Los fragmentos de la UES

Con 174 años, la Universidad de El Salvador debe hacerle frente a una enorme cantidad de jóvenes que solo tienen esa opción para estudiar una carrera universitaria. Pero la UES tiene que lidiar con un bajo presupuesto, una fragmentada organización interna, los regaños del Estado y estudiantes con deficiencias académicas.
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El reloj da las 9 de la mañana y el tráfico va en contra de Carolina, quien a esa hora ya debería estar sentada calculando velocidades o resolviendo ecuaciones en la prueba que le dirá si puede o no estudiar en la Universidad de El Salvador (UES). Pero no. Está en el tráfico, abatida.

Cuando finalmente llega a la universidad las cosas no mejoran. Llegó, pero no conoce el campus que se extiende dentro de un terreno con casi 3 kilómetros de circunferencia. Camina perdida por el lugar y la desesperación la pone al borde de las lágrimas hasta que encuentra el edificio donde tiene que hacer la prueba.

Sube unas gradas y entra al aula, esperando que alguien la regañe y le diga que ya no puede hacer la prueba. La respuesta que encuentra la sorprende: “Pase, no hay problema”. Ve a la catedrática como si fuera un ángel y se sienta.

El estrés acumulado ya no aguanta la presión y empieza a borbotear de la joven de 18 años. Carolina llora sentada sobre uno de los pupitres. “Le di gracias a Dios, pero no paraba de llorar, me sentía bien nostálgica”, recuerda casi cinco meses después, entre carcajadas, pero todavía con un dejo de ansiedad en su voz.

Ya lleva más de un mes en su primer ciclo de clases universitarias. Estudia periodismo. Para llegar aquí, el camino fue largo. Desde iniciar el proceso de ingreso hasta la llegada tardía a la primera prueba de conocimiento que solo aprobó en un segundo intento.

Carolina no estaba sola. El 25 de octubre de 2014, 23,609 jóvenes tocaron las puertas de la UES pidiéndole un espacio para ingresar este inicio de año a la única opción que el Estado salvadoreño le ofrece de educación superior. De esos, solo el 4.4 % la aprobó con los más de 50 puntos de 100 necesarios. Cuatro de cada 100. La universidad no puede aceptar solo a ese 4.4 %. Como única opción estatal, debe ampliar el ingreso en una eterna batalla entre la necesidad de ser asequible y la de fomentar calidad.

Carolina recuerda, junto con Elizabeth, otra estudiante de periodismo, el día de la prueba. Una de las preguntas les pedía medir velocidades, otras eran de temas de biología y química. Tenía que conocer la tabla periódica de los elementos. En el área de sociales, la que más le gusta a Carolina, eran preguntas de análisis. A las dos horas y media, después de secarse las lágrimas, salió de la prueba, que reprobó con 40 puntos. Elizabeth obtuvo 47.

Esta generación queriendo iniciar una carrera en la UES en 2015 tuvo un promedio de 4.7 más o menos en esa primera prueba. La nota más alta, 8.4, la obtuvo una joven proveniente del instituto Padre Arrupe de Soyapango que estaba aplicando a ingeniería química.

Francisco Marroquín, ahora director nacional de Educación Superior del Ministerio de Educación, estuvo 40 años dentro de la universidad y asegura que fue él quien instaló esta prueba de conocimiento. “Yo hacía la prueba de nuevo ingreso en la UES, yo la instalé. Te podría decir que cuando el Gobierno decía: ‘Estudiantes sacan seis en la PAES’, yo hacía la prueba en la UES y los estudiantes salían con cuatro”, comenta ahora.

El 38.5 % de los aspirantes reprobó la prueba de ingreso con menos de 20 puntos y perdió por completo la posibilidad de estudiar ese ciclo. El resto, 13,473 jóvenes, la reprobó con más de 30 puntos y tuvo, al igual que Carolina y Elizabeth, que realizar una segunda prueba específica del área de conocimiento de la carrera a la que aspiran los estudiantes. De estos, solo siete de cada 10 entraron a la universidad.

