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Máquinas obedientes

Las redes sociales permiten a las personas narrar una versión editada, mejorada y coloreada de sus vidas, creando un personaje de sí mismas.
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La vida de Lacey transcurre en un mundo donde todos cargan su celular en la mano para calificar con un puntaje –de 1 a 5 estrellas– a cualquiera con quien se tenga algún tipo de interacción. Ser popular en redes significa adquirir oportunidades para mejorar el estatus de vida. Por eso, Lacey trata de comportarse aún más sociable y simpática que de costumbre, incluso con personas que detesta, porque su meta es vivir en un mejor apartamento.

Lacey finge amistad, sonrisas y cordialidad con las personas convenientes. La falsa amabilidad es solamente una herramienta para el logro de su objetivo. En el fondo, no siente simpatía ni consideración sincera por los demás. Pero cuando su verdadero yo aflora, ese que no está calculado y actuado para ganar popularidad en redes, las cosas se complican mucho.

Este es el argumento del primer episodio de la tercera temporada de “Black Mirror”. Transmitida por Netflix, la serie habla del peligro que implica el uso de la tecnología en el control y la manipulación de la conducta humana. Ubicados en un futuro tan cercano que se confunde con el presente, los diferentes episodios provocan también dudas sobre lo que llamamos realidad. ¿Qué somos los seres humanos? ¿Somos realmente un ser biológico o somos la proyección de un sistema operativo tan sofisticado que ni siquiera lo podemos imaginar? ¿Habitamos en una cookie o galleta de navegación? ¿Somos el resultado de un algoritmo o de un proyector de hologramas? Y esto que vemos, lo que llamamos la realidad, ¿de veras lo es o son imágenes que alguien programó o implantó en nuestro cerebro mediante un chip? Será que si alguien, en alguna parte, aprieta algún botón, ¿nosotros desaparecemos?

Lo más inquietante de la serie es que lo que cuenta no es improbable de ocurrir. Basta ver las redes sociales para percibir indicios de ello. Los likes, favoritos, estrellas, corazones, pulgares alzados y emoticones se convierten en la validación de tu experiencia o, peor aún, de tu persona misma. Pocos likes dan la penosa sensación de que lo que se publicó no es lo suficientemente bueno y que para la próxima hay que esforzarse más, para lograr mayor atención. Mejor café, mejores colores del atardecer, sobredosis de humor barato, los ángulos estudiados para la selfie significan más likes deseados.

La realidad en redes sociales suele estar distorsionada porque los parámetros para medirla son absurdos. Esos parámetros se basan estrictamente en términos cuantitativos y no en la calidad de contenidos. Por ejemplo, en Facebook, un video se marca por visto apenas 3 segundos después de correr. En YouTube se da por visto 30 segundos después. Es decir, el número de vistas de un video no significa necesariamente que el contenido haya sido visto ni a la mitad.

El número de visitantes, seguidores, vistas o suscriptores no es lo único que se distorsiona en las redes sociales. También se distorsionan las relaciones humanas, en particular el concepto de “amistad”.

De pronto terminamos convertidos en mirones involuntarios de las vidas ajenas, de personas a las que apenas conocemos. Nosotros, además, les permitimos ser mirones de la nuestra. Se crea una falsa ilusión de amistad porque se está conectado en las redes, aunque nunca interaccionemos en la realidad. Se tiene la falsa noción de que porque se tiene a alguien al alcance de un mensaje directo se está accesible las 24 horas, siempre, para todos. Se tiene la falsa sensación de que conocemos al otro porque tenemos acceso a información de su cotidianidad. Esas distorsiones dan paso luego a muchos malos entendidos y disgustos en la esfera de la realidad.

Las redes sociales permiten a las personas narrar una versión editada, mejorada y coloreada de sus vidas, creando un personaje de sí mismas, un rol que se asume y se actúa en las redes pero que no necesariamente corresponde a la realidad. Esa vida editada nos puede dar representaciones totalmente erradas de la vida o personalidad de alguien. El peligro es pensar que esos historiales de las redes sociales son auténticos o un cuadro fiel de la persona a quien representa.

Es fácil perder la noción de lo privado y lo público, de lo íntimo y confidencial. Cuando se escribe desde la seguridad de una pantalla que nos separa de los demás físicamente, perdemos noción de que tenemos a cientos, a veces hasta a miles de mirones leyendo lo que posteamos.

Hay quienes no editan ni colorean sus vidas, sino que se manifiestan a través de la queja, la acusación, el insulto, la descalificación, la burla, la victimización o la grosería, únicas maneras que conocen de relacionarse con los demás. El mismo anonimato mencionado anteriormente les permite desplegar un lado de sí mismos que en la vida cotidiana suelen dejar oculto.

Poco es verdadero y honesto en ese océano de apariencias que son las redes sociales, donde la noticia de la mañana es rectificada al mediodía como falsa, difuminando también lo que es creíble o no; donde el scroll infinito equivale al zapping televisivo; donde el movimiento reflejo de dar like y la lectura interminable de lo que se publica en las redes nos termina saturando de información y estímulos inútiles; donde la indignación dura lo que tarda en brotar la próxima noticia.

Ya en 1963, el filósofo alemán Martin Heidegger advirtió sobre el peligro de que el ser humano, al estar a merced de la tecnología, podría terminar transformado en una máquina controlada. Lo dijo en una entrevista, a propósito del rol que los entonces medios modernos, la radio y la televisión, jugarían en la sociedad.

En aquel entonces, Heidegger también señaló la necesidad de una reflexión sobre lo que es el ser humano. Una reflexión que se impone y que sigue siendo necesaria, hoy más que nunca, para evitar transformarnos en máquinas obedientes del sistema, si no es que ya lo somos.

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