La solitaria faena de las agricultoras

Las desventajas históricas con las que han tenido que lidiar las agricultoras salvadoreñas se han mantenido vigentes como maleza que limita su capacidad de producción. A pesar de que los números empiezan a inclinarse a su favor, el acceso a créditos y a tierras para cultivo sigue limitado. Estos son los intentos de algunas mujeres que se resisten a ceder ante el hambre.
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La solitaria faena de las agricultoras

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Las manos de Mariana Gutiérrez raspan casi tanto como una lija. Así pretenda dar un amistoso apretón como saludo, la dureza de sus palmas hace que se sienta severo. Esas manos, con tantas cicatrices y callosidades, contrastan con su rostro maduro y lleno de surcos que se estiran cada vez que sonríe. Y es que las manos de esta anciana de 74 años trabajan duro y descansan poco.

Mariana ha labrado parcelas de tierra pedregosa desde hace varias décadas. También ha empuñado cumas, machetes y palos para preñar laderas y terrenos pantanosos. Tiene la piel pintada de un color café intenso, por cultivar sin interrupciones granos y hortalizas, casi desde que tiene memoria. “Desde que estaba cipotía le ayudaba a mi papá y a mi abuelo. Cuando me casé me ponía a la par de mi compañero y desde que enviudé me ha tocado solita”, dice esta mañana avanzada de jueves cuando camina a paso acelerado por esta calle polvorienta de Pepeshtenango.

Hoy debe descender hasta unos sembradíos que tiene a la orilla del lago Suchitlán. Escuchó rumores de que unas vacas se cruzaron por su parcela de sandía y le apura saber si no se la destruyeron. Antes, quiere terminar su compromiso de la mañana. Visita vecinos ancianos y enfermos para que comulguen según la fe católica. Esta agricultora menuda y de voz aguda lleva en su cebadera ostias consagradas que fue a recoger a Suchitoto.

Mariana se las ha ingeniado para producir al menos lo necesario para que su familia subsista. Hoy, entre paso y paso, asegura que siempre ha tenido lejos la posibilidad de hacerse de tierras propias. También afirma que ya ha tenido que dejar sin sembrar algunos pedazos de las tierras que alquila, porque no le han alcanzado las semillas. Y como tampoco ha podido acceder a ningún crédito agrícola, se ha quedado sin dinero para comprar lo necesario para producir. “Pero con todo y todo a pura cuma le he quitado el hambre a mis hijos. Cuesta más pero se puede”, dice frente a una cerca de palos y alambre de púas que está por cruzar.

Mariana es una de esas 85 de cada 100 agricultoras salvadoreñas que están privadas del acceso a las tierras y a los créditos —según los estimados que se discutieron en la Cumbre Mundial del Clima, realizada en Perú a finales de 2014—. Aunque diferentes organizaciones dedicadas a la agricultura han estimado que si las mujeres agricultoras tuvieran las mismas condiciones que los hombres se podría ganar la batalla al hambre, en este país sigue robusta la desigualdad.

En las manos de Mariana bien podrían reflejarse las realidades de miles de agricultoras que se las arreglan como pueden para cosechar y vivir. Y aunque la necesidad de subsistir continúe obligando a este par de extremidades morenas a que hagan parir la tierra. Hoy, como cada semana, se han dado un corto descanso para llevarles a otros un alivio espiritual.

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Mariana ha sembrado desde que era adolescente, pero fue desde hace más de 30 años que tuvo que tomar las riendas de la producción para su familia. Cuando su esposo fue asesinado durante el conflicto armado, buscó por todos los medios mantener a sus cuatro hijos con vida. Tuvo que dejar su casa en un caserío de Cojutepeque y halló refugio aquí, en este rincón pedregoso de Suchitoto. Cerca de 1984 logró que le alquilaran varias parcelas de las tierras fluctuantes del lago Suchitlán —porque nunca ha tenido tierras propias— y desde entonces cultiva granos y hortalizas.

—No le voy a decir que siempre comimos galán, porque varias veces cortamos monte para hacer caldo porque no había qué comer. Pero gracias a Dios salieron adelante mis hijos. Hoy siembro con mis nietos –dice Mariana un poco agitada.

