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Los migrantes que sueñan con estudiar

Los “dreamers”, o los soñadores, son un grupo de jóvenes dentro de Estados Unidos que llegaron a ese territorio cuando eran niños y buscan legalizarse. Algunos están amparados en una política de migración que evita que sean deportados. Esta es la historia de la familia Salinas. Unos salvadoreños que por medio de trabajos en limpieza y jardinería han logrado que dos de sus tres hijos “dreamers” sean admitidos en prestigiosas universidades estadounidenses.
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Permisos.  Al estar inscritos en el programa de Acción Diferida, los jóvenes pueden estudiar sin el temor a ser deportados. Incluso pueden viajar fuera de Estados Unidos por motivos académicos.

Permisos. Al estar inscritos en el programa de Acción Diferida, los jóvenes pueden estudiar sin el temor a ser deportados. Incluso pueden viajar fuera de Estados Unidos por motivos académicos.

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Carlos Andrés Salinas, Andy para sus amigos y familia, se graduó con honores de la Escuela Secundaria Atlee, en Virginia, Estados Unidos, el 18 de junio pasado. Después de ocho veranos haciendo trabajos de jardinería, vestido con una toga azul, caminó hacia el escenario a recibir su diploma de bachillerato.

A la derecha del gimnasio donde la ceremonia tomó lugar, 12 personas gritaban con orgullo al escuchar su nombre. La numerosa familia latina contrastaba con el resto de padres y madres que se reunían en pareja a ver a sus hijos graduarse. Andy se sintió importante. Ese día no solo se graduó, también hizo una declaración. “I am a ‘dreamer’” (yo soy un soñador) escribió sobre una bandera salvadoreña que pintó en su birrete. Así, le hizo saber a sus compañeros que él no tiene el título de ciudadano estadounidense como ellos.

“Yo le había contado a bien poquitos amigos que soy ‘dreamer’”, cuenta a través de una videollamada Carlos Andrés. Tiene 18 años y usa una camisa rosada combinada con un corbatín celeste. Sonríe mucho y no es tímido al contar sus méritos: lideró el grupo de teatro de su escuela, participó en el equipo de lucha olímpica y se graduó con honores de bachillerato. A pesar de cumplir con todos los requisitos de excelencia académica que lo hacen merecedor de una beca federal para estudios universitarios, cuando Andy toca puertas buscando financiamiento, estas parecen entramparse al mencionar que es migrante salvadoreño y que llegó a territorio norteamericano cuando era un niño.

Se calcula que hay cerca de 2 millones de “dreamers” o jóvenes estudiantes que llegaron siendo infantes a Estados Unidos. Algunos de ellos están amparados en la Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA, por sus siglas en inglés), lo cual les impide ser deportados. La DACA es una acción ejecutiva impulsada en 2012 por el gobierno del presidente Barack Obama y les permite cosas como obtener una licencia de conducir a personas que llegaron a territorio estadounidense antes de cumplir los 16 años.

El número de muchachos salvadoreños inscritos en el programa de Acción Diferida no es pequeño. El Salvador es el segundo país con más personas protegidas por esa política, solo lo supera México. Así, en 2014 se registró que eran 20,000 jóvenes nacidos en El Salvador los amparados bajo esa medida migratoria que les autoriza para trabajar y aspirar a una carrera universitaria.



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Las ganas de superarse profesionalmente han llevado a cuatro jóvenes salvadoreños a competir desde el 28 de junio por una beca de estudios universitarios que ofrece la cadena de televisión Univisión y el supermercado Atlantic.

La cadena de TV anunció a través de sus redes sociales que se buscaba premiar a latinos estrellas con ayudas financieras para su educación superior. Lo que tenían que hacer los jóvenes interesados era escribir un ensayo y enviarlo. Los jueces de la beca escogieron los mejores escritos de 10 estudiantes.

Esa decena de jóvenes se conformó por personas provenientes de toda Latinoamérica. Sin embargo, la mayoría de los competidores son salvadoreños. Cuatro de los mejores estudiantes escogidos para competir por la beca tienen raíces salvadoreñas: Edwin Romero, Maddelin Alvarenga, Katerin y Andy Salinas.

