Luto en la literatura mundial

Grass fue llevado a los tribunales por “El tambor de hojalata”, obra que conectó con la moderna narrativa europea; además, tardó 60 años en hablar de su pasado en las filas de Hitler. Galeano, por su parte, hizo público su último apoyo a la causa del chavismo hace un par de semanas, dejando clara la profunda impronta política de sus escritos. Ambos fallecieron el 13 de abril.
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<strong>Amigos.</strong>  En esta imagen de 1999 se ve a Günter Grass jugar con su perro Kara en su residencia en Behlendorf, en el norte de Alemania.

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<strong>Insatisfecho.</strong>  Galeano siempre reprochó del tono y el lenguaje con el que escribió su libro más comentado: “Las venas abiertas de América

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<strong>Espacio.</strong>  En el Café Brasilero es en donde Eduardo Galeano solía reunirse con amigos a departir.

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<strong>Despedida.</strong>  Familiares, amigos y personalidades del ámbito político visitan el féretro del escritor uruguayo Eduardo Galeano, en el Salón de Los Pasos Perdidos en el Palacio Legislativo de Montevideo (Uruguay).

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Luto en la literatura mundial

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Günter Grass, quizá el escritor más famoso, polémico y a la vez representativo de la segunda mitad del siglo XX alemán, murió el 13 de abril por una infección en un hospital de Lübeck, la ciudad del norte de Alemania donde vivía. Alcanzó el éxito masivo con su primera novela, “El tambor de hojalata”, publicada en 1959, y cuatro décadas más tarde logró el primer Nobel de Literatura en 27 años para un autor alemán –antes lo había obtenido Heinrich Böll– por “haber dibujado la cara olvidada de la historia con vivas fábulas negras”, según la explicación que dio entonces la Academia sueca. Ese mismo año, 1999, recibiría el Príncipe de Asturias de las Letras.

La vida de Grass está ligada de forma inseparable a los acontecimientos que sacudieron Alemania durante el siglo XX. Nacido el 16 de octubre de 1927 en Gdansk -la entonces Ciudad Libre de Danzig y hoy territorio polaco–, fue reclutado en 1944 por la unidad de élite nazi Waffen-SS y, tras la Segunda Guerra Mundial, estudió en la Academia de Arte de Düsseldorf.

“El tambor de hojalata”, que narra la vida del niño-hombre Oskar Matzerath, irrumpió en la Alemania de posguerra y recibió tantos elogios como críticas de aquellos que veían en el libro un espejo demasiado real y descarnado del surgimiento del nazismo y de la guerra. La popularidad de esta obra, por la que fue a los tribunales acusado de pornógrafo y blasfemo, aumentó en 1978, cuando Volker Schlöndorff la llevó al cine y ganó el Óscar a la mejor película extranjera y la Palma de Oro en Cannes.

De repente, superó la anticuada norma de las novelas alemanas y ofreció una conexión con la narrativa moderna europea. Supuso un chorro de aire fresco, resumía al teléfono Roland Berbig, profesor de Literatura Alemana de la Universidad Humboldt de Berlín. “Lo que por amor no le había ahorrado a mi país fue leído como si ensuciara mi propio nido”, respondió Grass a sus críticos en su discurso de aceptación del Nobel.

Pese a que dejó de escribir novelas el año pasado, Grass, gran defensor del canciller socialdemócrata Willy Brandt, no rehuyó casi ningún asunto espinoso hasta el final de su vida. En 2012 publicó el poema “Lo que hay que decir”, en el que acusaba al Estado de Israel de poner en peligro la paz mundial por su capacidad para producir bombas atómicas. El Gobierno israelí reaccionó declarándole persona non grata y prohibiéndole la entrada al país. En ese poema el escritor aseguraba que estaba escribiendo con su “última tinta”.

Grass, quien pese a su cercanía a Brandt y a otros líderes socialdemócratas, terminó distanciándose del SPD, participó en buena parte de los debates políticos de las últimas décadas. En 1990 se mostró contrario a la unificación alemana. “La espeluznante e incomparable experiencia de Auschwitz excluye la posibilidad de un solo Estado alemán”, decía el autor en febrero de 1990, tan solo ocho meses antes de que la República Democrática Alemana se disolviera. Grass abogaba entonces por una confederación de Estados alemanes.

En 1989 firmó la carta que reclamó al entonces presidente de Estados Unidos, George Bush (padre), un diálogo con Nicaragua. También fue implacable crítico con la política seguida por su hijo, George W. Bush, al que consideraba una amenaza para la paz mundial por su actuación en la guerra de Irak.

