La plebeya argentina que será reina de Holanda

Máxima fuma con la reina de Holanda, cruza a nado con miles de holandeses el canal de Ámsterdam, va de compras a tiendas exclusivas en Buenos Aires con su madre y se toma postales navideñas con su esposo y sus tres hijas en las que se la ve repleta de felicidad. Esta es la mujer que a puro carisma ha logrado ser comparada con Diana de Gales.
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Realeza.   El flechazo entre Máxima y Alexander no fue inmediato.  A ella le costó aprender a verlo separado de sus deberes como príncipe.

Realeza. El flechazo entre Máxima y Alexander no fue inmediato. A ella le costó aprender a verlo separado de sus deberes como príncipe.

¿Auténtico?   Máxima y el príncipe Alexander tienen tres hijas y siempre están sonrientes. No son pocos los que se preguntan si tanta felicidad puede ser real.

¿Auténtico? Máxima y el príncipe Alexander tienen tres hijas y siempre están sonrientes. No son pocos los que se preguntan si tanta felicidad puede ser real.

La plebeya argentina que será reina de Holanda

La plebeya argentina que será reina de Holanda

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No le costó demasiado. Su sonrisa desenfadada que no riñe con el protocolo, la elegancia de su figura, a pesar de su lucha contra el sobrepeso, y la mirada amorosa hacia su príncipe hicieron de Máxima el miembro más popular de la casa real y una marca registrada en Holanda. Esta argentina de origen plebeyo, convertida en princesa de Orange-Nassau, señora Van Amsberg y próxima reina de Holanda, será la segunda latinoamericana en sentarse en un trono europeo: la primera fue la cubana María Teresa Mestre, quien, en octubre de 2000, se convirtió en esposa del Gran Duque de Luxemburgo.

El 30 de abril, dos semanas antes de cumplir los 42, Máxima Zorreguieta Cerruti asumirá como reina consorte de Holanda y los Países Bajos por la abdicación al trono de la reina Beatrix en favor de su primogénito y heredero, Guillermo Alejandro. La ceremonia, planificada con austeridad, se realizará en la iglesia de Nieuwe Kerk, la misma donde hace poco más de 10 años, Máxima, vestida de novia, se metió a todo mundo en el bolsillo secando una a una sus lágrimas, mientras apretaba con ternura los dedos de su príncipe naranja.

Ella había tenido que pasar duras pruebas para llegar al altar. La gestión de su padre, Jorge “Coqui” Zorreguieta, como secretario de Estado de Agricultura durante la dictadura militar, que causó –en los setenta– 30,000 desaparecidos en Argentina, fue considerada un impedimento por el Parlamento Holandés. Para poder casarse, Máxima tuvo que presentar una “declaración expresa de distanciamiento del régimen del dictador Jorge Rafael Videla” y una carta oficial donde su padre se retractaba de lo hecho durante la dictadura ante el pueblo holandés. Y terminó aceptando que su padre mirara la boda desde una habitación de hotel en Londres porque tuvo prohibido acercarse a Ámsterdam. A modo de contraseña, la princesa hizo interpretar a los músicos de la Corte la canción preferida por él, “Adiós Nonino”, la obra que el compositor argentino Ástor Piazzola escribió en ocasión de la muerte de su padre.

También tuvo que aceptar las cláusulas de un particular contrato prenupcial para poder llegar de blanco a la capilla más importante de Holanda. En una biografía no autorizada que la corona de holandesa trató de prohibir por todos los medios, escrita por dos periodistas de investigación argentinos, se detallan las cláusulas de un contrato que habla de todo menos de amor. En “Máxima. Una historia real”, de González Álvarez Guerrero y Soledad Ferrari, publicada en octubre de 2009 por Editorial Sudamericana –y próxima a ser reeditada con investigación ampliada– se consigna que nada, ni sus bienes ni sus hijos, le pertenecen. De separarse de Willem Alexander, su descendencia deberá permanecer en el seno del palacio y la patria potestad quedará exclusivamente en manos del padre, quien decidirá sobre colegio, vivienda, vacaciones e impondrá su criterio hasta en el régimen de visitas de la madre.

En cuanto a sus bienes, el documento prenupcial estipuló una remuneración por su cargo en el palacio de unos 890,000 euros ($1,157,000) anuales. Nada menos pero nada más. No hay en esta sociedad bienes conyugales y todo será perdido ni bien surja la decisión de un divorcio.

