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Las 3,000 mexicanas que no han vuelto a su casa en el D. F.

El Centro de Atención a Personas Extraviadas o Ausentes (CAPEA) de Ciudad de México registró 187 reportes de mujeres desaparecidas solo entre enero y marzo de este año. Pese a lo extendido del problema, las opciones de los familiares para buscarlas son pocas. Las autoridades les ofrecen poco más que el diseño de un afiche para que ellos mismos le saquen copias y las peguen en las calles.
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Ruta.  Todos los días, Ana Paola Franco iba y venía de su casa al trabajo, por el mismo camino. La caminata no le tomaba más de 20 minutos.

Ruta. Todos los días, Ana Paola Franco iba y venía de su casa al trabajo, por el mismo camino. La caminata no le tomaba más de 20 minutos.

Sin respuesta.  Su familia marcó una y otra vez al celular de Paola. Le mandó mensajes. Nada, el teléfono estaba apagado.

Sin respuesta. Su familia marcó una y otra vez al celular de Paola. Le mandó mensajes. Nada, el teléfono estaba apagado.

Espacio.Ana Paola Franco es una de las desaparecidas. Su familia mantiene sus cosas tal y como las dejó, en su cuarto están su ropa y sus grandes muñecos de peluche.

Espacio.Ana Paola Franco es una de las desaparecidas. Su familia mantiene sus cosas tal y como las dejó, en su cuarto están su ropa y sus grandes muñecos de peluche.

Desapariciones oficiales.  En los registros de CAPEA figuran 3,054 mujeres desaparecidas.

Desapariciones oficiales. En los registros de CAPEA figuran 3,054 mujeres desaparecidas.

La ciudad. Al problema de las migrantes desaparecidas se suma que la ciudad ya está aportando su propia cuota de mujeres en esta situación.

La ciudad. Al problema de las migrantes desaparecidas se suma que la ciudad ya está aportando su propia cuota de mujeres en esta situación.

Las 3,000 mexicanas que no han vuelto a su casa en el D. F.

Las 3,000 mexicanas que no han vuelto a su casa en el D. F.

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Ana Paola Franco recientemente cumplió 21 años, pero esta vez no apagó las velas de un pastel rodeada por su familia. La tradición se rompió. En su cuarto está su ropa, su cama y sus grandes muñecos de peluche. Los recuerdos de la vida que llevaba. Todo está intacto desde el 9 de febrero de 2016. Ese fue el último día en el que la joven salió de su casa rumbo al trabajo y se despidió de su hermano con un simple “Nos vemos en la noche”. No lo pudo cumplir.

Más de 24 horas después de no saber nada de ella, su nombre se añadió a un volante con su fotografía y señas particulares. Estas fichas, emitidas por el Centro de Atención a Personas Extraviadas o Ausentes (CAPEA) de la Ciudad de México, no son noticia. Su caso fue uno de los 187 reportes de mujeres desaparecidas que se llenaron entre enero y marzo de 2016 en la capital.

Un lugar en el que nadie ve nada


Al sur de la ciudad, pasando uno de los parques de diversión más famosos de la zona, los caminos comienzan a extenderse hacia lo alto del cerro del Ajusco. Casi al llegar a la cima de una de estas calles está la casa de la familia Franco Aguilar. Sin cámaras de seguridad del gobierno local instaladas en algún punto cercano, no hay ojos que vigilen lo que aquí ocurre.

Paola conocía bien el rumbo, prefería caminar un poco más y llegar hasta avenidas transitadas que recorrer áreas solitarias. Su rutina era muy sencilla: todos los días salía a las siete de la mañana. Primera parada, dejar a su hermano, de 12 años, en la secundaria. De ahí se iba a un pequeño negocio familiar donde era capturista. A la una regresaba a comer a casa y dos horas más tarde, volvía al trabajo.

Ese martes los puntos ya no se unieron. Después de las cinco de la tarde, Óscar Franco, padre de Paola, recibió una llamada que le trastocó la vida. Le informaron que su hija no había regresado a trabajar y nadie sabía dónde estaba. “Llamé a su celular y nada. Tardé 40 minutos en llegar a mi casa. La fui a buscar a unas vías del tren cercanas que están rumbo a Cuernavaca. Si le habían hecho algo, a lo mejor me la habían dejado ahí”, relata.

La imagen de la joven de 20 años comenzó a difundirse en redes sociales. Familiares y amigos compartieron su foto con la esperanza de que alguien llamara y les diera algún dato. Las horas transcurrieron y las respuestas jamás llegaron.