Esta mañana tuvo que haber bajado la ladera que la lleva a la media manzana de tierra húmeda en la que tiene sus cultivos. Pero saber si las vacas le destriparon las matas de sandía es menos importante que el servicio que aceptó desde hace varios años. Por eso, esperó desde las 5 de la mañana el bus que la lleva de Pepeshtenango a Panchimalco –solo pasan tres durante todo el día– y se fue a traer las ostias consagradas para llevar la comunión a sus vecinos enfermos.

Hoy que casi es mediodía, Mariana ya lleva un rato de andar casa por casa. Sus manos morenas desprenden la barrera de palos y alambre de púas que cerca una casa de adobe. La agricultora la atraviesa, pasa por un árbol de mango en flor y se dirige al corredor. Sentada en una silla de madera, está una anciana de piel blanca que desgrana con mucho letargo mazorcas de maíz. La anciana está tan absorta en su tarea que pierde cuidado de que Mariana ha ingresado a su propiedad.

—Buenos días, niña Evangelista, aquí le traigo la comunión –llama su atención Mariana con voz dulzona.

—Buenos días, niña Mariana, viera cómo la he necesitado. Gracias –responde con mucho cansancio Evangelista Pérez, la anciana de 90 años, antes de arrancar los últimos granos de la mazorca que tiene en la mano.

Evangelista, quien ahora camina a rastras y siempre tiene la vista pegada al suelo debido a una prominente joroba, también fue agricultora. Trabajó las tierras de los alrededores durante por lo menos 45 años. Ella, a diferencia de Mariana, casi siempre se dedicó al cultivo exclusivo de maíz, frijol y maicillo. Ahora que se ha quedado sola con su nieto, y que sus piernas solo le permiten caminar un par de metros, Evangelista busca actividades que requieran de menos esfuerzos. “Quiero que el muchacho se ahorre la aporreada –que consiste en golpear las mazorcas de maíz hasta conseguir que se le desprendan todos los granos–. De elote en elote ya me desgrané varias manos”, dice la anciana con suavidad.

Mariana le ayuda a ponerse de pie. La toma de las manos y juntas hacen una oración, le sigue un padrenuestro. Saca una hostia de un recipiente de madera barnizada y la introduce en la boca de su vecina. “Amén”, dicen al unísono.

Después de un par de minutos de meditación, las dos recuerdan sus inicios en las labores del campo. Ambas empezaron llevando comida a su padre, tíos y abuelos. Y al llegar a la adolescencia fueron aprendiendo a cómo sembrar, deshierbar, tapiscar y otras actividades agrícolas. En sus memorias, ninguna puede mencionar algún crédito o condición que haya favorecido sus cosechas, más que un buen clima. En lo que sí coinciden es en que tuvieron que demostrar y demostrarse que tenían tanta capacidad como cualquier hombre para lograr que la tierra les cediera alimentos. “Los hombres siempre creen que uno por ser mujer no va a hacer las cosas tan buenas como ellos, pero sin la ayuda de uno las cosas no les salen tan fácil tampoco”, comenta Mariana.

El censo agropecuario más reciente, cuyos datos fueron tomados entre 2007 y 2008, indica que por cada 100 agricultores salvadoreños solo 12 son mujeres. Pero esos números podrían estar bastante lejos de la realidad, de acuerdo con las estimaciones realizadas por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés). Sus estudios indican que en países subdesarrollados, como El Salvador, de cada 100 agricultores cerca de 43 son mujeres.

Y si esas 43 mujeres tuvieran las mismas condiciones para producir que los hombres, se podría hacer enflaquecer al hambre con mayor velocidad. Porque se alcanzaría a extraer entre 20 y 30 libras más por cada 100 de productos agrícolas que se cosechan en la actualidad.

