Margarito tiene sed

La insuficiencia renal crónica sigue nutriendo sus tentáculos, extendidos por todo el país. Desde hace varios años ninguna otra enfermedad ha podido destronarla cuando de arrebatar vidas se trata. Y aunque la literatura médica que describe sus síntomas es amplia, poco y pocos reparan en cómo vive una persona que tiene los riñones en ruina.
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Agua.  Margarito solo puede beber medio litro o menos de agua al día. Excederse lo haría agravarse.

Agua. Margarito solo puede beber medio litro o menos de agua al día. Excederse lo haría agravarse.

Esfuerzo. La familia de Margarito sobrevive solo con un salario mínimo, ahora corren el riesgo de terminar privados de esos ingresos.

Esfuerzo. La familia de Margarito sobrevive solo con un salario mínimo, ahora corren el riesgo de terminar privados de esos ingresos.

Desgaste.  La enfermedad renal crónica solo puede controlarse para retrasar todo lo posible el desarrollo de la insuficiencia renal.

Desgaste. La enfermedad renal crónica solo puede controlarse para retrasar todo lo posible el desarrollo de la insuficiencia renal.

Miedo.  Muchos habitantes de San Luis Talpa prefieren desconocer si padecen algún grado de enfermedad renal crónica.

Miedo. Muchos habitantes de San Luis Talpa prefieren desconocer si padecen algún grado de enfermedad renal crónica.

Víctimas. En San Luis Talpa, como en otros rincones de El Salvador, la insuficiencia renal continúa diezmando familias.

Víctimas. En San Luis Talpa, como en otros rincones de El Salvador, la insuficiencia renal continúa diezmando familias.

Limitado.  El esfuerzo físico podría agravar la enfermedad de Margarito. Por eso dejó de cultivar.

Limitado. El esfuerzo físico podría agravar la enfermedad de Margarito. Por eso dejó de cultivar.

Interminables.  La insuficiencia renal ha confinado a Margarito a diálisis y visitas médicas semanales, que a las que deberá asistir de por vida.

Interminables. La insuficiencia renal ha confinado a Margarito a diálisis y visitas médicas semanales, que a las que deberá asistir de por vida.

Recuerdos.  Además de trabajar en algodoneras, Margarito labraba parcelas ajenas y propias, para proveer a los suyos.

Recuerdos. Además de trabajar en algodoneras, Margarito labraba parcelas ajenas y propias, para proveer a los suyos.

Margarito tiene sed

Margarito tiene sed

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Fotografías de Melvin Rivasy Josué Guevara

Sed. Para Margarito Beltrán la sed es sinónimo de tortura. Esta tarde, esa intensa sequedad en la garganta, que hace que sienta como si su lengua estuviera en medio de engrudo, le ha puesto el paladar amargo. Está tan sediento que siente su saliva como arenosa. Recostado en una hamaca desgastada, tiene fija en el rostro una expresión de angustia. Y quizá con el afán de disimularla, clava la vista en pequeños remolinos de tierra blanca que levanta el viento en este tramo de San Luis Talpa.

Margarito califica a la sed que lo atormenta como desesperante y cruel. Ha tenido que lidiar con ella, sin poder saciarla, durante casi tres años. Esta tarde cálida pero ventilada ansía beber y beber agua sin restricciones. Pero como sabe que mientras más agua bebe su cuerpo le descuenta más días de vida, solo ha pegado, en todo el día, tres pequeños sorbos.

—Yo ya ni me acuerdo qué es beberse las vasadas de agua heladita y sentir la boca fresquita. Pero me aguanto para vivir tan siquiera un poquito más –dice Margarito cuando intenta gesticular una sonrisa que solo provoca melancolía. Esa necesidad insufrible de humedecer su boca y su garganta incluso le ha provocado pesadillas en las que el agua no puede entrar a su boca, y el intenta con agonía tragar al menos unas gotas.

Margarito supo que tenía los riñones atrofiados en medio de rumores y disputas por los agrotóxicos que reposaban en la bodega que le queda a pocas cuadras de su casa. Cuando se ponían tensos los intercambios de argumentos entre vecinos y autoridades municipales, de Salud y de Medio Ambiente, él solo los ignoraba. Porque entonces este hombre de 57 años, que luce enjuto y con la piel opaca y tan agrietada como el suelo erosionado, solo podía pensar en sed, dolor y muerte.

