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Madres perfectas

Pero esta competencia sin sentido no solo hace daño a los propios hijos de las madres perfectas, sino que puede llegar a afectar a quienes no pueden, por motivos económicos, de trabajo, de tiempo, o de otros tipos, llevar ese ritmo.
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De cuentos y cuentas

“Mi hija ya lee y escribe, pinta y toca el piano y el violín”, dice una madre.

“El mío nada y hace karate, lo estamos iniciando en el piano también”, le contesta la otra. La plática no resultaría chocante si no hablaran de niños abajo de los cinco años.

¿En qué momento la maternidad se convirtió en un concurso al mejor estilo de los “realities” gringos? Las madres perfectas se presentan ahora como tribus urbanas que se toman espacios físicos —la guardería, las escuelas, las clínicas— y virtuales —principalmente Facebook— y están prestas a presumir sus logros y los de sus vástagos.

Es cierto que los que tenemos hijos los vemos como lo mejor del mundo, lo cual es bueno e incluso saludable para la autoestima y la confianza de los niños. Pero como en todo, los excesos son peligrosos, y ciertamente exigir que los infantes tengan habilidades artísticas, deportivas y hasta de oratoria demasiado adelantadas para sus edades tiene el efecto contrario.

Decenas de estudios han abordado estos estilos de paternidad, como los llamados padres narcisistas, y las secuelas que tienen los niños criados en estos entornos. La exigencia exagerada hace que sea más frecuente la frustración, que se vuelvan demasiado autocríticos y que luego se conviertan en adultos con problemas para lidiar con el fracaso.

Pero esta competencia sin sentido no solo hace daño a los propios hijos de las madres perfectas, sino que puede llegar a afectar a quienes no pueden, por motivos económicos, de trabajo, de tiempo, o de otros tipos, llevar ese ritmo. Porque, además, llevarle el paso a estos estándares de crianza requiere tiempo y dinero, cosas que le sobran a pocos en sociedades como la nuestra.

La maternidad no es fácil. Nunca me canso de repetirlo. Es una gran responsabilidad, un cambio de vida, un antes y un después que muchas veces cuesta asimilar y asumir. Y ahora surge un estrés extra que no necesitamos: el nuevo modelo social de las supermadres, enarbolado y exaltado en los medios de comunicación, en la publicidad y en las mismas redes sociales.

Se trata de patrones de perfección acompañados por imágenes de las madres como mujeres siempre felices, siempre arregladas, siempre serenas. Modelos poco realistas, sobre todo al ser traídos a nuestros países, copiados de otras sociedades donde hay mayores niveles de ingreso y capacidad de consumo.

¿Cómo lidiar con esta nueva exigencia social? ¿Si mi hijo no lee y escribe a los cuatro años soy un fracaso como madre? ¿Si mi hija no ha hecho su primer recital de piano antes de entrar a primer ciclo en el colegio estoy arruinando su futuro? No, no y no.

Madres, esto no es competencia. No es sano comparar a nuestros hijos con los de otros. La mejor inversión que podemos hacer en ellos es el tiempo de calidad, mejorar la educación en casa, enseñarles a valorar las experiencias compartidas y, por supuesto, rodearlos de muchísimo amor.

Nuestros hijos nos necesitan felices y cuerdas. Estresarnos o sobreesforzarnos por cumplir estándares sociales no es ganancia para ellos ni para nosotras. En este Día de la Madre es ese mi mensaje: no hay madres perfectas, hay madres que tratan, que aman, que hacen lo mejor que pueden.

Y lo más importante, madres que son mujeres, hijas, hermanas, trabajadoras, profesionales, artistas y tantas cosas más que no pueden ni deben dejarse de lado

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