Lo más visto

Más de Revistas

MENSAJES SUBLIMINALES

Historias sin Cuento
Enlace copiado
MENSAJES SUBLIMINALES

MENSAJES SUBLIMINALES

MENSAJES SUBLIMINALES

MENSAJES SUBLIMINALES

Enlace copiado
Se fue hacia el Norte cuando la situación en el país empezaba a mostrar signos alarmantes luego del fin de la guerra. ¿Y no era la guerra, pues, lo peor que podía pasarnos? Esa pregunta abierta lo impulsó a emigrar cuanto antes y así lo hizo sin buscar más justificaciones. Desde el momento en que se entendió con el coyote todo pareció fluir sobre ruedas bien aceitadas. En unos días había traspasado varias fronteras geográficas sin ningún contratiempo. ¿Sería aquello la premonición de sus nuevos tiempos?

Ahora vivía en un apartamento en la calle St. Paul, en Baltimore. Tranquilidad sin tacha y a la vez soledad sin rendijas. Una iglesia muy cerca, en la que podía, cada tanto, ir a cumplir un rito infantil que se le había venido volviendo una especie de fidelidad supersticiosa. Y trabajaba como asistente del Dr. Andrew Madison en el hospital emblemático de la ciudad. Lo inimaginable.

Y también lo inimaginable era aquella sensación creciente de abandono que le empezaba a corroer la mente.

Llegó aquella noche a su cómodo refugio y, como todos los días, abrió su laptop para ver si había mensajes nuevos. Se quedó fijo frente al último de los que habían llegado. Una pequeña nota:

“Te sigo esperando. Silvia”

Se quedó por un instante detenido en el puente colgante de la memoria. Silvia, a quien conociera allá en la temprana adolescencia, ni siquiera había llegado a ser su amiga, aunque él siempre la vio como el caramelo deseado.

De pronto lo que estaba a su alrededor, en la mente y en la vida, iba difuminándose como por encanto. Y en medio solo quedaba esa pequeña frase, que él tenía que responder. Y lo hizo al instante:

“Ya no me esperes. Estoy contigo.”

RETORNO A LOS ORÍGENES

Al nomás llegar al hospital aquella mañana le informaron que el paciente de la cama 8 había pasado muy mala noche y parecía que se hallaba en proceso regresivo. Solo puso algunas cosas en orden en su cubículo y se fue hacia la cama 8, a hacerse cargo de la situación.

El paciente se hallaba dormido en el momento en que él se acercó al lugar, que era un amplio salón poblado de una gran cantidad de literas en las que, a simple vista, había un conjunto de ocupantes de la pinta más variada.

Le preguntó escuetamente a la enfermera que se encargaba de aquel espacio:

— ¿Qué le pasó a este señor?

— Mire, doctor, la cosa es rara, porque a medianoche empezó a agitarse como si quisiera… ¿cómo le explico?... alzar vuelo…

— A ver, a ver. ¿Alzar vuelo, dice? Pero si él está prácticamente inhabilitado por ese extraño deterioro que padece.

— Ah, pero lo hubiera visto. Tuvimos que detenerlo entre varios. Y después se postró y empezó a llorar… Entonces parecía un ave desdichada… Nos ganó la moral…

— ¿Le dieron algún tranquilizante?

— No fue necesario. Se quedó tranquilo. Pero ya cuando iba a amanecer se agitó otra vez, aunque ya no tanto. Lo que le nacía era un susurro bien parecido al de un arroyo perdido entre la maleza. Y mírelo hoy, privado como si hubiera hecho grandes esfuerzos y necesitara reposo…

El doctor, que estaba recién llegado a la práctica hospitalaria luego de obtener el título de especialización, se acercó al paciente y cuando lo hizo este entreabrió los ojos, y le hizo una leve señal que podía significar el pedimento de que le acercara su oído a los labios. Así lo hizo el médico. De inmediato emergió del interior de aquellos labios una especie de canto ceremonial, como los que se estilan cuando llega el cambio de estación en las comunidades más remotas en el tiempo.

— ¿Se siente bien? –le preguntó para no perder el hábito de hacer preguntas profesionales.

El canto quedó como trasfondo y la respuesta fue nítida:

— Doctor, yo no estoy enfermo, solo necesito escapar de mis propias cadenas. ¿Me entiende?

— ¿Cuáles cadenas?