Después de pasar el primer filtro que consistió en la evaluación de sus escritos y sus hojas de vida, los estudiantes tuvieron que enfrentarse en las redes sociales: Univisión colocó en su perfil de Facebook de NoticiasDC los retratos de los 10 estudiantes destacados. Quien obtuviera más votos en línea sumaba puntos para la beca.

La elección del becario sería a través de una sumatoria de puntajes obtenidos en diferentes tipos de pruebas: la calidad del ensayo, la empatía lograda en redes sociales, una entrevista personal con los aspirantes y el análisis del servicio a la comunidad realizado por los estudiantes.

La urgencia por conseguir una beca privada no es difícil de comprender. Y es que a pesar de ser estudiantes destacados, los derechos que se obtienen bajo la Acción Diferida son limitados. Esta política de migración no es un paso hacia la ciudadanía o residencia legal. Solo les brinda a los beneficiarios un permiso renovable de dos años que les autoriza vivir dentro del país sin temor a ser deportados.



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Andy llegó a Estados Unidos cuando tenía tres años. Su hermano mayor ya había celebrado su quinto cumpleaños y el menor de los hermanos estaba cerca de celebrar el segundo. Sus padres decidieron dejar de vivir en El Salvador porque el país ya empezaba a dar señales de que la violencia aumentaría.

La historia de la familia Salinas es un ejemplo de la búsqueda del sueño americano. La familia no fue amenazada ni se encontraba en una situación económica precaria, pero la pareja de esposos decidió que lo mejor para sus hijos estaba en otro sitio. El futuro esperaba en un lugar donde no tenían un nombre ni una carrera.

Carlos Salinas, el padre de Andy, explica que dejó su trabajo de encargado del cómputo y área financiera de una empresa para llegar a lavar platos a Virginia. “Trabajaba en una oficina muy buena con gente muy importante de El Salvador”. El padre de familia hace énfasis en sus palabras. Explica que dejar algo que era cómodo fue un sacrificio. “Todos teníamos visa, no era ese un problema para venir aquí, el problema era mantenernos”, cuenta.

El papá de Andy llegó antes que su familia a Virginia y durante tres meses trabajó y ahorró todo lo que pudo para lograr alquilar un pequeño apartamento en el que vivirían todos. Mientras tanto Rosemary Salinas, su esposa, se quedó en El Salvador vendiendo los muebles y electrodomésticos que tenían en casa para poder tener ahorros y sobrevivir en el extranjero. “Empezamos desde abajo, desde cero otra vez. No tengo miedo de volver a empezar”, asegura Carlos Salinas.

La familia cree que el esfuerzo ha valido la pena. El dinero de los trabajos de limpieza y jardinería a los que se han dedicado no se ha convertido en remesas para sus hijos en un país inseguro. Esos dólares se han convertido en la educación de tres jóvenes que ahora luchan por ser reconocidos como ciudadanos del país en el que han crecido.

“Tú sabes que en la vida nada es gratis. Siempre tienes que pagar algo. Con mi esposa pagamos con nuestra comodidad en nuestros trabajos para poder venir aquí a sacrificarnos para nuestros hijos”, dice Carlos Salinas. Al fondo se escucha la voz de su esposa que asiente.

Cuando migraron, nadie de la familia sabía hablar inglés fluido. Diego, el hijo mayor del matrimonio, entró al primer año de educación preescolar y la maestra llamó a los padres. “Es probable que Diego no pase el año por sus problemas con el inglés”, le dijo preocupada a la pareja salvadoreña.

Rosemary, quien solo había visitado Estados Unidos para pasear y nunca había tenido que hablar el idioma permanentemente, se embarcó en la misión de enseñarle a su hijo a hablar un lenguaje que para entonces se le complicaba. Encendía la televisión y veía programas en inglés con él, después tarareaban canciones en esa lengua hasta que se aprendían la letra. Hacía todo lo que se le ocurría para evitar que su primogénito reprobara su primer año de estudios. Lo logró. Diego ahora tiene 20 años, se graduó con honores de bachillerato y habla inglés, español, italiano y francés.

