La tormenta política que se avecina

Los votantes estadounidenses registrados en los partidos Demócrata y Republicano empezarán a decidir dentro de una semana quién será su respectivo candidato o candidata para luchar por la presidencia en noviembre de este año. A estas alturas especialistas consultados prevén que las internas en los dos partidos históricos de Estados Unidos pueden provocar una división importante entre los Republicanos y sorpresas desagradables para Hillary Clinton, la favorita para la nominación en el bando Demócrata.
Enlace copiado
La tormenta política que se avecina

La tormenta política que se avecina

La tormenta política que se avecina

La tormenta política que se avecina

Enlace copiado
“ Esta noche será la última vez que mi mamá debatirá con sus oponentes antes de que la gente se congregue y vote en Iowa y New Hampshire. Los votantes están poniendo atención: lo que pase esta noche podría marcar la diferencia en las votaciones (estatales) iniciales, que son tan importantes”. Así el texto en un correo electrónico masivo enviado por los comandos de campaña de Hillary Clinton, y firmado por su hija Chelsea, antes del cuarto debate televisivo entre los contendientes del Partido Demócrata por la nominación a la candidatura presidencial. Además de la exsecretaria de Estado compiten en la primara demócrata Bernie Sanders, senador por el norteño estado de Vermont, y Martin O'Malley, exgobernador del estado de Maryland.

Al final de correo de Chelsea Clinton, un mensaje extra: “Si estas con ella, hoy es un buen día para donar un dólar, no por el dinero, pero para mostrarle que estás con ella”. Y enseguida un botón interactivo para, de inmediato, donar un dólar –o más– vía tarjetas de crédito o débito u otros mecanismos electrónicos.

Bienvenidos a la precampaña presidencial de Estados Unidos, marcadas en buena medida por la discusión sobre qué tan importantes y condicionantes son para los candidatos las cantidades de dinero que reciben del público, de grandes contribuyentes privados o corporativos a través de donaciones directas como las que pide Chelsea Clinton para su madre o través de contribuciones mucho más grandes hechas por multimillonarios a los llamados “SuperPac”, instancias sin fines de lucro cuyo único objetivo es canalizar esos fondos para pagar las inmensas maquinarias de asesores, empleados, informáticos y colaboradores de los aspirantes.

EBienvenidos a la precampaña presidencial de Estados Unidos, en la que la comunicación virtual a través de correos electrónicos y redes sociales son ya una parte indispensable. Fue el candidato Barack Obama quien en 2008 y 2012 perfeccionó las tácticas cibernéticas de alcance masivo; la camada de 2016 ha seguido su ejemplo.

Solo entre el 16 y el 19 de enero pasados, la campaña de Hillary Clinton envío desde al menos tres cuentas separadas 27 correos electrónicos a los votantes y simpatizantes que se han registrado en sus bases de datos. (Para este reportaje esta revista se registró como medio de comunicación a una de las cuentas). En buena parte de los correos, casi la mitad, la candidata, su hija Chelsea o su esposo Bill, el expresidente, piden donaciones para la campaña de Hillary.

Hay otras comunicaciones, no obstante, en las que la exsecretaria arremete, a pocas horas del cuarto debate televisivo entre demócratas, celebrado en Chicago, contra el senador Sanders, quien según las últimas encuestas ha crecido considerablemente entre votantes jóvenes de clases media y media alta y, gracias a ello en parte, se ha puesto codo a codo con la Clinton en Iowa y New Hampshire, estados en que primero se celebran las primarias.

EBienvenidos, entonces, a una contienda electoral que ya está marcada por nubes de tormenta. Por doquier.

En el campo Demócrata. La candidata favorita se enfrenta, de nuevo, a un imprevisible competidor, un viejo senador que, entre otras cosas, se declara social-demócrata, una etiqueta política cuasi-prohibida (“non-starter”, algo así como truncada desde el comienzo, la llamó hace poro el influyente The New York Times) hasta hace cinco años.

ELos Republicanos, por su parte, siguen viendo con infinita sorpresa ya no el ascenso sino la consolidación de Donald Trump como el aspirante favorito para competir por la Casa Blanca. Y ven, los miembros del llamado Viejo Gran Partido (el “Grand Old Party” o GOP), casa política de Abraham Lincoln entre otros, que el competidor más cercano a Trump es Ted Cruz, un senador tejano de origen cubano que en temas como la migración, la disciplina fiscal y el militarismo se posiciona incluso más a la derecha que el multimillonario.