Mariana, sin embargo, ya ronda 40 años de llevar las riendas de la producción agrícola de su familia. Y en todo este tiempo, asegura, las mujeres siguen cultivando en desigualdad. Y esa desigualdad la ha identificado hasta en las gestiones más básicas. “Hay mozos que si los contrata un hombre, se conforman con lo que les quieran pagar. Pero cuando los quiere contratar uno de mujer, le quieren cobrar más. Buscan pasarse de vivos”, lamenta.

Mariana vuelve a colocar la cerca de palos y alambre de púas, y avanza hacia otras casas. Parece haber olvidado que sus matas de sandías podrían estar destruidas.

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Si las vacas de verdad le han malogrado la cosecha, Mariana se quedará sin nada. Ya no podrá venderlas a $0.50 y a $1.00, ni reunirá algunos dólares para comprar venenos y abonos en Suchitoto. Tendrá que pasar a merced de la caridad de sus nietos, quienes también cosechan a la orilla del Suchitlán. Y pasará así, dependiendo de ellos, hasta que logre reunir insumos para volver a sembrar.

“A saber si esas vacas ingratas me fregaron las sandías. Pero primero Dios que no. Porque si no la voy a ver fea”, lamenta mientras camina a paso veloz, con tanta o más energía que una veinteañera, por la calle polvorienta y plagada de piedras flojas. Ya recorrió todo el caserío en busca de sus vecinos enfermos. Ahora sí, quiere descender hasta sus sembradíos.

Después de cerca de kilómetro y medio de camino, llega hacia una pendiente pronunciada. Apoyada con un palo seco, la baja con velocidad. Avanza al menos 700 metros más hasta llegar a la cerca donde está su siembra. Después de semejante recorrido, la anciana de casi 75 años luce cansada. Disminuye con ímpetu la velocidad. Parece como si no quisiera entrar a su parcela, quizá por el temor de encontrarse con sus brotes de sandía hechos un amasijo inservible.

Mariana desconoce de créditos, y de cualquier otra ayuda, sea estatal o particular, en la que pudiera apoyarse para reducir su incertidumbre sobre qué comer. Aunque existan algunas iniciativas orquestadas por el Ministerio de Agricultura y Ganadería –como el Plan de Agricultura Familiar– y la Secretaría de Inclusión Social –con sus escuelas agrícolas y el apoyo a la producción de Ciudad Mujer–, son inaccesibles para ella. Lo más cercano a la inclusión lo ha experimentado gracias a una ONG que trabaja por el rescate de la identidad ancestral. Ahí, con base en sus testimonios y los de otros ancianos, han impulsado a las mujeres más jóvenes para que conviertan historias en bordados y los vendan a turistas de Suchitoto. Así obtienen un ingreso extra. Pero después de eso, nada.

Por eso, el único índice de si se podrá garantizar el alimento diario que tiene Mariana siguen siendo las horas que sus manos le dediquen a la tierra. “Si trabajo la tierra, tengo para comer. Si no siembro o si me descuido de la siembra, me quedo sin nada”, dice con naturalidad cuando avanza por esta tierra que todavía tiene porciones fangosas, porque el agua del Suchitlán no termina de descender.

En el camino halla rastros de que pasó ganado por esta tierra húmeda. Para su fortuna, su siembra está casi intacta. Solo le apachurraron algunas matas, las de la orilla. Mariana suspira y le da las gracias a Dios. Si todo sigue con normalidad, tendrá sandías para vender dentro de algunas semanas. Y con esa venta podrá cultivar el maíz y el frijol para su consumo. “Mañana mismo levanto mi ramada y me voy a venir a cuidar. Yo voy a vigiar todo el día y uno de mis nietos se va a venir en la noche”, asegura.

Ya escogió el espacio donde pondrá la ramada. Y desde mañana pasará cuidando sus sandías desde la salida del sol hasta su puesta.

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Este lunes Comasagua amaneció con frío. En este municipio rodeado por montañas y cafetales hace un viento intenso. Por esos soplidos fuertes, Ángela Torres ya perdió casi todas las matas de pepino que había sembrado. Esta mañana, aquí en el caserío El Peñón, intenta que sus tomates, cebollines y algunas hierbas se libren de correr con la misma suerte.

