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La peor recesión en 70 años marca el cambio de ciclo político

Caracas afronta serios problemas de financiación con el crudo en mínimos en seis años. La oposición ha anunciado que “se acabó el petróleo regalado” para los países de Petrocaribe que obtenían hasta el 50 % de su consumo a precios reducidos e intereses casi inexistentes gracias a las bondades del chavismo.
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Votos.  Los votantes caminan entre restos de la campaña electoral rumbo a los centros de votación. La inflación desbordada pesó al momento de decidir.

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Escasez.  Una mujer abandona el supermercado con algunas compras. La crisis por falta de productos es más sensible en los lácteos.

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Venezuela afronta severos problemas de liquidez y de poco servirá la victoria de la oposición para cambiar esa situación a corto plazo. La economía atraviesa su peor recesión en los últimos 70 años y con el petróleo en mínimos en seis años, las dificultades de financiación arrojan dudas sobre el pago de la deuda soberana y de la de su principal industria, la petrolera estatal PDVSA. Pese a todo, los bonos registraron hace una semana una fuerte subida por el resultado electoral.

Para una economía en la que el petróleo representa el 95% de las exportaciones y casi su única industria, el desplome en el precio del petróleo de los últimos 18 meses representa de facto una parte de defunción.

Venezuela ha dejado de ingresar el equivalente al 20 % del PIB en estos meses y sin un colchón de ahorro de los años de vacas gordas y escaso acceso a la financiación externa, todo el ajuste ha tenido que hacerse mediante la caída de las importaciones y la demanda doméstica. Las imágenes de las estanterías vacías y las largas colas en los supermercados explican claramente sus consecuencias.

China ha sido en los últimos años el principal financiador del régimen de Caracas. Los analistas calculan que desde 2007 Pekín ha desembolsado más de $56,000 millones en préstamos, a cambio de inversiones en proyectos petroleros, infraestructuras y barriles de crudo. Pero no resultó nada fácil acordar el último préstamo, por unos $5,000 millones en septiembre.

Pese a ello, las reservas se situaron el mes pasado por debajo de los $15,000 millones, frente a los $22,000 millones de finales de 2014. La situación es tan complicada que en los últimos meses el Gobierno ha vendido parte de sus reservas de oro, por el equivalente a unos $1,000 millones, y ha retirado reservas que mantenía en derechos especiales de giro en el Fondo Monetario Internacional (FMI) por otros 2,000 millones. Así, PDVSA pudo hacer frente a un vencimiento en octubre pero los pagos de la petrolera y el Gobierno para 2016 ascienden a $10,000 millones.

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“Si los fondos chinos no se mantienen, una suspensión de pagos de la deuda externa en los próximos años es más que probable”, explica Edward Glossop, economista de Mercados Emergentes de Capital Economics. “La gran concentración de vencimientos se produce durante octubre y noviembre del próximo año y dependerá en buena medida de la recuperación de los precios del petróleo y de nueva financiación procedente de China o de otras fuentes”, advierten los analistas de Barclays.

Los controles de capital impuestos desde hace 11 años por el Ejecutivo para intentar mitigar la fuga de fondos y la depreciación del bolívar no han surtido efecto. La divisa venezolana cotiza en el mercado negro por encima de las 900 unidades por dólar lejos de los 6.3 bolívares por divisa estadounidense que marca el tipo de cambio oficial. Eso explica que Venezuela tenga el dudoso honor de ser el país con la inflación más alta del mundo y ronde el 200 %, según las estimaciones del FMI.

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Peor que la crisis de 2002


Venezuela experimentó una crisis similar en 2002, tras el golpe para intentar derrocar al entonces presidente Hugo Chávez del poder, solo que aquella recesión fue relativamente corta y el PIB ya había vuelto al crecimiento en la segunda mitad de 2003. Aunque el gobierno de Nicolás Maduro ha dejado de publicar datos económicos oficiales, los indicadores apuntan que la economía se ha dejado un 10 %, “su peor recesión desde 1943”, apunta Glossop.