Óscar quería actuar rápido. Salió hacia las oficinas del Ministerio Público de Tlalpan. Ahí se topó con la pared más grande que encuentran las familias en una situación similar: “Tiene que dejar pasar 48 horas porque es mayor de edad”. Salió de las oficinas con la zozobra de que nadie buscaría a su hija.

En los protocolos de búsqueda de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal (PGJDF) no se habla de un periodo mínimo de espera. “El Ministerio Público deberá actuar de manera coordinada con la Policía de Investigación y los Servicios Periciales, de manera pronta, expedita y exhaustiva desde el momento en que tienen conocimiento de los hechos”, así lo marca la ley.

Afuera del lugar, un agente de la policía les aconsejó: “Vayan directo a CAPEA. Si levantan la denuncia aquí, es probable que llegue en casi un mes allá”, cuenta con tristeza Alma Estela, madre de la joven.

Apenas regresaron a su casa sintieron un vacío en el estómago. El hueco de un hijo ausente. Marcaron una y otra vez al celular de Paola. Le mandaron mensajes. Nada, el teléfono estaba apagado. El tictac del reloj se hizo insoportable. Esa fue la primera de muchas noches sin dormir para los Franco Aguilar.

Sin ayuda para encontrarlas


El número 103 de la calle Dr. Andrade es el punto inicial para muchas familias que buscan a una persona en la ciudad. El edificio de tres niveles cubierto con ventanales que reflejan todo lo que ocurre en el exterior, es la sede de CAPEA. Aquí se iniciaron 6,057 averiguaciones especiales en los últimos tres años, dice José Antonio Ferrer, director de la institución. Seis de cada diez casos, es decir 3,430, eran mujeres.

“Cuando se tiene algún familiar extraviado o ausente, la ciudadanía puede acudir directamente a CAPEA o a cualquier agencia del Ministerio Público para hacer su reporte”, dice Ferrer. Este Centro hace desde una búsqueda inicial en hospitales, ministerios o albergues, hasta la solicitud de cámaras de seguridad a la Secretaría de Seguridad Pública e investigación en el lugar de la ausencia, asegura su director.

La experiencia de Óscar no se acerca a esta descripción. Desde el Ajusco hasta la colonia Doctores, cada kilómetro lo recorrió pensando que alguien lo ayudaría a encontrar a su hija. Pasó horas cambiándose de un cubículo a otro. Contestó todo tipo de preguntas sobre la vida de Paola. Querían saber si tenía novio o pretendientes, si salía mucho, si había tenido alguna discusión en casa o por qué no estudiaba.

“Todo lleva un proceso y un protocolo”, fue lo que escucharon al final de su primera visita en CAPEA. Después de estar casi un día ahí, Óscar solo obtuvo un fotovolante, con el número de registro AYO/447/2016. Las impresiones corrían por su cuenta. Esa primera vez sacó mil copias. Pegar los carteles también era su trabajo. Arriba de la foto de la veinteañera se lee la frase: ¿La has visto?

El mismo día recibieron una llamada desde un teléfono desconocido. Una voz joven les decía que estaba bien, que no tenía celular y que creía estar fuera de la ciudad porque no reconocía nada. El cronómetro aún no marcaba un minuto cuando la línea se cortó. “Estoy segura de que era Paola”, asegura su madre.

Les informaron esto a los agentes encargados de su caso. Sabían que detrás del dueño de esta línea telefónica podría estar el responsable de la desaparición de su hija. “No quisieron investigar el número. Nos dijeron que por eso no debíamos poner nuestro teléfono en carteles. Que seguro era una llamada falsa”, dice Alma Estela.

Más de 40 días habían pasado desde que la joven de la sudadera rosa mexicano se esfumó al cruzar la puerta de su casa y las autoridades aún no tenían ninguna pista de su paradero. No se consiguió el rastro del celular de Paola ni el informe de su tarjeta de nómina. El perímetro territorial que marcaron los agentes no abarcaba ninguna cámara de seguridad, aunque unos metros más adelante sí existía una, y cuando lo notaron ya era demasiado tarde para obtener las grabaciones.

CAPEA no tenía nada. El error de los padres: aceptar en la declaración inicial que su hija tenía un pretendiente. “Seguro se fue con el muchacho y en cualquier momento los llama”. La frase del agente del Ministerio Público fue como una bofetada en la cara para Alma Estela y Óscar.

Ambos sabían de la existencia de este hombre desde seis meses atrás. Paola lo había conocido en unas diligencias en el Estado de México. La confianza con la que quería tratarla la incomodaba. Tiempo después se volvieron a encontrar en la Ciudad de México.

“No sé cómo ni por qué, pero repentinamente la convenció de que comenzaran a verse”, dice su madre.

