Los que no mataron para entrar a la pandilla

La purga de su propia estructura es otro de los peligros a los que se expone un miembro de pandillas. La tregua y su posterior vuelta a la violencia habría incidido en una mayor intensidad de estos procesos, los que no son posibles contabilizar con una cifra precisa.
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Lucha.  Dentro de la MS hay también conflictos entre clicas que se consideran unas a otras enemigas a muerte.

Lucha. Dentro de la MS hay también conflictos entre clicas que se consideran unas a otras enemigas a muerte.

Los que no mataron para entrar a la pandilla

Los que no mataron para entrar a la pandilla

Los que no mataron para entrar a la pandilla

Los que no mataron para entrar a la pandilla

Los que no mataron para entrar a la pandilla

Los que no mataron para entrar a la pandilla

Los que no mataron para entrar a la pandilla

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Los que no mataron para entrar a la pandilla

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Los que no mataron para entrar a la pandilla

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Una de las órdenes giradas desde el penal de Ciudad Barrios durante la tregua (2012-2013), donde los cabecillas nacionales por primera vez tenían una fuerte voz sobre los pandilleros en el terreno, era hacer crecer a la Mara Salvatrucha con la adhesión de nuevos miembros, toda una violación a uno de los compromisos que se expresaron como parte de la estrategia.

Eso es lo que sostienen dos agentes del Centro de Inteligencia Policial, que han plasmado sus conclusiones en informes reservados, y que aceptaron hablar con la condición de no delatar sus nombres. Se trata de un proceso paradójico dentro de la estructura y pudo haber contribuido con el crecimiento de los procesos de purga dentro de la pandilla y, por ende, con el efecto látigo en el aumento de homicidios después de la tregua.

Y lo de paradójico reside en que con la tregua ya no sería posible asesinar con la libertad con la que se hacía antes. Y asesinar siquiera una vez, al menos en la MS, es requisito para que un “aspirante” se convierta en un pandillero de lleno desde hace unos seis años.

Así, con este nuevo sistema de ingreso, en el que el homicidio se dejó fuera, empezaron a existir pandilleros de dos categorías, con las consiguientes miradas sobre el hombro para los que entraron durante la tregua. Los dos agentes de Inteligencia Policial hablan de una costumbre que se volvió común entre los palabreros de diferentes clicas a escala nacional en este escenario: guardar un registro en el que fueron anotando la lista de los “pendientes”, crímenes todavía no cometidos por los ya reconocidos como pandilleros.

Esas deudas se pagaron caída la estrategia. Durante esta, como lo expresan los dos pandilleros entrevistados, solo se realizaban “pegadas eventuales”, cuando era indispensable que alguien muriera, sobre todo aquellos que no se estaban plegando a las exigencias. Estas “deudas” también se pagaron con la muerte de compañeros de la estructura que empezaron a violar los códigos de la pandilla, que en el nuevo escenario postregua contemplaron una oportunidad para hacerse de más poder. También con la de aquellos que cometían algún error. Era más habitual que entre estos últimos estuvieran los recién llegados, los incorporados durante la tregua.

Territorio. Un hombre cubre un grafito alusivo a una pandilla. Para algunos el signo que antes los protegió podría ser de peligro al cometer un error.


En esta versión coincidieron, de forma independiente, además de los agentes y pandilleros consultados, el extitular del Organismo de Inteligencia del Estado Eduardo Linares y un miembro que actualmente labora en esa institución. Pero resulta ambiguo el papel de las cifras: si se establece que la mayoría de pandilleros nuevos son menores de edad y se consultan los números de asesinatos de este sector de la población en 2014 y 2015 (1,049), se observa que conforman el 10.08 % del total de homicidios, un promedio parecido al registrado en los 12 años precedentes. No creció el porcentaje, pero sí la cantidad: el total es casi igual al de los tres años anteriores juntos.

“Dentro de la pandilla los que mueren por esta causa son los que tienen menos capacidades para conspirar contra otros… es posible que muchos pandilleros que mataron como requisito de ingreso hayan hecho esto con los que no lo hicieron, pues de alguna forma los veían como de un nivel inferior”, comenta uno de los dos agentes de Inteligencia Policial.

El pandillero activo de la Mara Salvatrucha consultado para este trabajo habla de un caso concreto para ilustrar lo anterior: la muerte de un compañero de su célula que ingresó durante los meses de la tregua, al que ahora se identificará como Marcial.

Según narra, otro pandillero habló con el palabrero para informarle que había visto a Marcial “más allá del cementerio”, conversando con una persona que describió como un tipo moreno, algo regordete, con un poblado bigote como carta de presentación.