Ángela es una mujer morena de estatura muy baja y de complexión robusta. Ante la falta de espacios donde sembrar, ha intentado pegar sus hortalizas en el pequeño barranco en que termina el traspatio que hay después de su casa de bahareque. Aquí, además de clavar estacas, arrancar hojas muertas y colocar varias yardas de agril –una tela blanca similar a la seda que protege a los huertos de las plagas–, ya regó sus plantaciones.

“De aquí tengo que dar mi aporte para la canasta campesina que vendemos. Como ya está difícil que saque pepinos, voy a ofrecer cebollín, tomate y cilantro”, asegura con voz cansina. Ángela es una de las 200 mujeres de ese municipio enmontañado de La Libertad que producen sin interrupciones paquetes de alimentos cultivados con técnicas orgánicas. Asociadas gracias al apadrinamiento de una ONG, han logrado promover sus “canastas campesinas” en zonas urbanas de San Salvador y La Libertad. Todas deben producir lo suficiente para sus familias, y vender los excedentes para las canastas que se entregan a sus compradores dos veces por mes.

—Los de FUNDESYRAM –la ONG que apadrina el proyecto– nos dieron las primeras semillas y la ayuda de los técnicos. De cada canasta uno puede ganar unos $5 o $6, pero como son bastantes las que se venden, si uno ha cuidado bien sus huertos caseros ya recibe algo –asegura Ángela ahora que se dirige a un invernadero que le han delegado cuidar. Irá a ver el estado de los chiles verdes que ella y otra vecina han cultivado.

Aunque quiera, Ángela no podría extender su área de cultivo. Tiene claro que jamás podrá ver las escrituras del solar en el que ha ensamblado su casa y la de dos de sus hijos. Esta mujer que acaba de ingresar a sus cultivos encerrados ha heredado todas las carencias de sus padres, una pareja de cortadores de café que vivieron en estas mismas tierras, también en calidad de colonos. “Aquí estamos por voluntad del dueño de las tierras. Cuando él quiera, nos saca”, reconoce con pesar.

Las tierras con vocación agrícola en este país pertenecen casi solo a hombres. De cada 100 propiedades, solo 18 pertenecen a mujeres, de acuerdo con el documento “Políticas públicas y acciones dirigidas a impulsar la autonomía económica de las mujeres salvadoreñas”, realizado por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), y presentado a principios de 2014 por el Ministerio de Economía (MINEC) y otras instituciones que trabajan en pro de las mujeres.

Ángela ya alquila a $7.50 cada tarea en la que siembra maíz y frijol. Pero como las hortalizas necesitan un cuidado más minucioso, y las únicas tierras disponibles están demasiado lejos de fuentes de agua, con seguridad fracasaría en su intento por extender su producción al aire libre. Por eso, uno de sus sueños es tener un invernadero propio –este pertenece a toda la comunidad de mujeres de El Peñón–. Esta mujer, sin embargo, cree que nunca podrá reunir los casi $4,000 que cuesta la instalación y el mantenimiento de uno similar a este en el que ha sembrado chiles.

“Sin tierras, o sin alguna propiedad que sirva de garantía, mujeres como las de Comasagua no son sujetos de créditos. La desigualdad en la que vive la mayoría de agricultoras salvadoreñas les amarra las manos”, reconoció hace un par de horas Hugo Mata, técnico de la Fundación para el Desarrollo Socioeconómico y Restauración Ambiental (FUNDESYRAM), y coordinador del proyecto de las “canastas campesinas”. Entonces revisaba documentos para rendir en una reunión que verificaría cómo las mujeres de Comasagua han depurado técnicas de cultivo y aumentado su producción para llenar las “canastas campesinas”.

Si bien es cierto que el Banco de Desarrollo de El Salvador (BANDESAL) ha otorgado más créditos a mujeres que a hombres desde junio de 2009 hasta abril de 2013, los créditos que se le han otorgado a los hombres son mucho más grandes. Los hombres reciben hasta un 50 % más de dinero por un préstamo que una mujer, según el informe de CEPAL. Y de cada 100 créditos agrícolas que otorgó el Banco de Fomento Agropecuario (BFA) en el mismo período solo 14 fueron para mujeres.

