La situación

La conciencia sobre el ambiente de inseguridad y violencia reduce la libertad, sometiendo a las personas a imponerse límites que en otras condiciones, no afectarían su cotidianidad.
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Después del abrazo de las 12, el recalentado, la visita de los familiares, los cuetes y el desvelo llegan los propósitos de año nuevo. Como todos los anteriores, el inicio de 2016 es una oportunidad para retomar esas típicas autopromesas: hacer dieta, volver al gimnasio, ahorrar, dejar de fumar. Lo malo de los propósitos es que solo duran como tres semanas y después se olvidan y allá por marzo estamos pensando en torrejas y en vacaciones. Al fin y al cabo habrá otro año para cumplir nuestros propósitos.

Recientemente estuve en El Salvador y no dejó de sorprenderme que, en cada conversación, sin importar la edad o el contexto de mi interlocutor, hubo una frase que se repitió sin falta. “La situación” es la forma en que los salvadoreños hemos decidido resumir todos los efectos de la violencia en nuestras vidas cotidianas. Efectos que invisiblemente van minando nuestra libertad en innumerables aspectos.

Por ejemplo, una gran amiga, que con mucho esfuerzo ha iniciado recientemente su carrera profesional, me comentó –como quien dice algo perfectamente comprensible– que luego de analizar si comprar o no su propio carro y después de recibir el consejo de su madre, había decido comprar un carro viejito, para no llamar la atención “por la situación”. ¡Claro! Un carro nuevo, lejos de ser sinónimo de una mejora en tu calidad de vida, se convierte en un riesgo “por la situación”.

Otro amigo me comentó que, en su ruta hacia el trabajo, se detenía de vez en cuando a tomar agua de coco en uno de estos simpáticos puestecitos debajo de un par de palmeras, al lado de la calle. Esto hasta que, un buen día, en el mismo puesto, mataron a otro cliente. Hoy prefería no detenerse, “por la situación”.

En una última historia, otra persona me comentaba –como quien dice algo razonable– que había dejado de ir a la playa, “por la situación”. El camino al lugar que frecuentaba era peligroso y prefería no exponerse.

“La situación” se convierte en un factor decisivo, que atraviesa el análisis de las decisiones más triviales hasta aquellas más complejas. La conciencia sobre el ambiente de inseguridad y violencia reduce la libertad, sometiendo a las personas a imponerse límites que en otras condiciones, no afectarían su cotidianidad.

Poco a poco, ese límite va reduciéndose, los muros se hacen más altos y los lugares seguros son más pocos. Lógicamente, el sentido de la supervivencia nos dice que hay que protegernos, encerrándonos en nuestros pequeños circuitos seguros y dejando de exponernos a la violencia. Los efectos de este encierro van a evidenciarse en el largo plazo, manifestándose en un país poco tolerante y ensimismado.

¿Quién es el responsable de controlar esta espiral de violencia? ¿Somos todos, como reza la propaganda estatal? ¿Es necesaria la intervención de externos? Ojalá que en marzo, con torreja en mano, alguna de estas preguntas tenga respuesta

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