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Lo positivo del efecto Trump

En fin, muchas de las cosas que en El Salvador son tan familiares, como el pensar que un muro –o un portón– es una solución a la inseguridad, y una manera de mantener a “los otros” afuera.
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Donald Trump es un personaje salido de la televisión. Caricaturesco y tiránico, rasgos de un personaje que no se sale de su guión. Se regodea de ser el centro de atención. Lo ha demostrado en las intempestivas primeras semanas de su administración presidencial, días que se han convertido en un capítulo alargado del “reality show ‘El Aprendiz’”, donde sus juicios de valor eran la ley sobre los participantes, como lo son ahora sus supuestos reclamos a Enrique Peña Nieto o la manera en que le colgó el teléfono al primer ministro de Australia. Cada día le regala titulares a una prensa, que lo ama o lo odia por igual, pero que no puede dejar de cubrir todo lo que hace o tuitea. Máxime cuando no se ruboriza ante sus contradicciones o cuando piensa en voz alta.

Seguramente se escribirán centenares de libros y se harán películas tratando de explicar su personificación de ese empresario millonario que ofrece tratos de ganar-ganar, su populismo al más puro estilo latinoamericano, su extraño bronceado naranja, su incapacidad de quedarse callado, sus afrentas a la diplomacia, sus poses machistas. En fin, muchas de las cosas que en El Salvador son tan familiares, como el pensar que un muro –o un portón– es una solución a la inseguridad, y una manera de mantener a “los otros” afuera. Pero la llegada de Trump puede terminar representando, circunstancialmente, algo positivo para El Salvador. Al menos se pueden enumerar dos aspectos.

El primero es que Donald Trump es el baluarte y representa al segmento más reaccionario de la sociedad estadounidense y del resto de occidente, quienes creen en un mundo dividido, patriarcal, y que ven con recelo el avance que han tenido minorías usualmente opacadas y los derechos alcanzados por la comunidad LGBT. El cineasta Michael Moore lo definió como “el malestar de los hombres blancos que sienten que el poder se les ha ido escapando de las manos, y que las cosas ya no se hacen como ellos las hacían”. Un segmento que resurge o se fortalece, según sea el caso, en toda América Latina con el triunfo de Trump. Para cambiar una realidad, primero se debe conocer su alcance. Los siguientes años serán decisivos para “la resistencia” a esa vieja manera de pensar de Trump representa –y que comparten las élites latinoamericanas–. Esta lucha de ideas será necesaria para la transformación de sociedades más inclusivas y justas. Incluida la salvadoreña que está tan necesitada de ser igualitaria en el acceso a oportunidades para las mujeres, los jóvenes o los habitantes del área rural.

El segundo aspecto es que este debe ser un despertar para El Salvador y Centroamérica. En las declaraciones que Trump brindó tras firmar la orden ejecutiva para construir un muro en la frontera entre México y Estados Unidos hizo énfasis en que la infraestructura será para frenar a la gente que llega desde América Central. “El muro ayudará a detener la inmigración… ayudaremos a México y Estados Unidos deteniendo la inmigración ilegal de Centroamérica”, se justificó Trump, con menosprecio, como si los migrantes de la región no hubieran aportado a la economía de EUA. Declaraciones que aún no encuentran una respuesta fuerte de parte de los Gobiernos de Guatemala, Honduras y El Salvador. Más bien tibias declaraciones y la indiferencia que siempre han tenido con la gente que se va del país. Ya es tiempo que las autoridades de estos tres países despierten de su letargo y hagan algo para frenar el éxodo masivo de ciudadanos, que son tan necesarios para potenciar nuestras economías. Excelente mano de obra, gente trabajadora a la que nadie le ha regalado nada y que en 2016 enviaron $4,576 millones a sus familiares en El Salvador (el monto anual más alto en la historia del país y el mayor crecimiento en los últimos 10 años, según las estadísticas del Banco Central de Reserva). Y no se trata de solo hacer una campaña en radio y televisión para que la gente no se vaya. Hay que salir de la comodidad y generar condiciones para que nuestra gente se quede y trabaje aquí. Reactivar el agro, apostarle a la educación, fortalecer la industria. Combatir el cáncer de la extorsión, que evita que los emprendedores puedan poner un pequeño negocio y muchos capitalicen sus remesas. No podemos seguir dependiendo solo de Estados Unidos. Si las amenazas de Trump fueran ciertas y pusiera un impuesto a las remesas, El Salvador se enfrentaría a un panorama gris. Si ese flujo de dinero bajara considerablemente, eso representaría un impacto económico peor que el que tuvo la guerra civil salvadoreña, según indicó el economista Raúl Hinojosa, de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) durante una conferencia en San Salvador en 2016. El menosprecio de Trump a los centroamericanos debe de ser una alarma. Se tiene que transformar ese discurso racista y negativo en uno inclusivo y justo.

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