El palabrero ató cabos y concluyó que estaba llevando información a la otra pandilla, el Barrio 18 Revolucionarios, a través de uno de sus cabecillas. La autorización desde el penal de Ciudad Barrios no tardó en llegar. Cuatro pandilleros de su clica, entre los que estaban los dos medios hermanos de Marcial, y dos más de una de las más cercanas fueron destinados para el trabajo, en una reunión celebrada en una fecha 13 de un mes de 2015.

Marcial era lo suficientemente listo, dice el pandillero consultado, para sospechar y desconfiar de las intenciones de un compañero, aunque por sus venas corriera la misma sangre. Por eso pensaron en otra estrategia. Los dos hermanos sicarios convencieron a su padre, también progenitor de Marcial, para que lo llevara a un lugar apartado, con cualquier pretexto. Marcial fue asesinado al día siguiente de esa reunión, por una noticia dicha al oído del palabrero.



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Para Eduardo Linares, quien estuvo al frente del Organismo de Inteligencia del Estado (OIE) en parte del gobierno de Mauricio Funes, resulta lógico que haya tantas muertes por purga interna en la MS, pues cuenta con un código disciplinario que, según él, alcanza los 75 artículos. El actual gobernador de San Salvador habla de un detonante que resalta: el manejo del dinero.

“La mara tiene un aparato financiero, que es el que recolecta todo el dinero. Y a veces los miembros que manejan esa parte se les van a la mierda con el pisto. O la clica se quedó con el dinero o están haciendo cosas sin permiso. A todos estos los matan. Es algo que se ha intensificado en los últimos años”, dice Linares.

Según un miembro del OIE, que puso como condición no revelar su nombre para hablar con esta revista, en el país actualmente existen, solo de la Mara Salvatrucha, un aproximado de 55 programas (un conjunto de células) en el territorio. Eso da como resultado una estructura total que no es homogénea. Así hay clicas que ya no se pueden considerar como simples pandillas, pues rozan el crimen organizado, como el caso de la Sancoco Locos de Sonsonate, a la que se le incautaron tres ametralladoras M-60 robadas del arsenal de la Fuerza Armada de El Salvador.

Otro ejemplo de una clica que maneja mucho dinero es la Fulton Locos, con presencia en diferentes zonas del país. En un reportaje publicado por LA PRENSA GRÁFICA en septiembre de 2012 se revelan algunas de las cuentas manejadas por una sola célula residente en San Miguel: en un solo mes, enero de 2012, recogió al menos $130 cada día por extorsión a un par de rutas de buses.

Un informe del Centro de Inteligencia Policial (CIP) de la Policía Nacional Civil sobre la Fulton, que fue consultado para el mencionado reportaje, da luces sobre su modo de operar: Se habla de personas que investigan las identidades de las familias, la actividad económica que generan y las facilidades que tienen de otras fuentes, como remesas recibidas de Estados Unidos. Luego investigan dónde reside la víctima, le dan seguimiento, consiguen sus teléfonos fijos y celulares y empiezan a llamarle pidiéndole una gran suma de dinero, para luego negociar y acordar una cantidad.

Tener una tajada más grande de este pastel es una de las razones por las que un pandillero puede rebelarse contra su superior y, por tanto, correr el riesgo de ser purgado.

Eduardo Linares habla de una característica de la pandilla por la que es fácil una rebelión: a diferencia del crimen organizado, la distribución de la riqueza tiene una naturaleza, en la mayoría de los casos, horizontal.

Dinero. Una de las zonas menos exploradas de las pandillas son sus finanzas, cuánto capital son capaces de mover. Lo que es seguro es que representa un detonante de conflictos.


“La pandilla establece en su código que tienen que ayudarle a los familiares. ¿Cómo se mantiene una familia? De la extorsión. De ahí hay que pagar abogados. Cuando algunos miembros de menor rango ven que los cabecillas comienzan a cambiar su nivel de vida, ahí se inician los resquemores, que suelen tener expresiones violentas”, sostiene Linares.

El pandillero retirado consultado para este reportaje aporta un ejemplo de lo anterior, acaecido cuando todavía pertenecía a la pandilla, a mediados de 2014. Cuatro miembros de su misma célula decidieron conspirar contra su cabecilla, hartos de recibir órdenes de alguien a quien no le tenían el suficiente respeto. De alguien que llevaba un nivel de vida superior al del resto, con la propiedad de buses incluida. Trazaron planes, trataron de encontrar la oportunidad perfecta para que pareciera un trabajo de los enemigos. Lo hicieron, lógicamente, sin el permiso de nadie.

Pero uno de los conspiradores decidió traicionar a sus compañeros y contó todo al objetivo de su ataque. La misión de ejecutarlos se decidió en una reunión en la que el ahora pandillero retirado estuvo presente. Los asesinaron unos días después, bajo el amparo de la noche, la confianza y de unas fumadas de marihuana.