Para hacerle frente a esta masa de jóvenes que aplica, la universidad debe enfrentarse a dos grandes problemas: un ciclo vicioso, un juego de culpas entre ella y el Estado salvadoreño; y a una especie de haraquiri ejecutado desde sus propias entrañas.

La vicerrectora académica de la universidad, Ana María Glower de Alvarado, reconoce los grandes desafíos y los problemas que surgen a partir de la organización interna fragmentada que tiene, pero asegura que los esfuerzos por llevar la institución a un mejor lugar se están haciendo. “Queremos el logro de la calidad académica, pero la calidad académica se logra cuando tenemos una buena formación docente, para todo se necesita un financiamiento, para todo se necesita dinero, para echar a andar todos estos proyectos se necesita dinero y eso es lo que más escasea, pero aún así estamos haciendo esfuerzos”.

Ya pasaron las 10 de la mañana y Carolina está sentada al final del aula. Los pupitres están acomodados en filas. Entra el profesor de Introducción al Periodismo, les pide que se sienten en grupos y los pupitres colman el aula de chillidos y aullidos mientras los mueven de un lado a otro.

Carolina se sienta con otras tres jóvenes, entre ellas Elizabeth. Cada jueves se sentarán juntas para realizar los laboratorios que consisten en responder una lista de preguntas que el docente les dicta y cuyas respuestas tienen que buscar de sus apuntes de las clases.

Llevan tres semanas viniendo a clases y empiezan a tener sus primeros choques fuera de la vida de colegios e institutos públicos. Casi todos vienen de una generación de 82,191 estudiantes que realizaron la PAES el año pasado y obtuvieron una nota global de 5.2, una décima más abajo que el promedio de 2013.

En el grupo de Carolina hay otras dos jóvenes más. Una de ellas es Daniela, pero ella ya no es primeriza como Carolina, quien acaba de salir del colegio. Daniela tiene 23 años y está en su segunda ronda de Introducción al Periodismo. Ha tenido que repetir esta y otras dos materias de primer ciclo.

En El Salvador hay 41 instituciones de educación superior legalmente inscritas, 24 son universidades y solo una de estas es pública. En 10 años, la cantidad de estudiantes universitarios registrados tuvo un crecimiento porcentual del 47 %, de 105,889 estudiantes a 156,054.

En ese mismo período solo la población estudiantil de la UES creció en un 53 %. La vicerrectora Glower asegura que este número ha aumentado considerablemente y que la matrícula ya ronda los 60,000 estudiantes. La página web de la universidad detalla que la población estudiantil de este año es de 52,859.

Tanto el director nacional de Educación Superior como la vicerrectora Glower destacan algo de la función de la UES: provee educación universitaria a personas de bajos recursos económicos. “Muchos estudiantes, diría, es la única opción que tienen para estudiar, porque es una universidad sin una cuota alta”, comenta Glower, quien asegura que más o menos un 70 % de los estudiantes de la universidad proviene de institutos públicos.

Además, la universidad tiene alrededor de 1,000 estudiantes con becas remuneradas con el salario mínimo y elimina las cuotas para estudiantes como Daniela que son hijos de empleados o docentes de la universidad.

Ser hija de un empleado de la institución le da a Daniela beneficios inmediatos como no realizar la prueba de conocimiento y no tener que pagar ni siquiera la cuota mínima de $4.80 como lo hace Carolina. Las cuotas de la UES van desde $4.80 hasta la máxima de $48.

Pero esta vocación de la universidad viene con un costo. La mayoría de estos jóvenes viene cargando maletas de deficiencias académicas, reflejadas en la PAES y en la prueba de admisión; y la mayoría proviene del sistema público de educación, responsabilidad de un Estado que solo invierte un 3.4 % del Producto Interno Bruto en este rubro.

El golpe que se dio con la vida universitaria ese primer ciclo, Daniela lo achaca a su (falta de) educación media. Viene de un cantón cerca de un municipio de Cabañas y su familia no tenía la capacidad económica de pagarle el bachillerato. Entonces se fue de ese cantón, en ese municipio, y se mudó a la capital. Se mudó para trabajar.

