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La senda del ortodoxo

Adolfo Rodríguez, padre Andrés, es el primer salvadoreño en tomar los hábitos como monje de la iglesia católica ortodoxa, religión minoritaria en América Latina, pero que aglutina a más de 250 millones de feligreses en el mundo, sobre todo en el oriente.
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“Parezco Darth Vader, ¿verdad?”, dice Adolfo Rodríguez, a manera de broma. “Al menos así veía yo en los libros a estos señores cuando cursaba el quinto grado en el Liceo Salvadoreño”, añade, trayendo a cuenta el primer contacto que tuvo con una iglesia a la que ahora, literalmente, le ha entregado su vida.

Adolfo Rodríguez regresó hace dos meses desde Cetinje, la antigua capital de Montenegro, pequeño país europeo al oriente de Italia. Se ordenó como monje de la iglesia ortodoxa en el monasterio de esa ciudad, el mismo donde descansan, según la tradición, la mano derecha de San Juan el Bautista y un trozo de la cruz en la que pendió Cristo. Se trata del primer salvadoreño en lograr este grado.

La de Adolfo, ahora nombrado padre Andrés (como el apóstol), es una figura fácilmente distinguible en esta cafetería gracias a sus ropajes: una especie de sotana negra como la noche (mantia), cubierta por un sobretodo del mismo color (rason). Un sobrero (kamelaukion), que luce grabados con un hilo apenas brillante, completa la vestimenta.

Allí también está su barba, un torrente entrecano que crece a su arbitrio, al igual que el pelo, ordenado en una cola. La profusión de cabello es un voto que todo monje en la iglesia ortodoxa debe realizar, una herencia de la tradición judía.

Hábitos.  Adolfo Rodríguez, padre Andrés, luce la mantia y el kamelaukion de su vestimenta diaria, aunque aquí prescinde del rason, un sobretodo.


Según comentan varios de sus conocidos, antes de ordenarse Rodríguez siempre fue un hombre religioso, de curiosidad insaciable. Criado dentro de la tradición católica se acercó a varias denominaciones del cristianismo e, incluso, pasó por un periodo en el que negaba la existencia de Dios. Nada parecía satisfacerlo.

“Todos me daban una idea distinta de Dios. Comencé a notar que no había un denominador común. Yo no soy de los que se quedan quietos”, dice el monje. Hace ocho años encontró la que se convertiría en su fe, aquella con cuyos principios comulgaba.

El padre Andrés deberá retornar a Montenegro, bajo la jurisdicción del patriarcado serbio, a finales de julio para cursar estudios superiores y, entonces, convertirse en hieromonje, un monje autorizado para dirigir una liturgia. Con ello generará la oportunidad para que la incipiente comunidad ortodoxa en El Salvador pueda contar con liturgias de forma regular. Hasta el momento solo es posible que se realicen dos al año, celebradas por el padre salvadoreño Alexis Peña, residente en Brasil.

La comunidad es variopinta: está conformada por familias descendientes de aquellas que, a principios del siglo XX, vinieron desde Palestina, entre las que había muchos que pertenecían a la iglesia ortodoxa; por ciudadanos rusos y de otros países del oriente de Europa; y salvadoreños que han decidido entrar a esta fe.

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El padre Andrés ahora es parte de una iglesia que, junto a la católica, reúne a la mayor cantidad de feligreses cristianos en todo el mundo: 250 millones para la primera y 1,800 millones para la segunda. En América Latina los ortodoxos siguen siendo una minoría. Tanto que no se sabe precisar cuántos miembros la conforman. En la pequeña misión que se está conformando en El Salvador, la cifra se coloca en 25.

Entre la iglesia a la que pertenece el padre Andrés y la católica hay más elementos que las hermanan que aquellos que las separan: el mismo credo, la veneración a los santos y a la virgen María, los mismos sacramentos. Según historiadores como el francés Jean Meyer, el cisma, ocurrido el 16 de julio de 1054, se debió más a cuestiones de hegemonía política que a religiosas: tras el concilio de Calcedonia, la iglesia de Roma recibió la primacía sobre las demás. En el oriente, sin embargo, eso se interpretó como una elevación moral, que no le daba autoridad sobre sus iguales. La excomunión de unos y otros devino en separación.


Encuentro. Francisco se reunió con Kiril en febrero de este año. Había pasado casi un milenio desde que un papa y un líder del patriarcado de Moscú no se estrechaban la mano.

Las principales diferencias, sobre todo dogmas religiosos, son tan pocas que al padre Andrés le son sencillas de enumerar, mientras acerca una taza de café a su boca: la no existencia de la noción de un purgatorio, la creencia de que la virgen María no subió en cuerpo y alma al cielo y la ausencia de la idea del pecado original.

