Lucas, el silencio

Hay zonas en el país en las que las desapariciones no se denuncian porque los pandilleros así lo ordenan a los familiares de sus víctimas. En estas mismas zonas, los cementerios clandestinos pueden albergar los restos de 20 o quizá 25 personas, según testigos criteriados, pero las autoridades solo exhuman a una parte. Los demás quedan ahí, en silencio.
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Recurso. Israel Ticas, único criminalista forense de la Fiscalía, trabajó varios días para exponer los cadáveres.

Recurso. Israel Ticas, único criminalista forense de la Fiscalía, trabajó varios días para exponer los cadáveres.

Evidencia. Peritos  forenses encontraron en la zona donde Victoria hace sepultado a su hijo un punzón junto a una de las víctimas enterradas.

Evidencia. Peritos forenses encontraron en la zona donde Victoria hace sepultado a su hijo un punzón junto a una de las víctimas enterradas.

Clandestino.  Las pandillas desaparecen a sus víctimas en terrenos alejados de lo urbano. Las autoridades las hallan solo por testigos criteriados.

Clandestino. Las pandillas desaparecen a sus víctimas en terrenos alejados de lo urbano. Las autoridades las hallan solo por testigos criteriados.

Clandestino.  Una mujer asegura que su hijo está enterrado en un cañal de Apopa, donde las autoridades exhumaron a cinco víctimas de pandillas en 2013.

Clandestino. Una mujer asegura que su hijo está enterrado en un cañal de Apopa, donde las autoridades exhumaron a cinco víctimas de pandillas en 2013.

Lucas, el silencio

Lucas, el silencio

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Los asesinos de Lucas solo terminaron de enterrarlo y se fueron directo a la casa donde vivía a decirle a Victoria que le habían matado a su hijo. Le ordenaron que se tragara el dolor: que no diera aviso a nadie, ni a familiares ni a la Policía, y que no se acercara nunca al cadáver que acababan de desaparecer en un lote de unos 20 metros cuadrados de la periferia de Apopa, un terreno donde habitualmente siembran caña, pero que una estructura de pandilleros de la facción Revolucionarios del Barrio 18 también utiliza para sembrar muertos.

A Victoria le tomó un poco más de dos años desobedecer una de las dos advertencias que le hicieron los pandilleros aquel noviembre de 2012: hoy –11 de enero de 2015– está parada con la mirada perdida a un costado de un terreno un poco más pequeño que una cancha de baloncesto. Es rústico, lleno de polvo y tiene como cerco una serie de arbustos marchitos que se enredan en dos líneas de alambre de púas. La mujer habla sin pestañar sobre el día en que los pandilleros llegaron hasta la puerta de su casa con las ropas tierrosas a avisarle que acababan de matar y enterrar a Lucas: un albañil de 31 años, de piel trigueña, con cabellos castaños rebeldes y ojos pardos. Victoria no ha dejado de llorar mientras reseña ese día, pero parece que no siente las lágrimas que recorren sus mejillas y caen sobre su blusa esta mañana de domingo que luce un cielo celeste totalmente despejado.

Victoria, de 61 años, tuvo que mentirle a su hermana para poder visitar hoy la supuesta tumba de Lucas. Se vistió con un pantalón verde y una blusa blanca con vivos verdes y le dijo que iría a la iglesia y regresaría hasta el mediodía. Cerró la vieja puerta negra metálica de su casa y caminó por un angosto pasaje hasta llegar al final de la colonia donde ha vivido los últimos 35 años, bajó por una vereda hasta toparse con una quebrada que apesta a heces. Se amarró las ondas de su cabello y se subió el pantalón hasta las rodillas, cruzó la quebrada y siguió caminando con los pies y las sandalias embarradas de un lodo verde por un sendero lleno de piedras hasta bordear dos cerros pelones.

Victoria, una mujer chaparrita de piel curtida y ojos inquietos, dice que la otra advertencia que le hicieron los pandilleros sí piensa cumplirla: nunca va a denunciar ante la Policía Nacional Civil (PNC) la desaparición de su hijo porque considera que “de nada sirve”. Una decisión que dejó a Lucas sin oportunidad de que los investigadores de la Policía lo enlistaran en los reportes de desaparecidos de 2012, cuando, según la PNC, hubo 650 denuncias de personas a quienes se les desapareció algún pariente.