En diálogo con el semanario argentino Noticias, los biógrafos aseguraron días pasados que a Máxima el contrato no le causó ninguna gracia. “Pensar en una separación antes de una boda ya es angustiante. Pero lo que más le preocupaba era el futuro de sus hijos. Tenía miedo de convertirse en una nueva Lady Di”.

Noticias: ¿Logró modificar alguna cláusula?

Soledad Ferrari (biógrafa): No, sabía que no le convenía patalear. Lo comprendió cuando a la ceremonia de casamiento –con unos 1,700 de invitados– solo le dejaron llevar a 54 de los suyos. Y cuando el reino dispuso que entre ellos no estuvieran sus padres.

Noticias: ¿Cómo actuó el príncipe?

Ferrari: Él es un hombre muy simple. La entendía, pero conoce bien las reglas de los Orange.

Noticias: ¿Máxima tuvo dudas sobre dejar su libertad para casarse con un príncipe?

Ferrari: Sí, las amigas cuentan que la asustaba la “jaula de oro”. Lo de ella hacia el príncipe no fue amor a primera vista y encima dejaba atrás su vida independiente en Nueva York.

Por sus biógrafos, como Ferrari, sabemos también que Máxima se sintió predestinada a algo grande desde la cuna, en la ciudad de Buenos Aires, a 11,300 kilómetros de donde hoy se prepara para ser proclamada reina consorte de Holanda y los Países Bajos. Dicen que Máxima siempre supo que llegaría lejos, quizá desde el deseo paterno cifrado en un nombre tan ostentoso. Lo cierto es que el 10 de diciembre de 1988, cuando Máxima Zorreguieta, de 17 años, vistiendo toga y birrete recibió el diploma de International Bachelor del Colegio Northlands, escribió en el anuario donde se les preguntaba a las flamantes egresadas sobre sus metas: “Too many to explain” (“Demasiadas para contar”).

Ella tiene un perfil que no se parece mucho al que muestran las revistas. Lejos de ser la joven aristócrata y moderna, la jinete intrépida y aventurera o la economista brillante de la versión oficial de la corona, la verdadera Máxima, la que aparece a través de 290 páginas de investigación exhaustiva, ha sido una mujer ambiciosa y malhablada que tuvo que trabajar para pagar sus estudios universitarios, que no fue una alumna brillante pero supo aprovechar las relaciones cultivadas en la preparatoria más exclusiva de Argentina, allí donde las familias aristocráticas anotan a sus hijas porque egresan con una buena educación, un título internacional de bachiller, un inglés exacto y una red exclusiva de pertenencia.

La princesa de los Países Bajos vino al mundo en Buenos Aires bajo el signo de Tauro el 17 de mayo de 1971 para cumplirle el deseo a su abuela materna, una mujer de provincias que vivió soñando que alguna de sus hijas –y después, alguna de sus nietas– llegara a pertenecer a la aristocracia.

Carmenza Carricart de Cerruti, abuela materna de Máxima, tenía calculada hasta la hora en que había que ir a misa, justo para encontrarse con los jóvenes que llegaban de jugar al exclusivo deporte del polo. Su hija mayor, María Pame, que tantos disgustos le dio cuando se “juntó” con Jorge Horacio “Coqui” Zorreguieta, un hombre divorciado y con tres hijas, 15 años mayor que ella y sin más prosapia que buenos contactos con los ganaderos, venía a recompensarla muchos años más tarde con esta primogénita devenida en futura reina de Holanda. Es que, por aquellos años en que no existía la ley de divorcio en Argentina, Máxima fue el fruto de una relación no bendecida por una unión legal ni por el sacramento de la Iglesia.

A la vera del sueño materno, María Pame alentó al papá de Máxima en sus relaciones públicas hasta que Coqui se convirtió primero en lobbista (asesor legislativo) de la oligarquía agroganadera de las pampas y luego en ministro de Agricultura (1979-1981) de la dictadura argentina encabezada por el teniente general Jorge Rafael Videla. María y Coqui hicieron enormes esfuerzos para sostener una economía hogareña demasiado costosa para los magros ingresos familiares y para enviar a Máxima a que cursara sus estudios en el Northlands, donde la niña comía bajo un árbol sándwiches preparados en casa porque no tenía dinero para sentarse en el comedor escolar.

