Lo más visto

Más de Revistas

Los abusos que esconde el escenario

El medio teatral de El Salvador está vivo. Cada semana hay una oferta variada de espectáculos por ver. Pero estas funciones pueden ocultar detrás prácticas de acoso y abuso sexual. Así lo confirma una veintena de actrices. Algunas de ellas se reconocen como víctimas de estas acciones y otras afirman que conocen casos similares de colegas. El abuso, en ocasiones, no es fácilmente reconocible. Ante la posibilidad de denunciar, el silencio es, sin embargo, lo que prima. Aquí también hablan algunos de los señalados, a quienes se les da la oportunidad de contar su versión de la historia.
Enlace copiado
Los abusos que esconde el escenario

Los abusos que esconde el escenario

Los abusos que esconde el escenario

Los abusos que esconde el escenario

Los abusos que esconde el escenario

Los abusos que esconde el escenario

Los abusos que esconde el escenario

Los abusos que esconde el escenario

Enlace copiado
En la pequeña sala del Teatro Nacional de San Salvador, el actor y director de teatro René Lovo se preparaba para salir a escena. Entre el público había un grupo de mujeres que entraron juntas al edificio, pero se colocaron en asientos distantes, con la intención de cubrir cada rincón.

Antes de que se iniciara la obra, previo a que René Lovo saliera a actuar, el grupo de mujeres con panfletos en mano repartió entre los demás asistentes el testimonio de Pamela Palenciano, actriz española que para entonces residía en El Salvador.

En las páginas repartidas se denunciaba que el hombre que se alistaba para entrar al espectáculo había tocado las partes íntimas de ella durante un ejercicio escénico.

“La gente pensó que era parte de la obra y comenzó a leer. Él salió al escenario a defenderse, a decir que por favor no ofendiéramos la cosa artística del teatro, que si necesitábamos expresarnos, podíamos hacerlo afuera’’, dice a través de una videollamada Íngrid Santamaría, una de las mujeres que participaron en esa manifestación hace más de cinco años. Ahora vive en Chile.

Íngrid fue una de las mujeres que decidieron creer en la actriz Pamela Palenciano y apoyarla en su acción de denuncia, la única denuncia pública en contra del acoso sexual que artistas del teatro pueden recordar en los últimos años. Después del sobresalto, la función inició como si nada hubiera pasado.

Dentro del medio artístico teatral se habla sobre acoso sexual. Se habla, pero no se denuncia legalmente. No hay ningún director de teatro que esté siendo procesado por acoso o abuso sexual. Sin embargo, hay varios directores teatrales que cargan con el señalamiento de acoso.

Hay experiencias que nunca han sido denunciadas en público, temas que se manejan dentro de círculos de confianza, pero que nunca se han puesto en una discusión real dentro del gremio. La experiencia de Egly Larreynaga es una de esas.

Larreynaga es una actriz de 36 años. Con su grupo, Teatro del Azoro, hace teatro con contenido social. Egly también es directora de La Cachada Teatro, un grupo teatral conformado con vendedoras ambulantes. Pero hoy no son esas vendedoras las que cuentan las formas en las que han sufrido abuso, es Egly, desde el patio de su casa.

La actriz tiende a pronunciar rápidamente las palabras. Detrás de una mesa de jardín, al lado de unas luces de Navidad que brillan aunque apenas esté llegando la noche a su hogar, hace muchas preguntas antes de comenzar la entrevista y mira directo a los ojos. Antes de dar detalles de lo que le pasó cuando iniciaba su carrera artística, advierte que hay una palabra que se le hace difícil pronunciar: violación.

“Me cuesta esa palabra, no me gusta... pero sí”, dice la artista para luego contar que uno de sus primeros directores de teatro, Fernando Umaña, abusó sexualmente de ella cuando era una veinteañera.

Egly narra que un día él la invitó a un festival de teatro en Nicaragua. En el camino, durmieron en Honduras en un mismo cuarto y camas separadas. No fue igual al llegar a su destino.

“Estábamos en una misma habitación de hotel él y yo porque yo no tenía dinero para pagar una, pero en Nicaragua la sorpresa fue que era un cuarto con una cama. Yo estaba acostada, él empezó a platicar y ahí fue que pasó. ‘No, no, no’, le decía yo. No tuve la fuerza de empujarlo y le decía que no”, relata.

