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Los escombros de la tragedia

Fahima cosía 120 prendas a la hora por un salario ridículo hasta que el derrumbe del Rana Plaza de Bangladesh le dejó sin marido y, como al resto de supervivientes, sin trabajo ni futuro. Este es el despertar de cientos de personas en Dacca tras la tragedia que causó más de 1,300 muertos y una cantidad similar de heridos.
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Pérdidas.  Han sido encontrados nueve sobrevivientes, pero se cree que el derrumbe mató  más de 530 personas.

Pérdidas. Han sido encontrados nueve sobrevivientes, pero se cree que el derrumbe mató más de 530 personas.

Rescates.  Las autoridades de Bangladesh anunciaron que ahora usarán maquinaria pesada para hacer un hoyo en la cúpula del edificio y así buscar más sobrevivientes.

Rescates. Las autoridades de Bangladesh anunciaron que ahora usarán maquinaria pesada para hacer un hoyo en la cúpula del edificio y así buscar más sobrevivientes.

Los escombros de la tragedia

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El apagón ocurrió hacia las 9 de la mañana. Era miércoles. Los apagones son tan corrientes en Bangladesh que, de orden de las autoridades, las tiendas de cada barrio de Dacca cierran un día por semana para que el resto de la ciudad tenga un suministro aceptable. El corte de luz encendió los generadores y en un instante todo empezó a vibrar. Las grietas que se habían abierto el martes en la tercera planta se agrandaron. Cundió el pánico. Fahima, que cosía un pantalón estrecho, de mujer, oyó que su marido, Abu Said, que doblaba y empaquetaba prendas, la llamaba. Lograron encontrarse pese al caos. Se acababan de dar la mano cuando ella oyó un grito. “¡Dios mío!, vámonos”, aulló el supervisor. Fue imposible.

“Es lo último que oí”, cuenta serena esta mujer de 20 años a las puertas de una choza a la que se llega callejeando a pie desde el solar donde estuvo el lugar de trabajo de la pareja. Fahima nunca volvió a ver a su esposo vivo. Hallaron su cadáver 16 días después. Ella tuvo suerte. Fue rescatada indemne al cabo de ocho horas.

En el terreno donde se alzó el Rana Plaza, siete alturas incrustadas entre viviendas, oficinas y otras fábricas, queda agua estancada, unos escombros y algunos rollos de tela. Hasta aquí llegaban cada mañana a las 8 unas 4,600 personas para cortar piezas, pedalear en una máquina de coser durante las siguientes nueve, 10 o 14 horas –o las que los plazos del pedido requirieran–, o empaquetar camisas y pantalones de grandes marcas como Primark, Benetton, El Corte Inglés o Le Bon Marché. Sentadas en líneas de 50 máquinas, con una tropa de ayudantas para traer hilos o suplirlas cuando iban al servicio, trabajaban soportando gritos e insultos de los capataces y a menudo sin unos miserables ventiladores a 30 grados centígrados con un 90 % de humedad. Cobraban una media de 5,000 takas al mes (50 euros o $65).

Los salarios de Fahima y Abu Salim, padres de un niño de cinco años, sumaban unos 150 euros (unos $200). Con horas extras, por supuesto. Son absolutamente imprescindibles para cumplir los plazos de entrega y para que los empleados lleguen a fin de mes. A Fahima el trabajo no le gustaba por tedioso, pero considera que la paga no estaba mal para ella, una campesina huérfana de padre e hija de una sirvienta. “Era muy aburrido y había muchísima presión. Era agotador”. Cosía 120 prendas por hora. Una cada 30 segundos.

La costurera asegura que trabajaba para Primark –la minorista irlandesa ha sonado mucho en Bangladesh porque fue la primera en reconocer que se suministraba en el edificio derrumbado y la primera en poner en marcha un programa de ayudas de emergencia–, pero lo habitual es que no tengan una noción clara del cliente. Es posible que una fila cosa para una firma, y la de al lado, para otra. “Saben que trabajan para grandes marcas de EUA y Europa, pero no exactamente para qué empresa”, explica Roxana Yasmin, de 34 años, de la ONG Solidarity Center. Dacca debe de ser una de las poquísimas capitales del mundo sin un solo H&M, Gap, Zara, Benetton, Mango o similar en las calles.

Las magnitudes que convierten al Rana Plaza en uno de los mayores desastres industriales de la historia son 1,130 muertos y 1,537 heridos (incluidos decenas de mutilados en una sociedad que los aboca a menudo a la mendicidad), según el sindicato mundial IndustriAll. Todavía hay 316 trabajadores desaparecidos y 216 cadáveres enterrados pendientes de ser identificados (el único laboratorio que gestiona las pruebas de ADN está saturado y tardará meses). Y el resto, los que tuvieron la gran suerte de salir ilesos, al margen del trauma de quedar atrapados y rodeados de cadáveres de compañeros durante horas o días, se ha quedado sin empleo.