Diversificación. Pequeñas empresas, como flotas de mototaxis, carwash, propiedades de buses y otros negocios también forman parte de su aparato financiero.


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Resulta interesante preguntarse cuántas muertes a causa de purgas entre pandillas engrosaron los números de asesinatos que El Salvador registró, según la Policía Nacional Civil, en 2014 (3,912) y 2015 (6,650), los años inmediatamente posteriores a la tregua entre pandillas.

Sin embargo, a la PNC le es imposible dar con un número exacto, según manifiesta uno de los agentes de Inteligencia Policial consultado para este reportaje. Pero se atreve a formular un estimado en su trabajo sobre el terreno: por lo menos uno de cada 10 asesinatos de pandilleros es a manos de sus mismos compañeros. El resto se divide entre rivales, grupos de exterminio y policías.

En la ecuación hay una serie de problemáticas que dificultan un resultado preciso. En primer lugar, es necesario establecer, por lo menos, un posible autor del hecho. Según datos de la Fiscalía General de la República, de los dos años mencionados apenas ha judicializado en torno al 15 % de los homicidios cometidos y no existe un registro de los casos en que víctima y victimario pertenecen a la misma estructura.

En cuanto a los expedientes judiciales, tampoco es posible conocer un dato total, pues, según declara el Instituto de Acceso a la Información Pública, se trata de información jurisdiccional, es decir que son “datos que constatan la existencia o realización de un acto que tiene efectos o consecuencias directas en un proceso tramitado ante autoridades que ejercen jurisdicción”.

Pero es factible contar, al menos, con una muestra. En el tribunal especializado de Instrucción B de San Salvador, que se encarga de ver crímenes relacionados con pandillas, la jueza titular señala que al menos uno de cada 10 homicidios cometidos por esta clase de estructuras se debe a purgas internas, lo que pudo constatarse en la revisión de los últimos cuatro expedientes en los que está incluido el delito de homicidio agravado, aquel que se comete con premeditación y, en muchos casos, con brutalidad. Sin embargo, se comprobó en algunos expedientes que el móvil del crimen no se define en todos los casos. Tampoco la pertenencia o no de las víctimas a una estructura pandilleril.

Eso sucede con uno de los asesinatos del expediente 94-15-(4), donde están como acusados los miembros de la MS José Alejandro González, Brayan Alexánder Vásquez y otros cuatro imputados. Ahí se cuenta con un testigo protegido, clave Minerva, que presenció los hechos. A diferencia de otros casos, en los que echa mano de un testigo criteriado (un pandillero que cometió el crimen pero recibe beneficios por su testimonio), no es posible conocer el móvil de este delito y, por lo tanto, descartar que se trate de una purga interna.


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Israel Ticas, el criminalista de la Fiscalía General de la República, ha visto cientos de cadáveres en sus años de servicio. Entre esos hay muchos de “jóvenes manchados con letras” que estaban en un cementerio clandestino perteneciente, precisamente, a la MS.

“Es mucho más común encontrar a un contrario, por supuesto, pero se ha vuelto más frecuente ver este tipo de escenas... pero te estoy hablando de cadáveres de entre 2012 y 2013. Tal vez estas purgas internas las miremos reflejadas en más cuerpos en los siguientes años”, comenta Ticas.

El antropólogo forense explica que existe una clara diferencia en las muertes de los que fallecen a manos de sus enemigos y los que perecen por miembros de su propia estructura: el bajo nivel de barbarie expresado en estos últimos.

“Cuando la víctima ha tenido algún grado de afinidad con la pandilla de los victimarios, esta muere asfixiada, con un disparo letal, degollada o lapidada. Pero nunca he visto señales de tortura o que alguien sea mutilado… podría decir que todavía hay un grado de dignidad”, comenta Ticas.

El criminalista señala otro hecho que está relacionado con el efecto látigo de la tregua, que lanzó por los cielos los promedios de homicidios de sitios que, antes de la estrategia, no presentaban niveles tan altos. Según comenta, en los años precedentes los departamentos en los que más se encontraban cementerios clandestinos eran San Salvador y la parte norte de La Libertad (Opico, Quezaltepeque). Usulután, donde sus registros de asesinatos en 2015 (450) casi triplicaron los de 2011 (147), se ha convertido en el departamento que, en la actualidad, más visita. Para un agente de Inteligencia Policial, en esto podrían estar colaborando también las purgas internas entre pandillas.

“Es mucho más fácil cometer un asesinato y ocultarlo en la zona rural, como es la mayor parte de ese departamento, que en la urbana”, comenta el agente.


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Códigos. Los códigos de la pandilla se expresan hasta en su manera de vestir. Usar algo equivocado es considerado una falta.


