Las pandillas que pelean bajo la lluvia

El barrio Nelson Mandela en Cartagena, Colombia, está formado por miles de familias desplazadas que poco a poco van conquistando servicios básicos para vivir con más dignidad. En medio de la precariedad, se han formado grupos de jóvenes que se agreden entre sí, pandillas en un estado primigenio, en el que importa más la territorialidad y la pertenencia. Aún no se han involucrado en crimen organizado.
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Fotos: Joaquín Sarmiento (FNPI) y César Castro Fagoaga

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l disparo le entró detrás del hombro y casi le echa a perder el tatuaje con el nombre de su madre. Si hubiera sido con una 22, como la que la policía incautó a finales de enero a un jovencito en el territorio de otra pandilla del barrio Nelson Mandela, el daño hubiera sido considerablemente mayor, la cicatriz, eso sí, apenas competiría con la rosa y esas tres letras: Ana. Pero a Kalero le dispararon, por la espalda, con una changona. Y como todas las escopetas artesanales, la changona dispara cartuchos de escopeta 12, los que dejan un racimo nada despreciable de cicatrices.

El 28 de diciembre de 2014, Kalero escuchó que dos de sus homeboys habían sido atacados por un grupo de Los Caguaneros, el boro que controla calle abajo, detrás de esa línea imaginaria que divide 18 de Enero y Los Deseos, dos de los 24 sectores del Mandela. Su madre, Ana Gabriela Calero, le dijo que no saliera. Su vecina, Sara Pérez, una mujer que alquila la mitad de la casucha de Ana para vivir con su esposo y sus cinco hijos, se lo repitió. Pero Kalero bajó de todas formas esa empinada calle tierrosa para buscar pleito. No encontró a nadie. Decidió regresar. Había anochecido y Kalero no pudo advertir que dos pandilleros rivales, dos caguaneros, lo esperaban ocultos. Caminó hasta que sintió hirviendo la espalda, el hombro izquierdo, la nuca, detrás de la oreja. No recuerda el estruendo del disparo; solo que aquellos perdigones, minúsculos como el maicillo, le quemaban la espalda.

Kalero se llama José David Pérez Calero, pero él prefiere escribirlo con “k” porque le parece más bacano. Así se lo tatuó en el antebrazo izquierdo, muy cerca de otras tres profundas cicatrices. Esas fueron hechas con un cuchillo y nada tienen que ver con las disputas entre pandillas del Mandela.

Kalero es moreno brilloso, casi barnizado, atlético y con la nariz de pico de loro. Tiene 23 años y desde que se dejó con su última mujer vive con su madre en esa cuesta de Los Deseos, frente a un casa pintada con un rosado intenso y antena de DirecTV y al lado de una casucha que parece derrumbarse, con fachada de madera, donde un negro, formoso como un armario, canta duranguense desde el umbral.

El barrio Nelson Mandela no aparece en las guías turísticas de Cartagena de Indias, la ciudad más atractiva del Caribe colombiano. Tampoco aparece el resto de barriadas pobres que se alejan de la ciudad amurallada, atestada de centenares de turistas que acarician los glúteos de las esculturas de Botero, o los hoteles de lujo, cada vez más altos y modernos, que motean la franja costera conocida como Bocagrande.

El Mandela, que hace cuatro años emergió en el mapa después de la visita de Sofía de Grecia, está situado a 40 minutos de las calles turísticas con balcones coloniales, vendedores con cajas de habanos y cervezas de $8, en la parte suroccidental de Cartagena. En marzo de 2011 fue noticia porque la entonces reina de España visitó el barrio para verificar un proyecto de agua que a la Cooperación Española le costó $3.6 millones. Pero en los últimos meses, las noticias que llegan desde el Mandela y otros barrios como El Nazareno, Olaya Herrera o La Esperanza son por las riñas entre los “boros”, como en esta parte de Colombia conocen a las pandillas juveniles.

La pandilla que controla Los Deseos se hace llamar los 3D. Son entre 15 y 22 jóvenes, Kalero no recuerda con exactitud que recibieron su mote después de que varios comenzaron a usar lentes para ver películas en tercera dimensión, esos que únicamente funcionan en los cines. Los 3D son culebras (enemigos) de Las Vegas, Los Caguaneros, Los Blanquita, Los Papi Papi, pero no tienen bronca con Los Pescaditos Kids, una parva de chicuelos, rateros, a decir de muchos vecinos, que también reclaman como propio un trozo de las 56 hectáreas del barrio Nelson Mandela.