Los músicos George Harrison y Ravi Shankar pusieron Bangladesh en el mapa en 1971, poco antes de que naciera como país tras romper con Pakistán, al organizar el primer gran concierto benéfico de la historia. Bob Dylan y compañía tocaron para los refugiados de un ciclón y la guerra civil. El país celebró con orgullo el Nobel de la Paz de 2006, concedido al banquero Mohamed Yunus por los microcréditos que han sacado de la pobreza a millones entre sus 150 millones de compatriotas. A partir del 24 de abril pasado, a medida que se rescataban cadáveres, el nombre de Bangladesh saltaba de las etiquetas a los titulares. El mundo descubría lo que las marcas sabían. El país es un paraíso para los empresarios de la moda “low cost”. Costes laborales a precio de ganga. Factor clave para ofrecer precios imbatibles a una clientela ávida por consumir. Los 30 euros (unos $40) de salario mínimo tampoco dan aquí para vivir dignamente. Es el peor sueldo del mundo. Es precisamente eso lo que le puso en el mapa del textil.

“Primero fabricábamos en África del norte; luego, en Europa del este, en Rusia, Turquía, China, y ahora aquí”. Es el recorrido que han hecho comerciantes como Douwe Schurer, un holandés que trabaja en el sector desde hace dos décadas. “Yo solo sigo al mercado”, dice en un hotel de un barrio diplomático. Explica que en China, donde vive, el coste laboral se ha disparado a los 380 euros (unos $500) al mes, mientras aquí ronda entre 75 (unos $100) y 110 euros ($140). Director de calidad de una compañía cuyo nombre pide omitir, es su primera visita al país. “El tema está muy candente en Europa. Las auditorías, cumplir los mínimos... y mis jefes me han mandado para que eche un vistazo a nuestras fábricas”. Asegura que las que ha visto están mejor que en China.

La industria textil bangladesí es un grandísimo tinglado montado por las autoridades y los fabricantes locales (uno de cada 10 diputados posee un taller textil) a la medida de las empresas extranjeras. Todos saben que las condiciones de trabajo son lamentables y que si uno no llega a terminar el pedido a tiempo, lo subcontrata. ¿Y las auditorías? “Se pueden comprar”, responde Schurer. Cuenta una exauditora local que en una fábrica solía sonar por megafonía un exitazo “bollywoodiense” cuando se presentaban los auditores.

Antes del desplome hubo toques de atención, recuerdan los activistas pro derechos laborales. Desastres bautizados con nombres de fábricas: Spectrum (un desplome que mató a 64 personas en 2005) o Tazreen (incendio que mató a 112 en noviembre pasado). En estos siete meses ha habido otros 44 fuegos con 16 muertos, según el recuento de Solidarity Center. Todos en el Rana Plaza –y los lectores de prensa local y telespectadores– sabían que había grietas.

La tragedia puso al desnudo el abismo entre costes y beneficios; las marcas sintieron en el cogote la presión y se desató una furia de reuniones, llamadas, acuerdos e iniciativas a múltiples bandas para preservar el inmenso negocio de esta industria que crece a velocidad de vértigo. Cuatro millones de trabajadores (la mayoría mujeres rurales) han convertido Bangladesh en la gran máquina de coser del mundo (tras China), han contribuido a que la economía crezca hace años por encima del 6 % y lo que fabrican supone el 80 % de las exportaciones.

Ni la joven viuda Fahima ni los otros supervivientes del Rana Plaza entrevistados están, por ahora, dispuestos a regresar a un empleo similar. Pero tampoco tienen grandes alternativas. El textil ha permitido a infinidad de mujeres rurales –proliferan las divorciadas con hijos a su cargo– ser económicamente independientes aunque sea mediante trabajos extremadamente precarios. Shahanaz, de 26 años, era sirvienta por cinco euros al mes –si algún oficio se considera esclavo en este país es ese– y tras 12 años cosiendo ganaba 100 euros.

Lo que ellas no esperaban era un oficio de alto riesgo. Roxana, de 25 años, costurera en el séptimo piso del Rana Plaza, perdió la parte inferior de la pierna izquierda. A Laboni Khanom, de 21, enfermera en un taller de la quinta planta, le amputaron el brazo izquierdo. A Rebeka Rahman, de 23 años, costurera en la sexta, le faltan la pierna izquierda desde la ingle y el pie derecho. En la cama de un hospital mugriento, solo llora cuando cuenta que dos primos, su madre y su abuela están desaparecidos. Vinieron juntos del pueblo al textil.