Hasta el día en que este joven de 27 años se presentó ante Alma Estela y le pidió permiso para “cortejar” a Paola. Le explicó que viajaba constantemente por su trabajo y pronto iría a Baja California por unos días. La respuesta de la mamá de Ana Paola fue negativa. No volvieron a saber de él.

Esta información llevó a las autoridades a la misma conclusión que en otros casos: al parecer, la joven de 20 años se había fugado con el novio. Las investigaciones eran casi nulas. La familia contaba con algunas pistas de la identidad de este sujeto, pero los oficiales no hicieron nada. No había pruebas de que se la hubiera llevado contra su voluntad.

El expediente de Ana Paola Franco Aguilar se quedó como una ausencia más en la capital del país. Su archivo no podía ir a la procuraduría ni a Fevimtra, Fiscalía Especial para los delitos de Violencia contra las Mujeres y Trata de Personas. Ante los ojos de los agentes no había ningún indicio para suponer que la veinteañera estaba siendo retenida contra su voluntad. No existía un delito que perseguir.


El lugar donde no pasa nada


El nombre de Ana Paola Franco es uno de los tantos que integran la base de datos de personas extraviadas en la ciudad, conocida como CAPEA. La Unidad de Periodismo de Datos de EL UNIVERSAL sistematizó estos registros, disponibles para consulta en la página de la PGJDF a marzo de 2016, para descifrar a cuántas mujeres se está buscando en la capital.

De los 6,878 reportes con los que hasta ahora cuenta el sitio, 3,054 son de mujeres. Los años de registro van de 2002 hasta finales de 2015. José Antonio Ferrer asegura que la página web se actualiza constantemente y cuando encuentran a una persona, se elimina del portal.

-¿Entonces todos los casos que hay ahí están vigentes?

– Sí.

En cada una de las fichas están los rostros y descripción general: edad, estatura, color de cabello, tipo de cara, ojos, nariz y boca. También aparecen los datos sobre el lugar en el que fueron vistas por última vez y la ropa que vestían. Abajo, junto al número de expediente, la palabra “AUSENTE”. Esta etiqueta ha hecho que más de 3,000 casos no sean la prioridad de los funcionarios de la capital. Ferrer, director de CAPEA, es contundente al describir lo que hace la institución a su cargo, “Nosotros no conocemos de desaparecidos. Son personas extraviadas o ausentes”.

En el único registro que existe en la Ciudad de México para buscar a una persona, sus nombres fueron encasillados como una simple ausencia. El director de CAPEA describe este término: “Es cuando una persona sale de su domicilio por relación propia. A lo mejor por problemas en el seno familiar, pero por decisión propia no pretende regresar”.

Organizaciones como la Red por los Derechos de la Infancia (REDIM) están en contra de estos tecnicismos. “El decir ausente, extraviado, no localizado, es tener una determinación que te bloquea la posibilidad de comenzar una búsqueda de forma apropiada”, dice Juan Martín Pérez, director de la Red.

En seis de cada 10 registros encontrados en el sitio de CAPEA, es decir 1,972, las jóvenes tenían entre 13 y 20 años la última vez que fueron vistas. Las delegaciones Iztapalapa, Gustavo A. Madero y Cuauhtémoc reúnen el 44 % de estos casos.

Entre 2009 y 2011 hay un promedio de 300 casos no resueltos, anualmente. En 2012 esta cifra llegó hasta los 432 reportes de personas del sexo femenino que no lograron regresar a sus casas. La cifra, lejos de disminuir, presenta incrementos importantes. En los registros de 2015 se encontraron los nombres de 522 mujeres que siguen desaparecidas, según los datos que están disponibles en la página de CAPEA.

El día que el padre de Paola fue llamado a la Delegación Magdalena Contreras para identificar un cuerpo, se dio cuenta de la magnitud del problema. Como él, una fila de madres esperaba su turno. Lo que vio lo impresionó. “Era una chica como de 17 años. La dejaron tirada cerca del Ajusco. La degollaron. Tenía todo el rostro golpeado […] Prefiero pensar que mi hija se fue con alguien a que la pueden dañar así”, relata con lágrimas en los ojos.

¿Quién las busca?


La Unidad de Periodismo de Datos de EL UNIVERSAL solicitó, vía transparencia, el número de averiguaciones previas que se han abierto en la PGJDF por el delito de desaparición. La respuesta aún no llega.

En el departamento de Comunicación Social de la misma dependencia tampoco lograron contestar quién es la persona indicada para hablar sobre el tema. Esta es la capital del país, donde existen más de 3,000 fichas de mujeres que se tragó la tierra, pero donde su investigación va guiada por terminología que las cataloga como “ausencias voluntarias”, en su mayoría.