Con cada “no’’ que cuenta, la actriz mira hacia abajo, forcejea de manera sutil con una presencia que no existe más que en su memoria y pone su mano derecha sobre el brazo izquierdo como quien impide que alguien se le acerque. Al frente de ella solo están la mesa con un cenicero y dos tazas de té. A pesar de lo que ahora denuncia, la artista describe a Umaña en el sentido profesional como un buen maestro.

“Nos inculcó mucho nuestro ser artista. Cuando fue esto, fue horrible, pero (solo) dije ‘ay, a este Fernando se le fue la mano’”, añade.

Después de que eso pasara, no volvieron a hablar del asunto por años. Larreynaga se mudó a España, donde vivió siete años. Y cuando volvió en 2012, el mismo director le propuso trabajar en una obra de teatro. Ella aceptó y solo hasta ahí, menciona, supo reconocer lo que le había pasado.

“Estando en el proceso de montaje una amiga me cuenta una situación similar. Cuando ella me estaba contando, yo dije ‘no, no es que se le fue la mano’”, explica.

La actriz relata que en su infancia sufrió abuso sexual por parte de personas cercanas. Por eso cree que le fue tan difícil identificar este abuso con su nombre real: una violación.

“Unos me decían que por qué no había denunciado antes y por qué había aceptado trabajar con él sabiendo lo que había pasado, y yo explicaba que mi primer abuso sexual fue a los tres años. Fernando intentó pedirme perdón y explicarme, pero yo ya no podía. Hice la obra y ya, poco a poco, sí me fui empoderando”, cuenta la intérprete con voz levemente agitada. “Lo que hiciste es muy grave”, le dice con voz severa a un interlocutor ausente.


Violaciones. Las cifras de la Policía establecen que en los primeros cinco meses del
año se denunciaron 130 violaciones a mujeres mayores de edad en el país.



***

“Quemalo, es un agresor”, se escribió con plumón sobre un cenicero hecho artesanalmente con latas en los mismos días en que un grupo de mujeres denunció que, presuntamente, René Lovo había tocado las partes íntimas de Pamela Palenciano durante un ejercicio escénico.
 
Estos objetos se repartieron en algunos bares y otros espectáculos teatrales con una foto de la cara del director en el centro. Estaban acompañados de una etiqueta amarrada con un cordel de lana.

“¡Alerta! Nosotras denunciamos que en el ámbito artístico de este país hay hombres que, disfrazándose de artistas, liberales, bohemios o progresistas están vulnerando los espacios de confianza’’, se leía. Hay quienes, en secreto, aún guardan ese cenicero desechable como prueba de que, por una vez, una actriz alzó la voz en público al sentirse vulnerada. René Lovo no quiso dar su versión ni emitir un comentario sobre la denuncia en su contra.

“Ese tema fue muy manipulado. Yo prefiero llevar estos casos a los lugares pertinentes, que serían los jurídicos, en todo caso”, respondió vía telefónica al ser contactado.

El otro director señalado, Fernando Umaña, al ser consultado sobre las acusaciones que recaen sobre él, no solo de parte de esta actriz, se negó a responder en un primer momento.

Rosa Salguero, tres décadas menor que él, fue pareja de Umaña. Lo acusa de haberse aprovechado de su rol de maestro para acercarse emocionalmente a ella. También la actriz chilena Antonietta Inostroza dice haber renunciado a un trabajo que recién iniciaba con él después de una insinuación sexual.

“Es un tema complicado. Nunca me he sobrepasado con actrices en la escena. Fuera de la cosa teatral, es una cosa personal, privada. Me he cuidado mucho en el sentido artístico y si algún problema tuve fue fuera del teatro”, se limitó a decir Umaña a través de una llamada.

Dos días después de la llamada, pidió un encuentro personal para explicar las razones por las que decidió no dar su versión. La reunión duró media hora y tras repetidos intentos por conocer su lado de la historia, se negó a que las palabras mencionadas en ese encuentro fueran citadas para este texto.

Para 2015 se contabilizaba la existencia de 19 grupos teatrales independientes en el “Análisis de situación de la expresión artística en El Salvador” realizado por la Fundación Accesarte. A esos espacios se le suman los talleres universitarios y otros lugares de formación actoral. Aquí, según dicen algunas actrices, es donde también suceden ciertas prácticas abusivas, como la denunciada en la pequeña sala del teatro.



