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Las historias que también deberíamos de contar

Espero que un día comprendamos que investigar y escribir sobre los procesos culturales salvadoreños representa el desafío y la oportunidad de comprender el país donde vivimos.
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El pradode los soñadores

Una vez mi editor de cultura, un periodista salvadoreño al que admiro mucho, me dijo que “la sección cultural de un periódico debería de ser sinónimo de prestigio”. En ese entonces, como reportera, asocié la frase a la calidad, la versatilidad y al compromiso periodístico que los medios de comunicación tienen con los lectores.

Aunque ahora parece mentira, un día los salvadoreños tuvimos la oportunidad de elegir entre varias revistas con temas de largo aliento y secciones culturales que daban la batalla sincera por existir. En esos días no era tan descabellado proponer al jefe editor hacer una entrevista o un reportaje sobre lo que ocurre en el laboratorio creativo de un artista salvadoreño. En esos días, lo más que podía ocurrir era que algún colega soltara una risa irónica y trivializara el tema.

Así tuve la oportunidad de apreciar, primero como público y luego como periodista, el extraordinario trabajo del grupo de teatro Moby Dick. Siempre me interesé por sus historias detrás del telón; por los malabares económicos que han hecho para montar sus obras; por la tenacidad de tocar puertas y pedir colaboraciones; porque han pasado 15 años y no han dejado de hacerlo.

Como espectadora me conecté de inmediato a la propuesta teatral del grupo. En sus obras sentía que estaba en una cita de amigas. Era como si las actrices Mercy Flores, Rosario Ríos y Dinora Cañénguez, junto con su director, Santiago Nogales, me hubieran invitado a subir al escenario para reírnos juntas de lo que la sociedad esperaba de nosotras. Sus personajes eran adorables, irreverentes, divertidos, inteligentes.

Después de sus presentaciones me preguntaba: ¿De dónde sale el dinero para montar estas obras? Si dedican tantas semanas a ensayar, ¿por qué la obra dura un par de días en cartelera? Si tienen que ganarse la vida haciendo otros trabajos, ¿por qué siguen adelante? ¿Cuál es la recompensa que reciben por su trabajo? ¿Qué puedo hacer como periodista para que se valore profesionalmente este esfuerzo? Para responder mis interrogantes fui a los ensayos. Allí se multiplicó mi admiración por su trabajo. Allí confirmé que El Salvador no era solo violencia y corrupción. Allí constaté que aquí se producen otras historias que también merecen ser contadas.

Para mi sorpresa, mi visita al país coincidió con el estreno de la obra “Las partículas de Dios”. Consideré todo un privilegio ver nuevamente al grupo Moby Dick en escena. Esta vez, interpretando la historia ganadora del Certamen Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz (2014), escrita por el dramaturgo mexicano-salvadoreño Luis Ayhllón.

En esta obra, los personajes que hicieron reír al público no eran mujeres valientes que rompían moldes y luchaban por tener identidad propia, eran mujeres clasistas, racistas, de doble moral, cuyo único interés era mantener las apariencias que otorga el dinero.

Mientras la obra estuvo en cartelera, busqué en los principales medios de comunicación una crítica de teatro, una nota informativa completa o un fotorreportaje que explicara al público salvadoreño por qué valía la pena no perderse esta oportunidad y no la encontré. A pesar de la poca cobertura periodística, las actrices tuvieron teatro lleno. Por esta y otras razones considero que contrario a la trivialidad y al desprecio con el que la prensa nacional trata los temas culturales, es necesario aclarar que escribir sobre libros, teatro, cine o música es una tarea tan seria, compleja y sutil como escribir de la escalada de la violencia o la falta de inversión extranjera en el país.

Espero que un día comprendamos que investigar y escribir sobre los procesos culturales salvadoreños representa el desafío y la oportunidad de comprender el país donde vivimos, de ser conscientes de la manera perversa en que lo hemos diseñado; en definitiva representa la oportunidad de dialogar y reafirmar las cosas buenas de la vida que todavía valen la pena y que tanta falta nos hace recordar

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