Luz en El Despertar

El sacerdote Octavio Ortiz y cuatro jóvenes fueron asesinados en la casa de oración El Despertar, el 20 de enero de 1979, mientras realizaban un retiro espiritual. El caso es parte de los 500 martirios que la Iglesia Católica salvadoreña busca demostrar. La Iglesia fue perseguida antes y durante la guerra, más allá de los casos de Monseñor Romero y Rutilio Grande.
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El principio. Octavio Ortiz fue ordenado sacerdote por Monseñor Romero en 1974. La foto se conserva en la iglesia San Francisco de Asís.

El principio. Octavio Ortiz fue ordenado sacerdote por Monseñor Romero en 1974. La foto se conserva en la iglesia San Francisco de Asís.

La tumba. Los restos de Octavio Ortiz descansan en el altar de la iglesia San Francisco de Asís, en Mejicanos, sede del Servicio Social Pasionista.

La tumba. Los restos de Octavio Ortiz descansan en el altar de la iglesia San Francisco de Asís, en Mejicanos, sede del Servicio Social Pasionista.

Oportunidad. La Iglesia católica ya inició  el proceso de canonización de Rutilio Grande. El precedente de Monseñor Romero facilita, dijo Paglia, el éxito en este caso y el de otras personas.

Oportunidad. La Iglesia católica ya inició el proceso de canonización de Rutilio Grande. El precedente de Monseñor Romero facilita, dijo Paglia, el éxito en este caso y el de otras personas.

Las víctimas. Una placa en la casa de oración recuerda a los fallecidos en el ataque. La parroquia de San Antonio Abad ha mantenido vivo su legado.

Las víctimas. Una placa en la casa de oración recuerda a los fallecidos en el ataque. La parroquia de San Antonio Abad ha mantenido vivo su legado.

Referente. El belga Pedro Declercq estuvo junto a Octavio Ortiz en sus últimos años de formación, antes de que fuera nombrado sacerdote.

Referente. El belga Pedro Declercq estuvo junto a Octavio Ortiz en sus últimos años de formación, antes de que fuera nombrado sacerdote.

Luz en El Despertar

Luz en El Despertar

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“El pobre Octavio murió con la cara apachada. ¿Qué le pasó encima? No lo sabemos, pero el médico dice: ‘Murió de un aplastamiento’. Para arreglarlo en la funeraria Auxiliadora tuvieron que hacer grandes esfuerzos, no pudieron dejarlo como era. Octavio ya se transformó, porque dio su cara por Cristo”, dijo monseñor Romero en su homilía del domingo 21 de enero de 1979 (“Homilías, tomo 4, UCA Editores, 2007). Las palabras transpiran dolor frente a la muerte de un clérigo al que conocía bien. Más de 100 sacerdotes y decenas de laicos, según lo consignaría el arzobispo en su diario personal, asistieron a esta misa de cuerpo presente a las afueras de Catedral, realizada a las 8 de la mañana.

Un día antes, el padre Octavio Ortiz (34 años) y los jóvenes David Caballero, Roberto Orellana (ambos de 15), Ángel Morales y Jorge Gómez (de 22) fueron asesinados en un ataque de las fuerzas del Estado a la casa de oración El Despertar, en San Antonio Abad, a las 6 de la mañana. Eran parte de un retiro espiritual en el que participaban 40 personas de entre 12 y 20 años, dos hermanas religiosas, una cocinera, una enfermera y un jardinero.

Las autoridades de Seguridad Pública de esa época expusieron un comunicado en los medios de comunicación en el que se aseguraba que efectivos que “cumplían la misión de efectuar un registro en un centro de actividades subversivas fueron repelidos con disparos de armas de fuego por los ocupantes de dicha casa”, en respuesta al requerimiento de realizar la inspección.

El Arzobispado de San Salvador publicó un texto en respuesta, titulado “¡Basta ya!”, donde aclaró que el día en cuestión se realizaba “uno de los encuentros programados normalmente por la arquidiócesis”, en un lugar reconocido oficialmente como propiedad de la Iglesia. En la misma homilía, Romero calificó el informe de las instituciones de seguridad como “mentiroso”, “una colección de calumnias” en pocas líneas.