Consciente acaso de la brecha ideológica que parece ensancharse y que amenaza con marcar definitivamente el perfil político de su sucesor o sucesora, Barack Obama, presidente actual (el “incumbent” como se llama en inglés al funcionario a cargo), utilizó su último discurso anual ante el Congreso, pronunciado el 13 de enero pasado, para, de alguna manera, aceptar la parte que le toca en la polarización política: “….De las cosas de las que me arrepiento de mi presidencia (son) el rencor y la sospecha (que existe) entre los partidos, que ha empeorado en lugar de mejorar. No dudo de que presidentes con las atributos de Lincoln o Roosevelt hubiesen construido mejores puentes… les garantizo que seguiré tratando mientras sea el titular de esta oficina…”, dijo Obama.

Pero también se refirió Obama a los viejos paradigmas de la política estadounidense para apelar a ideales de unidad y bien común, algo que, vistos los tonos de las campañas de quienes pelean por sucederle en la Casa Blanca, parecen solo eso: referencias románticas a la búsqueda del bien común desde la política a pesar de las diferencias:

“América (Estados Unidos) ha vivido cambios grandes en el pasado; guerras y depresiones (económicas), la llegada de nuevos migrantes, obreros luchando por tratos justos, movimientos para expandir los derechos civiles. Cada vez hubo quienes nos dijeron que debíamos temer al futuro; quienes aseguraron que podíamos parar los cambios; quienes nos prometieron restaurar glorias pasadas si lidiábamos con algún grupo o idea que amenazaba con tomar el control de América. Y cada vez fuimos capaces de sobreponernos al miedo. Nunca, en palabras de Lincoln, nos adherimos ‘a los dogmas del pasado silencioso’; en lugar de eso pensamos de forma diferente, actuamos de forma diferente”, dijo Obama a las dos cámaras del Congreso.

Al día siguiente, en el editorial que hacía referencia al discurso del presidente, el Washington Post observaba que la de Obama era una referencia silenciosa a Trump, el candidato republicano que lidera las encuestas y quien ha hecho suyos postulados de rechazo contra varias minorías, como los musulmanes (a quienes tras los atentados terroristas en París y San Bernardino, California, ha propuesto vetar la entrada a Estados Unidos) o los latinos (de los mexicanos dijo que la mayoría de los que vienen a buscar trabajo son “violadores” y “criminales”).

Tormentas. Se vienen tormentas. Pero no son, estas, tormentas de signo nuevo. La política estadounidense ya ha navegado por estos crudos inviernos.

El sistema estadounidense de primarias es una complicada sucesión de elecciones parciales, que este año se realizarán entre el 1.º de febrero y el 14 de junio, protagonizadas por los votantes registrados de los partidos en “congregaciones” estatales. De cada uno de esas elecciones salen delegados que representan el sufragio popular. Después de las rondas estatales, los comités generales de los partidos, en sendas convenciones nacionales, nominan al precandidato (a) favorecido por la mayoría de votantes en las rondas previas.

Hay, en esta carrera, momentos simbólicos, y el orden en que votan los estados es también importante debido, entre otras cosas, a los componentes étnico y racial. Así, ganar el primer estado en contienda, Iowa, de mayoría blanca y signo económico rural, puede ser una catapulta importante en la contienda, pero puede tener significados distintos dependiendo del candidato.

Del lado Republicano, las encuestas publicadas hasta ahora dan suficiente ventaja –de hasta 15 puntos– a Donald Trump, la cual, de materializarse, daría un aire prematuro sino de inevitabilidad de contundencia a un candidato que hasta hace un par de meses aún era considerado una especie de excentricidad.

“He pasado de pensar que Trump no sería de ninguna manera el nominado a creer que es posible que sea él. Veo a (Ted) Cruz ganando Carolina del Sur y a Trump ganando New Hampshire con (Chris) Christie (gobernador de New Jersey) en segundo… La verdadera prueba será el Súper Martes (el 1.º de marzo, día en que 15 estados eligen a 1,017 delegados demócratas y a 689 delegados republicanos)”, dice a título personal Dan Fisk, asesor de asuntos latinoamericanos durante la presidencia de George W. Bush y en la actualidad vicepresidente del Instituto Republicano Internacional.

