nuit Blanche, manifestación cultural masiva con instalaciones artísticas por toda la ciudad durante una noche, Sabot y Jaillon habían planeado una actividad en el Puente del Alma, por donde el público podría transitar libremente. Luego del ataque del 14 de julio en Niza, la prefectura les pidió que cambiaran de puente para que la seguridad del público estuviera mejor garantizada. Tuvieron que hacerlo al de los Inválidos. “Montar estas propuestas hoy, en épocas de terrorismo, cambió totalmente. No nos impide trabajar, pero tenemos que tener más coraje y anticipar mayores costos”, explica la fundadora.



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Sobre este punto coinciden todos. Los atentados conllevan mayores niveles de seguridad no solo en el día a día con el plan antiterrorista Vigipirate y miles de soldados desplegados por las calles, sino también en la organización de encuentros culturales y festivales. La situación es aún más complicada en iniciativas como las de Jubert, que se caracteriza por detectar lugares abandonados, poco conocidos e incluso ilegales para organizar sus fiestas secretas. Para el baile de máscaras veneciano, por ejemplo, organizado a finales de enero, tuvo que cambiar de lugar por el temor que provocaba hacer un evento tan atípico en ese período. Estaba previsto que fuera en un túnel debajo de la plaza de la Bastilla.

“Triplicamos los dispositivos de seguridad en términos de cantidad de gente y agregamos detectores de metales, algo que nunca habíamos usado. Y es cada vez más difícil obtener autorizaciones para hacer este tipo de fiestas. Por supuesto, eso no impide que se sigan haciendo cosas lindas, como el festival Rock en Seine justo un mes después de Niza y con los atentados de noviembre en la cabeza. Me contaron que en ese festival estuvo presente el Grupo de Intervención de la Gendarmería Nacional (GIGN), la unidad de élite antiterrorista de Francia. Eso no lo había escuchado nunca antes y ahora es lo que va a pasar en todos los encuentros que se organicen”, pronostica Jubert.

El treintañero no se equivoca. Durante la Eurocopa, en junio y julio últimos, para acceder a la zona de hinchas creada por la municipalidad, la Fan Zone, donde 92,000 personas podían ver los partidos en ocho pantallas gigantes, había que pasar dos filtros. En el primero, la policía nacional y los gendarmes verificaban la posible presencia de armas largas y evitaban el ingreso de potenciales atacantes suicidas. En el segundo, la palpación era completa: los paraguas, palos y botellas de todo tipo morían en un contenedor.

En tiempos de terrorismo, el entusiasmo y la alegría durante una manifestación masiva solo son posibles cuando el control y la contención son absolutos. Nada queda librado al azar. Como explica el subprefecto de la Policía, Yann Drouet, el riesgo de un atentado siempre está latente, porque las medidas no son infalibles, pero el objetivo es brindar la mayor seguridad posible e intervenir inmediatamente ante cualquier tumulto. En la Fan Zone, por ejemplo, hubo 1,000 policías, 400 agentes, 20 inspectores, 10 empresas de seguridad privada y 46 cámaras de vigilancia, además de las máquinas de detección de metales. El predio fue una especie de laboratorio de cómo se están transformando los encuentros masivos frente a la amenaza terrorista.

Director de una sociedad con 200 empleados que se encargan de la seguridad de establecimientos de noche, Tony Incera confirma que su actividad se duplicó y que sus ingresos se multiplicaron. Los clientes, que antes le pedían cuatro o cinco agentes para una discoteca por una noche, hoy le piden siete u ocho. “Antes, las palpaciones eran aleatorias y no revisábamos las carteras. Hoy palpamos a todo el mundo, contratamos personal femenino para que revise a las chicas y desconfiamos de todos. Todo el mundo es potencialmente peligroso. Empezamos a hacer cursos para aprender a esposar a la gente hasta que llegue la policía”, dice Incera a La Nación. Y asegura que los que menos salen son los turistas y los estudiantes extranjeros, lo que repercute en la actividad: lugares que antes eran utilizados entre 12 y 14 veces al mes para fiestas privadas hoy lo son solo para seis u ocho. “Lamentablemente, nadie puede saber dónde golpearán la próxima vez. Solo queda esperar. Somos espectadores de lo que sucede”.

Jubert ya tiene fecha para la próxima fiesta. El 24 de este mes disfrazará a 200 personas y las llevará a una fábrica abandonada y secreta para vivir una nueva noche excepcional. “En Tel Aviv hay ataques muy seguido y, sin embargo, las fiestas son increíbles. Lograron tener un espíritu que subsiste. Espero que París no siga esos pasos de violencia. Pero si se intensificara, quizá la solución sea la resistencia fiestera. Porque hay que seguir viviendo”.

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