La pregunta incómoda

Sería ridículo, absurdo e irresponsable asumir demencia o negar todos los datos que tu interlocutor te provee sobre estos personajes de película.
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Cuando un chileno descubre que tu país de origen es El Salvador, hay tres caminos posibles. El primero, que se pregunte dónde queda eso; el segundo, que su mente viaje rápidamente a playa, sol y por tanto, Caribe (aunque El Salvador, en rigor, es trópico); el tercero, más común en aquellos que están más informados, surge la inquietud sobre las pandillas.

Puede que inicialmente naveguen por lo fácil: la playa, el clima. Y entonces, lanzan la pregunta. Algo así como: “¿Y es cierto que en esos países hay una especie de grupos delincuenciales que son terribles….” –dudan un poco– “Maras, parece que les dicen. Sí, Mara Salvatrucha”.

La pregunta siempre está cargada de curiosidad, suele ser formulada con cuidado y con un dejo de duda sobre la real existencia de estos delincuentes, porque de esos no hay en Chile, de esos solo se ven en los periódicos. Es ahí cuando hacen referencia a algún reportaje o alguna noticia internacional, un titular sobre asesinatos macabros y los tatuajes, no pueden faltar los tatuajes: “Parece que están todos tatuados, hasta la cara. ¿Has visto alguno?”

Entonces, uno tiene que mantener la calma y decidir si poner cara de serio y profundizar en el asunto, o tomárselo con ligereza y cambiar de tema. Es incómodo. O al menos, para mí lo es. Y después de tres años, cada vez que me preguntan sobre “las pandillas”, aún no sé cómo reaccionar, más allá de la confirmación sobre su existencia, los tatuajes y todo eso.

En algunos países, Chile incluido, las maras han alcanzado un estatus mítico, un casi surrealismo. Se escuchan historias, se leen noticias, pero siempre cabe la duda “¿Será cierto? Los medios inventan cada cosa”, como si se tratara del chupacabras.

Es doloroso que parte del legado de tu país y su imagen en el extranjero esté vinculado casi automáticamente a las pandillas, cuando hay tanta riqueza cultural entre la gente buena que también vive en El Salvador.

Las pandillas han logrado que otros países dejen de mirar otros temas importantes sobre nuestra realidad: la pobreza, la deficiente educación, el falente sistema de salud. Todo eso queda en un segundo plano, cuando también son temas primordiales. Pero lo que genera curiosidad es la violencia, son las maras con sus tatuajes y sus rituales de iniciación “porque, he leído que tienen que violar mujeres o matar a alguien para poder entrar”.

Sería ridículo, absurdo e irresponsable asumir demencia o negar todos los datos que tu interlocutor te provee sobre estos personajes de película. Entonces, uno tiene que entrar al cuidadoso discurso del equilibrio, entre corroborar la realidad, sin restarle importancia; pero, al mismo tiempo, insertar en la conversación atributos positivos, como la belleza natural, el eterno verano, la gente trabajadora y las pupusas. Las pupusas nunca fallan.

Aunque parece que la sombra de las maras nos persigue mundialmente, estos grupos no nos definen como país, ni como salvadoreños. Hay muchísimo más. El Salvador es más y mejor que los grupos delincuenciales cuyos reportajes atraviesan fronteras. Son parte de nuestra realidad, sí, no podemos negarlo y debemos afrontarlo. Pero tampoco podemos permitir que hagan desaparecer lo bueno de llamarnos salvadoreños.

Mientras tanto, tengo que aprender a disimular la incomodidad cada vez que me enfrento a la pregunta de rigor

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