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Las luces a las que crio Salarrué

Salvador Salazar Arrué es reconocido como uno de los artistas más importantes de El Salvador. Sin embargo, algo no tan conocido es su entorno familiar repleto de talento y creatividad conformado por su esposa, Zelié Lardé, y sus tres hijas, Maya, Aída y Olga. El MUPI y otras colecciones privadas resguardan parte de su legado, en el que se muestran como artistas que brillan por su cuenta. Las cuatro mujeres, también, vivieron en carne propia la contradicción entre las necesidades del mundo real y una vida dedicada totalmente al arte, como fue la suya junto a Salarrué.
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La madre  Zelié Lardé se dedicó, además de actividades relacionadas con las artes plásticas, a cantar ópera, según datos del MUPI.

La madre Zelié Lardé se dedicó, además de actividades relacionadas con las artes plásticas, a cantar ópera, según datos del MUPI.

Perspectiva escalonada.  “El día de la cruz” (1966), de Zelié Lardé. De la donación Guillermo y Gloria de Borja, colección MARTE.

Perspectiva escalonada. “El día de la cruz” (1966), de Zelié Lardé. De la donación Guillermo y Gloria de Borja, colección MARTE.

Arte naif.  Pintura sin título de 1969 de Zelié Lardé. Pertenece a la donación Guillermo y Gloria de Borja, colección MARTE.

Arte naif. Pintura sin título de 1969 de Zelié Lardé. Pertenece a la donación Guillermo y Gloria de Borja, colección MARTE.

Cancionero.  La familia acumuló cuadernos en los que compilaron las canciones creadas por cada miembro. Aquí una escrita por Zelié y otra por Aída.

Cancionero. La familia acumuló cuadernos en los que compilaron las canciones creadas por cada miembro. Aquí una escrita por Zelié y otra por Aída.

Individual.  La que el MUPI presenta es la primera exhibición individual dedicada a una de las hijas de Salarrué. En este caso son cuadros de Maya.

Individual. La que el MUPI presenta es la primera exhibición individual dedicada a una de las hijas de Salarrué. En este caso son cuadros de Maya.

Objetos íntimos.  Una carta dirigida por Aída a Salarrué en 1955. Allí le escribe a propósito del matrimonio de su hermana mayor, Olga, que se casaría en Nueva York. La carta es parte del acervo del MUPI.

Objetos íntimos. Una carta dirigida por Aída a Salarrué en 1955. Allí le escribe a propósito del matrimonio de su hermana mayor, Olga, que se casaría en Nueva York. La carta es parte del acervo del MUPI.

Niñez.  Una foto, conservada por Gerardo Lardé, sobrino de las mujeres, muestra a Aída, Olga y María Teresa en 1926. No se sabe el nombre de su acompañante.

Niñez. Una foto, conservada por Gerardo Lardé, sobrino de las mujeres, muestra a Aída, Olga y María Teresa en 1926. No se sabe el nombre de su acompañante.

Las menores.  Aída y María Teresa Salazar Lardé posan junto a su padre en una foto conservada por el Museo de la Palabra y la Imagen.

Las menores. Aída y María Teresa Salazar Lardé posan junto a su padre en una foto conservada por el Museo de la Palabra y la Imagen.

En Nueva York.  Fue en esta ciudad donde Salarrué pasó su periodo más largo fuera de El Salvador, según el historiador Carlos Cañas Dinarte, de 1947 a 1956.

En Nueva York. Fue en esta ciudad donde Salarrué pasó su periodo más largo fuera de El Salvador, según el historiador Carlos Cañas Dinarte, de 1947 a 1956.

El presente  La casa elegida por Salarrué y las suyas para morar en la última parte de sus vida ahora es utilizada como la sede de la Casa del Escritor. Está en Los Planes de Renderos. Su última renovación se hizo en 2010.

El presente La casa elegida por Salarrué y las suyas para morar en la última parte de sus vida ahora es utilizada como la sede de la Casa del Escritor. Está en Los Planes de Renderos. Su última renovación se hizo en 2010.

