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Los migrantes han hecho de mi vida un camino

Alejandro Solalinde es el sacerdote católico que fundó y aún dirige el albergue Hermanos en el Camino en Ixtepec, Oaxaca (México). En este lugar brinda atención a los migrantes centroamericanos. Labor por la que ha puesto en riesgo su vida.
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<p>Fotografías de Melvin Rivas</p><p>N</p><p>o tiene una voz potente. Al contrario, por ratos parece que susurra. Su físico tampoco impone. Es delgado y no muy alto. Nada de su apariencia habla con certeza del enorme favor que todos los días le hace a Centroamérica. Alejandro Solalinde es el sacerdote católico que, con más valentía que recursos, brinda asistencia a los migrantes en Ixtepec, Oaxaca (México). Desde su albergue, llamado Hermanos en el Camino, no solo ha ofrecido comida y techo a quien lo necesite, sino que también ha denunciado a delincuentes, a funcionarios corruptos y a gobiernos que ofrecen nada más políticas tibias. </p><p>Mientras Solalinde habla desde el estrado, la mitad de los jóvenes que ocupaban este auditorio de la Universidad Tecnológica ha salido. Solalinde ha sido traído para hablar acerca de la asistencia humanitaria en el marco de la Semana del Migrante. Pero pocos escuchan con atención su mensaje, en el que habla de cuántos muertos hay enterrados en aquellos suelos sin que nadie esté haciendo esfuerzos serios por encontrarlos. Habla de cómo, por qué y para qué son codiciadas las centroamericanas migrantes. Sus palabras, aunque duras, no acaban de calar. Y es que este país, del que a diario salen cientos de personas hacia Estados Unidos de manera ilegal, no termina de conocer, de valorar y de apoyar lo que Solalinde hace, eso por lo que incluso ha tenido que dejar México por un tiempo al ver amenazada su vida.</p><p></p><p></p><p>Una tregua entre pandillas, que cumplió seis meses, hizo que el promedio diario de homicidios se redujera a casi la mitad. ¿Es este un buen inicio para eliminar el problema de la violencia, que es una de las causas de la migración ilegal? </p><p>La tregua como mecanismo de negociación entre partes se podrá dar. Pero la solución no es esa. La solución es más profunda. Hay en el tejido social muchas cosas que se han roto desde hace muchos años. Los pandilleros son parte de la dinámica de destrucción contra sus propios hermanos. La solución es que todas las instituciones, sobre todo la Iglesia católica, participen en la atención al ser humano.</p><p></p><p>La Iglesia católica ha tenido a su representante en la consecución de esta tregua.</p><p>Tiene que ser así. La Iglesia tiene que estar en las calles acompañando a la gente. Tiene que estar con sus ovejitas. Pero el problema de fondo no se va a arreglar con una negociación. La sociedad civil tiene que participar, porque se ha acostumbrado a la presencia de las pandillas y las reglas que les han impuesto. Y esas no son las reglas de una buena convivencia social. Se necesita remover todo para empezar desde abajo. </p><p></p><p>Se ha negociado con beneficios carcelarios. ¿Es esta la clase de procesos en los que debe meterse la Iglesia católica? </p><p>Estos son mecanismos superficiales, paliativos, no tocan el fondo. Hay que educar la conciencia de las relaciones interpersonales. La Iglesia católica debe convencer corazones y mentes para que sepan que el ser humano está hecho para la paz.</p><p></p><p>¿Aunque eso implique un proceso más largo y, lo más seguro, con más muertes?</p><p>A la larga es lo único que va a contar. Pero la tregua no es la solución. Lo importante es convencer a la gente de que está hecha para una buena convivencia, para la paz. Hay que educarla para que pueda convivir en la diversidad.</p><p></p><p></p><p>Por propuestas como estas y por su trabajo con los migrantes ya le llaman el nuevo Romero. ¿Qué le provoca que lo comparen con monseñor Óscar Arnulfo Romero?</p><p>Me siento agradecido porque es una honra. Pero también pienso que cada persona es diferente. Antes pensábamos que la santidad era como un traje que todos se podían poner. El arzobispo Romero, a quien tuve el gusto de conocer y apreciar, fue él en su tiempo. Todos estamos llamados a la santidad, pero este es un traje a la medida y cada quien tiene que buscar el suyo en su propia época y a su manera. </p><p></p><p>¿El final más común para los incomprendidos y perseguidos, como Romero y como usted, sigue siendo el martirio?