La familia era, lo que se dice, verdaderamente snob, en el sentido más literal del término originado a comienzos de la era industrial, en Inglaterra, cuando la flamante burguesía lograba –por prepotencia de dinero– ingresar a Cambridge y Oxford, universidades a las que hasta ese momento accedían solo los nobles. En las actas universitarias, junto al nombre, y no pudiendo registrar el tradicional título de nobleza, las autoridades se limitaron a escribir s/nob: sine nobiliarium.

El coctel de excelencia, inglés y buenas amistades dio sus frutos años después cuando una de sus compañeras del último año del colegio, Cynthia Kaufmann, ofició de celestina para presentarle al príncipe Willem Alexander de Holanda.

No fue Máxima una joven que haya tenido suerte con los hombres. Según se lee en el libro: “Durante su adolescencia, estaba un poco gordita, y su cuerpo la avergonzaba. Aunque quienes la recuerdan aseguran que ya era una chica luminosa y que, cuando lograba olvidarse un poco de su peso, era alegre y divertida”. Su madre la presionaba en exceso: “Con la altura que tenés y con tu hermosa carita, si te pusieras a dieta podrías ser modelo”, le decía. —Dejate de joder, mamá –le devolvía Máxima. Cada vez que María Pame le insistía con que hiciera régimen, Máxima no podía evitar sentir más hambre. A veces, cuando sus padres se dormían, iba a la refrigeradora y se robaba el pote de dulce de leche. Lo comía acostada, en su cuarto, en silencio, y luego lo escondía bajo la cama”.

Además de amores imposibles, tuvo un par de novios en la adolescencia mientras estudiaba Economía en la Universidad Católica Argentina, en Buenos Aires, y dos parejas breves durante su estancia en Nueva York, donde a los 24 años la llevaría su afinidad con la Economía.

Dicen sus biógrafos no autorizados que Máxima Zorreguieta no se destacó por ser buena alumna. Su promedio universitario fue 6.35. Tuvo un solo 10, cuatro aplazos con 2 y recibió con una tesis que fue calificada con 9. Fue una alumna del montón y cursó la mitad de su carrera en paralelo a empleos que le demandaban varias horas diarias, necesarios para financiar su título.

Sí, fue la rebelde del grupo. Era muy popular por ser la que mejor esquiaba, por su risa fácil, su gran altura y su simpatía. Desde su adolescencia, en que comenzó a fumar, nunca abandonó los cigarrillos y, curiosidades de la historia, esto fue uno de los puntos de unión con su futura suegra, la reina, con quien se encuentra todavía hoy para fumar a escondidas del protocolo.

Ni bien se recibió puso en práctica su sueño: ir a vivir a Nueva York para regresar con una carrera internacional en finanzas y un currículum impecable. El 9 de junio de 1996, con 25 años, dejó la Argentina por cuatro o cinco años pero ya no regresó. A través de contactos, fue seleccionada como ejecutiva del Departamento de Ventas Institucionales para América latina del HSBC James Capel. Un año más tarde, lograba concretar otro salto al asumir como vicepresidenta del departamento de Mercados Emergentes de Dresdner Kleinwort Benson, uno de los bancos de inversión más importantes del mundo, un cargo gerencial que no necesariamente es de tanta importancia como el grandilocuente título que lleva.

No puede saberse hasta dónde hubiera progresado en la banca de no haber aceptado la invitación de su excompañera del colegio para conocer a alguien en una fiesta en España. Máxima dejó a su novio alemán en Nueva York –alegó después que la relación ya estaba en sus finales– para seguir a su celestina a Andalucía.

¿Qué le pareció el príncipe? Los biógrafos dicen que una de las amigas de Máxima les contó en Miami: “Maxi no lograba separar a Willem Alexander de su investidura. No era muy buen mozo y usaba pantalones chocantes, pero le gustaba, aunque no podía relajarse a su lado; la seducía, para qué negarlo, transformarse en princesa, en reina. Hasta que recordaba que eso sería para toda su existencia, la suya, la de sus hijos, la de sus nietos...”

