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Manual de mentiras

Los mentirosos tienen muchos recursos, sobre todo cuando tienen el poder para reproducir sus mentiras sin los filtros que están llamados a poner en práctica los ciudadanos –periodistas incluidos.
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Mentiras las hay muchas y de todos los tamaños en la política. Los políticos, propios y ajenos, suelen mentir con impunidad, sin ninguna consecuencia, aun cuando son sospechosos de tener vínculos con criminales o de haber infringido la ley. Y en El Salvador suelen hacerlo ante la absoluta indiferencia, aun la complicidad, de buena parte de la ciudadanía. En el manual retórico de la mentira cabe de todo.

Dijo Peña que los rótulos que parecen haber llevado las luces del bulevar Los Héroes al Palacio Legislativo –feos además de innecesarios–, parte de un nuevo sistema de votación en el pleno que costó la friolera de $500,000, son importantes en el combate a la pobreza. “Más pobre será la gente si no se transparenta el sistema”, argumentó la diputada en la tele.

Como dije: si se fuerza mucho la imaginación, la creatividad, puede uno proponerse montar complejas ecuaciones mentales para, después de mucho estudio, encoger los hombros ante esa perla retórica de la presidenta. Pero no, no parece: suena más bien a mentira.

Hay mentiras más complejas, escondidas en acciones que sí tienen incidencia directa en la gente, como la tregua, esa política pública que la administración Funes ejecutó y de la que luego, de forma cobarde, el mismo expresidente y el actual Ministro de Defensa siguen renegando.

Alrededor de la tregua propios y extraños han escrito toneladas de mentiras, en forma de columnas, cartas, telegramas o de requerimientos fiscales. La única verdad, que a pesar de todo sigue siendo incontestable, es que los homicidios bajaron. Pero hoy sabemos, por llamadas grabadas entre líderes pandilleros y funcionarios municipales, que en el marco de la tregua se profundizó la infiltración criminal en el Estado, que en los casos de Apopa y Zacatecoluca facilitó recursos municipales para la ejecución de delitos como la extorsión: ocultar es también mentir.

Hay mentiras más sencillas, por claras y porque quienes las pronuncian las repiten sin cesar. Como la media docena de veces que el vicepresidente dijo públicamente que no había visto a José Adán Salazar Umaña, capo del narcotráfico según Estados Unidos, desde principios del siglo y que su sociedad con él tenía una década de estar inactiva cuando documentos públicos decían lo contrario.

Y está, luego, el recurso del show, que es “organizar o producir un escándalo”, en general con los objetivos de ocultar las miserias propias y resaltar las del adversario. De esto es bastante aficionada la oposición de la derecha en El Salvador, en crisis permanente desde que perdió el Ejecutivo en 2009 e incapaz de distanciarse del manual de mentiras que ella misma escribió cuando gobernaba y que hoy le achaca a la izquierda (véanse, de nuevo, los tratos electorales con pandillas).

Dice Dana Milbank, columnista del Washington Post, a propósito del candidato republicano Donald Trump: “Su distopía está con frecuencia en conflicto con la realidad… Él y sus seguidores viven en un lugar oscuro… en el que sus alegatos pasan por verdad”.

Los mentirosos tienen muchos recursos, sobre todo cuando tienen el poder para reproducir sus mentiras sin los filtros que están llamados a poner en práctica los ciudadanos –periodistas incluidos

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