Los libros en mi vida

Pablo Neruda en su poema “Testamento” dice: “Amen como yo amé a mi Góngora, mi Quevedo, mi Garcilaso, a Lautréamont, a Maiaskovski”.
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Este título se lo debo a un escritor que admiré por su atrevimiento en el uso de la palabra creativa: el estadounidense Henry Miller, quien por su anarquía literaria tuvo que vivir en París y publicar sus primeros libros en Francia, sobre todo “Trópico de cáncer” y “Trópico de capricornio”, obras de un erotismo audaz que con la tecnología de información parecerían juegos inocentes. Miller se adelantó a los cambios de la llamada “revolución sexual” en EUA. Sus libros fueron censurados y publicados en inglés años después.

A su retorno a California, luego de un largo exilio voluntario, se convirtió en un profeta de los movimientos hippies. En “Los libros en mi vida”, Miller cita los mejores cien libros de su vida. “Mi objetivo –dice– es rendir homenaje a quienes se lo merecen, los libros son mi vida, como los árboles, como las estrellas, como el estiércol”.

Hace unos días hice una entrevista con el tema de mis cinco libros preferidos. Algo difícil. Ni siquiera si se trata de los que influencian la obra literaria, que pueden ser más limitados. Por ejemplo Pablo Neruda en su poema “Testamento” dice: “Amen como yo amé a mi Góngora, mi Quevedo, mi Garcilaso, a Lautréamont, a Maiaskovski”. Estos cinco autores, sin duda, prevalecieron en la creatividad del Nobel chileno. En poesía predomina la palabra enriquecida por la imaginación y las emociones por sobre la temática.

Siguiendo con la entrevista de radio, citar mis cinco libros preferidos fue un aprieto. Difícil elegir para quienes desde niños somos lectores. Pensé en 100 libros, como Henry Miller, y el entrevistador me permitió ampliar un poco más, en el sentido de mencionar los libros en varias etapas de mi vida. Por ejemplo, como lector niño: Los cuentos árabes de “Las mil y una noches”; “Corazón”, de Edmundo de Amicis, “El corsario negro” de Salgari; “Tom Sawyer” de Mark Twain. Los de temprana adolescencia: “Los miserables”, y “Nuestra señora de París”, de Víctor Hugo; “Los Hermanos Karamazov” y “Crimen y castigo”, de Dostoieski, “La montaña mágica” de Tomas Mann, “Mientras yo Agonizo” de William Faulkner; “Cartas a Milena”, de Franz Kafka, “La leyenda de Gösta Berling”, de la sueca Selma Langerlöf.

En poesía: “Poemas humanos” de César Vallejo y “Canto general” de Neruda o “España en el corazón”.

En mi adultez como novelista: “Rayuela” de Julio Cortázar; “El llano en llamas” de Juan Rulfo; “La ciudad y los perros”, de Vargas Llosa; “La región más transparente” de Carlos Fuentes. Por último adopté el realismo de la literatura norteamericana: “Manhattan Transfer” de John Dos Pasos. “Luz de agosto”, y “El sonido y la furia” de Faulkner; “Las uvas de la ira”, de Steinbeck; “Reflejos en tus ojos dorados” de Carson Mc Cullers; “Nueve cuentos” de H. D. Salinger. “Mujeres apasionadas” de H. D. Lawrence. Si me gusta un autor lo releo sin cansancio.

Otra cita de los mejores libros se hizo en Nueva York (1999) por la biblioteca depositaria de William Faulkner: los 100 mejores libros escritos en español en el siglo XX. Tuve el honor (con “Un día en la vida”) de ser colocado en el quinto lugar. Arriba de este libro se asignaron tres premios Nobel, dos españoles y Gabriel García Márquez (le nominaron dos libros). ¿Quién no lo disfruta? Lo positivo es tener algo más de lo mejor que de lo peor.

En la plenitud de mi vida, me gusta leer alguna novela contemporánea de China. Y la japonesa, de autores como Haruki Murakami. O Yasunari Kawabata, este es un novelista poeta que disfruto: “País de nieve” y “La casa de las bellas durmientes”. También me encantó la trilogía “Millenium” del sueco Stieg Larsson, de las tres me gustó “Los hombres que no amaban a las mujeres”, llevada al cine como “La chica del dragón tatuado”. En unas vacaciones de fin de año (2014), incluyendo madrugadas, me leí las casi 2,500 páginas de esta trilogía.

Sobre “La casa de las bellas durmientes”, de Kawabata, me sorprendió que nuestro García Márquez copiara casi textualmente esta obra y se publicara como “Memorias de mis putas tristes”, su última novela. Algunos critican a quienes ven similitud de las dos obras, califican de envidias señalar este lapsus del colombiano. Los que no quieren pasar por envidiosos, matizan y aminoran el peso crítico y aluden que lo salva que su obra lleva una cita de Kawabata. No es suficiente. ¿Habrá habido participación del agente literario? ¿O de los editores para publicar un último libro? Porque se trata de una versión muy, muy similar. Leves cambios. ¿Por qué extrañarnos de este desliz que quizás no fue de García Márquez? Todos nos semejamos a la moneda, y esta tiene dos caras, ni eternamente impuros, ni puros efímeros. Señalarlo no resta méritos al gran autor de “Cien años de soledad” y “El coronel no tiene quien le escriba”.

Igual es inexplicable el caso del escritor peruano de grandes editoras españolas: Alfredo Bryce Echenique, autor de una novela, “La amigdalitis de Tarzán”, cuyo principal personaje es una salvadoreña, a quien estimo mucho, trabajó conmigo en ediciones infantiles. El problema de Echenique fue que se enviaron tres docenas de artículos periodísticos como suyos, en realidad copiados de internet, pertenecientes a otros periodistas. Se publicaron con su nombre en los mejores periódicos de España, incluyendo El País. Fue condenado por un juez de Perú a pagar lo devengado a los verdaderos autores, unos $60,000. El pecado no es terrible, pero tampoco admisible.

La explicación de Echenique fue que los artículos eran enviados por su secretaria y él no se daba cuenta. ¿Quién cobraba? Lo sorprendente fue que dos años después, en la Feria del Libro de Guadalajara (2012), se le concedió el premio FIL (antes Premio Juan Rulfo) de $150,000. ¿Para ayudarle a pagar la multa? ¿Por compasión? Los organizadores admiten “el error” de Echenique. Concluyo: “pisto” llama “pisto”. Si con honestidad, perfecto. Pero no justificar estos señalamientos como envidias a grandes escritores

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