Existen otras diferencias un poco más palpables para una persona no religiosa: la obligación del celibato para los sacerdotes católicos. En la iglesia ortodoxa hay una modalidad para hombres casados: tras celebrar el sacramento del matrimonio, un ciudadano puede pasar por el seminario para ordenarse sacerdote. Quienes sí deben circunscribirse a este tipo de abstinencia son los monjes, como en el caso del padre Andrés.

Pero la más importante diferencia reside en el papado: en la Iglesia católica toda la autoridad de la institución descansa en los hombros de un solo hombre, al que se le da el privilegio de “infalibilidad”, la ineptitud para cometer errores que disfrutan los herederos de san Pedro.

La iglesia ortodoxa está conformada por nueve patriarcados, que gozan de autoridad sobre sus feligreses, pero no unos sobre otros. (Estas jurisdicciones son Georgia, Serbia, Antioquía, Alejandría, Constantinopla, Bulgaria, Rumania, Jerusalén y Moscú. El penúltimo es el más antiguo; el último, el que tiene más fieles: más de 150 millones. Fuera de estos patriarcados, dicen sus feligreses, “no se es ortodoxo”. Las comunidades en otros lugares del mundo están bajo la autoridad de uno de estos nueve).

A su vez, el patriarca es un representante de un grupo de obispos, el sínodo obispal, donde, en teoría, nadie tiene autoridad sobre otros. Las decisiones, por tanto, son colegiadas.

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“Desde que tengo uso de razón, recuerdo mi deseo de ser sacerdote. La iglesia era el patio de mi casa y mis feligreses, las gallinas y los otros animales. Solo yo sabía que hacía algo sagrado”, dice el monje, con una sonrisa tímida.

El padre Andrés se unió hace ocho años a una misión ortodoxa ya desaparecida, que en El Salvador estaba bajo la autoridad del patriarcado de Antioquía. En ese sistema de ideas, dice, encontró un reflejo de sus propios pensamientos, aquellos que le indicaban que a Dios solo lo podía encontrar en lo más profundo de sí mismo, no en los “intrincados sistemas de la filosofía”.

Esta iglesia estuvo bajo la administración de un laico y, cada cierto tiempo, un sacerdote mexicano aterrizaría desde su país a celebrar liturgias. Los malos manejos hicieron que la comunidad desapareciera. El padre Andrés expresó su molestia en una red social y el mensaje llegó a los ojos del salvadoreño Alexis Peña, sacerdote ortodoxo residente, desde hace 40 años, en Recife, Brasil.

“Me dijo ‘si se han quedado en el aire, vénganse para acá y les damos cobijo, para que no queden desamparados eclesiásticamente hablando’”, cuenta el padre Andrés. Ese “acá” era el patriarcado de Serbia, con el que se comenzarían a levantar los pedazos de la maltrecha misión.

Fue Alexis, ahora su padrino espiritual, quien le invitaría a Andrés a tomar los hábitos y dejar su antigua vida como profesor de idiomas. El regalo incluyó un boleto aéreo a Montenegro, hacia un convento entre los fríos paisajes de Cetinje.

Los meses siguientes fueron de trabajo físico (cortar leña, recolectar maleza para los animales, mantener relucientes las instalaciones del convento) y de oración. Todo en medio de una lengua que, entonces, le era ajena: la serbia. Un colombiano y él eran los únicos hispanohablantes en todo el recinto.

La enseñanza ortodoxa no es homogénea: convertirse en monje puede tomar desde días hasta décadas. Para Andrés el periodo de espera fue de dos años. Dos días antes de la celebración de la Transfiguración, el abad le indicó que sería ordenado. La ceremonia fue sencilla: tras una consagración, el aspirante extendió su cuerpo en el piso para que su obispo cortara en forma de cruz cuatro mechones de su cabeza.

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La iglesia ortodoxa no está exenta de polémicas, sobre todo por las ideas conservadoras mostradas por sus más altas autoridades, como Kiril, al frente del patriarcado de Moscú. El mismo que afirmó, hace tres años, que le preocupaba que las mujeres estuvieran ocupando, cada vez con más fuerza, puestos en el mundo profesional, pues a su ver la situación “atenta contra los valores de la familia”, según publicaron diferentes agencias de noticias.

Para el sacerdote Alexis Peña, lo expresado por el ruso no representa la totalidad del pensamiento ortodoxo, pues, comenta, muchos en la iglesia reconocen la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. Se les hace ver el hecho de que el altar esté vedado para el sexo femenino y que, incluso, existe en el mundo de esta religión un lugar geográfico prohibido para mujeres, el Monte Athos, la Montaña Sagrada, en Grecia, saturado de monasterios.