***

Las historias de Egly Larreynaga y Pamela Palenciano tienen un punto en común con otras historias que se recogen en este texto: las personas a las que señalan de haberse extralimitado eran las encargadas de formarlas o apoyarlas teatralmente. Y aunque lo que rodea a las historias sobre acoso sexual en este medio artístico es el silencio, al menos una veintena de actrices contactadas para esta investigación dijeron haber escuchado historias de otras actrices acosadas. En otros casos, ellas mismas confiesan que se han enfrentado a situaciones de abuso.

“Utilizan el arte como pretexto para ejercer abusos de poder en lo psicológico, sexual, personal e intelectual. Lo llaman arte, pero en realidad es violencia”, esa y otras frases de corte contestatario se leían en la denuncia que Palenciano hizo pública hace ya más de cinco años.

Lilibeth Rivas, actriz del grupo La Zebra, considera que es común que bajo la excusa de ejercicios teatrales se vulnere la dignidad de actores y actrices. Desde su grupo teatral, Lilibeth cuenta historias desgarradoras de mujeres abusadas y violentadas durante la guerra civil de El Salvador, época que no podría recordar. Tiene 28 años y ojos que parecen volverse más grandes al pensar en cosas que sí puede rememorar, en cosas de hace siete años, cuando iniciaba su formación artística.

Sentada en unas gradas al lado del Teatro Luis Poma, con el ceño fruncido y la sonrisa de quien cuenta algo que le parece absurdo, relata algo de lo que solo ha hablado una vez en su vida.

“Mi personaje era una mujer que había sido abusada. El tipo me puso un ejercicio en el que me dijo ‘acostate en el suelo, cerrá los ojos y empezá a acariciarte y a tocarte, y pensá qué te da eso’. Yo no sabía qué hacer. Me iban a pagar por las presentaciones. Estábamos solos. Es una posición de sumisión totalmente. No pasó a más pero me sentí completamente expuesta. Era un ejercicio innecesario”, relata con enojo la joven artista.

En la voz de Lilibeth sobrevive la indignación cuando recuerda otra cosa: “Después estuve en otro grupo de teatro donde el director anduvo diciendo que yo me había acostado con él. Y al final me dijo que todo había sido porque él había fantaseado cosas conmigo y las había comentado con otra persona’’.

Lilibeth hace una pausa que viene seguida de una carcajada nerviosa. Se recompone y vuelve a su manera pausada de hablar. “No sé, lo veo tan estúpido... pero realmente creo que es un abuso’’, afirma la actriz.

A veces no es necesario que una actriz se entere por un tercero de las pretensiones fuera del ámbito profesional que la persona que la dirige o le enseña tiene con ella. Rebeca Castro es una estudiante de teatro de 22 años que lo sabe claramente.

Tiene el cuerpo delgado, como si se tratase de una bailarina de ballet. Su paso y su hablar transpiran aplomo. Parece que solo duda al pensar si quiere contar la historia que le pasó en un taller de actuación hace casi dos años. Dice que no mencionará el nombre del maestro porque él viene de una familia con poder.

“Había un ejercicio en el cual se tenía que bailar y él topaba su cuerpo al mío”, cuenta Rebeca. Da un sorbo a su bebida. Cuando hablaba de sus estudios, esta no tenía un mal sabor. Ahora parece que la bebida le provoca asco.

Mientras intenta poner sus ideas en orden, la estudiante de teatro recompone su cara y cuenta con una seriedad parca: “En un ejercicio había que mirar una parte del cuerpo de alguien más e inspirarse. Entonces él dijo ‘tu boca me inspira besarla, tus orejas me inspiran lamerlas, tu pelo me inspira a estar tirados ju ntos en la cama’. Era como si le diera placer ser tan obvio y fue humillante. Esa fue la primera y la última clase con él. Me sentía asqueada y no iba a aguantar más”, explica.



***

En El Salvador no existe una licenciatura en teatro. Lo más cercano a eso es el técnico en Artes Dramáticas de la Universidad José Matías Delgado lanzado en 2014. Antes de eso, los espacios que un joven tenía para estudiar teatro en un recinto educativo eran dos: el diplomado en actuación del CENAR y el diplomado de la Universidad de El Salvador (UES). Los dos han sido señalados por casos de acoso.