Al calor del último desastre, unas 30 firmas, lideradas por los gigantes europeos H&M, Inditex y C&A, firmaron un acuerdo por el que se comprometen a costear mejoras en las fábricas para evitar incendios y garantizar la seguridad. Sus homólogas estadounidenses se mantienen al margen, temerosas de los tribunales. El desafío es plasmar lo firmado en mejoras sobre el terreno.

Al descubrir las grietas, los trabajadores intentaron protestar, pero sus jefes amenazaron con despedirlos. Y además “era fin de mes (el 24). Temía que si no iba, no me pagarían el mes completo”, explica Abdul Razzak, de 30 años, que inspeccionaba una línea de costura en la sexta planta. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) constata violaciones de los derechos laborales, como restricciones al derecho a sindicarse. Lejo Sibbel, de la OIT en Dacca, confía en que los cambios legislativos en marcha se aprueben y apliquen, de modo que se puedan formar sindicatos y puedan operar. El Gobierno también ha prometido 200 nuevos inspectores a sumar a los 55 que hay ¡para todo el país!

Las indemnizaciones y la subida del sueldo mínimo son la batalla de Babul Akhter, de 40 años, enmarcada en la campaña internacional Ropa Limpia. Tras un lustro en el textil, preside la BGIWF, una federación de trabajadores del textil. Su trabajo también es arriesgado. Una avalancha de denuncias en 2010 “por vandalismo, por obstaculizar los ingresos del Gobierno, etcétera” le llevó un mes a la cárcel tras una protesta para reclamar mejoras salariales. Y uno de sus colegas, el activista Aminul Islam, fue asesinado en circunstancias sospechosas el año pasado. El asunto preocupa incluso a EUA: Hillary Clinton pidió explicaciones a las autoridades durante su última visita.

Algún gesto hay. Mínimo. Tardío. Mientras diplomáticos, representantes de marcas y autoridades se reunían esta semana en el Westin, el hotel más lujoso de Dacca, el Gobierno ofrecía mil euros (unos $1,300) de recompensa por información sobre el sospechoso de asesinar a Islam y detenía al dueño de Tazreen, escenario del incendio mortal hace siete meses.

La batalla sindical es titánica. El equipo de Alonzo Suson, estadounidense y director del Solidarity Center, ha entrevistado a un millar de supervivientes y familiares para ofrecerles ayuda legal. Pretenden ser cantera de sindicalistas. Cuenta entusiasmado que en medio año se han creado sindicatos en 30 empresas (hay 5,000) liderados por gente joven, muchas mujeres. Y han logrado cosas. Sencillas. Pero mejoras: agua de garrafa en vez de del grifo o un lugar donde comer a la sombra y en sillas. Con cautela de veterano, Suson destaca que por primera vez la patronal textil (conocida como BMGEA en este país seducido por las siglas) admite que existe un problema de seguridad y no despacha los incidentes como sabotajes o conspiraciones.

Los activistas locales exigen que los dueños del Rana Plaza y de las fábricas sean juzgados por asesinato porque “no fue un accidente”. La policía de Bangladesh ordenó en abril la búsqueda del español David Mayor, director general de Phantom Tac, pero a la policía española no le constaba ninguna orden de detención.

A algunas amputadas les han tomado medidas para las prótesis, la patronal pagó a los supervivientes el sueldo de abril, y el Gobierno dio 200 euros ($260) por cada fallecido para el entierro. El destino de las donaciones locales es un misterio porque no están centralizadas. Y las marcas implicadas que prometieron ayudas de emergencia aún diseñan la entrega. Un enviado de El Corte Inglés, que fabricaba en el Rana Plaza, está en Dacca averiguando cómo canalizar el dinero, según fuentes de la empresa. Mango se distanció del desastre con el argumento de que hizo un pedido de prueba que no había comenzado. Las ONG dicen que sí, y la enfermera que perdió el brazo, Laboni, cuenta que en su planta “había que terminar un pedido de Mango aquella noche”.

IndustriAll, que representa a Laboni y a sus compañeros, cifra las indemnizaciones en 50 millones de euros. Cantidad a repartir entre las empresas (45 %), los dueños de talleres (28 %), la patronal (18 %) y el Gobierno (9 %). Los entendidos en el textil local lo llaman el “modelo Spectrum”, por las indemnizaciones de aquel caso. El último pago “se hizo el sábado 8”, revela Ramesh. Aquel desplome fue hace ocho años.

El lujoso hotel Westin ha contratado a Reshma Begum, la última rescatada tras 17 días bajo los escombros. Pero el resto aún se tiene que buscar la vida. Muchos piensan en volver a sus pueblos. Alguna cuenta que si consigue una máquina de coser, vestirá a sus vecinos. Gente cercana, no personas de afuera que no la conocen.

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