Dada la extrema dependencia del crudo que tiene Caracas, no es de extrañar que Venezuela encabezara la revuelta, en la pasada reunión de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), de los países que pedían un recorte de producción del cartel para impulsar los precios.

En una reciente entrevista, el propio presidente Nicolás Maduro apuntaba que los precios deberían subir al nivel de los $88 por barril para garantizar las inversiones de la industria a nivel global. No tuvo éxito. Y a los actuales niveles, que hace una semana rondaban los $40 para el de tipo Brent, el régimen venezolano tiene difícil subsistir.

Hay más que mala suerte. Todos los analistas hablan de una pésima gestión por parte de los últimos gobiernos venezolanos. “El deterioro de la infraestructura tras años de falta de inversión pública, el aumento de la criminalidad y la hostilidad hacia el sector privado, disuaden a los inversores”, sostiene Coface en un informe sobre el país. Recuperar esa confianza va a necesitar algo más que la subida del precio de los bonos registrada hace una semana en respuesta al resultado electoral.

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“No más petróleo regalado”, anunció el líder opositor venezolano Henrique Capriles como inicial y prioritaria declaración de intenciones, tras la derrota de Nicolás Maduro en las elecciones.

El rechazo de la oposición a la llamada diplomacia petrolera nada tiene de extraño, pues precisamente era este el corazón del chavismo en su proyección hemisférica e internacional. “Desde el inicio, para la revolución bolivariana el petróleo fue un eficaz instrumento de política exterior, útil tanto para fraguar un eje latinoamericano de izquierdas como para conseguir apoyo y votos en los organismos internacionales”, indica el economista cubano Carmelo Mesa-Lago.

Al diseñar el ALBA (Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América) como contrapoder a Washington en la región, Hugo Chávez y Fidel Castro –no hay que olvidar que el sueño bolivariano y su diseño práctico fue cosa de ambos– coincidieron en que la solidaridad sin dinero y combustible no era nada. Así nació en 2005 el bloque de Petrocaribe, inicialmente con 14 socios y hoy con 17 naciones de Centroamérica y el Caribe en sus filas.

En 10 años Petrocaribe suministró 301 millones de barriles de crudo a precios preferenciales a los países firmantes, nada menos que un 40 % de sus necesidades, según datos oficiales.

En algunos casos, la generosidad de la escala de financiamiento llega al 50 % de la factura petrolera, a lo hay que sumar dos años de período de gracia con intereses bajos, de entre el 1 % y el 2 %. Hasta los convenios prevén plazos de pago de 17 a 25 años si el precio del petróleo en el mercado internacional es elevado.

El sueño bolivariano y sus matemáticas generaron durante una década lealtades poderosas en una comunidad de países siempre castigados por la crisis, léase República Dominicana, Guyana o Nicaragua.

La ayuda bolivariana, bien en petróleo o sus derivados solidarios –como la diplomacia de las batas blancas, de los médicos cubanos–, también llegó estos años puntualmente a la mesa de los aliados ideológicos del ALBA, Ecuador y Bolivia entre otros, y a la de amigos como el Uruguay de Mujica o la Argentina de Cristina Fernández, través de acuerdos con grupos regionales como Mercosur.

Países como Cuba tenían, además, convenios bilaterales con Venezuela que suponían elevados subsidios –la isla recibía 105,000 barriles diarios a precios preferenciales–, pero ahora todo esto peligra, señala Mesa-Lago. “La abrupta caída de los precios del petróleo ya había obligado al Gobierno de Maduro a reducir las ayudas. Hoy, con la victoria de la oposición, el nuevo Parlamento seguramente revisará todos estos acuerdos”, señala. El Caribe ha de prepararse para el fin del petróleo a precio bolivariano.

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Más dificultades


El lunes en la madrugada, en una reacción inmediata tras el primer boletín oficial sobre los resultados de las legislativas, que mostraba una dura derrota del oficialismo, Nicolás Maduro se dijo “tranquilo de conciencia y de alma”. Sin embargo, los resultados abren un complicado escenario para el debilitado líder, en el que jugarán un papel los militares, que en una inusual comparecencia llamaron a la calma mientras las autoridades tardaban en dar el recuento.