Algunas de las integrantes del grupo Amorales Teatro, entre las que se encuentra la actriz Lissania Zelaya, sostienen que el maestro del diplomado de teatro de la Universidad de El Salvador Ricardo Mendoza le pidió a una de sus excompañeras que realizara un desnudo para él.

Esta no es la primera vez que el profesor, graduado de Teatrología en Costa Rica, se enfrenta a señalamientos de este tipo. En 2011, cuenta él mismo en la sala de reuniones de la Secretaría de Arte y Cultura de la UES, sucedió un caso similar donde se le acusaba en redes sociales de ser acosador sexual.

Mendoza es un hombre que vacila mucho al hablar. Alarga las últimas sílabas de sus palabras mientras decide cuál será la siguiente. Con rizos negros sobre la frente, dice que quizás en Costa Rica no tendría este tipo de problemas.

Hojea con manos temblorosas unas páginas que él mismo ha engrapado. Es un escrito de mayo de 2011 con sello de la Fiscalía General de la República al que ha anexado una copia de su documento de identidad. Después de que él lo pidió a las oficinas centrales, la Fiscalía le comunicó por escrito que no había ningún expediente abierto en su contra. Con eso, dice Mendoza, prueba que no hay ninguna causa real de esos señalamientos.

“A veces se manejan temas a desarrollar corporal y verbalmente. El problema que se da es que cada quien agarra el sinónimo que le conviene. Por decir algo: relación sexual. Alguien que tenga algún prejuicio creerá que es penetración’’, comenta. Pone de ejemplo que una vez una alumna al escucharle decir en la clase “expréseme una relación sexual” se quejó con otros estudiantes.

“Ella entendió que se iba a poner a realizar un acto sexual con alguien ahí. Esa fue su interpretación. Y yo no estoy diciendo que yo quiero que hagas un acto directo”, justifica Mendoza.

A pesar de los señalamientos que hay en contra del profesor de teatro del diplomado, no hay ninguna denuncia en los espacios de acusación que tiene la universidad. Consultada sobre ello, Sonia Rivera, del Centro de Estudios de Género de la UES, expresó hace unas horas que hasta el momento “no hay ningún conocimiento de alguna denuncia”. La misma respuesta se obtuvo en la Defensoría de los Derechos Universitarios de la UES. En cambio, en la Escuela de Teatro del CENAR sí hubo un procedimiento institucional ante unas quejas de acoso de estudiantes.

Este centro educativo de artes, que se visita unos días después que la universidad, está bajo la administración de la Secretaría de Cultura. La Escuela de Teatro que actualmente funciona aquí fue impulsada por el maestro Filánder Funes, ya fallecido, quien en 2009 fue denunciado ante las autoridades internas de acosar a dos alumnas.

La actriz Rosa Salguero ahora reside en México. A través de una videollamada cuenta que tenía 19 años cuando se sintió acosada en las clases de primer año por ese maestro.

“En las clases todo iba por temas muy sexuales. Yo no tengo ningún prejuicio con eso, pero hay que ir más allá. Él trató de convencerme de que no me saliera. La cercanía corporal ya era demasiada y me asustaba. Me incomodé y ya el último día me agarró la mano, me abrazó, me apretó la espalda y me besó el cuello. Yo no hallaba cómo pararlo, cómo reaccionar”, expresa Salguero.

Vanessa Ruiz, actual directora del CENAR, declara que sí conoce de los problemas que se originaron con el maestro Funes, pero advierte que no dirigía el centro de artes al momento, por lo cual no puede emitir opinión.

El coordinador de la Escuela de Teatro del centro, Homero López, dice haberse sentido enojado cuando supo de esa queja. Desde su escritorio cargado de fólderes intenta recordar lo que pasó hace más de un lustro. Homero es un hombre pequeño, delgado y de sonrisa amplia. Quizá por eso cuando amaga con juntar sus cejas lo que dice parece más severo: “Este tipo de acciones ensucian al teatro”.

Tanto Homero como Filánder estudiaron teatro en Rusia y regresaron a territorio salvadoreño para formar a nuevas generaciones de artistas. Homero se exalta cuando habla de las quejas de acoso.