Empezó a cuidar a dos niñas de lunes a sábado y con el dinero que ganaba se mantenía. La única opción que le quedaba era estudiar el bachillerato a distancia, que significaba recibir clases solo un día a la semana, el domingo, entrando a las 6 de la mañana y saliendo a las 5 de la tarde. “Esa era la única manera de poder sacar el bachillerato porque trabajaba de lunes a sábado... el único día que me quedaba para descansar y estudiar era domingo. Entonces prácticamente no descansaba”, cuenta ahora sentada junto a Carolina y Elizabeth bajo un árbol cerca del Departamento de Periodismo.

Según datos de la Dirección Nacional de Educación Superior, mientras la población estudiantil de la UES creció un 53 % en 10 años, la planta docente de la universidad solo creció un 23 %, hasta llegar a 2,309 docentes en 2012, según el documento “Educación superior en cifras, El Salvador 2002-2012”. Datos de la misma dirección correspondientes a 2013 detallan que la institución tiene una planta docente de 1,983 profesores.

La vicerrectora Glower asegura que la planta docente no da abasto y las facultades se ven obligadas a alargar las horas de los docentes y pagarles las horas extras o contratar docentes hora clase. Ambas, soluciones que no benefician a los estudiantes.

El profesor de Introducción al Periodismo de Carolina, Elizabeth y Daniela, Edis Edgardo Monge, cree que la cantidad de alumnos por materia es uno de los principales problemas con que los docentes se enfrentan. “Los volúmenes de estudiantes que vienen son demasiados (...) el personal no crece. Al final los docentes tenemos que cubrir”, comenta Monge, quien imparte Introducción al Periodismo en una clase con 52 alumnos.

Esta saturación afecta de por sí la calidad de la educación que reciben los estudiantes, reconoce el director nacional de Educación Superior, José Francisco Marroquín. “Uno de los factores de la calidad que la universidad es qué hace con los estudiantes de nuevo ingreso”, comenta. Estos estudiantes, agrega, deben tener un tratamiento especial, diferente a los estudiantes de tercer año o de último año, pero con la demanda que tiene la universidad es complicado.

Una de las soluciones que desde el Ejecutivo se está proponiendo para hacerle frente a la demanda que hay de estudios universitarios es la creación de la Universidad en Línea, porque como Marroquín dice: “La universidad no tiene la capacidad física para aceptar a 25,000 estudiantes”.

La saturación de estudiantes corre por muchas de las arterias de la universidad. El parqueo es una de esas áreas: a las horas pico es básicamente imposible encontrar un puesto, eso sin tomar en cuenta todos los estudiantes que llegan por medio de transporte público. La cafetería está repleta de jóvenes, pero, sobre todo, las aulas están rebalsando estudiantes y ni siquiera los pupitres alcanzan.

Entre una clase y otra, los pasillos ven pasar pupitres de aula en aula. Los alumnos se asoman a los salones, haya empezado la clase o no, para ver si hay algún pupitre sobrante, lo agarran y lo llevan hasta donde lo necesitan.

Carolina, sentada junto a sus tres compañeras, se queja. Es que ni los pupitres alcanzan, dice. El Departamento de Periodismo, para empezar, no tiene un edificio para impartir sus clases, por eso ellas están sentadas en un aula del segundo piso del edificio de Idiomas y Filosofía. En el edificio del Departamento de Periodismo están los cubículos de los maestros y algunos laboratorios, pero las clases se dan en este otro edificio donde el pasillo del segundo piso está inundado por un olor fétido que viene del baño.

A pesar de algunas de las condiciones en que se encuentran los edificios, esta es una universidad nueva en comparación a cómo estaban las estructuras antes de la administración de la doctora María Isabel Rodríguez entre 1999 y 2008. “Ha sido difícil también por las situaciones que hemos pasado, la situación del conflicto, el terremoto que nos dañó, también; las tomas de la universidad también nos dañaron, hubo un gran saqueo del patrimonio universitario”, describe Glower.