Fisk recuerda, no obstante, que no es la primera vez que un fenómeno como el de Trump, el de un forastero político que irrumpe con fuerza en el estatus quo, ocurre en la derecha estadounidense.

“Vimos algo parecido con Ross Perot (otro multimillonario que desafío a los partidos tradicionales al postularse como independiente en la presidencial que Bill Clinton le ganó en 1992 a George Bush padre). Pero creo que esta vez es algo más profundo que la vez anterior. Irónicamente creo que la riqueza de Trump refuerza la idea de que no se debe a nadie”, matiza Fisk.

En el lado demócrata, Bernie Sanders ha mostrado un crecimiento importante de cara a las votaciones en las congregaciones de Iowa y New Hampshire, las primeras de la carrera.

Sanders ha dejado de ser, como Trump, una excentricidad para posicionarse como una amenaza real a la nominación de Hillary Clinton, algo que, sin lugar a dudas, ha provocado reacciones en el campo de la exsecretaria de Estado, que pasó de minimizar el fenómeno “Bernie” a confrontarlo sin contemplaciones como una estrategia para convencer al voto demócrata más joven y de izquierdas, que es donde el senador de Vermont parece haber ganado adeptos con su mensaje de ataque a los grandes intereses financieros de la banca estadounidense y de defensa de un estado robusto, capaz de garantizar, por ejemplo, seguridad social universal.

“El discurso de Sanders es apasionado y ha generado entusiasmo, especialmente entre votantes blancos y jóvenes. Clinton es más pragmática y centrista; algunos dicen que demasiado precavida y calculadora, pero ella se ha probado en los niveles más altos y se la percibe ampliamente como la apuesta más segura”, dice Michael Shifter, presidente del Diálogo Interamericano, uno de los tanques de pensamiento más respetado de Washington.

La estrategia de la Clinton parece, antes de Iowa, bastante clara: minimizar a su competidor inmediato. “Críticos y expertos coinciden: Plan de Sanders lleno de slogans y con pocos detalles”, “Sanders votó para desregular a Wall Street” y “Sanders no tiene un plan coherente para (enfrentar) al Estado Islámico” son los títulos de tres de los correos electrónicos que la campaña de Clinton envío a sus contactos de prensa el 17 de enero, justo antes del cuarto debate demócrata y poco después de que dos encuestas mostraran al senador de Vermont empatado con la ex primera dama en Iowa e incluso delante de ella en New Hampshire.

Fisk y Shifter creen posible que Sanders gane las dos primeras rondas de primarias, pero dudan que esto implique que a Clinton le pasará lo mismo que en 2008, cuando el senador Barack Obama se agenció Iowa y terminó ganando la nominación. Esta vez, dicen los analistas, es diferente.

“Clinton tiene la demografía de su lado: tiene mucho más apoyo que Sanders entre el voto no-blanco, tanto entre los latinos como entre los afroamericanos, y esa ventaja será mucho más evidente después de Iowa y New Hampshire, en estados como Nevada y Carolina del Sur, que demográficamente son más parecidos al todo nacional”, analiza Shifter, quien sin embargo advierte que “en esta extraña elección probablemente es un error descartar a nadie”.

Hay quienes ven en la competencia entre Sanders y Clinton una recomposición ideológica que redefinirá el rumbo del partido demócrata. Y hay quienes ven en la retórica impuesta por Trump y Cruz en el campo republicano una radicalización del partido hacia la derecha. Fisk matiza la trascendencia ideológica en el lado demócrata y, más bien, relaciona el surgimiento de fenómenos políticos como Trump y Sanders al descontento de electores de izquierdas y derechas con el status quo tradicional.

La tesis de este analista es que Trump se está beneficiando de la insatisfacción de una parte importante del electorado: el voto blanco de clase baja, media o media baja que se siente menos representando en un país cada vez más diverso.