“Es que esto es duro”, asegura Margarito sin mutar la expresión. Y con “duro” se refiere al calvario de privaciones, a las diálisis, al rosario de malestares, infecciones y visitas de emergencia al hospital que, como a todo enfermo terminal de insuficiencia renal, se le han convertido en rutina. Después de la retirada de los agrotóxicos que habían permanecido embodegados durante 30 años, San Luis Talpa dejó de estar bajo el foco de los medios. Ahora están tranquilos los vecinos que afirmaban que esos barriles eran responsables de las muertes por la enfermedad renal en la zona –a pesar de que los Ministerios de Medio Ambiente y Salud negaron su influencia directa. Se acabaron las protestas. Cesaron las disputas entre autoridades y a este municipio volvió el silencio, hasta hace pocos días que este fragmento de La Paz volviera a ser noticia, esta vez por hospedar 94 contenedores de gas propano y combustible.

Lo que no ha llegado, y que hasta ahora parece inalcanzable, es el bienestar. Margarito, como otros 400 residentes de San Luis Talpa que según datos municipales han sido diagnosticados con insuficiencia renal, están en las mismas condiciones que entonces, que siempre.

Más allá de estadísticas, de millones invertidos o que faltan por invertir, y de cuánto han dejado de filtrar los riñones, las implicaciones de ser un salvadoreño con insuficiencia renal pueden tallarse en la piel y rostro de Margarito. Y aunque esta tarde tendría derecho de quejarse por falta de atención, por el olvido hacia la gente a la zona y porque lleva años sin experimentar la dignidad, el drama que más lo aqueja es concreto: tiene sed.

***
Una tarde de julio de 2012, Margarito creyó que la muerte venía por él. Su cuerpo se puso tan blando como un trapo y sintió como que si por sus brazos caminaban cientos de hormigas. Después de caer varias veces al suelo, y de darse cuenta de que ya no podía dar ni un solo paso por sus propias facultades, vomitó sin parar, de rodillas, durante varios minutos. Su piel canela se tornó gris y quemaba como si estuviera recién salida de un fogón. Tras una punción intensa en la cabeza, lo vio todo negro. Y lo último que alcanzó a sujetar antes de quedar inconsciente fue esta hamaca raída en la que ahora descansa. Cuando despertó, ya no estaba tendido en este patio de tierra blanca, parte de la lotificación Santa María Orcoyo, que está a pocas cuadras de la bodega de Quimagro, que hospedó las toneladas de tóxicos. Estaba en una cama del Hospital Rosales y habían pasado tres días desde esa crisis.

—No te movás mucho, Yito, te vas a fregar –le pidió su esposa.

—Es que me duele aquí por el ombligo, vos. ¿Qué tengo? –preguntó Margarito con languidez.

—Te metieron un tubo en la panza para sacarte lo malo. Ya no te sirven los riñones, por eso si más te me morís –le contestó su mujer. Él ya no dijo más.

Eso es lo que recuerda Margarito sobre su primera diálisis. “De ahí ya no pude atender la milpa. Más que ya tenía bonitas las mazorcas. Esto me dobló y hasta ahora sigo inútil”, lamenta, y acompaña sus palabras con ademanes lentos. Se acomoda en la hamaca. Cuando hace fuerzas, el centro blanco deja ver con detalle el relieve de la mayoría de los huesos de su tórax. Que tenga prohibida una buena cantidad de alimentos ha hecho que su cuerpo consuma casi toda la grasa y masa muscular que tenía antes de su primera crisis, la de 2012. Desde entonces Margarito ha integrado la lista de 3,700 salvadoreños –en promedio, según datos oficiales– que reciben tratamiento por insuficiencia renal crónica (IRC), la etapa más avanzada de la enfermedad renal crónica (ERC), cada año en hospitales nacionales. Pero el agricultor retirado a la fuerza reconoce que al principio se resistió a la idea de que solo iba a poder vivir mediante diálisis constantes e ininterrumpidas. “Es que yo oía que la gente más rápido se moría cuando le hacían eso. Yo decía que me quería aguantar hasta que Dios me llevara”, acepta esta tarde ventilada.

