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MISTERIOS DE LA VOZ

Cuando regresó de la guerra apenas estaba saliendo de la adolescencia, ya que para él participar activamente en la lucha armada fue una especie de aventura que estuvo siempre en el límite de las fantasías infantiles o pubescentes.
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Oía volar las balas sobre su cabeza y se cubría como si aquello fuera un juego. Muchos de sus compañeros cayeron en combate y él los veía con la naturalidad de los partícipes en una excursión a campo abierto. Escuchaba las detonaciones de los ataques enemigos y era como si se tratara de una cohetería celebratoria. Pero aquello tuvo su fin y él salió indemne. No lo agradeció porque venía de gozar aquel divertimento tan personalizado.

Entonces tuvo que empezar a enfrentarse, sin tener ninguna preparación para ello, a otra guerra mucho más sigilosa y traicionera: la guerra del vivir en una extraña normalidad. Sus padres, que como gente común habían sufrido el conflicto bélico sin poder hacer nada para evitarlo, lo recibieron como bienvenido con bemoles, y no le hicieron ninguna pregunta comprometedora. Fue él quien dio respuestas espeluznantes:

—¿Saben qué? No me tembló la mano cuando tuve al enemigo enfrente. Plomo directo a la ñola o al chacalele…

Silencio con tragos amargos.

—Y eso me valió para ir saltando de un lado a otro sin recibir ni un arañazo. La guerra no perdona a los pendejos.

Pero con los días toda aquella gallada empezó a mermar, como las aguas de una poza en verano. Y lo que le vino fue una forma de melancolía que él no podía entender, porque hasta ese momento no había sido parte de su naturaleza.

En una de ésas, la madre, quizás preocupada por la suerte del hijo, se animó a indagar:

—¿Qué te está pasando, Toño?

—Acuérdese de que ya no me llamo Toño sino Berna, que era mi nombre allá en el monte.

—Vaya, pues: Berna, ¿cómo te sentís?

—Bien jodido.

—¿Y eso?

—Se me acabó la mecha. ¿Qui'hago?

—Pensá en Dios, m'hijo.

—¿Dios? ¿Y ese quién es?

—Si me dejás, te lo presento hoy en la tarde.

Él afirmó con un gesto, pero en unos cuantos minutos había escapado como siempre a deambular por cualquier sitio, como un alma en pena con apariencia de transeúnte sospechoso.

Iba en esa caminata sin rumbo quizás en busca de algún paraje arbolado que le recordara en vivo sus correrías por los montes, y de pronto se halló frente a una casita que veía por primera vez en ese lugar. Le movió el impulso de seguridad, como cuando era preciso reconocer alguna posición sospechosa. Avanzó al estilo de un animal montés, aunque a su alrededor no había nadie.

Se asomó hacia adentro por la pequeña puerta entreabierta. ¿Qué era aquello? Unas sillas rústicas y un altar también rústico al fondo. Toda la luz disponible venía de un tragaluz en el techo de madera deteriorada. Estuvo a punto de dar vuelta atrás, pero una voz suave lo detuvo:

—Ya estás aquí. Necesitás ayuda, ¿verdá?

—¿Yo? ¿Ayuda para qué?

—Para que te hallés en este nuevo monte.

Él se quedó en repentino suspenso. Sí, esa voz la conocía. ¡Sí, era la voz que no había oído desde que su comandante cayó en una emboscada! Se quedó mudo. La voz ya no se oyó más.

Al volver a la casa, su madre estaba esperándolo.

—El Señor te encontró. Lo sé por la cara que traés.

—Yo oí una voz, pero era la de mi comandante caído en combate.

—Es que el Señor siempre toma la voz que más te puede convencer. ¿Entendiste?

—No sé, tengo que pensarlo.