—“Si los pandilleros se enteran de que vine quizás me van a matar a mí también, de todos modos ellos son los que deciden los lugares que uno puede visitar, deciden quién vive o muere. Ahora, ya no me importa tanto”, dice la mujer mientras mantiene fija la mirada en el piso polvoso del cañal, cuyos dueños han comenzado a cortar.

Antonio llegó cuatro veces durante la última semana de enero de 2013 al mismo cañal de Apopa donde Victoria hace enterrado a su hijo. Lo hizo para mostrarle a un grupo de investigadores el sitio exacto donde mató y enterró a una mujer de quien jura se involucró con la Mara Salvatrucha (MS), rivales a muerte del Barrio 18, las dos pandillas más numerosas que operan en el país. Antonio es un pandillero del Barrio 18 que colaboró con la Policía. A cambio de beneficios judiciales, les dio información sobre algunos homicidios que cometió junto a sus compañeros. A los criminales que sueltan información las autoridades les llaman testigos criteriados.

El jefe policial encargado del caso dice que las tres primeras visitas de Antonio fueron en vano porque solo deambuló sin poder recordar el lugar donde cavó el hoyo para sepultar el cadáver de la joven. A los policías se les ocurrió que para la cuarta ocasión, el hombre llegara en las mismas condiciones que cuando cometió el homicidio: borracho.

Los investigadores dicen que el martes 29 de enero de 2013 sentaron a Antonio en las raíces de un amate cercano al cañal y lo dejaron que se empinara una botella de guaro hasta dejarla seca. Minutos después, cinco investigadores vestidos con camisetas y pantalones azules enterraron una pala doble en el sitio donde el criteriado totalmente ebrio les dijo que sembró el cuerpo, extrajeron tierra hasta que encontraron huesos a dos metros de profundidad. Esperaron dos horas para que a Antonio se le pasara un poco la borrachera, taparon el agujero de unas cuatro pulgadas de diámetro con unas hojas secas y avisaron a la Fiscalía General de la República (FGR) que la inspección había resultado positiva. Subieron las herramientas, unos garrafones de agua a una patrulla, y se marcharon para la sede policial llevándose a Antonio.

Dos días después, los investigadores regresaron al cañal acompañados de Israel Ticas, un ingeniero en informática convertido en el único recurso humano que tiene el ministerio público para ubicar y extraer cadáveres de desaparecidos en un país que compite por ser el primer lugar en homicidios a escala mundial. Ticas, único criminalista forense de la Fiscalía, utiliza una técnica que llama “acupuntura forense”: introduce una varilla en el terreno donde se sospecha hay un cadáver y luego la saca para olerla. Con esa técnica asegura que logra determinar hasta el estado de descomposición de la víctima. Este mediodía Ticas ha escarbado lo suficiente en el agujero que hicieron los investigadores en el cañal para exponer parte de un esqueleto decapitado en el fondo de un agujero de unos tres metros de largo, uno y medio de ancho y cuatro de profundidad. Los cinco investigadores han pasado toda la mañana alternándose el turno para cavar el hoyo según las indicaciones del criminalista.

Ticas se quita un gorro, una mascarilla y unos guantes de hule celestes y sale del terreno por un pequeño espacio libre del cerco. Afuera, uno de los investigadores atiza con un pedazo de cartón unas cinco brasas que hay debajo de una vieja olla tilosa que contiene porciones de yuca que ha puesto a hervir desde hace unos minutos.

—Ya está listo el almuerzo ingeniero, le dice a Ticas el hombre vestido de azul que porta una pistola en su cintura.

El criminalista, que inició su vida laboral en 1989 como dibujante de retratos hablados para la Policía, se tiende en el piso polvoso bajo una escasa sombra de un pequeño árbol de mango, alrededor suyo se arma una rueda con todos los investigadores y dos militares que han hecho guardia a la orilla del terreno durante el proceso de excavación. A unos metros, sobresalen las hojas de una plantación de yuca de donde el investigador ha desenterrado una media docena y ha partido en trozos para ponerlas a hervir.

Uno de los agentes más viejos, quien parece ser que comanda el proceso de búsqueda de cadáveres al norte del departamento de San Salvador, se quita la gorra y explica lo difícil que resultó ubicar la osamenta, esos huesos que ya han comenzado a asolearse unos metros arriba.