Alma Estela está segura de que Paola está siendo retenida por alguien más. Sentada junto a un viejo comedor para cuatro personas que tiene en su casa, narra cada paso que han dado en la búsqueda de su hija. La boca se le seca al hablar sobre su vida de antes y recordar la primera noche que pasaron en vela esperando respuestas. “No puedes volver a dormir en paz”, dice la madre.

En la mesa desvencijada de madera están las pocas fotografías que encontró de su hija. Copias de mensajes de teléfono. Las fichas con los datos principales. El recibo de nómina en el que encontraron el nombre del supuesto pretendiente. Todo forma parte de ese rompecabezas sin sentido. La mirada triste de Alma revisa una y otra vez cada documento. Intenta encontrar un detalle que se le pasara desapercibido.

El Observatorio contra la trata de personas con fines de explotación sexual del Distrito Federal advierte que las autoridades no se quieren dar cuenta del problema. “La ciudad está comenzando a generar su propias víctimas de trata y el gobierno lo está ignorando”, dice Gerardo Nava y Víctor Núñez, miembros de esta organización que lleva más de cuatro años investigando sobre estos casos.

Al igual que Paola, Cinthia Angélica, Viridiana, Litzy y Sandra, son algunos de los nombres que se encuentran en la base de datos de CAPEA. Sus familiares han dedicado tardes enteras a caminar cada una de las calles de la Ciudad de México, pegando copias de los volantes que les dieron cuando reportaron su desaparición. Sus casos continúan en un vacío legal.

En algunas investigaciones se sospecha de violencia de pareja. En otras, se abre la posibilidad de un nuevo amigo que nadie conoce. Y en un gran número, estas mujeres simplemente se desvanecieron. Al final, sus expedientes siguen en CAPEA o han sido enviados a la procuraduría o a Fevimtra por presión de las familias que están cansadas de buscar ayuda en las ventanillas incorrectas.

Las razones son las que siguen quedando en una incógnita. “La pregunta principal que se tendrían que estar haciendo las autoridades es ¿por qué desaparecen estas mujeres? Pero probablemente ya te meterías en problemas”, dice Víctor Núñez, miembro del Observatorio contra la trata. Sin estas respuestas no se puede atacar el problema de manera adecuada.

En 2015, la Comisión de Administración y Procuración de Justicia de la VI Legislatura peleaba porque se creara un registro de personas desaparecidas en la capital. En mayo de 2015, parecía que el gobierno de Miguel Ángel Mancera escuchaba su petición y promulgó la Ley para prevenir, eliminar y sancionar la desaparición forzada de personas y la desaparición por particulares en el Distrito Federal.

El mandato incluía una obligación muy específica: la creación de un sistema de información de víctimas de desaparición forzada y por particulares. Este registro tendría un espacio público para visualizar los datos y fotografías de las personas. Los encargados serían la PGJDF, la SSP y el Incifo (Instituto de Ciencias Forences). Noventa días fue el plazo para ponerlo en marcha.

A casi un año, el Incifo aclara que ellos ya proporcionaron los elementos que pueden aportar y están a la espera de que la procuraduría termine de diseñar el sistema. La PGJDF no tiene una respuesta. El registro aún no existe y hay más de 3,000 mujeres en la base de datos de CAPEA bajo una categoría que no implica ningún delito: Ausentes.

“El tema de mujeres desaparecidas es algo que se está minimizando en la ciudad. No hay apoyo de CAPEA. Hay una gran falta de sensibilidad y lo único que se está generando es impunidad y este fenómeno crece”, dice Tere Ulloa, directora de la Coalición contra el Tráfico de Mujeres y Niñas en América Latina y el Caribe.

La pregunta más complicada para una madre es saber hasta qué momento dejarán de buscar.

“No vamos a parar. Aunque me entreguen un cuerpo al cual llorarle, pero necesito saber en dónde está mi hija”, responde Alma Estela con voz tranquila pero con los ojos llenos de lágrimas.

Cada miembro de la familia Franco Aguilar se aferra a algo. Un último mensaje. El recuerdo de ver películas los fines de semana. Desayunar juntos. “Éramos solo nosotros cuatro”, dice su padre. Óscar se obliga a creer que un día el cuarteto volverá a estar completo.

Esta investigación de Daniela Guazo para El Universal de México fue realizada como parte de la Beca Mike O'Connor, del International Center for Journalists (ICFJ) y de la Iniciativa para el Periodismo de Investigación en las Américas, que ICFJ tiene en alianza con CONNECTAS.

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