“Me enojé porque la naturaleza de nuestra profesión se presta para que pueda haber este tipo de abuso. Se presta para poder transgredir una frontera de respeto que tiene que haber siempre’’, explica el maestro de teatro.

A pesar de que las primeras quejas no fueron confiadas al profesor Homero, sino a otra maestra del CENAR, juntos tomaron la decisión de encarar al maestro señalado. Funes, quien entonces fungía como coordinador de la Escuela de Teatro, explicó que se trataba solo de un ejercicio y desestimó las quejas. Quien no desestimó las quejas fue la dirección del CENAR de entonces, pues tomó la decisión de quitarle las clases.

El rol del profesor dentro de una formación artística es primordial para el desarrollo de un aprendiz. Para evitar problemas, Rubidia Contreras, actual directora de la compañía municipal del Teatro de Cámara Roque Dalton de San Salvador, es de la opinión que un maestro debe establecer fronteras de relación claras con sus estudiantes. Como es común dentro del gremio teatral, conoce los nombres de las personas señaladas por extralimitarse en su profesión.

“Yo menciono a mis estudiantes los nombres de las personas que se sabe que son abusadores en el ambiente artístico. Ya si ellos cruzan la línea, es responsabilidad de ellos”, señala Rubidia.


***

Las artistas entrevistadas para este texto explican que del acoso se ha tendido a hablar solo entre bambalinas. Didine Ángel es una artista escénica con más de 20 años de experiencia en los espacios de representación salvadoreños.

Inició su carrera como bailarina y ha incursionado en el arte performático y el teatro. Tras una hora de contar experiencias de abuso dentro del mundo de la danza en un centro comercial de San Salvador, hace una especie de síntesis propia de la situación: “Salgo al mundo de las artes escénicas a conocer gente de teatro y otra gente de danza… y púchica, (veo) aquel patrón que se repite en la historia de otras personas. ¿Por qué se repite? Porque a las personas que les ha pasado algo no dicen nada”.

“Sería totalmente hipócrita decir que uno no ha oído hablar de eso’’, opina el director de teatro y ganador del Premio Nacional de Cultura 2014, Roberto Salomón. Tras casi 50 años de experiencia, considera que por las naturales relaciones de poder entre directores y actores existe el peligro de que los primeros ejerzan sobre los segundos diferentes tipos de abusos. Uno de ellos puede ser el sexual.


Consejo. Si alguien te pide hacer algo que tú crees que es incorrecto en el teatro,
siempre tienes la posibilidad, como Antígona, para decir que no", sugiere el director
Roberto Salomón.

“Es un problema grave y me parece que hay que reventar el absceso. Es un problema como todos en el país, que se vuelven abscesos y nadie nunca los quiere reventar porque dicen ‘uy, me voy a llenar’”, añade Roberto. Una razón del silencio ya la expuso Pamela Palenciano cuando denunció a través de acciones que irrumpían con la cotidianidad a René Lovo.

Junto a los ceniceros que invitaban a “quemar” al director, se entregaron unos mensajes en los que se leía: “Cuando una mujer hace pública o denuncia una agresión en el ámbito artístico de este país, la sociedad la naturaliza, señalando a la denunciante como alterada, perturbada, histérica, frustrada, vengativa, provocadora, incitadora y chambrosa. Sin embargo, la sociedad tolera que el agresor continúe con su trabajo como si nada hubiera pasado”.

De la misma forma opina Emmetty Pleitez, actriz del grupo La Célula. Ella cree que el medio no ha logrado crear una red en la que las mujeres se sientan seguras al denunciar.


***

Dinora Alfaro trabaja con jóvenes y los prepara no solo para la escena. Es la directora de la compañía de teatro del Instituto Nacional de la Juventud (INJUVE). Explica que, como maestra de jóvenes, está llamada a fortalecerlos en “el sentido físico, racional y emocional” para que, entre otras cosas, aprendan a identificar situaciones de abuso.

Para ella, con un joven fuerte en esas tres áreas es difícil que alguien intente sobrepasarse con un aprendiz en el medio. Cuando se le pregunta si el acoso sexual es más común en el teatro al tratarse de personas cuya herramienta de trabajo es el cuerpo, ella responde que “el acoso es tan común en el teatro como en otra profesión”.

