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La violencia aquí

Hoy en Pensilvania, por ejemplo, Helen Ubiñas, una columnista del Philadelphia Daily News, pudo comprar un fusil AR-15 semiautomático en 7 minutos mostrando solamente su licencia de conducir.
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Hoy leí la historia de Júnior Acosta, un inmigrante salvadoreño que llegó a Florida hace dos años y que terminó con dos heridas de bala a causa de la violencia aquí, la de Estados Unidos. Júnior había ido a encontrarse para bailar con unos amigos en el bar Pulse en Orlando, Florida, y ahí, según reportan los noticieros, Omar Mateen entró al club gay y empezó a disparar matando a 50 personas y dejando a otras 53 gravemente heridas.

Si Júnior es como muchos inmigrantes salvadoreños, la violencia de El Salvador es un factor central en la decisión de irse. No se me escapa la ironía de emigrar de un país que está catalogado entre los más violentos del mundo para terminar recuperándose en una camilla de hospital con lesiones sufridas en un tiroteo masivo en Estados Unidos.

¿Cómo entender la violencia aquí? En su poema “La violencia aquí” de los años setenta en El Salvador, Roque Dalton le respondía al poema de David Escobar Galindo “Duelo ceremonial por la violencia”, y ambos dialogaban sobre la naturaleza de la violencia de esa época. Escobar Galindo la metaforizaba como una fuerza atroz y salvaje que nacía desde fuera de la luz de la civilización. En su poema, Dalton sumaba a esto la idea de que la violencia, en vez de ser únicamente una interrupción a la cotidianidad, es un fenómeno que nace de una forma orgánica de ella. En conjunto los dos poemas explican algo de la violencia que va más allá de las particularidades de ese momento histórico y es que la violencia, como la que vimos en Orlando esta semana, es siempre una interrupción salvaje de la civilización, pero también nace de una forma orgánica de la misma sociedad. Y en eso la violencia de Estados Unidos se parece mucho a la de El Salvador.

La violencia siempre es una terrible interrupción a la normalidad pero en Estados Unidos también nace de una cultura en que la posesión de armas es un pilar de la identidad nacional. Hoy en Pensilvania, por ejemplo, Helen Ubiñas, una columnista del Philadelphia Daily News, pudo comprar un fusil AR-15 semiautomático en 7 minutos mostrando solamente su licencia de conducir; en fin, comprar un rifle de asalto es un derecho constitucional protegido por la ley. La facilidad de conseguir armas combinada con otros factores de la vida estadounidense, como el consumismo, el aislamiento social evidenciado por la era de los selfies y la amenaza de terrorismo que satura los medios, sobre todo en los años electorales, ayudan a crear las condiciones para la violencia. Nada mejor que las palabras de una conocida en Facebook para resumir el problema. Ella comentaba que portaba una pistola porque quería poder llegar tranquila a las tiendas sin terminar siendo una víctima indefensa de “un loco” que decide entrar en un almacén y sacar un rifle: “Hay mal en el mundo y si el mal tiene un arma, yo quiero un arma también”.

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