Era un tiempo duro para el arzobispo Romero. Incluso la prensa de la época registra una franca división entre Gobierno e Iglesia. Romero denunciaba enérgico una persecución contra sus similares. Desde que asumió el cargo en 1977, otros tres sacerdotes habían sido asesinados, incluyendo a su amigo Rutilio Grande. El objetivo de los ataques, sobre todo, se centraba en clérigos que fomentaban una forma en específico de estructurar la Iglesia: las comunidades eclesiales de base. En su diario personal, Romero pudo reconocer en el caso de El Despertar la más acabada prueba de esta persecución y del martirio sistemático de sus compañeros.

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La muerte de Octavio Ortiz y los cuatro jóvenes no es un acontecimiento aislado. Según comenta el arzobispo de San Salvador, José Luis Escobar, antes y durante el Conflicto Armado murieron muchas personas en el ejercicio de su fe, “entre clérigos, religiosos y laicos, sobre todo catequistas”. Esto es resultado de una investigación que ya se ha iniciado con un número alto de casos, que se incluirán en un informe para que puedan ser declarados mártires por el Vaticano.

Tras la recolección de testimonios y demás pruebas, los perfiles serán evaluados por la conferencia episcopal de El Salvador, integrada por todos los obispos del país junto a sus auxiliares. En este filtro se definirá si el candidato, en efecto, “ofrendó su sangre por su fe”.

Jesús Delgado, vicario general del Arzobispado, revela que se trata de un proceso de “deuda”, pues ya en el año 2000 el Vaticano le había solicitado a los obispos de la nación una lista que incorporara a los mártires salvadoreños. “No se incluyó ni a monseñor Romero”, recalcó. La iniciativa, por otro lado, es celebrada por personas como Ricardo Urioste, presidente de la Fundación Monseñor Romero y uno de los principales impulsores en su proceso de beatificación.

Entre las víctimas que eran sacerdotes, de los que se calcula más de una veintena antes y durante la Guerra Civil, según datos del Arzobispado, se encuentran Nicolás Rodríguez (San Antonio de los Ranchos, Chalatenango, 28 de noviembre de 1970), Alfonso Navarro Oviedo (San Salvador, 11 de mayo de 1977), Ernesto Barrera (28 de enero de 1978), Rafael Palacios (20 de junio de 1979) y Alirio Napoleón Macías (4 de agosto de 1979).

Aunque el punto más alto fue la ejecución del arzobispo Óscar Arnulfo Romero (San Salvador, 24 de marzo de 1980), consignado en el informe de la Comisión de la Verdad, ya en 1978, la Organización de Estados Americanos (OEA) había detectado esta situación. La conclusión octava del informe oficial sobre la situación de los derechos humanos en El Salvador, aprobada por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, detalla: “Como consecuencia de las actividades que la Iglesia católica realiza, por estimar que forman parte integral de su misión, sacerdotes, religiosos de ambos sexos y laicos que cooperan activamente con la Iglesia, han sido objeto de persecución sistemática por parte de las autoridades y de organizaciones que gozan del favor oficial” (texto obtenido de la revista Estudios Centroamericanos, de la UCA, en su edición de enero-febrero del 1979).

Estos delitos podrían entrar en la categoría de crímenes de lesa humanidad. La definición dada por el Estatuto de la Corte Penal Internacional sostiene que la tipificación recae en actos como el asesinato, la tortura, la encarcelación u otra privación grave de la libertad “cuando se cometan, ya sea en tiempos de guerra o de paz, como parte de un ataque generalizado o sistemático contra una población civil y con conocimiento de dicho ataque”. En este caso, las víctimas fueron los miembros de la Iglesia católica que practicaban las sugerencias de la conferencia de Medellín.

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Puntada a puntada, la tarde ha transcurrido sin novedad. La costurera Cruz Meléndez enseña los secretos de su profesión a un par de jovencitas, que, de cuando en cuando, sueltan un bostezo. El lugar en que imparte sus lecciones desde hace 16 años es la casa de oración El Despertar. Y quien ahora ejerce de paciente maestra es una de las sobrevivientes del ataque. Este sigue íntegro en su memoria a pesar del accidente que sufrió en 1992, atropellada por un autobús, que le provocó una amnesia selectiva.