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Ángela ya llegó al invernadero que le donó la ONG a la comunidad. Ahora verificará que la tierra tenga la humedad adecuada y que la plantación esté libre de chiles arruinados.

—¿Y alguna vez ha pensado solicitar un crédito agrícola? –es la pregunta para Ángela.

—¡Ay no! Si no puedo ni leer, ni escribir, ni firmar. Qué me van a andar prestando –responde con total resignación.

Ángela es una de las 22 de cada 100 salvadoreñas que viven en zonas rurales y son analfabetas –en la misma situación están 17 hombres por cada 100–, según la Encuesta de Hogares de Propósitos Múltiples de 2012. Y esa condición la comparten cerca de cinco de cada 10 mujeres de esta comunidad de Comasagua.

Por eso esta agricultora, en lugar de firmar cuando fue a sacar el DUI, imprimió su huella digital. “Mi papá siempre dijo que la escuela no era para las mujeres. Pero yo sí le he dado estudios a mi hija. Este año va a terminar el bachillerato”, afirma la mujer de 46 años, ahora que cortó algunos chiles dañados para evitar que afecten a los otros.

Aunque su hija ya le dijo que quiere estudiar en la universidad una carrera administrativa, a Ángela le han brotado más preocupaciones. “Aquí en Comasagua no hay trabajo para bachilleres, y apenas le he podido dar para el pasaje estos dos años de bachillerato. Ahorita lo único que le queda a mi hija es ayudarme a trabajar la tierra”.

Y todo indica que los hijos de Carmen López y de Reina Montano, quienes trabajan en otro invernadero, dos cuadras hacia el norte de este, correrán con la misma suerte. “En la cosecha pasada nos quedaron $500 a cada una de ganancia. Créame que se nos fue en los pasajes para que los bichos fueran al instituto. Ellos quieren seguir, pero no tenemos cómo”, asegura Reina. “Pero no perdemos la fe. Talvez algún día recogemos suficiente para que sigan estudiando y no se condenen como nosotras”, dice Carmen. Dos gotas gruesas de sudor le escurren de la frente.

La ONG ya les ha dado otro período de apadrinamiento. De lo que necesiten gastar para la próxima cosecha, deberán aportar la mitad. Después de eso, tendrán que sufragarse todo por su cuenta. Estas tres agricultoras tienen miedo y lo reconocen. Si solo basta que el viento se ponga agresivo para que haga tambalear sus plantaciones, no quieren ni pensar la caída que podría representar algún cambio extremo en el clima. A pesar del miedo, Carmen prefiere ponerse optimista. “Cómo vamos a hacer, todavía no sabemos, pero de que vamos a dar todo lo que podamos para sacar esto adelante, eso es seguro”.

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La parra de ejotes de Gilma Romero está malograda. Sus bejucos han dejado de crecer, las hojas se están secando y cada vez pare menos ejotes y más escuálidos. Por eso, esta mujer delgadísima de 35 años ha venido a este rincón de San Vicente a intentar que se recupere.

Esta mañana de martes en este cantón de Tecoluca el calor es intenso y el sol lastima. Aún así, esta mujer de piel bronceadísima ha venido, acompañada por su hija de ocho años que luce de seis. Mientras Gilma arranca las partes secas y enreda los brotes nuevos en pitas, la niña riega unas bolsas que contienen plantas pequeñas, que van a sembrar dentro de unas semanas. “Quizás es la tierra la que ya está cansada, porque este ejotal no me prospera”, lamenta.

Gilma cultiva sola desde hace tres años. Hasta 2011 se dividía las actividades con su esposo. Un día, cuando ella regresó de vender un bulto repleto de manojos de ejote al mercado de Zacatecoluca, se encontró con la noticia de que su marido había sido asaltado y abatido a balazos. “Y desde ahí me ha tocado hacerlo todo sola”, dice con los ojos inundados.