—Así se empieza, muchacho, así se empieza…

SORPRESA PARA INCRÉDULOS

El microbús se detuvo y entraros tres cipotes que ni siquiera habían puesto un pie en la adolescencia, pero que ya tenían toda la planta de los adultos en funciones. Los otros pasajeros los observaron con aprensión perfectamente comprensible en estos tiempos en que los antisociales hacen de las suyas desde la infancia. Nadie se movió de su asiento ni los que iban de pie hicieron ningún gesto revelador. Uno de los cipotes, de seguro el que se imponía, alzó la voz:

—A los que van aquí les traemos un encargo…

Nadie hizo ni el mínimo gesto. Cualquier cosa podía pasar. El cipote continuó:

—Esta noche, cuando se acuesten, tápense bien, porque va a hacer frío. Nosotros somos ángeles de la guarda y tenemos noticias frescas…

Los pasajeros se soltaron en jajayos estridentes. ¡Qué alivio sentir que el miedo no siempre gana!

AUXILIO INESPERADO

El ascensor estaba descompuesto y tuvo que subir a pie por la escalera sinuosa hasta el sexto piso donde estaba su apartamentito. No hacía mucho tiempo que vivían ahí, él y su mujer embarazada, que ya estaba en vísperas de dar a luz. Antes habían vivido en un pueblo vecino, donde él laboraba de cajero en una despensa de productos orgánicos; pero consiguió trabajo en la ciudad, como conductor de un autobús turístico, con mejor sueldo, y no dudó ni un instante, aunque su mujer torciera el gesto porque ella prefería vivir donde lo había hecho siempre: en las vecindades del campo.

Cuando llegó al último escalón del ascenso tuvo una repentina sensación de ahogo, como nunca antes le había ocurrido. Aspiró con fuerza, pero del ahogo en la garganta pasó a la opresión en el pecho. Se puso la mano abierta sobre el corazón, temeroso de que aquella fuera una señal de algo mayor. El malestar le pasó pronto, aunque le quedó en la conciencia un hormigueo de inquietud. No le dijo nada a la señora, para no alarmarla más de lo que estaba por la inminencia de su primer parto. Y quizás para despejar imágenes la invitó a ver en la tele una película relajante.

—Yo preferiría ir al cine de veras –le respondió ella, curiosamente animada.

El se asustó con la posibilidad de tener que subir la escalera de nuevo.

—Estoy cansado, mi amor. Ha sido un día de ir de aquí para allá. ¿Me disculpás?

Ella se puso a leer mensajes en Facebook y él se colocó los audífonos para oír boleros de antes, de esos que su padre tenía en discos de 33 revoluciones.

Ya cerca de la medianoche, ella sintió las primeras señales de que el alumbramiento era inminente. Él llamó a la ambulancia, que llegó en unos instantes. Y el servicio tuvo que ser doble: se la llevaron a ella para dar a luz y a él porque, con la agitación, le había vuelto el dolor en el pecho y el paramédico sospechó principio de infarto.

El niño nació sin problemas. La madre respiraba tranquila por ese lado. El padre, luego de un reconocimiento exhaustivo, recibió una noticia reanimadora:

—Mire, señor, su corazón está en orden, pero le está enviando mensajes. Lo que usted necesita es aire puro y vida tranquila. ¿Por qué no se va a vivir al campo?

Cuando se lo dijo, ya arriba en el apartamento, su mujer reaccionó como ante un suceso providencial:

—¡Tuvieron eco mis oraciones! ¿Y viste el niño cómo sonríe? Ah, pero hoy voy a darle las gracias a quien me hizo el favor… Vamos.

Él la siguió sin entender. Ella abrió la puerta de la vivienda elevada y se dirigió al ascensor. Él pensó que iban a bajar, porque el aparato ya funcionaba; pero ella se detuvo sin accionar el botón.

—Gracias, ascensor, por obligar a mi marido a que subiera por las gradas. Ahora vamos a dejar este sitio, porque volvemos al pueblo; pero nunca te voy a olvidar…

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