Aquel 20 de enero de 1979 se levantó muy temprano a preparar el desayuno para los jóvenes que habían ingresado al retiro desde la noche anterior. El trabajo ya estaba adelantado e, incluso, le dio tiempo para comenzar a limpiar las mesas del salón principal. Un fuerte ruido borró la paz de las 6 de la mañana. Una tanqueta derribó el portón del local para dar paso a un grupo de efectivos de la Guardia Nacional. El ambiente se llenó de balas ante el pavor de los pocos muchachos que ya se habían levantado. El resto no había despertado o estaba bañándose. El sacerdote Octavio Ortiz, que dormía en un cuarto ubicado cerca de la entrada, salió a ver lo que ocurría.

—El padre solo alcanzó a decir ‘¿Qué pasa?’ y le dieron un balazo que lo botó y lo mató. Después, le pasaron la tanqueta encima de la cara y lo desfiguraron– cuenta Cruz.

De eso han pasado 36 años ya. Ahora, El Despertar se utiliza para realizar la mayoría de reuniones en la parroquia de San Antonio Abad, además de retiros espirituales y actividades de formación cristiana. Aquí funciona una clínica y, al fondo, hay varias canchas, abiertas para quien las necesite. A las mismas la llevaron, apunta Cruz, amarrada, los cuerpos de seguridad.

Nadie pudo escapar, pues el recinto estaba rodeado. Durante el ataque, además de Octavio Ortiz, fallecieron los catequistas Jorge Gómez y Roberto Orellana; David Caballero y Ángel Morales, quienes asistían por primera vez a un retiro.

René Avilés, otro de los sobrevivientes, afirmará en unos días por teléfono desde Canadá, que fueron trasladados a un gimnasio perteneciente a la Guardia Nacional, más específicamente a un cuarto secreto en el sótano, “especial para presos políticos”. Allí, interrogaron a los capturados sobre quién era el dirigente del supuesto grupo subversivo que los había llevado a El Despertar. Hubo torturas, cuenta, a través de una cama sin colchón, cuyos resortes estaban conectados a una fuente de energía, que daba choques eléctricos.

Avilés contará que pasaron varios días recluidos, mientras escuchaban que, en la parte de arriba, personas preguntaban por ellos. No se atrevieron a dar señales de vida hasta que se presentó un individuo identificado como representante de la Cruz Roja Internacional y del Arzobispado, que descubrió la situación y exigió su libertad. Los hombres mayores de edad pasaron al penal de Mariona, las señoras a Cárcel de Mujeres y los más jóvenes a la Tutelar de Menores.

Para estos últimos, dirá Avilés, tras ello vino un juicio, impulsado por el Arzobispado, en el que la captura se declaró ilegal. Los testimonios de los efectivos de seguridad pública citados a declarar se contradecían entre sí, lo que no pasaba entre los acusados. Del ataque hasta ese momento, pasaron dos semanas. Sin embargo, los mayores de edad tendrían que esperar por dos meses y medio más por su libertad.

Cruz, como Avilés, hilvana su relato con fluidez, mientras sostiene en la mano una diminuta cinta métrica, con la que se ha ayudado a impartir su recién terminada lección. La narración avanza ahora a los dos meses y medio que pasó en Cárcel de Mujeres. Su única acompañante fue la enfermera Guadalupe Ordóñez, pues las hermanas religiosas Ana María Barrientos y la belga María José Forrier habían sido liberadas solo días después de su captura.

—No nos torturaron físicamente, sino que de forma psicológica– aclara. —Por ejemplo, llegaban a decir que iban a violar a Lupita en la noche, que la iban a hacer como quisieran. No dormíamos pensando en eso, pasábamos alertas– cuenta. Es la primera vez que su voz se entrecorta y toma un respiro.

El estrés se repitió en los meses que duró la reclusión. Tras el ataque y la privación de libertad, revela, le costó mucho volver a su estado normal. Incluso pasó un año entero sin poner un pie fuera de su casa, temiendo que el pavor se repitiera.

El hecho, además de el Arzobispado y otras instituciones religiosas, como el Consejo Nacional de Iglesias, fue condenado en su momento por la Comisión de Derechos Humanos de El Salvador, que repudió la costumbre de los cuerpos de seguridad de “matar y luego investigar”. En la explicación del incidente brindada por la Guardia Nacional se informó que el Frente de Acción Popular Unificada (FAPU) se hacía cargo de uno solo de los capturados, quien había comenzado a trabajar como “lector” de las publicaciones del movimiento, pero aún no era miembro (tomado de la revista ECA, de la UCA, en su edición de enero-febrero de 1979).