Todo lo que tenga que ver con insuficiencia renal sigue siendo un tabú en San Luis Talpa. Las diálisis, sobre todo, son asociadas con acelerar la muerte y aumentar el dolor, más que con una oportunidad de extender la vida. A pesar de que la municipalidad inició visitas casa por casa desde que empezó a exigir la retirada de los agroquímicos, según Rebeca Turcios, encargada de la clínica municipal, un buen número de habitantes parece estar desinformado y desmotivado.

—Mi esposo y mi hijo se me murieron más rápido después de que les hicieron eso. Yo por eso no me la estoy haciendo. Que se haga la voluntad de Dios –decía con obstinación Carmen López esta mañana. La anciana de 67 años también estaba sentada en una hamaca. Tenía las manos y los pies hinchados, agrietados y de un color opaco, similar al de las plantas cuando empiezan a marchitarse. Tiritaba y aseguraba que veía nublado.

Aceptó que le han recomendado al menos en tres ocasiones que solicite una diálisis, porque la enfermedad renal la tiene al borde de un colapso. “No. Ellos hablan porque no han visto cómo se ponen de huesudos, con la debilidad que ni los deja pararse. Uno sufre más con eso, y si me reúno con mi esposo y mi hijo, no quiero llegar toda llena de hoyos en las tripas”, espetaba Carmen hace unas horas. Su negación es tan grande que ni siquiera su hija ha podido convencerla, a pesar de que le insiste todos los días para que se deje practicar la diálisis. “Todos los días me dice que yo tengo que aceptar su voluntad. Que ni que se esté muriendo se la va a hacer. Que ya tiene suficiente dolor”, aseguraba esta mañana la robusta y morena hija de Carmen.

Esta tarde, con la mirada hacia el suelo, Margarito reconoce que el dolor era uno de los principales motivos para resistirse. “Imagínese que me iban a abrir un hoyo cada ocho días, para sacarme el agua sucia. Yo no quería sufrir tanto”, dice casi en tono de súplica y sin levantar la mirada. Recuerda que los vecinos le contaban de infecciones, de fiebres nocturnas, de delirios, de hinchazones. “Si es que yo lo vi como el infierno en vida”, agrega con exaltación.

A Margarito, sin embargo, sí lo pudieron convencer. Elvira Mercado, su esposa morena y risueña, usó todos sus medios para convencerlo de que tomara el tratamiento. Esta tarde Elvira ha vuelto de una casa vecina. Dejó a Margarito solo con un nieto de nueve años porque tuvo la suerte de que le pidieran que lavara ajeno. Los ingresos para ella y para Margarito ahora dependen de si algún vecino tiene pereza para lavar sus trapos. “Yo le tuve que hablar fuerte. Nunca lo había hecho, pero es que no quería que se me muriera. Le dije que si no se lo hacía que yo ya no lo iba a apoyar, porque yo quería que luchara por su vida”, asegura con voz aguda. Ante la sentencia, Margarito aceptó ser intervenido cada semana.

***
Durante un poco más de dos años y cuatro meses, Margarito pasó sometido a la diálisis peritoneal con catéter rígido. Así que tuvo que soportar que cada semana le ensartaran un tubo directo al abdomen y vertieran en su interior un fluido frío. Debía retener el líquido por varias horas hasta que recogiera todas las impurezas del cuerpo que sus riñones son incapaces de filtrar. Después le retiraban el tubo y le protegían el agujero con esparadrapo y gasa. Cada semana debían volver a perforarle el abdomen.

“A los ocho días el hoyo llegaba cerradito. Las señoritas –enfermeras– tanteaban si me volvían a abrir el mismo hoyo. Si veían que ya no aguantaba en el mismo pedazo, me abrían en otro lado. Daba lo mismo, porque el dolor era igual”, recuerda con la expresión endurecida.

Le agujerearon el cuerpo cada semana y sin interrupciones al menos 124 veces, desde que lo dializaron por primera vez. Margarito recuerda que pasaba casi petrificado, desde los jueves a media mañana, hasta los viernes en la madrugada. Las enfermeras le advertían que si se movía mucho, corría el riesgo de que el tubo le perforara algún otro órgano. “Y si me daba calambre, me tenía que aguantar ese otro dolor”. Así cada semana, además de la sed que nunca se ha podido espantar, lo acompañaba el dolor y el frío. “Esa agua que le meten a uno es bien helada, tras que ponían con todo el aire acondicionado de la sala –de la Unidad Renal del Hospital Rosales–”.