</p><p>Romero no solo lo fue, él sigue siendo incomprendido por la jerarquía católica que no le ha hecho justicia, porque si de verdad hubieran reconocido su profetismo, su entrega, su testimonio evangélico, ya lo hubieran canonizado. Pero no lo hacen porque es un tipo de santidad crítica y combativa. Eso no les gusta. Les gustan las personas modositas. Las únicas santas que les gustan son reinas, vírgenes o mujeres que a todo le dicen que sí.</p><p></p><p>¿El de mártir es el único papel disponible para los incomprendidos en la Iglesia?</p><p>Es cierto, yo sí recibo ataques y amenazas. Y no solo de la delincuencia, sino que también de mi iglesia. Pero así también hay obispos y mucha gente más que me apoya y simpatiza con lo que hago. Yo no tengo una vocación de mártir. Yo solo estoy cumpliendo una misión y si, para cumplir esa misión –que es estar con mis ovejitas–, hay que arriesgar la vida, pues la voy a arriesgar porque mis ovejitas valen mucho. Pero que quede claro que amo la vida. Yo quiero vivir. La vida es tan bonita. Y pienso disfrutarla todo el tiempo que pueda.</p><p></p><p></p><p>¿Lo recibió ya el obispo de Tehuantepec para hablar sobre su futuro dentro de la Iglesia católica y al frente del albergue Hermanos en el Camino?</p><p>No, es algo que tengo pendiente. Cuando estuve enfermo yo no quise platicar con él, porque no quiero hacerlo superficialmente.</p><p></p><p>¿Cuáles son los argumentos que piensa presentarle para que le permitan seguir trabajando donde está?</p><p>El punto delicado es que a muchos obispos como él les han dicho que son misioneros, pero no lo son en verdad. No lo son porque ser misionero no significa estar encerrado en una iglesia, en una oficina. Pero no los han formado, como a los sacerdotes tampoco, para bajar de sus estrados para escuchar y estar con la gente. No se formaron como misionantes, que significa el ejercicio de la misión. El problema con él es que lo puso la estructura eclesiástica para cuidar la disciplina y preservar la misma estructura y para cuidar el aspecto duro de la Iglesia. Y la contraparte a eso es la vida, la espontaneidad, pero esa parte no la cultivan ellos, porque no fueron formados para eso. Voy a tener un diálogo con él para avanzar en ese sentido. Porque la Iglesia tiene que ser misionera y no administrativa.</p><p></p><p>¿Por qué sigue formando parte de una institución a la que critica tanto?</p><p>Yo me quedo porque amo la Iglesia y la amo porque ella me formó. Cuando alguien me dice que soy rebelde, yo les digo que no, que, al contrario, los rebeldes son ellos porque yo estoy haciendo lo que ellos mismos me mandaron a hacer. Yo no me hice solo. No me diseñé. Soy fruto de lo que ellos hicieron conmigo. Mis superiores católicos me formaron y me dejaron así como soy ahora. </p><p></p><p>¿Qué le quitaría a su Iglesia?</p><p>El poder y el dinero, la burocracia y la haría dinámica. Haría de esto una Iglesia que pueda estar abajo. Yo no he visto una Iglesia que escuche. Se ha vuelto una Iglesia vertical, administrativa. Ella es la que dice, la que manda la vida y la vida que surge fuera de eso no la acepta porque es una vida no autorizada. Y yo quitaría todo eso y le dejaría el evangelio. Le pediría que fuera discípula de Jesús y que fuera misionante, que experimentara la flexibilidad. Yo quitaría esos conceptos que la Iglesia maneja de comunión como uniformidad. Porque la comunión nunca se va a lograr si no es desde la diversidad. Quitaría también ese mito de Iglesia perfecta. No lo es, como no lo es ningún ser humano. Tiene que asumir su papel como institución que necesita no solo evangelizar, sino ser evangelizada. Quitaría los palacios de los ministros, quitaría todo lo que da esclerosis. Quitaría todo lo que no deje caminar y es parte de una estructura vieja que se ha vuelto estorbosa.</p><p></p><p>¿Qué lo hace pensar en cambios tan radicales dentro de una institución que ha hecho pocas reformas a lo largo de su historia?