—El criteriado nos contó que el día en que decapitó a la mujer que se metió con sus rivales había tomado bastante guaro, así que decidimos meterle varios tragos para que recordara, dice uno de los investigadores recostado al lado de Ticas.

—Imaginate, casi que hemos descubierto una nueva técnica para que los criteriados puedan ubicar los cuerpos, dice otro de los investigadores policiales antes de carcajearse y contagiar a sus compañeros que ahora ya mastican porciones de yuca salcochada.

Al terminar el día, Ticas y los investigadores lograron exponer a dos cadáveres en el mismo agujero. Había otra osamenta debajo de los primeros huesos. Los peritos del Instituto de Medicina Legal, que llegaron después a la escena, escribieron en el informe que se trató de los restos de un hombre y una mujer. Además, dentro de la fosa, hallaron la ropa de las dos víctimas; un pantalón de lona corto, una blusa rosada, una playera blanca y una falda ocre. El criminalista anotó en una vieja libreta que ambos fueron lesionados con armas blancas, decapitados y después lanzados dentro de la fosa. Calculó que ambas víctimas habían sido asesinadas un mes antes del hallazgo. Los investigadores también encontraron un punzón junto a los restos.

Antonio no se equivocó: una de las osamentas encontradas en el cañal era quien había dicho. Fue identificada con nombre y apellido y entregada a sus familiares que la habían reportado como desaparecida unos meses atrás. Sobre el hombre, no hubo identificación ni familiares que le reclamaran. Sin embargo, Antonio le contó a los investigadores la forma en que sus compañeros privaron de libertad, asesinaron y después enterraron en ese cementerio clandestino a muchos rivales, miembros de su misma pandilla y a civiles con quienes tuvieron problemas. Amparado bajo el criterio de oportunidad, Antonio estimó que había unos 25 cadáveres sembrados en este pequeño terreno. Muchos de ellos, según el criteriado, fueron asesinados durante 2012, año en que la Policía registró 2,571 homicidios, considerada la cifra más baja en una década.

Una reducción inédita gracias a una estrategia “no ortodoxa”, como la calificó el ministro de Justicia y Seguridad de ese entonces, David Munguía Payés, de facilitar una tregua entre pandillas rivales para no agredirse entre sí. Ese acuerdo se hizo público en marzo de 2012, tras conocerse que el Gobierno ordenó sacar del penal de máxima seguridad a 30 de los principales cabecillas de pandillas a cárceles con menos controles.

Una forense del equipo de Medicina Legal que estuvo en este cementerio clandestino de Apopa recuerda que tuvieron la ayuda de otros dos homicidas que, como Antonio, pasaron a ser criteriados al colaborar para encontrar los restos de sus víctimas. Dice que además de las dos osamentas que estaban en el sitio que Antonio señaló, hallaron un cadáver por cada uno de los tres días que visitaron el cañal de forma consecutiva, cinco en total. Solo la mujer a la que identificó Antonio fue entregada a los familiares tras comprobarse su identidad por medio de un examen de ADN. Las otras cuatro víctimas (otra mujer y tres hombres) forman parte de un expediente con varias páginas que los investigadores han rotulado con la palabra “sobreaveriguar”.

Después de esos cuatro días de trabajo, la excavación se suspendió de golpe pese a que Antonio le dijo a los investigadores que los enterrados en el cañal fácilmente llegaban a 25. Dos personas, de distintas entidades del Estado, involucradas en la extracción de esos cadáveres dijeron que abandonaron la labor por una “orden superior”, una autoridad que consideró inoportuno continuar con la inhumación de desaparecidos en ese momento. Faltaban pocos meses para arrancar con la campaña presidencial, una época preelectoral en un país donde las personas consideran que la principal deuda de los últimos gobiernos ha sido la seguridad.

A Victoria le dijeron que a Lucas lo mató el Barrio 18 por reclamar el asesinato de un sobrino, de 15 años. Según la mujer, al adolescente lo tirotearon a la salida de la escuela tras negarse a hacerle favores a la pandilla. Vecinos le contaron que vieron cuando Lucas encaró a un grupo de pandilleros una tarde al regresar del trabajo. Las versiones dicen que ese mismo día Lucas fue sentenciado a muerte. A la mañana siguiente vieron cómo dos hombres lo interceptaron en uno de los pasajes de la colonia, lo encañonaron con una pistola y se lo llevaron a empujones hacia la misma quebrada apestosa que la mujer acaba de cruzar para visitar la supuesta tumba.