Las luces a las que crio Salarrué

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En esta fotografía, el ataúd con los restos de Salvador Salazar Arrué es escoltado por sus amigos hacia una iglesia. Y junto a ellos está una mujer vestida de monja. Su semblante es sereno e, incluso, parece esforzarse por parecer triste. Se trata de María Teresa Salazar Lardé, conocida como Maya Salarrué, la hija del escritor, quien por esa época ya había regresado de su experiencia en un convento de clausura en Panamá, donde impartió clases de dibujo.

La foto decora una de las paredes de la Casa del Escritor, en Los Planes de Renderos. La propiedad fue comprada por el Gobierno de Francisco Flores al albacea del autor, Ricardo Aguilar, en 2003. Decidieron convertirla en esa institución que está a punto de cumplir 14 años. Ahora también hay una especie de pequeño museo con papeles relacionados al artista.

“En esta casa ‘Villa Monserrat’ vivió nuestro poeta, escritor, pintor, escultor y músico Salvador Salazar Arrué”, dice la placa colocada a la entrada del inmueble. Esta no habla de las mujeres (su esposa y sus tres hijas) que lo acompañaron en su día a día en sus momentos de mayor fecundidad creativa, incluso cuando “Cuentos de barro” y “Cuentos de cipotes”, sus dos libros fundacionales, todavía no habían salido de sus manos. No habla de Zelié Larde, parte de una familia de intelectuales que marcaron el rumbo de las ideas en el país comandados por su hermano mayor, el hombre orquesta Jorge Lardé Arthes, en la que también estaban incluidos hermanos ilustres como la poetisa Alice Lardé de Venturino y el médico Carlos Lardé. No habla de los tres retoños de esta relación, María Teresa (Maya), Olga y Aída, quienes compartían con sus padres un mundo de arte.

Sin embargo, en la sala más grande de esta casa, conviviendo con los libros de varios autores, está una exposición llamada “Las mujeres Salarrué”, conformada por poco más que algunas fotografías y afiches facilitadas por el Museo de la Palabra y la Imagen (MUPI). Aquí el visitante puede conocer a las personas que constituyeron el entorno más íntimo del autor, uno que rebosaba de creatividad. Se hace aunque sea con pocos elementos, que combinan datos con notas de color.

De Aída, la menor de todas, se dice que podía escuchar los pensamientos ajenos, lo que combinaba con sus habilidades para la ilustración y el diseño de vestuario. Y de Olga, la mayor y “la más intelectual”, que tenía la facilidad de salir de su cuerpo en viajes astrales con “solo dar un brinquito”. De seguro esos candorosos aportes fueron dados por Ricardo Aguilar, el albacea de Salarrué, quien habla de especies parecidas como si de hechos comprobados se tratara. Pero esto se queda corto para el trabajo de años de estas mujeres, uno que todavía hoy solo se conoce de manera parcial perdido entre decenas de colecciones privadas, incluso las que pertenecen a sus descendientes, quienes viven en el exterior.

El único legado accesible a todo el público de las mujeres en la vida de Salarrué descansa ahora en el archivo del MUPI y en las colecciones donadas al MARTE. Se trata de una obra que, a pesar de estar rasgada por el estigma de lo inacabado, da muestras de inquietudes artísticas tan marcadas como las del autor de “Cuentos de cipotes”.



Las mayores. Olga (15 de septiembre de 1923-11 de enero de 2004) y María Teresa, mejor conocida como Maya (1925-17 de junio de 1995).



Hija y madre. Una fotografía de Aída (1926-1995) y otra de su madre, Zelié Lardé Arthes (11 de agosto de 1901 - 27 de octubre de 1974).



 
***


El Museo de la Palabra y la Imagen es la institución que ahora se encarga de la conservación del legado de Salarrué y de su familia. Y esto no es una cuestión de elección, es un destino que le tocó al ser una de las pocas organizaciones dedicadas a la conservación de material histórico. En pocas palabras, hace lo que en un mundo ideal le correspondería al Estado.

Este les fue entregado en 2003 por el albacea de Salarrué, Ricardo Aguilar, quien décadas antes descubrió que las cosas creadas por su amigo y por su familia, aquellas que no se habían vendido a particulares, estaban a punto de perderse en la casa de Los Planes de Renderos donde reposaban. La única que vivía allí era una Maya agotada por los años y la soledad. Dentro, las polillas y la humedad hacían su trabajo.