</p><p>En la historia de la Iglesia ha habido opiniones contrastantes, casi todas han sido reprimidas. Pero las cosas han cambiado hoy. La Iglesia tiene que aceptar la realidad nueva. Tiene que entender que los aportes distintos dan riqueza. Me gusta la historia de la Iglesia, yo estudié historia también, y me he fijado en que la Iglesia ha tenido siempre una fobia a la reforma. A pesar de todo, sé que la Iglesia un día va a cambiar. Creo en el Espíritu Santo. Sé que al final la decisión de cambiar o no cambiar no está en ningún papa. Eso está en el Espíritu Santo y lo va a hacer cuando haya menos resistencia de la jerarquía. Nuestra Iglesia es una iglesia miedosa, que tiene miedo a la libertad, que tiene pánico de las mujeres y todo eso tiene que cambiar. Yo la amo, y por eso me quedo en ella para ayudarla a cambiar. </p><p></p><p>Si no pudiera continuar con su trabajo pastoral en el albergue Hermanos en el Camino, debido a que según su obispo no se contempla el trabajo de misionero a tiempo completo, ¿qué alternativa tiene?</p><p>Mi obispo ya dijo que me voy a quedar. Los migrantes han hecho de mi vida un camino. Yo sé el punto de salida, pero no sé en qué va a terminar. Mi tarea es la defensa de los derechos humanos. Pero me interesa que se defienda en especial la vida de los migrantes. El camino sigue estando lleno de peligros y hay mucho qué cambiar para que no se exponga su vida y voy a seguir por ahí.</p><p></p><p>Se habla mucho de la corrupción de los funcionarios de migración de México, pero se dice poco del papel de los funcionarios de Centroamérica. ¿Qué les pide a ellos una persona como usted, que ve pasar todos los días a los centroamericanos en medio de toda clase de riesgos?</p><p>Centroamérica está en deuda con sus nuevas generaciones y con sus migrantes. Les preocupan más las remesas que la suerte de sus migrantes. Creo que ha faltado creatividad por parte de los gobiernos, incluso de México, para buscar un plan de desarrollo integral que asegure calidad de vida para todos. Nadie tendría que salir de su país toda vez que se le dieran las oportunidades para tener una vida digna. Se ha permitido en cada país la corrupción y el amor al dinero, que priva más que el amor al ser humano. Y esto se une con la pasividad de la Iglesia católica, que ha abandonado al ser humano y solo se preocupa por los clientes que van a pagar por los sacramentos. Los gobiernos de Centroamérica tendrían que ser responsables y no permitir la concentración de la riqueza en tan pocas manos. Hay que crear fuentes de trabajo, hay que dar vida al campo para que la gente no tenga que salir. Todo esto tiene que estar en un plan a largo plazo. No son soluciones fáciles. </p><p></p><p>¿Recibe ayuda su albergue de algún país centroamericano?</p><p>No la recibe ni la recibiría. Yo no recibo ni un peso de ningún gobierno de Centroamérica. No se trata de cobrar. Es fácil ayudar a un albergue por donde pasan sus connacionales. Y pregunto: ¿por qué no los ayudan cuando todavía están aquí? ¿Por qué no les ayudan creando fuentes de trabajo, preocupándose por ellos, reteniéndolos con oportunidades? ¿Por qué ayudarlos allá? Nosotros damos lo que damos y lo hacemos con mucho gusto. Tampoco aceptamos ni un solo peso de migrantes llegados a Estados Unidos. Yo creo que México es rico en todos los aspectos y es su gente la que debería ayudar a sus hermanos. También debería hacerlo Estados Unidos, que ha tenido parte de responsabilidad en el empobrecimiento de la región. De ellos aceptaría ayuda.</p><p></p><p>¿Qué pide entonces a los gobiernos centroamericanos?</p><p>La mediación consular. Que sean más solícitos para atender asuntos de connacionales en tierras mexicanas. Que sean más valientes para defenderlos y que tengan más dignidad ante los gobiernos de México. Que no tengan miedo, que defiendan lo suyo. Porque son países pequeños, pero valen los mismo que Estados Unidos o cualquier país del mundo. Aceptaría sus visitas, su amistad y un trabajo regional. Aceptaría que se pusieran de acuerdo con México para impulsar un programa de desarrollo regional. </p><p></p><p></p><p>¿Qué lo agobia por las noches?</p><p>Por las noches lo que siento es una gran paz. En el día tengo siempre mucho trabajo, pero yo sé que mi vida está en manos de Dios siempre y eso me da paz. En la noche me siento físicamente agotado, pienso en muchas cosas y me tranquiliza saber que no soy Dios, que no soy ningún Mesías. Me tranquiliza pensar en que solo soy un hombre muy limitado, con errores y todo, pero que solo tengo que hacer lo mío y nada más. Sé que no voy a completar nada, que no voy a terminar, estoy avanzando un poquito y lo demás me queda claro que le toca a Dios. Qué bueno que no soy Dios.</p><p></p><p></p>

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