La exrectora María Isabel Rodríguez incluso comenta de cómo edificios enteros estaban sobre cárcavas producidas por tuberías rotas. “El grado de destrucción física que tenía, un 80 % estaba deteriorado o destruido, no había tenido mantenimiento”, dice siete años después de su salida de la institución.

Pero arreglar estas deficiencias requirió una inversión grande y además maniobras de la universidad para conseguir el refuerzo presupuestario. Rodríguez recuerda que la estrategia de la universidad para obtener los fondos fue proponerse como sede de los XIX Juegos Centroamericanos y del Caribe.

Tanto Rodríguez como Marroquín y Glower reconocen que uno de los principales desafíos con los que se enfrenta la universidad es el presupuesto. Para el año 2015 la universidad tiene un presupuesto de $83,647,260, según datos del Ministerio de Hacienda.

Del presupuesto de la universidad, el 95 % se va en salarios, asegura, mientras que el resto queda para el funcionamiento de la misma. Glower, quien este día se encuentra como rectora en funciones porque el rector Mario Roberto Nieto está fuera del país, reclama la baja inversión en educación superior en el país. “El presupuesto que nosotros tenemos es el más bajo de Centroamérica. Honduras tiene el 6 % y Nicaragua. Nosotros tenemos el 1.4 %. Es un porcentaje bastante bajo. Realmente el 95 % y lo demás nos queda para funcionamiento. Salimos adelante con las cuotas mínimas para los estudiantes”, dice.

Cada tres años, como mínimo, el Ministerio de Educación está obligado a evaluar a las universidades “con el fin de comprobar la calidad académica”, según lo establece el artículo 45 de la Ley de Educación Superior. Estos exámenes a las universidades se realizan bajo un sistema de pares evaluadores. La Universidad de El Salvador estaba programada para ser evaluada en 2014, pero se pospuso para este año. La última que se le hizo a la Universidad de El Salvador fue en 2012.

Las evaluaciones, explica Francisco Marroquín, director nacional de Educación Superior, se realizan con las intenciones de “mejorar la calidad”. Esta calidad se determina de acuerdo con ciertos parámetros como la administración, la infraestructura, los planes de estudio y los profesores.

En la última evaluación de la UES, la Dirección de Educación Superior le hace un reclamo a la universidad: “No existe un proceso de seguimiento en la universidad, para el cumplimiento de las resoluciones del MINED”.

El Estado le reclama a la universidad que no hay intentos de mejorar los aspectos que le han observado en el pasado. Ese mismo Estado que evalúa el desempeño académico de la universidad y critica sus planes de estudio y planta docente desactualizados y falta de inversión en recursos es el que no le otorga un presupuesto más amplio.

Marroquín reconoce esta ironía dentro de su papel de evaluador de la universidad. “Cuando vos evaluás a una institución pública, estás evaluando a su Gobierno”, dice sobre esta dualidad, y explica cómo va más allá de eso a un círculo vicioso que solo invirtiendo en la educación, cree él, se puede cortar.

El Estado no le aumenta el presupuesto a Educación o a la universidad porque no tiene posibilidades de recolectar impuestos. “Cómo le voy a recoger (impuestos) a la señora vendedora que está ahí detrás del SITRAMSS. ¿Qué le voy a pedir? Muchos viven de eso. No tenemos espacio para poder tener empleos fijos, dignos, de buen salario”, comenta.

“Esta es una cosa con la que este país no ha podido. Hay un montón de factores, pero el más importante es entender que esa inversión siempre reditúa. No hemos podido entender que la educación es una inversión”, dice Marroquín, quien asegura que esa inversión pasa por algo clave: los docentes. Marroquín describe que este es uno de los factores más importantes para garantizar una educación de calidad, sino él más importante de todos.

Pasan 10 minutos de las 9 y la profesora Gladys Reynosa Lozano llega al aula. Solo hay dos pupitres libres en todo el lugar. Cuando entra, no saluda o no lo hace suficientemente fuerte como para que se escuche hasta el fondo del salón. Inmediatamente toma un plumón y empieza a escribir sobre la pizarra. La mayoría de alumnos se calla y empieza a copiar lo que ella escribe, solo unos cuantos al fondo continúan su plática como si nada sucediera.