Andy ha sido admitido en la Universidad George Mason y planea estudiar Ingeniería en Seguridad Cibernética. Por ello, sus padres empezaron a buscar una manera de financiar su carrera y la de su hermano mayor, quien estudia teatro en otra universidad.

El hijo menor de la familia, Christian, aún se encuentra estudiando en la escuela secundaria y de cierta forma eso representa un respiro para las cuentas de la familia. Los Salinas encontraron en el concurso de Univisión una oportunidad para acercarse al sueño de brindarles buena educación a sus hijos.

Sin más ayuda que la simpatía que el objetivo de la familia podía despertar, consiguieron 3,000 me gusta en la foto de Andy. Sin embargo, en internet todo se mueve muy rápido. Hasta dos días antes del cierre de la competencia, la familia cruzaba los dedos. Estaban en primer lugar.

Y es que los jóvenes como Andy y Diego, después de residir la mayor parte de su vida en territorio estadounidense y haber estudiado desde el inicio con el sistema americano, son considerados por las universidades como “estudiantes extranjeros”. Esa etiqueta muchas veces se traduce en cuotas universitarias más altas que las de los ciudadanos. Un problema más a la lista de dificultades que les trae no haber nacido en ese país.

Cuando a Andy se le pregunta si alguna vez se ha sentido diferente a sus compañeros, él recuerda una anécdota que recién le sucedió dentro de su escuela. Aunque sabía de su estado legal, no fue hasta este año cuando reflexionó sobre las limitaciones académicas que le impone su condición migratoria.

En la clase de Gobierno de su último año de bachillerato, la maestra explicó una tarea con la cual los estudiantes subirían el promedio de su nota. La actividad consistía en registrarse en el sistema de elecciones estadounidense como votante y presentar la prueba de ello a la docente. Andy relata que esta asignación lo tomó por sorpresa. “Tuve que ir después de la clase donde la profesora y decirle que yo no soy ciudadano”. Andy sonríe mientras cuenta esta historia, pero conforme recuerda su voz adquiere un tono más serio: “Ella no puso una nota para mí, solo lo dejó vacío sin nota y eso fue algo que me abrió los ojos... yo no puedo hacer todo lo que hacen los ciudadanos’’.

Para el padre de Andy no es sorpresa que exista una brecha de derechos entre los jóvenes con raíces extranjeras y quienes nacieron en Estados Unidos. “Todos sus amigos son americanos, pero siempre les mantenemos en su mente que aunque vivimos aquí, nosotros no tenemos los mismos beneficios. Yo les digo: un muchacho de aquí hace una estupidez y paga una multa, pero ustedes hacen la misma estupidez y nos mandan para El Salvador’’, explica el padre de Andy. Sus hijos lo saben y han buscado comportarse como jóvenes modelo de empatía y servicio con la comunidad.

Basta ver los comentarios de la fotografía de Andy en el concurso para confirmar que su comunidad lo reconoce como un joven integral. Todos los mensajes que las personas dejan en su retrato son de apoyo. “Sos un ejemplo. Adelante, Andy, cumplí tus sueños, que ya con eso le abrís puertas a los azul y blanco que te seguirán”, le escribió alguien. Haber crecido fuera de El Salvador tampoco fue un impedimento para ganar “likes”. “Te conocí bebé y es un orgullo poder ayudarte”, comentó una amiga de la familia.

Prueba de su compromiso, no solo con su núcleo familiar sino con su entorno, es que el 11 de julio Andy recibirá la máxima condecoración que se puede obtener cuando se pertenece a los boy scouts. Obtendrá la medalla de Scout Águila, un título que solo obtienen cuatro de cada 100 miembros de esta organización.

El joven reconoce que ser quien es y alcanzar sus metas no ha sido trabajo fácil. Para ayudar a sus padres con los gastos del hogar, desde los 10 años trabaja durante los veranos con su padre haciendo trabajos de jardinería. Un verano también trabajó instalando alfombras y los fines de semana acompaña a su familia a limpiar unas oficinas.