Defendió a Salman Rushdie cuando recibió amenazas de muerte del régimen iraní por su obra “Versos satánicos”. Criticó con dureza en 1997 el suministro alemán de armamento a Turquía y la denegación de asilo al pueblo kurdo. Mantuvo una larga y fructífera enemistad con Marcel Reich-Ranicki, el gran crítico literario de la Alemania de posguerra, quien murió en septiembre de 2013.

Grass continúo opinando –y molestando a muchos con sus opiniones– hasta el final de sus 87 años. Hace solo dos meses se preguntaba si, de una forma u otra, no estamos ya viviendo una Tercera Guerra Mundial. “En los últimos tiempos oímos continuamente avisos para impedir una nueva catástrofe como la de la Primera o la Segunda. Me pregunto desde hace tiempo si no ha empezado ya de una forma paralela en Ucrania, Siria y otros lugares”, afirmó.

“Deja un legado inmenso, del que todavía queda bastante por publicar o por traducir en España”, asegura en una conversación telefónica Miguel Sáenz, su traductor y miembro de la Real Academia Española. Entre su vasta obra, que incluye narrativa, teatro, ensayo y poesía, destacan “El gato y el ratón” y “Años de perro”, que junto con “El tambor de hojalata” constituyen la denominada “Trilogía de Danzig”; así como “El rodaballo” (1977), “En el cuarto trasero” (1982), “Un vasto campo” (1995), “Últimas danzas”, novela que publicó en 2003; “Mi siglo”, una recopilación de sus reflexiones sobre cada uno de los años del siglo XX, incluida una sobre el bombardeo nazi de Gernika en la guerra civil, y ensayos políticos como “Alemania: una unificación insensata”.

Sáenz, quien lo trató en las reuniones que Grass organizaba con los traductores de sus obras a distintas lenguas, lo recuerda como un gigante de la literatura y un hombre del Renacimiento que, además de escribir, esculpía, pintaba acuarelas, hacía grabados... “Los encuentros con los traductores, que podían durar una semana, no solo eran muy fructíferos porque tratábamos con él directamente sobre los problemas con los que nos encontrábamos en nuestro trabajo, también eran auténticos festines en los que jugábamos a los bolos, él cocinaba una sopa de pescado buenísima y en los que a él le encantaba pasárselo bien y reírse”, recuerda.

La bomba estalló el 11 de agosto de 2006. “Por qué rompo mi silencio” se titulaba la entrevista con Günter Grass que ese día publicaba el gran diario conservador alemán, el Frankfurter Allgemeine Zeitung.

Ya se sabía que el gran escritor y premio Nobel se había alistado en las Juventudes Hitlerianas como voluntario y que a los 17 fue llamado a filas por el Ejército nazi. Pero durante la presentación de su autobiografía “Beim Häuten der Zwiebel” (“Pelando la cebolla”), confesó haber pertenecido en su juventud a las Waffen SS, las unidades militares del cuerpo de élite del partido nazi, a las órdenes de Heinrich Himmler y particularmente activo en la perpetración del Holocausto. A los 17 años, Grass sirvió en Dresde en la Décima División Blindada Frundsberg.

De poco sirvieron sus explicaciones de que su ingreso no fue voluntario y que no pegó un tiro. Grass recibió fortísimas críticas de aquellos que consideraban un hipócrita al escritor de izquierdas, destacado antifascista y poco menos que guardián de la moral alemana en las últimas décadas. Le acusaban no tanto de haber cometido un error en su adolescencia como de haber tardado 60 años en hablar de su pasado en una de las divisiones más asesinas del régimen nacional socialista. Su explicación es que en todo ese tiempo no “había sabido cómo decirlo”.

El expresidente polaco Lech Walesa pidió que devolviera su condecoración como ciudadano ilustre de Gdansk (Danzig en alemán), la ciudad polaca en la que nació y en la que se desencadenó la Segunda Guerra Mundial.

La entonces recién nombrada canciller Angela Merkel también criticó al premio Nobel de Literatura. “No me extraña que ahora le critiquen, porque él nunca se mantuvo al margen en las discusiones públicas. Comprendo las críticas y habría preferido que su pasado se supiera desde el comienzo”, decía entonces la líder democristiana y jefa de Gobierno, la misma que la semana pasada mostró su “profundo respeto” y consternación por la muerte de Grass, un escritor que, según Merkel, “marcó como pocos la historia de Alemania desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta hoy con su compromiso personal, literario, político y social”.