La Policía tiene perfilada a la estructura de pandilleros que mató a Lucas como peligrosa y muy organizada. Está formada por unos 50 pandilleros que tienen su base en una populosa colonia ubicada al noreste de Apopa, se trata de un asentamiento donde habitan un poco más de 18,000 personas en pequeñas casas separadas solo por unos angostos pasajes en donde no cabe un carro por pequeño que sea. Un investigador policial, que acepta hablar bajo anonimato sobre la influencia de las pandillas en ese municipio, dice que la facción Revolucionarios del Barrio 18 domina casi el 85 % de ese municipio, un control que se ve amenazado solo en un par de colonias donde opera la MS y en otra que se volvió bastión exclusivo de la Mara Máquina, una pandilla histórica en Apopa, pero que no logró expandirse en número ni en territorio como el Barrio 18 y la Salvatrucha.

Una muestra de lo organizada que está esa estructura de pandilleros fue lo que ocurrió el 13 de noviembre del año pasado. El parte policial lo resume así: cuatro de sus miembros vestidos con uniformes originales de la PNC llegaron a bordo de una camioneta negra hasta el frente de una vivienda para atacar a un pastor evangélico y a un joven, en su escapada –tras haber matado a los dos hombres– se enfrentaron a tiros con agentes policiales. El tiroteo dejó saldo de tres de los pandilleros muertos adentro del vehículo. El investigador dice que la PNC se sorprendió al ver a las víctimas vestidas como policías, incluyendo botas y chalecos antibalas originales. Además, portaban armas de grueso calibre.

Ha pasado hora y media desde que Victoria llegó al cañal. Ha dejado amarrada al cerco una rosa que trajo escondida en su cartera desde su casa para no levantar sospechas con su hermana ni de sus vecinos sobre su visita. Se ha sentado en una piedra bajo la sombra de una ceiba ubicada a unos 10 metros de la árida parcela donde hace enterrado a su hijo. Con voz suave y pausas largas dice que decidió visitar la tumba clandestina porque no quiere morirse sin hacerlo: hace una semana que le diagnosticaron cáncer de útero. El día en que recibió la noticia se convenció de que debía visitar a Lucas, quería despedirse del hijo que le arrebató la pandilla y que ninguna institución estatal la amparó en su pérdida.

Dice que llegó a su casa con una mezcla de rabia e impotencia, apagó la luz del único bombillo que ilumina con una tenue luz amarilla el pequeño cuarto donde duerme y se quedó con los ojos abiertos clavados en el techo cubierto con un manto oscuro. Recuerda que tenía un solo pensamiento en su mente: encontrar el cañal donde los pandilleros le dijeron que habían enterrado al albañil. No recuerda cuánto tiempo pasó desde que apretó el interruptor de la luz eléctrica hasta que el sueño la venció, pero sabe que al despertar se puso a buscar una hoja de un periódico que le entregó uno de los vecinos que vio cuando los pandilleros llevaban a Lucas hacia la quebrada. El periódico contenía un artículo en el que reseñaba el hallazgo de cadáveres enterrados en este cañal, así es como dio con el lugar.

Victoria ha regresado a su casa después de visitar el cementerio clandestino donde supone que está enterrado Lucas. Está sentada en una de las dos sillas plásticas que junto con una mesa sin mantel son los únicos muebles de un pequeñísimo cuarto que funciona como sala-comedor. Ahí prefiere no hablar sobre su hijo desaparecido. Dice que en abril tiene la próxima cita con un especialista del sistema de salud público para completar su diagnóstico de cáncer. Un intenso olor a comida inunda la vivienda como anuncio de que su hermana ya tiene listo el almuerzo. Afuera, en el mismo lugar donde los dos tipos le avisaron hace dos años que acababan de matar a Lucas, dos jóvenes miran hacia adentro de la vivienda entre la rendija que dejan los vidrios y le dicen a Victoria que ya huele rico la sopa

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