La casa sufrió daños en su infraestructura en 1986, cuando el terremoto que asoló al país no le tuvo piedad. Tras eso, en la época de las lluvias la casa era una suma de cataratas. Los lugareños del sitio comentan que la única ayuda que recibió la artista en los años de soledad antes de su muerte, en 1995, fue la visita de extraños, que le compraban uno que otro cuadro, “de Salarrué y de ellas mismas”, a cambio de unos pocos billetes. Los mismos, ahora, forman parte de colecciones privadas.

“Allí se perdió más de la mitad, hermano, en el deterioro. Cuadros, manuscritos, correspondencia, ilustraciones… sobre todo de Maya, Aída y Olga. Es una pena, nunca tendremos realmente una imagen de la altura de sus posibilidades”, dice Aguilar en su casa de San Salvador, acompañado de sus propios cuadros.

Ahora el MUPI posee un catálogo que, solo hablando de Zelié y sus hijas, alcanza las 25 pinturas, más de un centenar de ilustraciones (sobre todo de Maya) y una inesperada colección de canciones, de las que, sin embargo, la música se ha perdido en el tiempo. También de otro tipo de trabajos, como vestimenta de muñecas o pequeñas esculturas. Muestra de una creatividad que no estaba hecha para quedarse quieta.

De lo poco que se conservó de ese material que reposaba en la casa de Los Planes de Renderos, sin embargo, pueden sacarse en limpio algunas características. La más conocida quizá sea la madre, la que es considerada como una de las iniciadoras de la pintura primitivista en El Salvador, tal como lo recoge Astrid Bahamond Panamá, historiadora y crítica de arte, en su libro “Procesos del arte en El Salvador”.

Aunque su cuadros no posean una técnica depurada, y más bien sean abundantes en líneas gruesas y colores puros, fue su sensibilidad para representar los coloridos paisajes de la vida cotidiana campesina salvadoreña, esa siempre olvidada, la que le aseguró un lugar en lo mejor del proceso de la pintura en el país. Una especie de perfecta expresión pictórica de los “Cuentos de cipotes” de su esposo.



Perspectiva escalonada. “El día de la cruz” (1966), de Zelié Lardé. De la donación Guillermo y Gloria de Borja, colección MARTE.



Arte naif.   Pintura sin título de 1969 de Zelié Lardé. Pertenece a la donación Guillermo y Gloria de Borja, colección MARTE.


“Con esto, la creación femenina es vanguardia del arte considerado no académico con el cual Zelié se adelantará a las apropiaciones del arte popular hacia el ‘arte mayor’, propias del primitivismo de los setenta”, afirma Bahamond en su libro, en referencia a un trabajo que se remonta a la década del treinta.

Su hija Maya tomó el testigo de ese arte primitivista, según Tania Preza, del MUPI, con la intención de ganar dinero a través del arte. A diferencia de su madre, era dueña de una mano educada, que lo mismo fluía en el cómic como en la pintura surrealista.

Muestra de la primera de las tendencias es una exposición abierta al público en el MUPI. Casi dos docenas de cuadros llenos de colores, de árboles que bien podrían ser maquilishuat o de fuego, retratan la vida campesina en pocas pinceladas. Allí están contenidas costumbres que resultan incomprensibles para el salvadoreño actual, que se sorprende con formas que, a pesar de verse llenas de vida, se han perdido en el olvido.

Tania Preza es una de las principales entusiastas del trabajo de las Salazar Lardé y una de las responsables de que su trabajo se esté volviendo cada vez más conocido. En esta tarde de finales de enero, da una mirada a la exposición que el sitio donde trabaja ahora tiene sobre Maya. Mira con cariño los colores y las formas, pero invita a no dejarse engañar por esos golpes de ternura.

“Fijate, la mayoría de niños y adultos aparecen descalzos, con ropas raídas. Parecen contentos, pero algo todavía no termina de completar la alegría. Es una espléndida crítica social de la época vestida de arte primitivo”, comenta Preza.



Individual. El Museo de la Palabra y la Imagen cuenta con una exposición dedicada en exclusiva a Maya Salazar Lardé.



Maya también fue la elegida para ilustrar una de las ediciones más famosas de “Cuentos de cipotes” de su padre y varios libros de otros autores, especialmente aquellos de Claudia Lars relativos a temas de nostalgia e infancia. La escritora armeniense elogió la sensibilidad de Maya, capaz de darle fijeza plástica a un mundo lleno de sueños e incertidumbre, propio de los niños.