Al final del salón es difícil leer lo que está en la parte de abajo de la pizarra. Un alumno incluso se para con su cuaderno en mano para poder copiar. Otros están sentados justo atrás de columnas que les bloquean la vista, y se levantan e inclinan sobre su pupitre constantemente para poder copiar.

La pizarra ya está llena y la profesora, una mujer pequeña y de unos 50 años, se dirige a la clase. Empieza leyendo algunas de las frases que acaba de escribir. La clase se trata sobre la teoría de la sociedad de masas. Uno de los primeros puntos se lee: Contexto, después de la Segunda Guerra Mundial.

Cuando llega ahí, Reynosa para de leer y pregunta cuándo empezó la Segunda Guerra Mundial. El salón calla. Repite otra vez la pregunta. Se escuchan algunos murmullos. Un “1939” se levanta algo tímido por el salón. Repite de nuevo la pregunta y el alumno deja la timidez y responde que la Segunda Guerra Mundial empezó en 1939 y terminó en 1945.

“No”, responde la señora frente a la pizarra de manera tajante. “No, empezó en 1947”, dice. El alumno repite las fechas que había dicho y rápidamente la catedrática cae en su error y asegura que se confundió con la fundación de las Naciones Unidas. “Sí, ustedes tenían razón, ¿cuáles fechas me dijo?”, dice antes de continuar la clase.

“Expertos en educación te usan una frase lapidaria: la educación tiene como techo la formación de los profesores”, comenta Francisco Marroquín, sobre el punto que, considera, es de los claves para evaluar la educación.

Pero la Universidad de El Salvador, según la evaluación de 2012, no tiene sistematizada la evaluación de los docentes. “Existen facultades en donde la evaluación docente no se ejecuta de forma sistemática, no se suministra a todos los docentes; además, no se reciben los datos de forma oportuna y en algunos casos no se entrega”, se lee en el documento.

La vicerrectora Glower asegura que sí hay una evaluación que se realiza a los docentes en la forma del escalafón, hay un instrumento aprobado para realizar esta revisión de los profesores, pero aquí entra en juego otro de los problemas de la universidad. Cada facultad es un organismo autónomo que tiene su propia organización y son ellas las que evalúan a los profesores que están bajo su sombrilla.

En la primera planta del edificio de Idiomas y Filosofía, la clase de Reynosa continúa. Explica los apuntes de la pizarra. Las sociedades de masas, comenta, se relacionan con el desarrollo demográfico y urbanístico, con gobiernos autoritarios, lo que la lleva a su siguiente pregunta: “¿En la sociedad salvadoreña cuántos años hubo gobiernos militares?”

De nuevo, la clase le da un silencio rotundo de respuesta. Ella autorresponde su pregunta y asegura que alrededor de 100 años. El período conocido como la dictadura militar inicia con el general Maximiliano Hernández Martínez en 1931 y finaliza con el golpe de estado 48 años después.

“¿El último, cuál fue el último?”, continúa Reynosa. Pero ahora el silencio lo rompe segundos después un alumno: “Romero”, responde. “No recuerdo de la fecha exacta”, dice ella, pero ese mismo alumno le contesta: 15 de octubre de 1979. La clase continúa.

Mientras la clase sigue, alguien pinta con un lapicero sobre uno de los pupitres de madera; otra alumna, vestida completamente de negro, dibuja algo sobre la columna que tiene enfrente.

Han pasado 38 minutos desde que la clase inició y la profesora empieza a borrar en la pizarra. Los alumnos de las últimas filas empiezan a hablar aunque la clase todavía no termina, pero el ruido del pasillo colindante es tan fuerte que al final del salón es difícil escuchar lo que la profesora tiene que decir.

Son las 9:51 de la mañana y 41 minutos después de haber iniciado, la clase de Teoría de

la Comunicación y de la Información termina.