— Las de mi condición de humano, que son las más gruesas y pesadas. Ayúdeme, doctor. Sé que dirán que es eutanasia y usted estará en problemas; pero yo le prometo abogar por su suerte ante las potencias superiores, que están en el aire y en la luz. ¡Será de los nuestros, doctor, anímese!

El doctor se apartó. Cualquiera hubiera dicho que aquel paciente necesitaba un tratamiento psiquiátrico urgente. Pero él sonrió y el postrado le devolvió la sonrisa. El doctor entonces escribió su conclusión de la visita en la hoja de seguimiento:

“El paciente de la cama 8 está en fase terminal. Si acaso durará con vida unos cuantos días. De requerir algún tranquilizante yo mismo se lo administraré por vía oral o por vía intravenosa. Dejémoslo en paz”.

HERMANDAD SIGILOSA

La urbanización era de las típicas de la llamada clase media y aunque hacía poco tiempo que sus viviendas habían salido a la venta, lo que más resaltaba en el ambiente eran las reminiscencias nostálgicas de los vecindarios característicos de los años finales de la primera mitad del pasado siglo. Y la nota prevaleciente eran las azoteas, reducidas en dimensión física pero ubicadas de tal modo que desde cada una de ellas era posible advertir siquiera algún signo de todas las demás.

De pronto una de las viviendas quedó desocupada por razones desconocidas y los días transcurrieron sin que aparecieran nuevos moradores. Como era natural, las habladurías no se hicieron esperar, con los más variados matices. Desde los que hablaban de emigración forzada hasta los que conjeturaban discordias familiares. Lo único cierto fue que en esa casa vecina, ahora en creciente abandono, comenzaron a pasar cosas curiosas. Los vecinos más inmediatos intercambiaban relatos, inocentes o angustiosos, según el talante de cada quien.

Uno de los comentadores dijo en el coro improvisado que se reunía con frecuencia en el único café del lugar:

— La otra noche me asomé a mi azotea y lo que vi desde ahí fue bien extraño. En la azotea de la casa abandonada parecía que estaban celebrando un rito…

— ¿Quiénes?

— Yo qué sé. Daba la impresión de que eran monjes o algo parecido.

— ¿No serían fantasmas? Divulguemos la historia, porque esas cosas atraen a la gente.

— La atraen o la ahuyentan.

— Ah, pero tener una casa encantada en el vecindario hasta puede ser un imán turístico.

— Ummm…, se me ocurre una cosa. ¿Y no será que todas las azoteas de la colonia forman una familia? Quizás lo que viste esa noche fue el convivio de las azoteas para darle aliento a la que se ha quedado vacía…

COMPLICIDAD INESPERADA

Cuando empezaron a perderse cosas en la casa todas las sospechas se dirigieron hacia el más reciente de los inquilinos, aquel muchacho venido de un pueblo del interior y que ocupaba la última habitación de la casa, esa que nadie quería porque al otro lado de su pared fronteriza se abría un predio baldío donde circulaban animales del monte cercano.

La dueña fue conversando sobre el asunto de las pérdidas con cada uno de sus inquilinos y, salvo el hecho de que las cosas se estaban perdiendo, no había ningún dato cierto que orientara sobre el quién y el cómo de las desapariciones. En verdad no se trataba de cosas de mucho valor; había desde una escoba hasta una pasta de dientes, con algún monedero incluido, pero el hecho en verdad inquietante era aquella inseguridad sin precedentes en la casa.

Al llegarle el turno al muchacho sospechoso, la dueña le pidió permiso para entrar en su habitación a hablar con él. Lo primero que ella advirtió al hallarse ahí fue que el pequeño espacio no parecía pertenecer a la casa: tenía todos los elementos propios de un predio baldío, como si el que estaba a la par hubiera traspasado la pared y ahora ambos fueran uno solo.

Ella, entonces, entró inmediatamente en confianza:

— Te lo pregunto como una madre: ¿Vos te robaste todas esas cositas?

Él bajó la cabeza e hizo un gesto de afirmación.

— ¿Y para qué las querías?

— Para repartirlas entre mi gente.

— ¿Y quién es tu gente?

— Los animalitos de los alrededores …

Ella se le acercó, le tomó la barbilla, le levantó el rostro y lo miró a los ojos. Luego lo abrazó, diciéndole:

— Ahora lo sé. Sos el mapache perfecto. ¿Qué te parece si hacemos una alianza, porque yo soy una urraca solapada…?

Lee también

Comentarios