—Todavía no entiendo qué pasó, por qué nos atacaron esa mañana– dice Meléndez, con los ojos dirigidos al vacío. Es la primera vez que habla del hecho para un medio de comunicación, pero su testimonio fue incluido en la denuncia judicial sobre el caso presentada por los padres de Octavio Ortiz, en 2008. La tarde comienza a extinguirse en el techo a dos aguas del salón principal. Con paso lento, Cruz emprende el camino a casa.

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Octavio Ortiz se convirtió en párroco de San Antonio Abad en 1978, cuatro años después de su ordenación como sacerdote por monseñor Romero, quien entonces fungía como obispo auxiliar. Sin embargo, inició su trabajo tres años antes en la iglesia San Francisco de Asís de Mejicanos. Hasta su muerte, atendió simultáneamente a las dos poblaciones. En ambas implementó el modelo de comunidades eclesiales de base, pequeñas células de personas en las que se discuten diferentes materias (a la luz de la Biblia) y se realizan actividades sociales en conjunto.

Además del Seminario San José de la Montaña, dirigido por los sacerdotes jesuitas, todo lo referente a estas lo aprendió de su mentor en sus últimos años de formación, el belga Pedro Declercq, uno de los principales impulsadores de este método desde los sesenta y fundador de la parroquia San Antonio Abad en 1970.

Cuando ocurrieron los hechos de El Despertar, el europeo ejercía su ministerio en Zacamil. Ahora lo hace en el Bajo Lempa, Usulután, desde donde ha viajado para ofrecer una misa en la cripta de Catedral. El calor parece extenuarlo, bajo la sotana y la casulla morada de cuaresma. Repetidas veces saca su pañuelo para secarse el sudor de la cara rosada. El rito finaliza sin sobresaltos y se da tiempo para conversar sobre las comunidades eclesiales de base en la época en que Octavio Ortiz ejerció su sacerdocio.

—En ellas tocábamos temas como la injusticia, la maldad, el ser humano, la libertad, el sexo, el matrimonio, que generaban diálogo. Eso pegaba, por lo que las comunidades se multiplicaron. De repente, se veían respuestas a necesidades. Por ejemplo, luchamos para conseguir la luz pública en Zacamil y para obtener una escuela pública, porque no había. Formamos una cooperativa de ahorro… Era una forma de liberar a la gente– afirma Declercq, en un español con pocos vestigios de francés.

Las comunidades eclesiales de base surgieron en Brasil a principios de los sesenta, pero se consolidaron gracias a las conclusiones de la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano realizada en Medellín, Colombia, en 1968. Esta trasladaba los conceptos del Concilio Vaticano II (1965) al contexto del continente y se organizó con respecto al método de discernimiento de “Ver, reflexionar y actuar”, implementado en las propias comunidades eclesiales de base.

Gerardo Méndez (actual párroco de San Francisco de Asís de Mejicanos y encargado de la escuela pasionista de Teología) explicó en una entrevista que según este modelo “el cristiano debe observar la realidad social que lo rodea; luego, contrastarla con el Evangelio, interpretarla desde la fe para saber si es justa o no; y establecer qué le pide Dios en esta situación y llevar a la práctica las conclusiones para poder transformarla”.

Declercq permanece en el altar del recinto donde descansan los restos de monseñor Romero. Interrumpe por un momento su explicación, pues se ha acercado a saludarlo una veintena de ancianos, que eran unos jovencitos cuando él comenzó a trabajar en sectores pobres de la capital. A pesar de la edad (tiene 85 años) y el agotamiento, los atiende gustoso. Ahora apunta a una de las principales características de las comunidades eclesiales de base, “su identificación con la Iglesia y la fe más allá de ideologías políticas”.

—Lo esencial era la promoción humana del pobre, que él se sintiera motivado para ser agente de cambio– comenta. En ese sentido, no se miraba con malos ojos que un cristiano fuera miembro de una organización social, como un sindicato, aunque se recomendaban límites para evitar la radicalización, pudores parecidos a los indicados en las cartas de Romero ante el mismo tema.

El financiamiento de las comunidades eclesiales de base se realizaba en torno a un fondo común, alimentado con actividades de recaudación y por instrumentos como las cooperativas. Esto es porque su manera de trabajar se centra en los parroquianos más que en el sacerdote. Sin embargo, también recibían apoyo internacional, como el caso de Bélgica, país del que eran originarios clérigos como Pedro Declercq. Pero apostarle abiertamente a algo de esta naturaleza era un riesgo en el convulso El Salvador de finales de los setenta.