Noventa días después de aquel encuentro en Sevilla, la reina Beatrix le informó a su hijo mayor que su novia sería bien recibida en la casa de verano de Tavernelle. Gracias a los servicios de Informaciones de Holanda ya estaba al tanto de su existencia, de su pasado, de su presente y casi de su futuro. La reina la aceptó de entrada. Máxima podía continuar una tradición que se extiende desde finales del siglo XIX en la monarquía holandesa: la de las mujeres fuertes.

Con la venia real, Máxima se mudó a una casa de la reina en Bruselas para internarse como pupila en el Instituto Ceran. Le pusieron a disposición profesores de holandés, catedráticos de historia, especialistas en arte, en monarquía e historia parlamentaria, comunicadores, analistas, economistas, dirigentes políticos, expertos en comunicación, marketing y protocolo. Los mejores hombres del reino trabajaron para hacer de Máxima una verdadera princesa y una futura gran reina. Idioma, historia de Holanda, cursos intensivos de ceremonial y protocolo, aprender sobre artes y costumbres. “Tenés que parecer tan holandesa como un campo de tulipanes”, era la muletilla del asesor de protocolo que la acompañaba permanentemente, como si fuera su edecán. Cuando finalmente la sacaron al ruedo público, Máxima ya era “una holandesa nacida en Argentina”.

Desde aquel momento su espontaneidad, su simpatía y su estilo, a la vez formal e informal, lograron conquistar el corazón de millones de holandeses y contribuyeron, incluso, a relanzar la imagen de la monarquía mejor paga de Europa, algo deslucida a través de los años.

Máxima tiene miles de fans al punto que la prensa europea llegó a hablar de “maximanía”. No la quieren solo por ser la esposa del futuro rey. Ni quizá tampoco por su participación activa como economista, a través de cargos y compromisos internacionales: fue miembro de la Comisión para la Participación de las Minorías Étnicas de la Mujer (2003-2005), donde apoyaba a los 30 municipios más grandes del país en la promoción de la participación social para mujeres de grupos étnicos minoritarios; se desempeñó como miembro del Grupo Asesor de Naciones Unidas del Año Internacional del Microcrédito (2005), en que viajó por el mundo para observar los programas de microcrédito en acción; y trabajó en el Grupo de Asesores de las Naciones Unidas sobre Sectores Financieros Inclusivos (2006-2009), siendo la encargada de presentar las recomendaciones del grupo ante el secretario general, Ban Ki-moon. Los holandeses quieren a Máxima por las mismas razones por las que los ingleses querían a Lady Di: su proximidad con la gente de la calle.

Resulta admirable que “ella puede hablar con la gente de la calle, así como con personalidades, sin ningún problema –afirmó al diario argentino La Nación Aart Heering, corresponsal del diario holandés Algemeen Dagblad. “Conmueve que un día ella pase revista a las ropas con todo el protocolo y al siguiente se dedique a sacarle piojos de las cabezas a los compañeritos de sus tres hijas, Amalia, Alexia y Ariane, con toda la naturalidad de una madraza”.

En setiembre del año pasado, la prensa mundial la mostró enfundada en un traje de neopreno, con gorra de goma y sin el menor maquillaje, cruzando a nado con miles de holandeses el canal de Ámsterdam. Su participación en el Amsterdam City Swim, competición en la que nadadores profesionales y aficionados cruzan los dos kilómetros del canal de Ámsterdam, logró poner el foco internacional la campaña de recaudación de fondos para ayudar a los enfermos de esclerosis múltiple. Todo mundo la vio exhibiendo sin complejos algunos kilos de más y abrazándose en la línea de llegada con otros participantes tan radiantes como ella.

Máxima renunció a la ciudadanía argentina pero no a la religión católica. Pese a hablar a la perfección inglés, italiano y holandés, sigue hablándoles a sus hijas en español y la nana que las cuida es una mujer argentina. Lejos de las exigencias del protocolo, en el capítulo XV de “Máxima. Una historia real”, queda delineado el verdadero sentir de la futura reina, al contarles por correo electrónico, a familiares y amigos de Argentina, la noticia del embarazo de su primogénita: “Sí, estoy embarazada, un shock. Pero estamos felicísimos. Es uno solo (para los que leyeron que me hice un tratamiento y espero mellizos) y no nos hicimos tratamiento. No saben lo que me tuve que comer la lengua para no contarles. A la flia., agregamos un Zorreguieta-Cerruti más!!!! No se burlen de él, siempre va a ser un bicho de otro pozo que no va a entender nada. Espero que no se venga con aires de principito/a porque lo estrello contra la pared”.