“No es solo algo que atañe al Partido Republicano: combina un sentimiento populista de vieja data… la desconfianza e insatisfacción en temas como la migración o la cultura (por ejemplo los derechos de los gays)… de gente que ve su país y sus valores bajo asalto… Desde su perspectiva, las cosas no van en la dirección correcta”, opina Fisk, quien es uno de los analistas que en el pasado ha insistido en que la vigencia política del partido republicano pasa, precisamente, por apelar a las minorías.

“No veo muchas diferencias ideológicas entre Clinton y Sanders; (creo) más bien que son diferencias tácticas…”, asegura Fisk, quien cree que Sanders, que a diferencia de Trump sí es un político de carrera, también se está beneficiando de la insatisfacción de una porción importante de la base demócrata por los compromisos adquiridos por el status quo de su partido con sus contrapartes republicanas. “Algunas veces imágenes similares se reproducen en el espejo en ambos lados del espectro político”, sentencia.

Tácticas, estratégicas o ideológicas. De izquierda radical contra izquierda centrista. De derecha radical contra derecha sistémica. O, simplemente, de los candidatos favoritos contra quienes les pisan los talones. Cualesquiera que sean los signos de las nubes, las tormentas políticas que se avecinan en Estados Unidos comenzarán tan pronto como el 1.º de febrero, cuando los votantes de Iowa abran oficialmente la carrera para definir quienes competirán por convertirse en el 45.º presidente o presidenta de la Unión Americana.

Gilberto Zelaya es un salvadoreño de origen neoyorquino y, desde hace al menos cuatro años, uno de los miembros de la junta electoral nacional del condado de Montgomery en Maryland. El 5 de noviembre de 2012, justo antes de que Obama resultara elegido presidente de Estados Unidos por segunda vez, el “doctor Zelaya” como le llaman en Maryland, me contó una anécdota que, a la luz de las tormentas electorales que se avecinan, sigue teniendo relevancia cuando se piensa en lo que esas tormentas significan para los salvadoreños que emigraron hacia el norte.

Zelaya me contó entonces que sus padres, ciudadanos estadounidenses ambos, viven en El Salvador desde que se retiraron a inicios de esta década. Aquel noviembre de 2012, Zelaya me mostró un par de sobres con los nombres de sus padres en los que iban las papeletas certificadas de votación que llenarían en El Salvador y luego enviarían de regreso a Maryland.

“Siempre le digo a mi padre que en este país votar sí cuenta para algo, y le insisto que vote”. Maryland, en cuyos condados aledaños a Washington viven decenas de miles de latinos, es un estado que tradicionalmente vota por los demócratas. En la vecina Virginia, hogar también de miles de centroamericanos, los resultados suelen fluctuar entre un partido y otro, pero en los condados del norte del estado, aledaños a la capital, fue ese voto, el latino, el que decantó las cosas a favor de Obama, tanto en 2009 como en 2012.

Este año, las tormentas políticas –electorales o no– han provocado un ciclón que ha afectado directamente a esos votantes y sus familias: la política de deportaciones ejecutada por la administración Obama desde principios de año, que hasta ahora se han saldado con 121 capturas de madres y menores indocumentados y con la deportación de la menos 88 de ellos.

De acuerdo con el Pew Hispanic Research Center, una de las casas encuestadoras y centro de análisis estadístico más respetados de Washington, las políticas migratorias y las deportaciones en específico son temas prioritarios para los votantes latinos. En una nota que publicó en su portada del 20 de enero pasado el Washington Post reveló que el número de votantes latinos habrá crecido en más de 4 millones con respecto a 2012, pero el artículo también señala que, históricamente, la latina es la minoría que menos sale a votar.

“Está por verse si los insultos provenientes de algunos candidatos –Trump– tendrán alguna influencia. Pero es posible que la controversia generada por la discusión migratoria y otros temas relacionados durante la campaña de 2016 genere una mayor presencia de votantes latinos”, dice el Post.

Las tormentas que abaten a los migrantes indocumentados llevan un buen rato azotando en Estados Unidos. Y hay tormentas políticas que se avecinan. En noviembre de este año se sabrá cuál fue la confluencia final entre ellas.

• El autor es investigador asociado del Centro de Estudios Latinoamericanos de American University en Washington, D. C.

Tags:

  • hillary clinton
  • democracia
  • eleciones
  • comunidad latina
  • donald trumpo
  • estados unidos

Lee también

Comentarios

Newsletter