—Lo ocurrido en El Despertar no tiene explicación: no comprendo cómo el tratamiento de temas generales y acciones productivas pudieron verse sospechosos– manifiesta Declercq. De los hechos se enteró por la radio, cuando estaba en Panamá, envuelto en un sentimiento de impotencia.

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Bersabé Méndez y Lydia Hernández caminan bajo el intenso calor de las 9 de la mañana en la calle que conduce desde Aguilares hasta El Paisnal. El sol se refleja insistentemente en el asfalto mientras el viento levanta largas nubes de polvo seco en las orillas. Las señoras han viajado desde San Antonio Abad para ser parte de la conmemoración de la muerte del sacerdote Rutilio Grande, fallecido en 1977. No saben que la eucaristía será oficiada por el arzobispo italiano Vincenzo Paglia, enviado especial del Vaticano y postulador de la causa de canonización de Monseñor Romero y el propio Rutilio.

Octavio es el centro de la conversación. Bersabé recuerda la época en que formó a varias personas, como ella, en el papel de coordinadores de comunidades. La principal lección, aclara, “era escuchar al otro antes de hablar uno mismo”.

Lydia, por su parte, cuenta que Ortiz no “parecía un sacerdote”, por su costumbre de “usar ropas sencillas y hacer bromas a la menor oportunidad”. Para ella, eso provenía de su origen campesino, pues nació en el cantón Agua Blanca, uno de los más alejados de Cacaopera, Morazán, según lo consigna su fe de bautismo. Su doctrina, dice, estaba basada en la Biblia, en una forma de “hacer vida la palabra”.

—Una vez estábamos cantando y en una pieza se hablaba de las almas. Yo le pregunté ‘padre Octavio, ¿y usted qué piensa de las almas?’ Se quedó en silencio un rato y después respondió “yo nunca he visto una caminando. Yo siempre veo personas, que tienen necesidades que cubrir y sueños que alcanzar”– cuenta Hernández, quien junto a Bersabé y otra docena de personas que conocieron a Octavio Ortiz conforma la comunidad eclesial de base que lleva el nombre del sacerdote.

María Elena de Ventura, quien sigue residiendo en Mejicanos, conoció a Octavio como párroco de San Francisco de Asís, actual sede del Servicio Social Pasionista. En su casa, construida en parte gracias a materiales que le donaron por esa época, conserva un ejemplar de la Biblia Latinoamericana y, en ella, una fotografía del sacerdote.

Del clérigo recuerda sus homilías, en las que, cada domingo, denunciaba “los hechos de la semana”. El párroco, explica Ventura, también estuvo muy despierto en actividades sociales. Por ejemplo, fundó un kínder para personas de escasos recursos. El centro educativo se llama Monseñor Romero y madre Marietje, y continúa en funcionamiento en Mejicanos. Hizo las gestiones para la construcción de la calle principal de la colonia Montreal e, incluso, afirma María, “él mismo puso sus manos en el esfuerzo”. Como se recomendaba en la conferencia de Medellín, la educación fue un centro de su apostolado, por lo que conformó grupos de alfabetización, donde los que “ya leían y escribían debían enseñarle a otras personas”.

—Pero en ese tiempo ya se sentía un clima de persecución contra la Iglesia. En la congregación temíamos por la vida de él, le decíamos que no anduviera muy noche– dice María, haciendo una pausa para reflexionar. —Nos daba miedo pertenecer a la Iglesia.

Ahora, una sonrisa se enciende en su cara, pues recuerda que gracias a Ortiz, el arzobispo Romero visitó su casa en una ocasión.

—El padre Octavio era como su discípulo y siempre nos decía que no lo dejáramos solo– cuenta María.

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La muerte de Ortiz fue un duro golpe para Romero. Él mismo lo había consagrado sacerdote en 1974, en su papel de obispo auxiliar. Según Jesús Delgado, su secretario privado durante su arzobispado, las palabras de este siempre fueron de elogio para Ortiz, de quien admiraba el liderazgo que había logrado en sus dos parroquias. La fecha del ataque a El Despertar, Romero se movió a la casa de oración apenas se enteró. Al llegar, se encontró con un fuerte dispositivo de seguridad que no pudo penetrar. Decidió trasladarse al edificio de Medicina Legal Isidro Menéndez.