La situación es aparentemente sencilla: si te cruzas con un culebra lo partes con un peñón. En el Mandela, como en muchos barrios de Cartagena o de Barranquilla, las pandillas juveniles atacan a sus rivales, a los que llaman sus culebras, a pedradas, a peñonazos. Hay también armas de fuego, Kalero es prueba de ello, o cuchillos, pero las piedras son las estrellas. Vuelan y atraviesan techos y ventanas, especialmente cuando llueve. Sí, cuando llueve.

La Secretaría del Interior de la Alcaldía Mayor de Cartagena da cuenta de al menos 56 pandillas en los diferentes barrios de la ciudad. Son habituales en las notas de los medios locales, que las responsabilizan de los homicidios, la venta de drogas, extorsiones, robos y de las batallas campales bajo la lluvia. En el Mandela hay robos, los profesores de los colegios locales han sido víctimas; hay venta de droga, los homeboys de Kalero lo hacen; hay homicidios, hace cuatro meses mataron a uno de Las Vegas; y hay batallas, aunque casi nadie recuerde la última vez que llovió sobre el árido asentamiento donde malviven 45,000 personas, pero aún es posible caminar entre los sectores, comprar raspados en las esquinas y sentarse frente a las casuchas para intentar aplacar el calor.

Kalero está sentado frente a su puerta, en una suerte de terraza cercada con barrotes. Se despertó a las 11 de la mañana, como lo hace cada día. Comparte con su madre la cama, la única que hay en la casa, que también funciona como sala de estar donde mira películas piratas. “Quiero retirarme, pero no te dejan. Entonces haré que se olviden de mí”, dice Kalero, que hace una pausa mientras se soba la oreja, donde aún tiene cuatro perdigones bajo la carne. “Pero no creo que se olviden de mí”, continúa. El disparo, el dolor de quitarse él mismo doce perdigones del hombro, la noche eterna que pasó en el hospital y la certeza de que la próxima vez puede ser peor han hecho que Kalero quiera retirarse de los boros.

El plan que ha trazado para hacerlo pasa por asistir a las clases de soldadura que imparte un proyecto del gobierno de la ciudad junto con la Universidad de Cartagena. Ya faltó a la primera sesión, pero Kalero dice que seguramente irá a la segunda. Las clases, donde asisten chicos de media docena de boros, son en una escuela cercana a la casa de Kalero. Las coordina Will Terán, un tipo parco de 29 años que entrenaba equipos de fútbol, lo que le sirvió para conocer a muchos de los pandilleros que ahora se avientan piedras. Terán es su amigo, pero Kalero lo frecuenta poco por culpa de las líneas que lo mantienen encerrado.

Terán “motila”. Es decir que corta pelo a cambio de unos pesos. La pequeña peluquería está ubicada sobre la calle principal que atraviesa el Mandela, detrás de la línea imaginaria que Kalero no puede cruzar. “La primera parte del proyecto se trató de un conversatorio y entre algunos de ellos ya no hay problema y hay algunos que caminan en todo el barrio relajados”, dice Terán, mientras define con una cuchilla desechable los surcos de un peinado. Su cliente ha llegado para retocarse el corte: un perfecto casco cuadrado de rizos negros. Esa especie de tregua, que inició en noviembre de 2014, ha servido para que boros como Los Pescaditos y Los Caguaneros ya no se ataquen, pero nada ha hecho para reconciliar a los 3D con los boros de Las Vegas. “Quienes se tienen que convencer de cambiar la forma de resolver violentamente sus diferencias son ellos, nada más que ellos mismos”, responde Terán, incrédulo de que las clases de soldadura basten para detener los pleitos entre boros.

El territorio que dicen controlar los 3D está delimitado por la Batea, la calle principal del Mandela, y una perpendicular que sube y atraviesa la zona de colegios del barrio. Uno de ellos es la Institución Educativa El Salvador, que atiende a 1,021 alumnos desde preparatoria hasta bachillerato. Está situado frente a otra de las fronteras de los boros y en los últimos cuatro años ha servido como graderío para numerosas batallas bajo la lluvia. El rector, Walter Anichiarico, cree que el Estado no invierte lo suficiente para prevenir la violencia. De hecho, no hay escuelas netamente públicas pagadas por el gobierno local en todo el barrio.

“Creo que el barrio todavía está en proceso de poderse rescatar. Las pandillas no son algo que impresionen mucho por acá, pero en los tiempos de lluvia siempre salen a pelear”, dice Anichiarico. “Es rescatable porque todavía los jóvenes toman la pandilla como un juego… pero eso va creciendo, se va involucrando la droga y ya cuando se daña el vínculo con los padres, que ya no respetan el hogar, entonces viene el peligro. Todavía Mandela, para mí, es rescatable”.