Era dolor y frío o muerte. Y Margarito se resistía a ser una cifra más en las estadísticas de muertes por la enfermedad renal crónica (ERC) que maneja el Ministerio de Salud –que oscilan entre 500 y 800 cada año, según su informe más reciente, de mediados de 2014–.

Margarito desconoce que de cada 100 salvadoreños que mueren en hospitales, 45 han cedido ante la insuficiencia renal. Quizá ni le importe que la enfermedad renal es, desde hace varios años, la principal causa de muerte hospitalaria por enfermedad a escala nacional. De lo que sí ha estado seguro siempre es que quiere vivir. “Hoy le doy gracias a Dios porque desde diciembre me pusieron el catéter blando. Ya no me abren hoyos cada ocho días”, dice con ánimo, mientras se levanta la camiseta blanca y se desamarra una tira de tela que usa como fajero. Deja al descubierto un pedazo de plástico, con forma similar a la de una llave de agua, que está conectado con una manguera delgadísima y transparente que se encarna cerca de su ombligo. Ahora, las enfermeras solo desinfectan ese apéndice artificial y le conectan a la máquina dializadora. Margarito ya se puede mover aún cuando está siendo intervenido. El dolor es mínimo y el catéter no le impide cobijarse bien.

Margarito ya no siente dolor al recostarse en esta hamaca. Ya no camina tan encogido como cuando tenía las heridas frescas, ni necesita curación diaria. Por eso no hay nada que este hombre de piel erosionada cuide más que ese pedazo de plástico que tiene incorporado en el cuerpo. Dentro de lo que le permiten sus malestares permanentes, se siente aliviado. Este martes confiesa que ya quiere que sea jueves. “Es que el cuerpo ya me está pidiendo la diálisis”, dice. Además de esa sed, siente mareos y dolor de cabeza.

Con esos mismos síntomas lidian a diario decenas de habitantes de San Luis Talpa. Algunos ya saben que tienen algún grado de enfermedad renal crónica. Otros lo sospechan pero dicen no tener el valor de averiguarlo. En la familia Rodríguez Lovo, que vive en Valle Nuevo, cerca de la frontera occidental de San Luis Talpa, el mayor reto consiste en conseguir suficiente tratamiento que alcance para todos.

De seis miembros, cinco han confirmado con exámenes de laboratorio que los riñones les fallan. Tomasa Lovo, tres de sus hijos y su nieto han resultado con niveles elevados de creatinina –una sustancia que se genera a través de la destrucción de los músculos y que el cuerpo deshecha gracias a los riñones– en su sangre. El miembro número seis, Dina Rodríguez, se ha negado a que le practiquen cualquier clase de examen relacionado con ese mal familiar. “No, usted. Si llego a saber estoy igual de condenada que todos ellos capaz me muero antes. Mejor me quedo así y los cuido”, dijo entre palmas cuando echaba tortillas al mediodía.

Ignorar para no sufrir es el estandarte de la mayoría de residentes de este municipio. La vecina que lava ropa en Loma de Gallo, el grupo de hombres que departe bajo una ramada en Amatecampo, la joven que fríe pastelitos de verdura en Tecualuya, el señor que hace viajes en Zambombera… La resistencia al diagnóstico y al tratamiento está presente en cualquier rincón de San Luis Talpa. Y aunque en la clínica municipal aseguren que se atienden entre cinco y seis casos semanales de enfermedad renal –de esos que fueron descubiertos entre 2013 y 2014–, decenas de familias siguen optando por permanecer en la oscuridad.

Son más de las 5 de la tarde. Marcelino se levanta de la hamaca raída y camina con paso lento hacia el lavadero. Agarra una taza pequeña y roja de un guacal, enciende el chorro y llena menos de la cuarta parte del recipiente plástico. Pega un trago. Cierra los ojos y retiene el agua casi un minuto, para alcanzar la sensación de que ha tomado suficiente. Lo repite dos veces, pero procura no acabarse toda el agua que vertió. Lo restante lo echa a la pila. La sensación húmeda que le ha quedado es lo más cerca que podrá estar de satisfacer el impulso de atragantarse con toda el agua que se le antoja.

***
Ayer por la madrugada, como todos los jueves, Margarito se montó en la ambulancia municipal. Llegó al Hospital Rosales con la piel más opaca y los malestares más fuertes. Esperó su turno y a media mañana lo conectaron a uno de los riñones artificiales. Esas máquinas que comparten cerca de 900 pacientes cada año, según Ricardo Leiva, el jefe del área renal.

