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Llamas, letras y cine en Mississippi

Luego nos mostró el teléfono en que Faulkner recibió la noticia de haber ganado el Premio Nobel. Aún están escritos en la pared los números telefónicos que hacían de agenda personal.
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Hace dos semanas visité dos universidades de Mississippi. Una de ellas, en Starkville, pasó un documental sobre mi literatura. Un honor. Pero también por visitar un estado que significó mucho en mi formación literaria: “Las aventuras de Tom Sawyer”, obra clásica de Estados Unidos. Fue mi primera novela clásica leída a los 12 años. Obra social y lúdica sobre un niño blanco en una zona de hogares pobres enriquecidos por una naturaleza asombrosa. Por dentro una caldera de prejuicios y violencia en contra de una población de esclavos africanos y llevados a varios países de América. Esa realidad lo capta el genio del escritor Mark Twain en dos novelas autobiográficas que disfruté como literatura infantil por sus dos personajes principales, dos niños blancos: “Las aventuras de Tom Sawyer” (1876) y “Aventuras de Huckleberry Finn” (1884). De esta última dice el escritor y periodista Ernest Hemingway: “Toda la literatura moderna estadounidense tiene como origen ‘Aventuras de Huckleberry Finn’”. Tom y Huck se disfrutan como personajes de una picaresca muy irónica de profundo sentido social y plena en valores humanos. Huck huye de la violencia de sus padres y se une a su amigo Jim, esclavo negro que huye de sus propietarios esclavistas, ambos navegan en balsa por el río Mississippi. Twain se atrevió a plantear un pecado mortal en la época: la integración racial.

Aquí recuerdo la película “Arde Mississippi” (Alan Parker, 1988), basada en un hecho real sucedido en 1964. Película sobre los extremismos raciales en esa profundidad sureña, donde los linchamientos aún persistían. El pasado prejuicioso es difícil erradicarlo.

También en Mississippi se localiza el origen de otro gran escritor a quien se atribuye el milagro novelístico de García Márquez: William Faulkner. De este leí más tarde, en mi primer año de Doctorado de Jurisprudencia, su novela “Mientras agonizo”: una familia de blancos pobres recorre en una carreta las extensiones solitarias y lluviosas del Sur, cargando el cadáver de la esposa y madre en un ataúd para enterrarla en una parcela de su propiedad. Faulkner incluso hace hablar a la mujer muerta (recordar similares narraciones mágicas de “La muerte de Artemio Cruz”, “El llano en llamas” y “Pedro Páramo”).

Detrás de Twain y Faulkner (Premio Nobel 1949) se esconden dramas de la desigualdad social y humor negro. Respecto de “Luz de agosto”, del segundo, trata de una joven embarazada que recorre las zonas agrestes de Mississippi buscando a su hombre que sin explicaciones huyó del pueblo. La mujer aspira encontrar a quien ama para que vea nacer a su hijo. Ignora que el perverso, delincuente, además, va huyendo de ella.

Esas obras de Twain y Faulkner, leídas en edad temprana de poeta joven, quedaron en el disco duro de mi memoria. Pienso que solo de forma inconsciente pudieron influir en mis novelas.

Mientras recorro la carretera desde Jackson hacia la universidad invitante de Mississippi, pienso en aquellos caminos del pasado rodeados de bosques umbríos y desolados, hace más de un siglo, en una de las regiones históricas de Estados Unidos, seis veces más grande que El Salvador y actualmente con menos de 3 millones de habitantes.

Visito las dos poblaciones universitarias, sin rascacielos ni autopistas, y encuentro una vida pujante de jóvenes estudiando en dos grandes universitarias estatales, en medio de una ruralidad boscosa bella e impresionante, Starkville y Oxford. Ya hay poco de aquellas realidades descritas por Faulkner y Twain: “Debes ir al Delta del Mississippi, y no encontrarás mucha diferencia con nuestros países de América Central”, me contradice una candidata a doctora en Ingeniería, paisana migueleña, becada en Starkville.

En el sur profundo es difícil encontrarse con emigrantes de habla hispana, aunque conocí a dos académicos españoles, una argentina, un mexicano, una guatemalteca y dos doctorandas salvadoreñas; además de la compatriota doctora en Literatura que organizó mi breve gira por las dos universidades. En la universidad estatal de esa institución, en Oxford, me encontré con un salvadoreño, académico de esa dicha entidad. Me dice que por propia voluntad y por torturas sufridas optó por eludir toda relación con El Salvador; sin embargo, tuvo la gentileza de acompañarnos a una visita inolvidable: la casa museo de William Faulkner, Rowan Oak, El Roblar, situada en medio de un gran bosque de robles, comprada por la universidad para convertirla en museo de este escritor universal.

Me inunda otra gran emoción: se trata del lugar al que Faulkner llamó en sus novelas Yoknapatawpha y que García Márquez repitió como Macondo. El responsable del museo recibe a miles de visitantes al año, de modo que cuatro hispanos no hacían sombra; ni siquiera nos acompaña en el recorrido porque los visitantes se limitan a recorrer los pasillos sin entrar a las habitaciones aún con los objetos auténticos usados por Faulkner. Su paso está bloqueado por barreras de vidrio.

Mi acompañante y doctora de Starkville dijo unas palabras mágicas: “El visitante es escritor y director de una Biblioteca Nacional”. El cambio fue inmediato, el museógrafo dijo que entonces teníamos derecho a entrar a las habitaciones. Y entramos a la biblioteca de Faulkner, a los aposentos de su esposa e hija, y hasta la cocina donde escribía el escritor en tiempos de invierno.

Luego nos mostró el teléfono en el que Faulkner recibió la noticia de haber ganado el Premio Nobel. Aún están escritos en la pared los números telefónicos que hacían de agenda personal. Terminó obsequiándome copia del mapa, dibujado por el propio escritor, de su Yoknapatawpha, realmente Rowan Oak; lo firma y afirma ser su “único propietario”.

La semana de visita a la universidad de Oxford, aún con sesgos predominantes de supremacía blanca, coincidió con el hecho de que se arrió la bandera de la Confederación, símbolo de las épocas esclavistas y del racismo que originó la Guerra Civil de Estados Unidos (1861-1864), Norte y Sur, que finalmente fue consolidando al Estados Unidos de hoy. Aunque como dice Faulkner, “no es fácil curarse del propio pasado”

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