Dos de sus empleadas, Maribel Colina y Rachael Caraballo, son más escépticas. Y tienen alguna razón para hacerlo. Llegaron al Mandela en 1995, un año después de que el barrio comenzara a tomar forma, y desde entonces han visto cómo han evolucionado los boros. Su trabajo fue entonces como trabajadoras sociales de una iglesia evangélica que intentaba asistir a los miles de desplazados por la violencia. Porque Mandela es eso: un trozo de tierra en las afueras de Cartagena tomado –recuperado le llaman los residentes– por miles que huían de la guerra entre guerrilleros y paramilitares del norte colombiano.

“No es el único barrio de desplazados pero es el que tiene el mayor asentamiento, o que tenía en ese momento”, dice Caraballo. Su compañera concuerda y asegura que la atención para el Mandela no ha sido solamente porque la reina Sofía paseó por esos callejones polvosos. “Varias veces trataron de lanzarlos de acá y ellos hicieron protestas”, dice Molina.

Las trabajadoras ahora convertidas en profesoras de este colegio evangélico coinciden en que los pleitos entre boros fueron más notorios a partir de 2010. Caraballo cree que la marginalidad del barrio, que ella cataloga como un matriarcado ausente, ha permitido que en el Mandela florezcan las pandillas juveniles.

Molina la escucha atenta en la oficina del rector, donde un ventilador batalla inútil ante el calor de media mañana. “El pandillismo no solamente es violencia; es una financiación. El robo les financia a ellos sus necesidades de drogadicción y aún para otras cosas. Esto va más allá de mostrar territorios de poder, es una forma de trabajo”, dice la mujer morena y de ojos miel.

Los pandilleros, por supuesto, se ríen de esa explicación de la profesora. Cerca del colegio evangélico, del otro lado de la línea, empieza el territorio controlado por Las Vegas. Como los 3D, sus culebras, el boro de Las Vegas está formado por entre 15 y 22 jóvenes, Eduardo no recuerda con exactitud, que pelean con piedras cada vez que pueden.

A diferencia de otros pandilleros, Eduardo no tiene lo que en El Salvador se conoce como “taca”: es simplemente Eduardo. Luis Eduardo Flores, para ser exactos. Tiene 21 años, es delgado como maratonista, y va vestido como la mayoría de los pandilleros del Mandela: camiseta, calzoneta larga, gorra con visera recta y un par de sandalias de hule.

“Antes no peleábamos con boros ni nada, no es por droga ni por territorio, pero esto es muy grande y hay varios sectores y a veces hacían fiesta y cumpleaños en Las Vegas y ellos (3D) venían aquí y venían con el desorden, partían las casas, robaban. Y entonces uno salía allá a rescatar el robo y comenzamos a pelear y no nos terminamos gustando”, intenta explicar Eduardo la razón de sus disputas con sus vecinos.

A su lado está el Chupi, un boro muy moreno, con aretes de plástico, trenzas como gusanos en la cabeza y a quien todos señalan como el jefe del sector. Chupi, que se llama José Luis Rodríguez y tiene 18 años, conoce perfectamente a Kalero. El pandillero, marcado por la cicatriz de un peñonazo en el pómulo izquierdo, se ríe cuando escucha que desde los 3D los acusan a ellos de provocar las peleas. Chupi, que no le gusta que le tomen fotografías, comparte con Kalero las huellas de las balas: tiene una cicatriz en la cadera, de una bala que le salió por el abdomen.

Chupi y Eduardo dicen que ahora trabajan, que son aprendices de albañil, y que a veces consiguen hasta 20,000 pesos por día, cerca de $9.

“Usted nos mira aquí relajados aquí en la casa, ellos son los que buscan bonche”, responde Chupi, que ha desatendido un partido de la Premier League, del Liverpool, para seguir la conversación.

“Antes nos gustaba pelear pero ahora ya no, pero ya unos cuatro meses que no ha pasado nada”, lo complementa Eduardo.

Hace cuatro meses, cuando llovió por última vez.

La última gran pelea que recuerdan en el barrio Nelson Mandela ocurrió en octubre de 2014. Cuando llovió, claro. La temporada lluviosa en Cartagena es de agosto a noviembre, con pico en octubre cuando en promedio cae 180.8 milímetros.

Y con peleas se refieren a peleas grupales, cuando las piedras rompen los techos de duralita o de madera podrida. El disparo que recibió Kalero el Día de los Inocentes de 2014 no cuenta: los hechos aislados entre pandilleros son más comunes y poco reseñables.

Es febrero y no ha caído una gota. Es normal, los registros pluviales de la ciudad no tienen actividad en este mes, y describir una pelea de las pandillas del barrio Mandela se antoja complicado. Pero existe YouTube, donde los vecinos de otros barrios de Cartagena han subido lo que les toca ver en época lluviosa. Entonces es posible ver a los boros empujarse, empujarse y empujarse, como riña de bar, tirarse piedras y amenazarse con corvos. Hay muchos gritos. Y lluvia.

