Literatura, Francisco Gavidia, Rubén Darío

Tengo cien páginas fotocopiadas de notas de los periódicos Diario de El Salvador, La Prensa, el Diario Oficial y las Revistas Ateneo y Actualidades, que dieron seguimiento a su estado de salud.
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Para la cultura de la humanidad el tiempo puede convertirse en enemigo de la memoria. Contra tal riesgo la palabra escrita nos salva, la poesía, el ensayo, la narrativa en cualquier soporte tecnológico neutraliza el olvido, y olvidar atenta contra toda cultura.

El libro de expresión creativa de las artes forma parte de nuestra identidad, de nuestra forma de ser, de conocernos y saber hacia dónde vamos en interacción social. El silencio a este respecto ha sido desde décadas un delito humanitario.

Con los anteriores pensamientos recuerdo a Francisco Gavidia (1865-1955) y a Rubén Darío (Nicaragua, 1967-1916), este último innovador de la poesía castellana. Y quien puso la simiente, el espermatozoo, para esa innovación fue el maestro Gavidia. En plena adolescencia ambos se encontraron en San Salvador para descubrir estructuras en el verso que cambiaron la musicalidad del lenguaje poético en español.

A los 15 años Rubén Darío, ya conocido como el poeta niño, fue invitado por el presidente salvadoreño Rafael Zaldívar (1882), quien le ofrece trato diplomático para que disfrute de tiempo libre que le permita conocer a escritores salvadoreños y participe en fiestas literarias y eventos poéticos; sin embargo, un golpe de Estado le hace huir de El Salvador. Por el lado de Gavidia no necesitó esos mecenazgos: vive en su país, de familia acomodada; además, no contaba con el atractivo del nicaragüense niño, pero tenía el tiempo para investigar sobre la literatura universal y nuestras realidades.

Fue entonces que se dio una casualidad invaluable para la posteridad centroamericana: el hecho de que Darío, de 17 años, se encontrase con Francisco Gavidia, de 19 años. El maestro salvadoreño se encontraba con el futuro príncipe de la poesía castellana. Gavidia era ya conocedor del francés y de otros idiomas clásicos. Darío era el poeta que sobresalía en las reuniones sociales. En esas reuniones el salvadoreño estuvo dispuesto a compartir los hallazgos de sonidos y estructuras que había descubierto en poemas de otros idiomas.

Con un gran bagaje de cultura poética Darío se dispuso a recorrer el mundo y Gavidia se quedó entre nosotros soñando utopías en un país que poco a poco se hundía en el autoritarismo, casi siempre enemigo de la palabra creativa, y de la sola palabra.

En esos encuentros Gavidia le leía en voz alta al príncipe en ciernes poemas en francés, idioma desconocido por el nicaragüense, pero este lograba advertir los elementos fundamentales y abstractos de la lírica, como sonidos, pausas y silencios. Entre otras cosas, Gavidia le mostró su traducción al español del poema “Stella” de Víctor Hugo. Y el nicaragüense genial iluminó su cerebro ya iluminado.

Ocho años después, de regreso de Chile y reconocido por su libro “Azul”, Darío visita de nuevo El Salvador y continúan las conversaciones literarias en la casa de Gavidia. Entre otras cosas, Darío se casa con la salvadoreña Rafaela Contreras (junio 1890), por cierto una de las causas del sino trágico del poeta, con una esposa muerta al alumbrar su primer hijo.

En este contexto es importante señalar que al hablar de los dos escritores, estamos recalcando en una época en que la poesía tuvo presencia nacional. Aunque poco a poco sus llamas vivas se fueron languideciendo hasta culminar con el apagamiento de aquellos entusiasmos literarios. Épocas de dictaduras que parecían eternas.

Al respecto de esa presencia nacional, he revisado la información que se dio en los medios culturales e informativos de El Salvador sobre la enfermedad terminal del príncipe de la poesía. “Rubén Darío está gravísimo, manden auxilio (publica Diario de El Salvador el 22 de marzo de 1915, en cable procedente de Nueva York). Desde entonces los informativos salvadoreños no soltaron la información sobre el padre de la poesía modernista. Tengo 100 páginas fotocopiadas de notas de los periódicos Diario de El Salvador, La Prensa, el Diario Oficial y las Revistas Ateneo y Actualidades, que dieron seguimiento a su estado de salud hasta culminar con su desaparición física once meses después.

Darío de deudas con intelectuales europeos por su fuente de conocimiento literario sin mencionar a Gavidia. Pero el nicaragüense rectifica y en sus últimos años recuerda los encuentros juveniles. En su autobiografía dice: “Uno de mis amigos principales era Francisco Gavidia, quien quizá sea de los más sólidos humanistas y seguramente de los primeros poetas con que hoy cuenta la América española. Fue Gavidia, la primera vez que estuve en aquella tierra salvadoreña, con quien penetrara en iniciación ferviente en la armoniosa floresta de Víctor Hugo; y de la lectura mutua de los alejandrinos del gran francés, que Gavidia, el primero seguramente, ensayara en castellano, a la manera francesa, surgió en mí la idea de renovación métrica, que debía ampliar y realizar más tarde”.

Sin esa obra autobiográfica no tendríamos certeza de la contribución gavideana en el nicaragüense cuya genialidad renueva la poesía en español. Esto debe motivarnos a reflexionar que la palabra y el libro guardan fundamental acercamiento para fijar la memoria. Su importancia no es solo resguardarla sino promover la creatividad que debe ser eje educativo estratégico. Incluye publicar, crear premios centroamericanos. Aprovechar que contamos con institucionalidades integracionistas centroamericanas.

Sin embargo, hay tantos vacíos que se cubren con creces por los diferentes grupos de poetas noveles que no esperan disparos de salida para emprender la caminata de un quehacer poco visible en nuestro medio.

Me refiero en especial a los poetas que estuvieron presentes en el Día Mundial de la Poesía. Emulando recorridos de formación humanística y creativa como todos los poetas del mundo, como Gavidia, como Darío, quien pese a su principado careció de una vida de satisfacciones. Gracias por ofrecernos palabra creativa.

Nota. Aclaro nota de columna pasada: solicité que se cambiara el anuncio sobre educación peatonal, dirigido a los ciudadanos de a pie, en vez de dirigirse a los automovilistas, causantes de muertes, y que mejor se contrataran policías de Tránsito. Bien, el anuncio no es estatal, sino privado, y continúa saliendo. Un gasto superfluo frente a una realidad cruel

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