La vicerrectora Glower reconoce el problema que esta fragmentación implica y le achaca a esta falta de cohesión dentro de una universidad a la lentitud con la que se solventan las observaciones del MINED. “La universidad privada tiene un rector y él dice lo que se tiene que hacer. Aquí es difícil porque hay tantos organismos, asociaciones estudiantiles. No funcionamos igual”, dice.

La universidad es compleja. Por un lado, está el rector y las dos vicerrectorías, la académica y la administrativa. Por otro lado están los organismos de gobierno: el Consejo Superior Universitario y la Asamblea General Universitaria. Y aparte están las 12 facultades. Cada una de estas tiene su propia junta directiva.

La exrectora de la Universidad de El Salvador María Isabel Rodríguez tiene recuerdos agridulces de su período en esta institución. Dice con orgullo haber instalado un presupuesto para investigación académica o el programa de Jóvenes Talentos que ya cumplió 15 años. Pero, desde una mesa de trabajo en la biblioteca de su casa, tiene palabras duras para el desafío que implicó enfrentarse a tantos organismos.

“Esa fragmentación... Cada quien es dueño de su feudo, cada quien trabaja por su lado... Una de las cosas más dolorosas es el recuerdo de cómo se comportaron mis decanos”, dice Rodríguez, quien lamenta no haber podido lograr unidad a lo largo de las entidades que conforman la institución.

En específico, Rodríguez se refiere al Programa de Fortalecimiento de la Universidad de El Salvador a través de un préstamo con el Banco Interamericano de Desarrollo, el proyecto “de su frustración”. Asegura que los decanos le habían dado su apoyo antes de llevar el proyecto a votación, pero en el momento clave nadie la apoyó.

Sin embargo, Rodríguez se rehusa a descalificar a los docentes de la institución. Afirma que la universidad tiene “gente buena, excelentes profesores”, a pesar de que duda que las evaluaciones se realicen de igual manera en todas las facultades.

Aunque la vicerrectora Glower reconoce las deficiencias que tiene la universidad, destaca ciertos proyectos que se han realizado para su mejora y otros que están en camino. Entre los que ya iniciaron menciona la creación de la Unidad de Educación Inclusiva, que ha permitido tener 150 estudiantes con discapacidades dentro de diferentes facultades.

Para ampliar el proyecto, asegura que se iniciará un diplomado para capacitar a los docentes y se realizarán adecuaciones curriculares. Además, está el proyecto de una maestría en docencia universitaria para iniciar el proceso de renovación de la planta docente.

Quizás el más ambicioso que plantea es un cambio radical en la formación universitaria de los primeros años. “Estamos preparando ya con este modelo educativo otro documento que implica ya cambios administrativos curriculares: un año de formación básica común que creo que necesitan los estudiantes, dado que solo tienen dos años (bachillerato)”.

Sin embargo, al igual que todos los proyectos, al igual que el proyecto de María Isabel Rodríguez, estos tienen que pasar por los diferentes organismos de la universidad para ser aprobados y llevados a cabo. Si no hay unidad de visión, no hay proyecto.

En su primer ciclo universitario, Carolina, esa joven que lloró durante la prueba de conocimiento, se ha encontrado con diferentes profesores. La mejor, dice, la profesora de Inglés, Liliana Carranza. La describe como estricta, pero que ha logrado que ponga tanto interés en la materia que cuando va de regreso a su casa en el microbús se va acordando de la clase. Otros no le agradan tanto. Los que solo dictan y no dan espacio ni para preguntas, sobre todo.

Daniela también se queja de eso. “Porque hay licenciados que no dan, no te explican, entonces dicen: ‘Solo te lo voy a explicar una vez y si lo agarraste bien y si no, no’”; pero reconoce que esto es parte de la vida universitaria. Ya no es bachillerato, dice.

Para el futuro Carolina espera perfeccionar su inglés porque al finalizar su carrera espera poder irse del país. “Entonces quisiera aprender más inglés e irme para otro país porque este país, sí, o sea, no hay muchas oportunidades, y si hay son muy escasas”

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