El mandatario venezolano reunió en un salón del Palacio de Miraflores de Caracas a la plana mayor del bando bolivariano, para dar en la transmisión de TV una imagen de unidad ante la adversidad. “Hemos hecho lo que había que hacer para proteger al pueblo y para ser leales a Hugo Chávez”, dijo Maduro, quien atribuyó la abultada derrota a la “guerra económica”, la escasez crónica de productos de consumo básico, como quien habla de una fatalidad: se hizo lo mejor que se pudo en esas condiciones.

Pero el rey había quedado desnudo. En manos de Maduro no solo se ha dilapidado el caudal electoral del chavismo, su más importante fuente de legitimidad. También el propio Maduro, en lo personal, se ha visto despojado en poco menos de tres años del aura casi mística que le había otorgado el propio Hugo Chávez al elegirlo públicamente como su sucesor en diciembre de 2012. Con el 78 % de participación en las urnas, no cabe duda de que votantes consuetudinarios del chavismo, en vez de abstenerse, votaron en contra de la propuesta bolivariana.

El chavismo sabe poco de perder. En 19 elecciones, su única derrota por un margen milimétrico se había registrado en 2007, con el revés de la reforma constitucional propuesta por Chávez, que el propio comandante calificó como una “victoria de mierda” de la oposición. Su primer cataclismo electoral se produce justo el día en que se cumplían 17 años de la victoria original de Chávez en las urnas, en diciembre de 1998. Con excepción de Maduro, la alta dirigencia revolucionaria ni siquiera atinaba a tomarse a mal la derrota. Inusual comparecencia.

Lejos de este tablero de ajedrez, durante la jornada del domingo, también parece haber quedado resentido un soporte fundamental de la autodenominada Revolución Bolivariana: la incondicionalidad de las Fuerzas Armadas. El ministro de Defensa y jefe del Comando Estratégico Operacional (CEO), general Vladimir Padrino López, hizo una inusual aparición en las pantallas de televisión ese domingo en la noche, cuando el Consejo Nacional Electoral (CNE) tardaba en informar sobre los resultados y los rumores sobre fraude y arreglos tras bastidores hervían en las redes sociales.

En compañía del alto mando militar, todos en uniforme de campaña, Padrino López pidió a los venezolanos esperar con tranquilidad los resultados.

Según versiones sin confirmar, la alta oficialidad dio, durante ese tenso domingo en la noche, señales de que no contestaría ninguna emisión de resultados que reflejara algo distinto a la realidad de los votos. Habría sido la primera señal de que los militares ya no están dispuestos a acompañar al gobierno chavista en cualquier escenario.

En el plano internacional, los medios oficialistas destacaban una carta del presidente cubano, Raúl Castro, en la que augura a Maduro “nuevas victorias (…) bajo tu dirección”. Puede tomarse como un espaldarazo de la influyente jerarquía cubana al presidente venezolano. Pero el liderazgo de Maduro queda tocado.

El chavismo dejó de ser imbatible y algunas figuras alternativas pueden sentir no una oportunidad, sino un deber, el disputar la conducción del movimiento para recuperar esa condición. En el Estado de Barinas (llanos suroccidentales de Venezuela), la cuna geográfica de la dinastía Chávez y baluarte oficialista, los candidatos de oposición ganaron en todos los circuitos. Tal es la magnitud del descalabro electoral.


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La embestida


El presidente venezolano, Nicolás Maduro, pidió la renuncia del gabinete ministerial en pleno. La medida es parte de una serie de gestos con los que el líder de la revolución bolivariana intenta recobrar la iniciativa tras el duro correctivo de las elecciones parlamentarias.

