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La que escribe en el periódico

La que me ofreció un rosal. O el que me dijo que solo compra el periódico los domingos para leer mi columna. O el que me dijo que la coleccionaba.
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Opinión

Gabinete Caligari

Jacinta Escudos

La revista Séptimo Sentido cumplió cinco años hace poco. Y por tanto, esta columna también cumplió cinco años, ya que apareció desde el primer número de la misma. Mil gracias a LA PRENSA GRÁFICA y a los que pensaron en mí para acompañarlos desde el inicio de la revista.

La primera columna, apenas hoy puedo decirlo, tenía un error en su título. Se publicó como “CRM” pero debió haberse llamado “CMR”, porque las letras correspondían a las iniciales del poeta nicaragüense Carlos Martínez Rivas, de quien hablaba en esa primera entrega.

El error fue mío. Ocurrió porque sufro de una dosis impertinente de dislexia, que me hace cometer ese tipo de errores con relativa frecuencia. No me di cuenta del error hasta la noche antes de su publicación. Me ha mortificado desde entonces. Así es que aprovecho esta oportunidad para disculparme y rectificar. Nunca es tarde.

También quiero aprovechar para darles las gracias a ustedes, los lectores. Diré, sin falsa humildad, que sé que hay gente allá afuera que me lee. Lo sé porque me saludan en el banco, en el supermercado, en la calle, en cualquier lugar. Lo sé porque a veces tengo que dar mi nombre en alguna oficina y de inmediato me preguntan si soy “la que escribe en el periódico”.

Cada vez que se acercan a saludarme por la columna, créanme que me siento honrada. Me sorprende que me reconozcan por la foto. Gracias por acercarse, por darme palabras de aliento, por contarme cuál es su columna favorita y por pedirme que siga escribiendo. Muchas veces, en este país aciago, donde perder el ánimo es fácil, esos encuentros me han levantado la moral y han arreglado más de un mal día. Es gratificante saber que lo que escribo es leído. Y mejor aún, que hay gente que se identifica y simpatiza con ello.

Me disculpo si parezco arisca en persona. Pero comprendan que cuando me abordan en plena calle y dicen mi nombre, me pregunto si es un lector o alguien que me está siguiendo para extorsionarme o matarme. Les recuerdo que vivimos en El Salvador. A eso hemos llegado ya: a sospechar, preventivamente, de todos.

Algunos de ustedes han sido particularmente generosos. Como aquel joven que me escribió diciéndome que lo primero que hacía los domingos era ir a comprar el periódico y el pan, para regresar a la casa, preparar el desayuno y comer junto a su abuelo, mientras le leía mi columna en voz alta. No recuerdo su nombre pero usted sabe quién es. Gracias por contármelo. Se me nublaron los ojos de lágrimas por la emoción. Y me saluda a su abuelito, por favor.

O la que me escribió que comenta la columna con su madre, los domingos, cuando almuerzan. Para ambas, un abrazo y buen provecho.

O la inmensa cantidad de gente que me ofreció gatos cuando leyeron la historia de Loli, mi gata de 17 años, que había muerto. Si los hubiera aceptado todos, tendría unos 15 gatos maullándome alrededor en este momento.

O la que me ofreció un rosal. O el que me dijo que solo compra el periódico los domingos, para leer mi columna. O el que me dijo que la coleccionaba. O quienes han utilizado alguna columna como material de estudio en sus clases. O los que me leen fuera del país. Gracias también a ustedes.

Gracias a los que hacen sugerencias y críticas de manera constructiva, respetuosa y sin insultos. Siempre digo que lo cortés no quita lo valiente. Y también gracias a los que se toman el tiempo de escribir comentarios y enviarlos al periódico, mi correo electrónico o las redes sociales.

Por la variedad de personas que me saludan en la calle, sé que la columna es leída por gente de todo tipo, edad y circunstancia. Taxistas. Los muchachos que traen el agua embotellada. Señoras muy elegantes. Personalidades políticas. Una conocida presentadora de noticiero televisivo. Gente joven. Gente mayor. Oficinistas, secretarias. Gente que nunca sabré quién es.

Esa variedad complica un poco la selección del tema, porque trato de pensar en cosas que puedan gustarle al mayor número de personas. Pero no se puede complacer a todos. Así es que perdón por las columnas que les parezcan aburridas. Y perdón también por las mal redactadas, las mal explicadas y las simplemente malas. Siempre pongo mi mejor esfuerzo en escribir la columna, pero no siempre resulta como quiero.

Más de alguna persona me ha sugerido que escriba sobre política. Pero me parece que hay suficiente gente escribiendo sobre política durante toda la semana. Y que hace falta hablar sobre cosas que los problemas del país nos hacen olvidar. Hace falta hablar de literatura, de cultura, de historias asombrosas o extrañas, de la vida de personajes fuera de serie, de proyectos interesantes que podríamos replicar, de iniciativas internacionales que me llaman la atención. De la vida, que es quizás de lo que menos hablamos. Porque la vida sigue ocurriendo, a pesar de todo. “La vida es eso que ocurre cuando estamos demasiado ocupados haciendo planes”, decía John Lennon.

Mi fecha de cierre, es decir, el día en que debo entregar mi columna al periódico, es casi una semana antes de que se publique. Eso me impide tocar temas coyunturales. Los que hemos trabajado en prensa sabemos que la noticia muere rápido y cambia de manera súbita. Si yo entrego algo que todavía está en desarrollo a la hora de escribirlo, de allí a que se publique corre el riesgo de desfasarse. Por eso es que, muchas veces, no he tocado temas muy sonados y que quizás alguien esperaba que yo comentara.

Decidí dedicarles esta columna a ustedes, los lectores, como regalo de aniversario. Contarles algunas cosas que siempre imaginé compartirles y hacerles saber. Es mi manera de corresponder sus palabras y gestos, sus felicitaciones y, sobre todo, su lectura.

Gracias, queridos lectores. Ustedes son un lujo.

Y continuamos.

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