Eduardo Galeano, quien también murió el 13 de abril, pasará a la historia de la literatura por sus libros, pero el escritor nunca descuidó su faceta política, que mantuvo activa hasta el último momento. El 7 de abril Galeano sumó su firma a un manifiesto contra un decreto de Estados Unidos que considera a Venezuela una amenaza para la seguridad de ese país. Nicolás Maduro, criticado con dureza por el encarcelamiento de opositores, entre ellos el alcalde de Caracas, Antonio Ledezma, mostró en televisión ese apoyo de Galeano, quien fue siempre un referente para Hugo Chávez.

Las televisiones argentinas mostraban el lunes el momento en el que, en 2009, el fallecido presidente de Venezuela interrumpió la Cumbre de las Américas para levantarse y entregar a Barack Obama, presidente de EUA, un ejemplar dedicado de “Las venas abiertas de América Latina”, el libro más político de Galeano, en el que critica con dureza la injusticia social y la explotación de este subcontinente por las grandes multinacionales de Estados Unidos.

Obama, sentado al lado de la chilena Michelle Bachelet, se levantó y saludó a Chávez con cara de circunstancias pero aceptó el regalo y se puso a hojearlo delante de las cámaras.

Galeano renegaba de ese libro, decía que lo escribió demasiado joven (31 años), sin formación real, y que el lenguaje de esa época es demasiado farragoso, que ahora no lo escribiría así. “Era por coquetería”, se ríe Miguel Bonasso, escritor y periodista argentino, amigo de Galeano y exiliado como él. Bonasso, autor de un conocido libro sobre la represión argentina, “Recuerdos de la muerte”, asegura que “Las venas abiertas de América Latina” fue un referente para toda su generación como lo fue el propio Galeano, activo políticamente hasta los últimos días de su vida. Toda la izquierda latinoamericana, explica, lo ha tenido como un personaje clave que si bien pudo no entrar entre los referentes de la crítica literaria, sí era un hombre tan popular que todo lo que decía tenía una enorme repercusión, incluso más en su faceta política.

“Siempre estuvo ahí con personajes muy populares de la izquierda no encuadrada, a los que la gente seguía, como Mario Benedetti, pero también otros como el propio Joan Manuel Serrat, a los que la gente venera”, explica Jorge Fernández Díaz, otro escritor argentino que describió con mucho detalle la forma en que Galeano escribía y buscaba sus historias.

“Trabajaba con libretas minúsculas, buscaba por todas partes pequeños fragmentos que narrar, era un topógrafo humano, un antologista de la vida”, señala Fernández Díaz, autor de éxito en Argentina. El propio Serrat sigue arrasando estos días en Buenos Aires con un público incombustible, el de la generación que más leyó y aplaudió a Galeano.

“Nunca fue un sectario, siempre fue un tipo inteligente”, explica Bonasso, “pero fue coherente con sus ideas toda su vida”. Le marcó mucho el exilio, explica. De hecho, a ellos, al grupo de periodistas y escritores argentinos que, con Juan Gelman, tuvieron que exiliarse, su experiencia les ayudó porque ellos le conocieron en Buenos Aires cuando el propio Galeano tuvo que exiliarse de la dictadura uruguaya.

Ellos entonces no sabían que poco después tendrían que marcharse también. Galeano a España, Gelman y Bonasso a México. Galeano ha sido un referente para la mayoría de los líderes políticos de la izquierda latinoamericana, y en Argentina, donde vivió hasta que la dictadura le forzó a huir a España, hay auténtica veneración por él. El escritor también ha tenido una presencia notable en la política uruguaya, donde apoyó también al actual presidente, Tabaré Vázquez.

Pero con quien más se comprometió el intelectual uruguayo fue con el chavismo. Galeano vivió en Venezuela como corresponsal y siempre apelaba a esa vivencia para defender los logros del movimiento que lideró Hugo Chávez. Siempre recurría a la ironía para apoyar al chavismo: “Yo viví en ese país algunos años (como periodista-corresponsal de Prensa Latina) y conocí muy bien lo que era. La llaman la Venezuela Saudita, por el petróleo... Pero tenían más de 2 millones de niños que no podían ir a las escuelas porque no tenían documentos. Chávez alfabetizó a 2 millones de venezolanos que no sabían leer ni escribir, aunque vivían en un país que tiene la riqueza natural más importante del mundo, que es el petróleo”.

“En la época en que yo vivía allá como corresponsal, nunca vi a un médico. Ahora sí hay médicos. La presencia de los médicos cubanos es otra evidencia de que Chávez está en la Tierra de visita, porque pertenece al infierno”, señalaba el escritor uruguayo, quien ironizaba con la idea de que Hugo Chávez era “un extraño dictador”, porque se presentaba a las elecciones y las ganaba

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