A diferencia de la MS, el Barrio 18 ha llamado mucho más la atención por sus purgas internas en los dos últimos años. Hasta 23 de sus miembros fueron asesinados en varias masacres a lo largo de 2015 dentro de los diferentes centros penales que ocupan sus dos facciones.

La más grave se produjo el 22 de agosto de ese año, cuando 14 miembros del Barrio 18 Revolucionarios fueron asesinados dentro de la cárcel de Quezaltepeque. Incluso en el centro penal de El Espino, en Ahuachapán, destinado para menores, ocurrió un doble asesinato. Ninguno de los casos ha sido judicializado hasta la fecha. Este año han ocurrido otros cuatro asesinatos. En el caso de la Mara Salvatrucha, en 2016 se reportó el asesinato de un reo en Ciudad Barrios. El hombre falleció en un centro asistencial tras ser vapuleado en una celda. Otros tres privados de libertad fueron asesinados en el sector MS del penal de Izalco. 

Pero la lucha del poder afuera también es un motivo de purgas en el Barrio 18, como puede verse en el asesinato de Medardo de Jesús Polío y Josué Daniel Guandique, ocurrido el 25 de agosto de 2013 en Ciudad Delgado. En el expediente 68-16-(1), el testigo criteriado clave Australia relata los motivos por los cuales su misma clica, la Tiny Locos Sureños, decidió darles muerte.

En la relación de los hechos, Australia asegura que los dos fallecidos fueron parte de un grupo que conspiró para asesinar a un cabecilla del vecino municipio de Soyapango, al que apodaban Crow, un par de semanas antes de sus propios asesinatos, para aspirar a un mayor nivel en la pandilla.

El hecho no quedó sin castigo y las órdenes salieron desde el penal de Izalco. La noche del crimen hasta cinco pandilleros acabaron con la vida de Polío y Guandique, tras llevarlos a un descampado donde los atacaron con armas blancas y al menos cuatro pistolas. La PNC solo pudo identificar en la escena los casquillos de las balas pertenecientes a dos armas. Ambos pandilleros trataron de huir, por lo que sus cadáveres terminaron en la autopista Este-Oeste.


Escena de una purga. Un grupo de policías trabaja en el sitio donde murieron Medardo Polío y Josué Guandique.



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Mariela es una mujer que ya casi alcanza los 50 años. Su cabello es blanco y la piel arrugada, como una muestra de que el tiempo no ha pasado por ella sin hacer mella. Acaba de llegar a su casa después de otra larga jornada de ventas en el mercado. Los pies le duelen y, al abrir la puerta de su casa, no puede hacer otra cosa que caer casi rendida en un sillón.

Ahí, en una mesita, están las fotos de sus cuatro hijos, tres señoritas y un varón. Este último, al que aquí se identificará como Melvin, murió hace más de un año. Ver la imagen le da una punzada a Mariela, que no puede ocultar el dolor en lo nublado de sus ojos.

Hasta hace unos meses no le era fácil hablar de la que describe como la “más grande pérdida” de su vida. Una pérdida que, dice, ocurrió dos veces: la primera cuando decidió entrar de lleno a la pandilla y la segunda cuando le quitaron la vida.

Mariela lamenta no haber podido hacer más. Con largas jornadas de trabajo y nadie más para apoyarla, por mucho tiempo dejó a Melvin a cargo de sus otras tres hijas, a veces bajo llave, a veces con la libertad para que salieran.

Era enero de 2013 cuando descubrió que su hijo había empezado a pertenecer a la Mara Salvatrucha, esa estructura de jóvenes que controla la comunidad donde vive, una de tantas en el Área Metropolitana de San Salvador. Desde entonces temió lo peor y su relación con el fruto de sus entrañas se erosionó. Meses después ya ni siquiera lo veía. Decidió cortar toda relación con él cuando una hermana de la iglesia le confesó que Melvin era sospechoso del asesinato de un joven de una pandilla rival.

Pronto dejó de saber de él. Hasta el día que le dijeron que lo habían asesinado. Emprendió la búsqueda de su hijo. Esperaba encontrarlo con vida o, al menos, tener la certidumbre de que había muerto. Pasó en esa búsqueda, combinada con su trabajo en el mercado, por un mes.

Su indagación terminó cuando tocaron a su puerta. Eran dos jóvenes a los que ella no conocía, pero que estaban tatuados con la MS en varias partes del cuerpo. Los visitantes hablaron de forma pausada.

“Me dijeron que ya no me preocupara, que mi hijo estaba muerto. Me dieron una dirección del lugar donde habían enterrado su cuerpo y me hablaron del error que había cometido para que lo asesinaran. Me dijeron que me calmara, que ya no hiciera esfuerzos. Fueron ellos mismos. Mi hijo se alió con los que al final lo llevaron a la muerte”, dice Mariela, mientras su hija mayor le trae un vaso con agua.

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