De María Teresa también se pudieron rescatar muestras de sus cómics. El más completo quizá sea el titulado “Dick Turpin”, personaje para el que creó varias entregas. La ilustración está diseñada en blanco y negro. Quizá sea una representación de ese aventurero del espíritu que fue su padre.

En el cómic, Dick se esconde de la ley en la fortaleza en la que vive su amigo, Micheras Moscarda, quien se hace pasar por una mujer para distraer a las autoridades, que no cejarán en su intento por atrapar al héroe. Este, agazapado en su escondite, no está a salvo, pues en la mística casa habita un monstruo dispuesto a convertirlo en su cena.

La escena de la pelea y aquella donde Moscarda logra deshacerse de las fuerzas de la autoridad basándose en la astucia está resuelta en apenas seis cuadros llenos de acción, que se asemejan a los cómics de superhéroes norteamericanos de la época, todo un reto para una mujer que estuvo apenas unos meses en Nueva York para convivir con esa cultura. Las ilustraciones, en apariencia juveniles, también contienen algunos despliegues de su técnica, como aquellas donde las acciones se reflejan en espejos o en el agua del suelo. Parte de estos trabajos tuvieron un corto tiempo de exhibición en el Museo de Arte de El Salvador (MARTE) el año pasado, en un especial dedicado, precisamente, a la ilustración.



Un trabajo diferente.  Maya desarrollo trabajo ajeno al estilo naif, como en este cuadro surrealista, al que tituló "La muerte tras la puerta". 


De Olga y Aída es de quienes menos trabajos perdonaron las polillas y la humedad en Los Planes de Renderos. Sin embargo en los pocos cuadros salidos de sus manos se percibe la búsqueda de la creación de un mundo propio, que bebe de lo realizado por su padre, pero que se atreve a volar con sus propias alas.

A la autoría de Olga pertenece el óleo sobre tela “Dance of the Silence”. El blanco y negro conforman un paisaje sombrío, al que parece que se avecina el incendio o la catástrofe. Allí, en medio del bosque, del mismo color de los árboles, un sátiro joven espera pacientemente su destino tocando la flauta ante las raíces que se pierden en la nada del negro puro.



Trabajo. El MUPI conserva este óleo sobre tela de la autoría de Olga. Se cree que sus descendientes, quienes viven en Estados Unidos, cuentan con otras piezas. 



De Aída, quien dedicó su vida más al diseño de vestimenta para teatro, primero en El Salvador y luego en México donde fijó su residencia al casarse, el MUPI posee dos pinturas, en las que el influjo de su padre es más poderoso que sus dos hermanas. Así lo muestra el retrato de un personaje andrógino, blanco como la leche pero cubierto en la mitad de su rostro por una sombra que no parece venir desde el exterior, sino desde su propio ser. Recuerda a obras igualmente ambiguas que están entre lo mejor de la producción de Salarrué, entre las que se encuentra “La monja blanca”, aquella figura donde el título parece describir menos a su protagonista (de cara achinada y siniestra) que a la flor que toma entre sus manos.


Aída. Este cuadro, que no tiene título, es una muestra del arte pictórico de la menor de las Salazar Lardé.


Si bien hay noticia de que alguna vez las hermanas expusieron de manera conjunta en la Galería Nacional de Arte en las décadas del cincuenta y sesenta, solo Maya y Zelié han formado parte de una muestra en un museo en los últimos años. Incluso ahora se puede ir a contemplar parte de su trabajo al MARTE, pues tres pinturas de cada una forman parte de la colección privada de la familia Borja, donada recientemente a la institución. Allí comparten espacio con algunos de los artistas más importantes del país, como Valero Lecha y Carlos Cañas.


Tríptico.  De la autoría de Maya también es este curioso trabajo triple, en el que el llamado "arte ingenuo" convive con la fantasía Témpera sobre cartón  de la donación Guillermo y Gloria de Borja, colección MARTE.