Fue desconectado hoy a las 5 de la mañana. Salió de esa sala pulcra con mareos y más pálido que de costumbre. Se fue caminando pegado a las paredes hasta que llegó al portón azul del hospital. La ambulancia llegó con otros pacientes y se lo trajo de regreso.

Hoy tiene un aspecto más saludable que hace tres días. Su piel, aunque sigue de un tono gris, luce menos erosionada. Su rostro está un poco menos demacrado y camina menos encorvado. “Es que uno siente que con la diálisis a traer más minutos de vida va”, dice con una veta de romanticismo. La voz se le escucha menos cansada que antes del procedimiento médico. En efecto, parece haber recibido algunos miligramos de vida y un par de dosis de ánimos. Lo que no ha cambiado es la sed. Sigue tan intensa y desesperante como siempre.

Vuelve a recostarse en su hamaca vieja. Esta vez se mece un poco con el pie izquierdo. Una pequeña delgada y de cabellera rubia corre a abrazarlo.

—Papá Yito, vamo al ma' –le dice entre titubeos su nieta de tres años.

—¿Se quiere ir a bañar la niña? –contesta Margarito con la voz enternecida.

Emeli, su nieta más pequeña, quiere unirse a Elvira –esposa de Margarito–, quien se fue desde anoche a buscar pescado al estero de Toluca, en La Libertad. Como una tradición necesaria, meses después de la temporada lluviosa, la municipalidad vecina abre un canal para que el estero se vacíe. De lo contrario, las casas de los alrededores quedan inundadas. Elvira, al igual que decenas de familias, busca aprovechar el descenso de esas aguas, para capturar con atarrayas la mayor cantidad de peces.

Antes de saberse con insuficiencia renal, Margarito acampaba con su esposa y sus hijos durante varios días. Cazaban garrobos y lanzaban las atarrayas hasta lograr suficiente pescado para que todos se saciaran. Era lo más próximo a vacaciones familiares que esta familia podía disfrutar. Ahora la insuficiencia renal le ha querido arrebatar a Margarito aun esas distracciones.

—Si se siente bien y quiere ir, ya va a salir un camión para allá, papá. Si quiere llévese a los bichos. Yo me tengo que esperar porque me van a venir las respuestas de los exámenes para ver si tengo insuficiencia –le dice Silvia, la hija menor de Margarito.

—¿Te convencieron de que te los hicieras, va? Está bueno, primero Dios salgás bien. Yo sí quiero ir aunque sea a ver –responde. Busca su sombrero. Toma de la mano a su nieta y sale a buscar al vecino que está por salir para el estero. Otros dos nietos los siguen.

Después de haber asimilado su condición, Margarito intentó convencer a toda su familia para que se examinara el estado de sus riñones. Elvira accedió. Le costó un poco más convencer a sus dos hijastros –a quienes él asegura querer como si los hubiera engendrado–, pero Silvia, su única hija, se rehusó. Y la negativa de ella fue mayor cuando Carlos, el hijastro, resultó con los riñones casi tan atrofiados como los suyos.

Carlos Bolaños fue diagnosticado varios meses después que Margarito, después de que le diera una crisis similar. Como trabaja en una empresa de vigilancia privada, tuvo acceso al Instituto Salvadoreño del Seguro Social (ISSS) y le propusieron que ingresara al programa de diálisis peritoneal ambulatoria. Así, con la ayuda de los miembros de la iglesia evangélica a la que asiste la familia, construyeron un cuarto de cinco por cinco y lo adecuaron para que él se hiciera las diálisis diarias.

“El problema es que él tiene turnos de 24 y de 36 horas. Y con tal de mantener el seguro y tener los centavitos se aguanta y se hace las diálisis hasta que viene”, aseguró hace tres días Elsy, esposa de Carlos. Como está destacado en una maquila textil de la zona, el treintañero solicitó autorización para realizarse las diálisis en la clínica particular que tienen para las operarias. Las autoridades de la maquila le negaron el permiso y alegaron que la clínica “solo era para uso del personal de la maquila”.