Allí se encontraba Juan Gavidia, actualmente miembro de la comunidad eclesial de base Octavio Ortiz de San Antonio Abad. Según cuenta este último, en el lugar, que estaba cerrado, vio un microbús con la puerta abierta. Y en el suelo del mismo, sesos y sangre. El arzobispo llegaría después y se enteraría de que los cuerpos no estaban allí, sino en la morgue del Cementerio General. Partió hacia allá, pidiéndole a Juan que lo acompañara. Se encontrarían con que el sitio donde estaban los cuerpos era una glorieta, con banquetas en cada lado, de columna a columna. Y en cada banqueta, un cuerpo.

“Monseñor dijo: ‘lo que está sucediendo es un misterio. Preparen los funerales”, relató Gavidia.

Según lo narra Romero en su diario, los difuntos fueron conducidos a Catedral para su velación. A las 11 de la noche, pronunciaría un responso en honor a los fallecidos ante un templo casi lleno. También ordenó que, al siguiente día, todos los sacerdotes dejaran sus horarios ordinarios para asistir, a las 8 de la mañana, a una misa única, donde denunciaría el hecho en su homilía.

El arzobispo partió hacia Puebla, México, solo un par de días después del atentado. Allá se reunió con los obispos del resto de Latinoamérica y con el papa Juan Pablo II. En el país azteca, tendría la oportunidad de hablar, según lo narra en su diario, con periodistas internacionales de la situación vivida en El Salvador, al tiempo que se profundizaba la situación de división entre el Gobierno y la Iglesia, consignada en los medios de la época. Romero tampoco tenía el apoyo de todo el clero, como en el caso del entonces obispo de San Vicente, Pedro Arnoldo Aparicio, también presente en Puebla y quien manifestó sus ideas en un campo pagado del 9 de febrero de 1979 en LA PRENSA GRÁFICA. Afirmó que las preocupaciones del arzobispo eran falsas y que, más bien, los hechos de violencia se debían a “algunos jesuitas” que habían metido su mano en asuntos políticos.

En mayo de ese año, Romero viajó a Roma para una audiencia con el papa Juan Pablo II. Le ilustró la situación de peligro a la que muchos de sus colegas estaban expuestos. La cita fue el 7 de ese mes. En su diario personal, cuenta que llegó ante el sumo pontífice con un legajo de documentos que hablaban de la condición de los Derechos Humanos en El Salvador. También incluyó una fotografía del rostro de Octavio Ortiz tras su muerte. El papa, entonces, le recomendó “audacia y valor, pero, al mismo tiempo, mesuradas por una prudencia y equilibrio necesarios”.

***

Ana Ortiz es la hermana más joven de Octavio. Tiene 46 años y solo contaba con 10 cuando el sacerdote murió. Ha sido la designada por la familia para buscar justicia y continuar con el trabajo de su fallecido padre, Alejandro Ortiz, quien junto a su esposa, Exaltación, interpusieron una denuncia ante la Fiscalía General de la República en 2008 por el asesinato de su hijo y los cuatro jóvenes, con la representación de la Fundación de Estudios para la Aplicación del Derecho (FESPAD).

—Lo que siempre quiso mi papá es que se esclareciera la verdad. Según Nelson Flores, uno de los abogados que presentó el caso y el único que continúa con él, la denuncia no fue tramitada y no les explicaron las razones. Afirmó que sigue con el proceso, aunque, en las últimas ocasiones, se le ha informado que el archivo está perdido.

Ana visita la tumba de su hermano, ubicada en el altar de la iglesia San Francisco de Asís en Mejicanos. En ella se leen dos inscripciones, tachonadas por la luz que entra por los ventanales. Una corresponde a una cita de San Lucas, que habla de que el espíritu de Dios está sobre él porque lo ha enviado a traer la buena nueva a los pobres. Eso es lo que estaba escrito sobre el pizarrón el día en que atacaron El Despertar. La segunda es una de las pocas frases textuales que se conservan de Octavio Ortiz: “¿Qué significa para nosotros ser luz para los ciegos, dar libertad a los oprimidos?” Ana guarda silencio por un momento.

—Para él significó entregarlo todo– dice, acariciando el nombre de su hermano, nacido un 22 de marzo de 1944

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