“En lo poco que tenemos de ellas podemos ver el trabajo de artistas que destacan por sus propios méritos. Quizá han sido eclipsadas por una figura tan importante como Salarrué, quizá el artista más integral que ha dado nuestro país. En la medida en que vayamos teniendo más obra de ellas será más fácil montar algo dedicado, en exclusiva, a ellas”, comenta Rafael Alas, director de programación del MARTE.


 
***

 

“Sí, fue una vida linda, dolorosa en cierta parte, pero linda, me dejó tanto, aprendí tanto de papá y mamá. Estaré siempre agradecida por eso, por haber nacido en la tierra de El Salvador, que era tan linda cuando yo era niña, y de haber nacido en esa familia”, dijo Olga Salarrué, la última de las hermanas que sobrevivió, en una entrevista dada a Carlos Henríquez Consalvi en 2003, un año antes de su muerte, en Nueva Jersey, Estados Unidos, la ciudad donde vivió sus últimos días.

Las palabras de Olga resumen una paradoja, la magia y las complicaciones de pertenecer a una familia que vivía para el arte. De los ensueños hay múltiples ejemplos en lo que posee el Museo de la Palabra y la Imagen, como aquellas candorosas cartas que las hijas le escribían al padre durante sus estancias lejos de casa. Allí hablan de sueños, visiones y de las obras literarias que Salarrué publicaba, como “Íngrimo”, una historia agridulce de la que las jóvenes hablaban, sin embargo, en clave de comedia. En otras cartas también se habla de peticiones de dinero de Zelié o de las jóvenes a su padre, las que no son satisfechas en el corto plazo.



Correspondencia. Carta dirigida por Aída a su padre con motivo del casamiento de su hermana Olga. 


La muestra más palpable de una cotidianidad llena de creación la conforman los cuatro cuadernos de canciones compuestas por los cinco miembros de la familia Salarrué, de los que hay varias copias manuscritas, como si se hubieran encargado de que cada uno tuviera el suyo adonde quiera que fuera.

En cada uno de ellos se escribía la portada “Libro de canciones”, que se acompañaba de las palabras “Escritas por los Salarrué, con música de los mismos”. Luego se explicaba que cada pieza estaba firmada por una sola letra correspondiente a la inicial de cada nombre y se hacía constar que la música era del mismo autor de los versos.



Portada. Uno de los cuadernos donde la familia compiló las canciones compuestas. 



Los temas son variados, van desde ensoñaciones medievales hasta retratos de la vida vista en Panchimalco o en las inmediaciones de Los Planes de Renderos, como en la canción “Indio callado”, de Zelié: “Mi indio callado,/ que rompes el surco/ para que la vida/ brote luego de él,/ tiene tu mirada/ toda la tristeza,/ de la raza antigua/ de un lejano ayer”. En la suma de los volúmenes se alcanza la sorprendente cantidad de 500 canciones de extensión variada, una muestra de una incesante actividad que se extendió por años, quizá desde que las muchachas comenzaban a aprender sus primeras palabras.

La música que acompañaba a las letras ahora está en el terreno de lo irrecuperable. Nadie sabe cómo sonaban pues el sistema con el que se escribía era una solfa creada por el mismo Salarrué y su familia con caracteres numéricos. Allí apenas se indica que instrumentos se utilizarían. Como si la familia quisiera tener en secreto esos sonidos, para disfrutarlos en el límite de su casa. Solo en tres piezas no ha pasado eso, pues Ricardo Aguilar logró que Maya se las interpretara y quedaran grabadas en un casete. Entre ellas estaba “Cuando yo muera”, canción que han versionado varios trovadores salvadoreños.





Canciones. La primera pieza es de la autoría de Aída. La segunda es de su madre, Zelié. 







Padre e hija.  Las primeras dos canciones pertenecen a la pluma de Salarrué. La restante, titulada "Otoño", a la de Maya.





Era, por lo tanto, un mundo donde la expresión se convertía en una actividad tan común como respirar. Por ello tanto hijas como esposa compartieron la integralidad que hace de Salarrué el artista más prolífico de El Salvador, aún por encima de Francisco Gavidia, quien, a pesar de contar con una bibliografía más amplia, no entró en los terrenos que el sonsonateco hizo suyos.

La paradoja está en el otro lado, en el de una infancia dura, llena de limitaciones en algunas épocas, a pesar de que Salarrué era uno de los artistas más importantes de la época. En una entrevista concedida a esta revista en 2015 sobre la figura de Alicia Lardé de Nash, prima de las muchachas, Ricardo Aguilar, el albacea de Salarrué, comparaba la figura de esta con la de su tía Zelié.