En la acostumbrada emisión de su programa semanal, “En contacto con Maduro”, el mandatario declaró la guerra institucional a la Asamblea Nacional que apenas se instalará a comienzos de enero y que contará con la mayoría absoluta (dos tercios) de la oposición. “A cada medida que tome la Asamblea le tendremos una reacción, constitucional, revolucionaria y, sobre todo, socialista”, advirtió.

La primera de ellas, dijo, es que vetará la ley de amnistía para liberar a los presos políticos que la oposición ha dicho que aprobará nada más configurarse la nueva Asamblea.

Como muestra de lo que viene, Maduro adelantó que promulga una ley de estabilidad laboral para proteger a los empleados y funcionarios del Estado durante tres años. También otorgó en comodato por dos siglos las instalaciones del Cuartel de la Montaña –antiguo Museo Histórico Militar de La Planicie, al noroeste de Caracas– a la Fundación Hugo Chávez, que preside la hija mayor del desaparecido comandante, Rosa Virginia Chávez. En el lugar reposan desde 2013 los restos del líder revolucionario, que el oficialismo teme que el nuevo legislativo ordene remover.

También Maduro, junto al número 2 del chavismo y presidente de la actual Asamblea, Diosdado Cabello, ha dejado saber que el parlamento en funciones, dominado por el oficialismo, se apresurará en nombrar antes del próximo fin de la legislatura a los magistrados para doce cargos vacantes en el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ).

Según ha trascendido en medios políticos, el chavismo se apresta a usar a la máxima corte como frente de contención contra los mandatos de la nueva asamblea. La apuesta será por la crisis institucional y la confrontación. “No tengo dudas de que estaremos juramentando a los nuevos magistrados antes de finales de año”, dijo Cabello ante la mirada aprobadora del presidente.

Como primera autoridad del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), Maduro también convocó a los 980 delegados de la formación gubernamental a una reunión extraordinaria en Caracas con el fin de afinar estrategias “para la nueva etapa que viene” tras el abrumador triunfo opositor en las elecciones parlamentarias. Maduro busca controlar los daños a su liderazgo interno e insiste en que la derrota responde a los efectos de una guerra económica contra el chavismo.

“Hay que ser autocríticos”, exhortó a sus compañeros en una reunión con gobernadores de provincias y diputados recién electos en el Palacio de Miraflores. “Pero que no sea para autoflagelarse, para la catarsis, sino para la acción”, añadió.

Durante la transmisión televisada del martes en la noche, desde el Cuartel de la Montaña, Maduro insistió en recordar que hace tres años, en una fecha igual, el comandante Chávez, quien entraba en la etapa final de su agonía por un cáncer que finalmente le costó la vida, lo nombró como sucesor. Ha criticado a los electores de clase popular que votaron por la oposición: “Ustedes votaron contra ustedes mismos”, les recriminó, “yo quería construir 500,000 viviendas el próximo año, entregar 100,000 taxis comprados a China, pero ahora tengo dudas de que lo pueda hacer con una asamblea dominada por el fascismo; yo les pedí el apoyo y no me lo dieron”.

Tras la derrota, el chavismo, que no está acostumbrado a la convivencia con adversarios en mayoría, se ha mostrado escasamente conciliador. El propio presidente Maduro, que al votar había anunciado la disposición a reunirse con los diputados recién electos para identificar “puntos de encuentro”, ha puesto empeño toda la semana pasada en caracterizar a la nueva fracción parlamentaria de oposición como punta de lanza de una ofensiva “de la contrarrevolución”. En su intervención del lunes pasado, Maduro alertó que, todavía sin haber tomado posesión de sus escaños, la nueva bancada de oposición pretende derogar leyes que el mandatario considera de “protección al pueblo”, como la llamada de “precios justos”.

Jorge Rodríguez, alcalde del municipio Libertador y jefe del comando de la campaña electoral chavista, derrotado, también advirtió en rueda de prensa el lunes en la tarde: “Nos mantendremos en la calle defendiéndolos a ustedes (los votantes chavistas) y defendiendo la revolución”. Aconsejó a la vez a los opositores que “administren bien su victoria, hay un pueblo en la calle”.

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