Ante esa misma interrogante, la actriz Rubidia Contreras responde que en el teatro es más fácil disfrazarlo: “En una oficina si alguien te roza las nalgas, te das cuenta. En una clase de teatro si el maestro llega y te compone la figura, te agarra el trasero, ¿vos cómo vas a saber si te compuso la figura o te manoseó?”

Yanira Argueta, directora del Instituto Salvadoreño para el Desarrollo de la Mujer (ISDEMU), comenta que a veces las mujeres no saben distinguir cuando están sucediendo actos que las violentan.

“Con las artistas es más complejo tener los límites por el tema de la expresión corporal. Se presta mucho a la violencia emocional. Conocemos de actrices que se han quejado del nivel de acoso, pero nunca ponen una denuncia. A las artistas les hace falta conocer la ley y saber dónde están los límites’’, señala la dirigente del ISDEMU.

Argueta explica que como funcionaria pública nunca ha recibido una denuncia sobre casos de acoso sexual. “Sin embargo, siempre ha habido quejas de pasillo. En una organización tuvimos un caso de un casi abusador sexual con una actriz que, por el tipo de obra que iba a montar, la manoseó”.

Para la directora del instituto encargado de velar por el bienestar de las mujeres, la razón por la cual no hay denuncias oficiales es que “el mundo del teatro aquí es emergente”. “No hay muchas oportunidades para hacer esto y con ese mundo tan limitado, la mujer se aferra y aguanta muchas de estas expresiones”, agregó.

Si a una persona dentro del gremio teatral le sucede una situación donde se sienta afectada, difícilmente podrá poner una queja a un superior. Los colectivos artísticos independientes no están regulados y no responden –en su mayoría– a ninguna organización. La denuncia tiene que ser puesta directamente en la Fiscalía General de la República, pues pertenece al ámbito de persecución privada. En El Salvador no existe una ley de cultura que reglamente el trabajo artístico ni las relaciones entre trabajadores del medio.

Ante posibles casos de abuso o acoso sexual en grupos artísticos, poco podría hacer el ente encargado de regular las expresiones artísticas estatalmente, la Secretaría de Cultura. Cuando se le consulta sobre el tema a Silvia Elena Regalado, la jefa de dicha institución, ella opina que “históricamente lo que ha operado es el silencio en las mujeres”.

“En la secretaría si una mujer nos presenta una denuncia, estamos dispuestos a apoyarla, incluso si esas son actrices o actores que están fuera de la institución y quieren demandar a alguien que sí está dentro’’, expresa Regalado.



***

Egly Larreynaga, más de una década después de aquel episodio de su vida en el que cuenta que fue abusada, reflexiona sobre la ausencia de fundamento legal en su testimonio. Dice que ha llegado a pensar que, con los niveles de violencia que El Salvador tiene, es muy improbable que se resuelva su caso. Las violaciones prescriben a los 10 años de haber sido cometidas y lo que ella cuenta pasó antes de 2006.

“Yo todavía tengo sentimientos encontrados. ¿Quiero que lo metan preso? Yo le pediría unas disculpas públicas y que acepte”, dice Larreynaga.

La actriz reconoce también que llegar a sentirse fuerte para hablar del tema fue un proceso largo porque la persona a la que ahora señala como su abusador también es alguien que aportó para su desarrollo como actriz.

A pesar del ruido de acoso sexual que rodea al teatro y los señalamientos hacia ciertos directores, lo que prima en todos estos casos es el silencio. La mayoría de las mujeres que ahora cuentan haberse enfrentado a estas situaciones en el pasado en el momento optaron por callar. Las personas entrevistadas para este texto coinciden en algo: las prácticas abusivas en las relaciones de poder que se establecen en el teatro pueden dar espacio al acoso. Y eso, en palabras de Egly Larreynaga, “pervierte el nombre del teatro, una cosa tan sublime”.

“Conozco casos de compañeras que no quieren trabajar con hombres y no todos los hombres son así”, dice Egly cuando la noche comienza a cerrarse en el patio de su casa, como una advertencia hacia algo que ella considera un peligro para el desarrollo de los espectáculos y el gremio en general.

Tags:

  • teatro
  • acoso sexual
  • abuso sexual
  • silencio
  • acoso sexual en el teatro
  • egly larreynaga
  • fernando umaña
  • pamela palenciano

Lee también

Comentarios