Ladinos

La homogeneización de “la raza” o el concepto de ciudadano se concibe diferente y, por ello, ser mestizo en uno u otro país es muy distinto.
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La primera vez que escribí “ladinos” en una parte de algún capítulo de mi tesis, mi directora (de origen dominicano, pero que lleva muchos años en México) me dijo que pusiera una nota del uso que en Centroamérica le damos a ese apelativo. Porque es muy fácil revisar cualquier publicación en El Salvador o en Guatemala donde se puede encontrar categorías como “indígenas”, “ladinos”, “mestizos”, y no reaccionamos que ladino tenga algo despectivo: soy mestiza o ladina, he explicado.

Y no solo soy yo. El último censo de población de El Salvador (el de 2007) señala que el 86.3% de la población salvadoreña se denominó mestiza o, como publicó la DIGESTYC, como categoría “mestizo (mezcla de blanco con indígena)”, un 12.7% “blanco”, 0.2% se declaró “indígena” y un 0.1% “negro (de raza)”. Las especificaciones en paréntesis son tomadas de la presentación oficial de los resultados.

Ladino, en México, por lo que yo noté ante la reacción de la gente, guarda algún tipo de malestar y cualidad despectiva sobre un grupo de personas. En su esencia, la palabra implica separar, aislar un grupo de otro, es decir la creación de subalternos. Noté, además, que lo “indígena” en Guatemala, El Salvador y Costa Rica (mis países de estudio) era distinto y que, por lo tanto, lo ladino también era diferente. Porque la homogeneización de “la raza” o el concepto de ciudadano se concibe diferente y, por ello, ser mestizo en uno u otro país es muy distinto.

Ladino, de acuerdo con la Real Academia Española, tiene como primera acepción el adjetivo de “astuto, sagaz, taimado”, de ahí que tenga un uso despectivo. Mientras, se señala que en América Central es un adjetivo que designa “mestizo” o “mestizo que solo habla español”. Porque la palabra proviene del cómo se le llamaba a los musulmanes que hablaban castellano en España.

David Díaz Arias, en su artículo “Entre la guerra de castas y la ladinización. La imagen del indígena en la Centroamérica liberal, 1870-1944”; explica que en nuestra región hubo tres caminos que construyeron lo indígena, lo no indígena y lo ladino. En el caso costarricense, explica, que la construcción de ciudadanía se hizo con base en una clase homogénea “blanca”; mientras que en países como El Salvador, Nicaragua y Honduras –en parte por los procesos de organización del campesinado– implicó que el proyecto de nación se construyera a partir de la pérdida de identidad de los indígenas. Guatemala, por su parte, mantuvo la continuidad histórica del modelo colonial de exclusión de lo indígena.

Todo esto tuvo que ver con más elementos históricos, los tipos de conquistas, el modelo agroexportador y mucho más que no alcanza en esta pequeña columna. Lo que sí me alcanza es recordar que en este mes de enero, hace 81 años, se llevó a cabo el levantamiento obrero campesino que terminó en insurrección y posteriormente en genocidio, tanto por la matanza de indígenas en la zona occidental del país como por haber constituido el momento clave donde este grupo renunció a su identidad por la persecución indígena-campesino-comunista.

Wittgenstein dice que “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo ”. En el caso salvadoreño, los límites de nuestro mundo también lo son de nuestro lenguaje. En mi lenguaje muy restringido y subjetivo “ladinos” somos todos los salvadoreños, como lo normativo. Así, en esa palabra se encierra la historia que no decimos y que, seguramente, ignoramos.

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