Cada año, cerca de las Navidades, las fotos de la princesa y su familia inundan las páginas de las revistas en Argentina. Posan en una casa estilo alpino en la bella comarca patagónica de Villa la Angostura, en el sur del país, donde el hermano de Máxima, Martín Zorreguieta, tiene un lujoso restaurante. Ella no puede conceder reportajes pero los paparazis suelen esperar a que pase unos días de shopping por Buenos Aires para robarle alguna foto cargada de bolsas de exclusivas tiendas argentinas, generalmente sin más compañía que su madre o alguna amiga.

Es un secreto bien guardado que cada vez que llega a Buenos Aires se las arregla para dormir aunque sea una noche en casa de una de sus grandes amigas, un departamentito de solo dos ambientes en una zona arbolada de la ciudad de Buenos Aires, mientras el futuro rey de Holanda, sus hijas y los guardaespaldas duermen en el hotel cinco estrellas reservado por la corona holandesa para el viaje. Se sabe también que los padres de Máxima siguen viviendo en su piso de toda la vida, en el barrio de Recoleta, un barrio de clase media alta de Buenos Aires. “Es un piso de unos 140 metros cuadrados. Cada semana, María del Carmen, la mamá de Máxima, va al supermercado a hacer las compras”, aseguró hace poco una vecina al corresponsal español del diario ABC de Madrid. “Es gente muy querida y sencilla. Eso sí, Carmen no trabaja y va religiosamente al gimnasio, a unas calles de su casa”. Jorge –el papá de Máxima– utiliza el transporte público para moverse por Buenos Aires. “Tiene 85 años, está operado de la rodilla y la cadera, y aun así sigue tomando el autobús 130. Es tan normal que viaja en clase turista las 14 horas de vuelo cuando tiene que visitar a sus nietas en La Haya”.

En Argentina, donde no existen los títulos de nobleza por expresa prohibición de la Asamblea General de 1813, la misma que abolió la esclavitud, la idea de que Máxima Zorreguieta sea reina de Holanda no despierta pasiones. “Me encanta la simpatía de Máxima, pero no le puedo creer que esté tan feliz con ese hombre. Daría cualquier cosa por saber si de verdad está enamorada”, confió Mariana Taborda, una cosmetóloga de 31 años. “Ella no es ya argentina, para casarse tuvo que renunciar a la ciudadanía, así que no sé porqué tanto alboroto con una argentina futura reina de Holanda”, dijo por su parte Raúl Matienzo, licenciado en Economía y consultor de una empresa multinacional. Para Matilde Santos, ama de casa de 45 años, el hecho de que Máxima sea reina puede cambiar las relaciones entre los dos países: “A nosotros nos dicen en Europa “sudacas”, desde que está Máxima en Holanda, los productos argentinos, como la carne y los vinos, se hicieron famosos”. Matías Losada, estudiante de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Buenos Aires, repudia el pasado del padre de la futura reina: “Acá no trasciende mucho, pero el señor Zorreguieta fue denunciado en 2005 por el secuestro y la desaparición de una bióloga, Marta Sierra, que trabajaba en un instituto dependiente de la Secretaría de Agricultura, que él dirigía”. En la vereda de enfrente, Cecilia Vázquez, mesera de un restaurante, protesta porque Máxima tenga que pagar los platos rotos por su padre. “A mí me da bronca que la hagan responsable a ella de lo que hizo su viejo, qué culpa tiene. Háganla responsable por lo que ella hace, nada más. A mí ella me cae bien. Que la dejen vivir tranquila, que hace bien su papel y por eso en poco tiempo se metió a todos los holandeses en el bolsillo”.

Lejos de las opiniones de sus antiguos conciudadanos, Máxima aceptó el precio de ser reina consorte y, según dicen extraoficialmente las amigas, es verdadera la felicidad que muestran las fotos. Pese a que la sucesión al trono le correspondería a su primogénita, analistas holandeses especulan con que, justamente por su popularidad, muy probablemente, Máxima llegue a ser reina de Holanda. A 11 años de su salida del mundo plebeyo, los expertos en realezas europeas no dudan que su carisma despertó a la monarquía holandesa de un prolongado letargo.

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