“La mujer, en la concepción ortodoxa, es más importante que el hombre, pues es quien da a luz. Lo que pasa es que Cristo relegó tareas y una que le dio al hombre fue la de ser sacerdote”, explica.

El padre Andrés apunta a un elemento de la iglesia ortodoxa que, para ojos occidentales, está en tela de juicio: la no participación de la iglesia ortodoxa en asuntos políticos.

“La iglesia ortodoxa se dedica a soportar, a orar y a ayudar económicamente a quien lo necesita, pero de manera discreta. No somos mediáticos”, dice Andrés. Se le pregunta por la figura de Romero y la critica por exceso de “política”.

Sin embargo, sus líderes parecen traicionar este precepto, como en el caso de Kiril, quien públicamente le ha pedido a sus 150 millones de feligreses el “apoyo moral” al actual presidente de Rusia, Vladimir Putin, sobre el que gravita la sospecha de casos de corrupción.

Andrés justifica esta actitud por uno de los trabajos de Putin: la reconstrucción de templos y el apoyo oficial a la iglesia ortodoxa, tarea por la que se ha ganado el mote de el nuevo “zar ruso”.

A Andrés se le cuestiona si no es posible que, en realidad, el patriarcado de Moscú no se está convirtiendo en una especie de instrumento para ganarle simpatía a Putin, incluso en casos espinosos como la ocupación de Crimea, Ucrania.

“Creo que no es posible verlo con ojos occidentales. El patriarcado de Moscú tuvo la bota de los comunistas encima por 70 años. ¿Por qué no has de pedir por aquel que ahora te está dando protección? Eso no quiere decir que tenga tu apoyo, menos en los desórdenes de su gabinete de gobierno”, dice Andrés, y la conversación llega a una encrucijada infranqueable.

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Este domingo, la misión de la iglesia ortodoxa en El Salvador se ha reunido para celebrar su primera liturgia del año. Los asistentes no pasan de la veintena. El lugar escogido es una sala de té en el bulevar de Los Héroes. Los padres Alexis y Andrés han preparado un altar, con una mesa, sillas y los íconos sagrados, pinturas que representan a Santos, a Cristo o la virgen María.

El arreglo difiere de lo tradicional. Los pocos recursos obligan a buscar alternativas. En una liturgia ortodoxa normal, el altar y el sacerdote se colocan detrás de un cancel llamado iconostasio, que deja solo un resquicio para que el público pueda ver. Se argumenta que este método reviste al rito de misterio. El sacerdote se convierte en una voz.

En esta ocasión los feligreses pueden ver todo lo que Alexis y su asistente Andrés pueden hacer. Este día es especial, pues se preparan dos bautizos. Uno de ellos será para Micaela. El otro, para un hombre que antes fue un sacerdote católico.

La liturgia que esta mañana llenará el recinto es la de san Juan Crisóstomo, redactada, según la tradición, por el santo hace 1,600 años. Tiene una estructura ardua: 18 pasos entre letanías, antífonas, himnos, oraciones y lecturas del Nuevo Testamento. En casi todo momento, el sacerdote está de frente al altar, de espaldas al público, algo que en la Iglesia católica se suprimió con el concilio Vaticano II.



Maestro y discípulo. Alexis Peña se convirtió en sacerdote ortodoxo hace 30 años. Hace cinco invitó al padre Andrés a incorporarse al patriarcado de Serbia. Ambos celebraron una liturgia el domingo 3 de julio.


El 95 % del rito es cantado, en una combinación entre serbio y español. La encargada de dirigir las voces es Neyua Miguel, miembro de una familia de palestinos ortodoxos llegada el siglo pasado. Tradicionalmente esta tarea recae en una mujer, que está en medio del público, pues el altar es terreno vedado para el sexo femenino.

Llega el momento de la eucaristía. Los feligreses se acercan en fila ante la gran copa donde ya reposan panes con levadura dentro del rojo vino, que fulgura como fuego. La persona acerca su boca y besa el recipiente para, luego, recibir lo consagrado por medio de una cuchara.

La liturgia llega a su fin entre cánticos inaccesibles y la bendición final. Es la hora de que la misión platique un poco, conozca al nuevo miembro y arregle encuentros para rezar juntos, en espera de la próxima liturgia, que por ahora se mira lejos en el tiempo.

Esta es una comunidad de muchos colores. Además de los descendientes de palestinos, están los salvadoreños que han decidido ingresar a una fe no enmarcada en su tradición, como Freddy Rodríguez, su madre y su padre. Los tres afirman que su opción reside en una perspectiva histórica, pues consideran que, a la luz de esta, la ortodoxa es “la iglesia fundada por Cristo”.