“Las dos eran mujeres muy fuertes y sin ellas, salvando las distancias, cada genio en particular no sería lo que es”, aseguró entonces. Ahora, en su casa de San Salvador, Aguilar sostiene que fue a Zelié a quien le tocó ser la piedra de sostén en esa casa, representar la parte práctica de la vida, como pagar las cuentas y asegurar el sustento de ella misma, Salarrué y sus hijas, al menos hasta que estas volaron con sus propias alas. El autor de “O-Yarkandal” nunca aprovechó su fama para enriquecerse o, siquiera, asegurarle una vida fácil a los suyos todo el tiempo.

Aguilar rememora algunas anécdotas a propósito de lo anterior y dibuja a un Salarrué acaso demasiado desprendido: “Si él, por ejemplo, había vendido un cuadro por 200 colones y usted se lo encontraba por la calle para decirle que le prestara 50, él se los daba, a pesar de que su familia los necesitara. También no dejaba de llevar una gran cantidad de dulces para los niños que vivían alrededor de su casa”, comenta el pintor, en una versión que es apoyada por otros autores que conocieron al artista.

Luego recuerda otras cosas, como las historias contadas por Olga en sus encuentros en El Salvador relativas a la época en que ella y sus hermanas eran niñas. Una, en la que afirma que, un día de tantos, la familia no tenía dinero para comprar comida cuando vivían en un cuarto dentro del caserón de la Cruz Roja, ubicado en el mismo lugar donde está ahora, en el centro de gobierno de San Salvador. Entonces, Salarrué tomó una medida que, para ojos comunes, puede rayar en la crueldad: tomó sus pinceles y les dibujó alimentos en los platos vacíos, en un momento donde la imaginación no podía sustituir a la sobrevivencia.

U otra más, cuando subían al techo de dicho cuarto, rodeado de terrenos todavía agrestes. Allí, señalando los alrededores, para disimular la estrechez en la que se encontraba su vida de entonces, Salarrué bromeaba con sus hijas diciendo “contemplen los jardines de nuestra casa”, unos a los que no podían entrar porque se trataba de terrenos baldíos.


 
***
 

Esta mañana de miércoles, la casa del escritor, la misma que fue la última casa de Salarrué, su esposa y Maya, y era el lugar de visitas de Olga y Aída cuando regresaban al país, está desierta. Un vigilante que parece no muy animado conforma la única presencia humana en el sitio, decorada con objetos relativos al autor. No hay mucho que ver y lo incluido puede recorrerse en apenas 10 minutos. El visitante, por tanto, sale un poco decepcionado de que el peregrinaje a la casa del autor y los suyos dé tan poco.

Todo parece estar tan desparramado. Incluso la familia está sepultada en diferentes lugares: Maya y Salarrué en el Cementerio General de San Salvador, en una tumba a la que corona una escultura realizada por la primera; Zelié, fallecida en 1974, un año antes que su esposo, en una no ubicable tumba en La Bermeja; Olga y Aída, en las respectivas ciudades donde murieron: Nueva Jersey y México, D. F. Allá viven sus descendientes, quienes, sin embargo, no han mostrado interés y tampoco tiene los recursos para que el legado de sus mayores esté en el lugar que le corresponde.

Fuera de la Casa del Escritor, un lugareño, que solo se presenta como Martín, comparte con quien acaba de visitar el inmueble su decepción, mientras espera el bus que lo llevará a San Salvador. Opina que el Estado debería tomarse en serio centralizar un poco más las obras de esta familia, hacer de este sitio un verdadero punto de peregrinaje para los admiradores del autor y para que estos conozcan el trabajo de su esposa y sus hijas.

“Creo que la Casa del Escritor puede ser cualquiera. Pero la casa de Salarrué debería ser su museo y el de su esposa y sus hijas. ¿O dígame usted, en qué otra parte del mundo va a encontrar usted una familia como esta, que hizo del arte una parte tan importante de su vida? Los salvadoreños de veras que somos buenos para no ver la riqueza que nos pertenece”, dice Martín, haciendo la parada al autobús.
 

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