Ahora, Carlos está hospitalizado, a causa de una acumulación de líquidos que le inundó los pulmones. Está recuperándose de una perforación que le hicieron en un pulmón, para determinar la gravedad de su situación. Elsy, asesorada por una trabajadora social, busca que estudien el caso de su esposo para tramitar una certificado de invalidez, y que le garanticen la atención médica de por vida, más una pensión.

Si le niegan esa opción, Carlos tendrá que renunciar a su trabajo. Y como las lavadas que consigue hacer Elvira –esposa de Margarito– son esporádicas, y tanto Elsy como Silvia siguen sin hallar trabajo, esta familia se quedará sin ingresos. Margarito quiere despejar de su mente todas esas incertidumbres. Ya es suficiente tener que cargar con esa sed casi mortífera. Se sube en el pick up con su nieta. Ansía llegar al mar.

El pick up se ha parqueado frente al estero. Margarito ayuda a su nieta a bajar, y junto a los otros dos pequeños avanzan hacia la playa. A pesar de que una vez convulsionó por agitarse de más después de una diálisis, este abuelo delgadísimo ha decidido arriesgarse. “Me voy a ir despacito para no cansarme”. Después de casi un kilómetro de caminar sobre la arena y bajo el sol, Margarito y sus nietos llegan a la ramada donde están sus parientes y otros vecinos. Le alcanzan una cubeta vacía para que se siente bajo la sombra. Aunque está cansado, Margarito no puede evitar ser contagiado por el jolgorio que tienen bajo la ramada. Se incorpora a bromear con su familia y amigos.

Dentro de dos horas, Silvia, su hija, le traerá la hamaca. Vendrá contenta, porque sus exámenes indicaron que sus riñones están bien. Después se acercará a esta ramada una brigada del Instituto Nacional de Salud, la misma que le hizo los exámenes a Silvia y a varios otros habitantes de San Luis Talpa. Le tomarán algunos datos, como parte de un estudio que el MINSAL realiza a escala nacional, para conocer cuántas personas están siendo afectadas por la enfermedad renal crónica. Los visitantes dirán que “es una especie de continuación del programa Nefrolempa, que realizó el MINSAL en la zona del Bajo Lempa en 2013-”, pero esta vez extendido a todo El Salvador.

Ellos lo medirán y pesarán: 1.64 metros y 82 libras. La nutricionista le dirá que, dentro de lo cabe, tiene un peso promedio en comparación con el común de enfermos renales en etapa terminal. Pero ese es el mismo peso que un niño flaco de 13 años, ni siquiera pesa como un niño robusto. Margarito se encojerá de hombros y hará una mueca de resignación. Dirá que él hace lo posible porque nada, ni siquiera esas noticias desalentadoras, le resquebrajen la actitud positiva. Ahora ríe. Aunque sus muecas estiradas siempre proyectan melancolía, las sonrisas son sentidas. Habla poco, pero disfruta de las bromas entre vecinos. Pero en segundo, esas risas son cortadas de tajo por las palabras de Emeli, su nieta.

—Papá Yito, deme agua –caminar bajo el sol, como es natural, hizo que a la pequeña le diera sed.

A Margarito también se le incrementó es necesidad. Quizá entre risas quería olvidarse de la aridez de su garganta, pero la insistencia de Emeli le ha remachado esa pena tortuosa y permanente. Toma la botella que uno de sus nietos trajo, la destapa y agarra un vaso plástico.

Margarito llena el vaso. Mira con un deseo angustioso cómo su nieta bebe y se salpica la quijada y la blusa. Sufre. Ver cómo la pequeña puede solventar con tanta naturalidad esa necesidad es un dolor que la literatura médica omite. El de Margarito es un dolor psicológico uno que ni toda la empatía podría dimensionar. Solo quien haya tenido una sed tan profunda podría entender.

Ahora no puede sustraerse las ansias por humedecerse el paladar. Que su nieta haya dejado agua en el vaso, lo hace flaquear. Pega tres pequeños sorbos. Los retiene uno a uno durante varios segundos con los ojos cerrados, como si fuera una práctica supersticiosa para convencerse de que ahuyentará un poco más esa sed. Pero la sed no se va. Y por más que lo intente, esa sed no se irá. Lo acompañará hasta el último de sus días. Margarito lo sabe. Está resignado.

—Yo trato de pensar en cosas buenas, para que esta enfermedad no me mate la moral. Pero cuando me llegue el día, voy a pedir que me den un buen poco de agua

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