Símbolos. Estos son parte de los íconos que se utilizan durante la liturgia de la Iglesia Ortodoxa. El Salvador tendrá una al menos cada tres meses.

Existen otros miembros que, aunque no asistieron a esta liturgia, forman parte de esta comunidad. Como Natasha, una señora rusa que ha relatado a sus compañeros de misión que durante su niñez y juventud la iglesia era como un cuento lejano. Las rigurosas leyes del gobierno comunista relegaron a la religión a un estado de clandestinidad. Muchos sacerdotes (incluso obispos), monjes y laicos fueron asesinados por las fuerzas militares rusas. Natasha, nacida en el país ortodoxo por antonomasia, está aprendiendo de la religión de sus abuelos en este país de cálido clima.

La ucraniana Tanyusha, por su parte, se enteró de que existe una iglesia ortodoxa y asistió a la anterior liturgia, aunque se le pasó la más reciente. La llena de esperanza, dice, el anuncio de que el padre Andrés volverá muy pronto para realizar ritos regulares. Mientras tanto, según anunció Alexis, sacerdotes ortodoxos de Sudamérica aterrizarán en El Salvador para celebrar eucaristías al menos cada tres meses.

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El padre Alexis Peña acaba de llegar a la casa de su madre en el centro de Zacatecoluca desde La Palma, Chalatenango. Luce cansado y viste un jeans con una camisa polo ajustada. Los lentes, el cabello desordenado y la barba le dan un look setentero.

La casa es amplia con su tradicional patio al centro. Entre el verde y las sillas mecedoras, la vista y el cuerpo descansan un poco del calor. Alexis pide un momento para cambiar su vestuario. Tras cinco minutos, aparece con su mantia negra, que le da un aire de solemnidad.

A su lado se sienta su madre, de 94 años, quien afirma que no pudo asistir hace un par de días a la liturgia que su hijo ofició: no le es posible aguantar la hora y media que dura el rito.

Es hora de que Alexis cuente su historia. Salió del país en 1975 para estudiar una carrera en psicología clínica en Recife, la capital de Pernambuco, en Brasil. Allá encontró una vida, esposa e hijos, por lo que volvía a El Salvador solo un par de veces cada año.

En 1985 también encontraría su iglesia y una nueva vocación: el sacerdocio. Un padre ortodoxo portugués llegó a Brasil para dar un par de conferencias y lo que escuchó lo sedujo. Un año después viajó al país lusitano para ser ordenado sacerdote casado. Desde entonces guía, bajo la autoridad del patriarcado serbio, a la iglesia ortodoxa dirigida a brasileños en Brasil. Tiene 30 años en el puesto.

“Eso no quiere decir que antes no hubiera iglesia ortodoxa en Brasil. Pero estas estaban dirigidas a los rusos, a los árabes, no a los brasileños”, comenta Alexis con un español combinado con portugués, sentado en la antigua mecedora que ha permanecido en la casa de sus padres desde hace décadas.



Alexis ha viajado solo a El Salvador. En el país sudamericano dejó a su esposa y a sus dos hijos, que ya son unos adultos. También a su trabajo en su clínica de psicología y como profesor en la misma materia en la Universidad Católica de Recife.

“Este trabajo no es remunerado. Somos una pequeña comunidad. Lo hacemos por fe”, comenta Alexis, el más viejo de los sacerdotes que celebran liturgia para latinoamericanos en todo el continente.

El patriarcado de Serbia mandará dentro de unos meses un obispo para esta región del mundo, donde tiene feligreses en Brasil, Argentina, Chile, Ecuador, Perú y El Salvador. Su sede estará en Buenos Aires. Alexis será el segundo en la jerarquía, gracias a un trabajo de tres décadas.

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“Mi obispo me dijo ‘¿Qué vas a hacer a El Salvador? Hay un presidente comunista, te van a matar’. Le tuve que explicar que mi país, aún con todos sus problemas, no está en guerra”, cuenta el padre Andrés sobre el día en que le comunicó a su superior que regresaría a El Salvador, urgido de nostalgia por su país y un poco cansado del encierro monacal.

Su obispo, entonces, le ofreció la oportunidad de cursar estudios superiores en Europa y convertirse en el sacerdote ortodoxo para El Salvador, lo que consultó con la almohada y con su madre. Aceptó, pero pidió tres meses de espacio para visitar El Salvador, a su progenitora y a sus futuros fieles.

Una sonrisa tímida se le escapa a Andrés entre la desordenada barba en esta cafetería de Antiguo Cuscatlán, quizá pensando en aquel juego de cuando era un niño.

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