Ahora Gilma cultiva hortalizas, en una tarea de tierra que el padre de su esposo le cede, y maíz y frijol en una porción de montaña que le presta su madre, una de las pocas mujeres del cantón San Francisco Angulo que es propietaria de tierras. Así es como ha logrado mantener a dos hijas y un hijo. “A una sola todo le cuesta más. Si no estuviera organizada, a saber cómo estuviera con mis bichos”, asegura cuando amarra un pedazo de pita a una vara de bambú, para luego enredar un tentáculo delgado y ondulado de ejote.

Gilma es parte de la Asociación de Mujeres de Tecoluca, una iniciativa municipal que ha sido bien aprovechada por las mujeres de los alrededores. Gracias a su activismo, las vicentinas de los cantones aledaños son tomadas en cuenta como receptoras de proyectos de desarrollo para la mujer rural que patrocinan algunas ONG. Ahora, por ejemplo, las más de 350 mujeres beneficiadas, entre ellas Gilma, reciben una capacitación para formar grupos de ahorro.

Como ninguna es sujeto de crédito, han acordado realizar aportes a un fondo común. Cualquiera de ellas podrá solicitar un préstamo de ese fondo para producción agrícola. Al final, los intereses que generen los préstamos serán repartidos entre ellas mismas, con el compromiso de utilizarlos para asegurar la subsistencia de los suyos. “Si no nos quieren ayudar, les vamos a demostrar que entre nosotras podemos empujar la piedra”, asegura Gilma.

Las mujeres de Tecoluca son parte de la Mesa Nacional de Mujeres Rurales, un espacio de diálogo y negociaciones que abrió el Gobierno en 2009, como respuesta a las desventajas históricas que han padecido las productoras salvadoreñas. Integrada por más de 50 asociaciones de mujeres a lo largo del país, es la que se ha encargado de recordarle al Estado que debe crear escenarios menos excluyentes para las mujeres que viven en la zona rural.

“Los cambios no han sido tan relevantes como quisiéramos, pero vamos avanzando. Nosotras quisiéramos que la situación de las mujeres en el campo cambiara de la noche a la mañana, pero no se puede. Pero poco a poco las cosas van mejorando”, asegurará en unos días Roselia Hernández, la presidenta de la mesa de negociación.

En estos más de cinco años, han logrado que más de 4,000 mujeres resulten beneficiadas directas del Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG). Unas 900 han recibido silos metálicos, otras 2,300 han sido incluidas entre el listado de receptores de paquetes agrícolas y más de 1,000 han sido capacitadas por el Estado para mejorar su producción, desde diversos programas. Sin embargo, los estimados de mujeres rurales que son económicamente activas superan los 400,000 –si se parte de los resultados de la Encuesta de Hogares de Propósitos Múltiples de 2012–. Así, solo una de cada 100 mujeres ha resultado beneficiada a causa de estas negociaciones.

El acceso a los créditos para producción agrícola es un tema del que continúa en vilo. “Aunque ya empezamos a conversar con la presidenta del BFA, la situación de los créditos sigue pendiente”, reconocerá Hernández. “Nosotras no vamos a dejar de insistir hasta que se nos deje de marginar”, agregará.

Gilma ha terminado de darle mantenimiento a su plantación de ejotes. En cosechas pasadas esta parcela le ha rendido entre $10 y $12 cada dos días –saca entre cinco y seis docenas de manojos que vende en Zacatecoluca a $2 cada una–. Sin embargo, en esta cosecha solo ha podido generar $3 cada tres días. “No puedo sacar más de docena y media. Mejor voy a sembrarle loroco, talvez me rinde más”, asegura.

Si no fuera porque cuenta con el apoyo de su familia, lo más probable es que Gilma y sus hijos estuvieran obligados a ayunar con frecuencia. Aunque lo reconoce, Gilma asegura que hará todo lo que esté a su alcance para proveer. Se enjuga el ojo izquierdo porque le cayó sudor. Parpadea varias veces. Suspira.

—Si esta tierra ya no quiere, voy a ver cómo me las arreglo para alquilar en otro puesto. Y si ya no tengo cómo sembrar, le voy a hacer de mozo, pero mis hijos de hambre no se van a morir.

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