En 2014 hubo 284 homicidios en toda Cartagena, una ciudad con más de 900,000 habitantes. En el barrio Nelson Mandela hubo por lo menos cuatro: en enero fueron encontrados tres cadáveres y en abril un hombre mató a su hermano. Las estadísticas de la Policía Metropolitana de Cartagena apuntan a que los homicidios se redujeron 45 % respecto a 2013, y que todavía la mayor parte de los crímenes está determinada por las disputas entre los boros. De lo que no hay explicación es para las peleas bajo la lluvia.

La lluvia aparece cada vez que alguien habla de los boros del Mandela. ¿Por qué? Las respuestas son variadas y poco concluyentes.

—Les da curiosidad de salir a bañarse, y salen en grupo. Tienen la idea de que el otro grupo también saldrá y entonces buscan pelear. O por la adrenalina de pelear, se vuelven adictos a ese cuento –dice Terán.

—Ellos aprovechan la lluvia porque los policías se repliegan porque son de azúcar, dice Colina, la profesora del colegio evangélico.

—Eso es un fenómeno que yo pensaba que los sociólogos lo sabían, pero yo lo he consultado y nada –dice Anichiarico.

—La verdad es que nosotros no entendemos porqué. Nosotros decimos: ‘¿Por qué no se ponen a pelear cuando está caliente para que todos les dé algo?’ –dice Sonia Pérez, la vecina de Kalero.

—Eso es un entretenimiento porque ya cuando empieza a llover todo mundo empieza a salir a bañarse. Entonces uno se encuentra con el otro hasta que se hace el bonche, dice Eduardo, el culebra de Kalero que pertenece al boro de Las Vegas.

—No sé –termina Kalero.

Kalero está aburrido y decide subir al punto de encuentro. Sonia Pérez, su vecina, le sale al paso para recordarle que su madre, Ana Gabriela, trabaja como burra limpiando casas. “A veces nos da rabia porque nos decimos: ‘¿Qué pelean, la calle?, ¿pelean la herencia de la calle? No hay ningún motivo para que estén peleando’” –le recrimina.

Kalero la escucha divertido, muestra sus blanquísimos dientes mientras le contesta: “Al final ellos son culebras y el día que me partan yo tengo que partir alguno. No estamos peleando nada pero el día que me partan no me van a partir por la herencia de la calle. Nadie está en el corazón de nadie”.

Sonia se calla un segundo y mira al techo. Luego dice que es cierto, que nadie está en el corazón de nadie.

Kalero se pone una camisa y aparta a un perro que come los restos de una bolsa con salsa para salir de su casa. Afuera hay un calor pegajoso. Llega frente a la tienda Alejandría y se sienta en el borde de cemento que la rodea. Es lo que hace todos los días porque no trabaja. Este martes de febrero estuvo a punto de hacerlo, cuando otra de sus vecinas le pidió que llevara 10 cubos de tierra a otra casa, pero Kalero le dijo que estaba ocupado. Está sentado, inerte, mientras espera que sus homeboys lleguen. El polvo se levanta con las motos que pasan constantemente. Frente suyo venden minutos para hablar por celular a 99 pesos, hay dos perros desnutridos y un gato con tres patas.

Una moto se aproxima demasiado, pero Kalero ni se inmuta. El que va de pasajero le grita que vayan al parche, el sitio donde se juntan para fumar, aspirar y tragar. Quien le gritó es Kevin, el que controla la venta de marihuana, cocaína y pastillas de Rivotril dentro de los 3D. Kalero usualmente le compra creepy, la marihuana que en otras partes se conoce como cronic, a 2,000 pesos. Las Rivotril cuestan 1,000 más, y el perico 3,000 o 2,000, según la calidad. Pero este mediodía, Kalero dice que no irá al parche en este momento porque está dando una entrevista. Irá por la tarde.

Kalero decide matar el tiempo contemplando la calle, mientras se soba los brazos, justo donde tiene ese tatuaje con su nombre que le gustaría repintarse. Entonces cuenta que esas cicatrices que tiene justo arriba se las provocó su última compañera. “Es que la intenté apuñalar pero ella me lo quitó y me cortó”, dice Kalero, el pandillero que quiere retirarse. Y ríe

* Esta crónica se realizó durante el Taller de Crónicas con Jon Lee Anderson en el barrio Nelson Mandela realizado por la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano y la Fundación Tenaris Tubocaribe, entre el 2 y el 6 de febrero de 2015 en Cartagena, Colombia

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