“Hay amigos que nunca han trabajado un día de su vida. Yo vivo a la par de un vecindario rico y nunca han necesitado trabajar. Cuando les digo que he trabajado desde los 10 años ellos se quedan sorprendidos. El tipo de trabajo que yo hago no es fácil. Yo estoy en el sol, estoy sudando y lo hago por el sacrificio, para tener el dinero para que podamos hacer lo que queremos”, cuenta Andy con madurez. Lejos de sentirse mal por el trabajo que ha tenido que realizar, Andy habla con orgullo de su familia y de sí mismo.


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Quizá por eso cuando Andy vio en Instagram la foto de una de sus amigas sonriendo con la carta de aceptación de la misma universidad a la que él aplicó, no pudo evitar sentirse decepcionado. Buscó en el buzón de su casa y no había ningún sobre. Buscó en su correo electrónico algo enviado por la Universidad George Mason y tampoco encontró nada. Luego pensó que tal vez, por algún irónico motivo, su carta de aceptación habría caído en la bandeja de correo no deseado. Buscó y encontró una de las noticias más esperadas de su vida.

“Vi el e-mail, lo imprimí y se lo dí a mi mamá. Ella lo empezó a leer y yo empecé a llorar. Mi mamá gritó y llamó a mi papá. Todos muy emocionados porque yo no creía que me iban a aceptar”, relata entre risas Andy. El día en el que se enteraron que Andy podría estudiar su carrera soñada desata carcajadas en la familia. Recuerdan que mientras unos lloraban y gritaban de alegría, el padre se aseguraba de que el documento de aceptación fuera real.

Ser aceptado en la universidad fue arduo, pero lo más complicado para esta familia sería hacer los pagos de las cuotas de sus dos hijos. Así lo reconocen ellos. “Este año ha sido un poco más difícil todavía porque tendremos que pagar la (universidad) de Diego y la de Andy”, confiesan los padres. La situación migratoria familiar vuelve más complejo el acceso a ayudas financieras para la universidad.

“Por ser inmigrante siempre trato más fuerte que otros niños, porque yo sé que tengo que tratar más fuerte para poder sobresalir entre todos”, explica Andy. Él mismo ve su estatus legal como un impulso para superarse, aunque en la realidad provoca algunas insatisfacciones.

El padre de Andy afirma con seguridad que los muchachos Salinas cumplen todos los requisitos para ser considerados en programas de becas federales. “Ellos tienen derecho a eso por sus buenas notas, pero ya cuando aplican no la pueden recibir por el estatus migratorio de ellos. Es lo triste”, explica con calma desde su mesa de comedor en Virginia.

La política que protege a los hermanos Salinas de ser deportados trae una gran variedad de beneficios para ellos. Pueden viajar por avión dentro de Estados Unidos y pueden incluso viajar al exterior por estudios, trabajo o razones humanitarias. Y aunque es una política diseñada para jóvenes que crecieron e hicieron su vida en ese país, no ayuda para perfilarlos como ciudadanos o como personas elegibles para becas gubernamentales.

El 8 de julio cerró el plazo para conseguir cuántos me gusta fueran posibles para sumar puntos y ganar la beca. Hasta el jueves, Andy lideraba la competencia en línea con 2,700 apoyos de su red de contactos. El competidor más cercano se encontraba a 1,000 votos de distancia. Sin embargo, para el viernes que terminó la fase del concurso en línea, el perfil de otra estudiante colombiana consiguió súbitamente cerca de 4,000 “likes”, superando a Andy.

Los resultados llegaron hasta la noche de ese mismo viernes 8 de julio. Andy ganó la beca. Lo anunció a su familia en El Salvador por medios electrónicos y muy pocos lograron contener las lágrimas ante un triunfo también propio. Un salvadoreño consiguió, afuera, dinero suficiente para seguir soñando con convertirse en ingeniero en Seguridad Cibernética. “Los puedo proteger de ataques cibernéticos y me voy a sentir importante cuando haga eso porque voy a estar ayudando a otra gente. Voy a darle de regreso al país que me ayudó a crecer y estudiar esa carrera”, decía Andy, poco antes de conocer el resultado, desde su hogar en Virginia.

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