María y Andrea ante la migración

En medio de la crisis de menores migrantes en la frontera sur de Estados Unidos, una madre salvadoreña se enfrenta a la decisión de enviar a su hija de cinco años sola a Estados Unidos o arriesgarse a que una pandilla cumpla sus amenazas de muerte en contra de la niña y ella.
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Incremento. Del año fiscal 2013 al 2014 se registró un aumento de menores salvadoreños migrantes sin acompañantes del 173.8%.

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Refugios. Tanto la CIDH como PDDH y cancillería denunciaron que los refugios en EUA eran prisiones que trataban a los menores como reos.

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Educación. Según la PDDH, muchos menores dejan la escuela desde cuando se decide que estos deben migrar hacia Estados Unidos.

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Crisis.  68,541 menores de edad fueron detenidos al cruzar de manera ilegal la frontera sur de Estados Unidos sin un acompañante legal.

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María y Andrea ante la migración

María y Andrea ante la migración

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Fotografías de Archivo y Agencias

María ve volver a la vecina. “La Vecinita”, le dice. “La Vecinita” es una niña de 12 años que acaba de regresar después de haber estado perdida en un país desconocido durante tres meses. La enviaron sola con un coyote hacia Estados Unidos y ahora regresó después de haber sido abandonada por quienes recibieron dinero para llevarla. “La Vecinita” tiene la ropa destrozada, sus pantalones están llenos de lodo hasta las rodillas. Pero lo que María no puede dejar de ver son sus piernas y las llagas que tiene. Está llena de llagas.

“La Vecinita” dice que no quiere regresar, que no quiere volver a hacer ese camino. Pero su madre, que vive en Estados Unidos y pagó para que un coyote la llevara, quiere que lo vuelva a intentar. Pero “la Vecinita está decidida a no emprender ese viaje nuevamente, ni siquiera por ver a su madre.

María quiere saber más. Mueve su ojos en dirección de los pies de la niña y le pide detalles. Le pregunta qué es lo que le pasó, hasta dónde logró llegar. “La Vecinita” le responde que tenía mucha hambre, que no le daban de comer y estaba cansada, exhausta. Ya no podía más y pidió que pararan, pero no la dejaron. Amenazó al coyote con denunciarlo a la policía. Fue entonces cuando este la dejó abandonada en Guatemala cerca de la frontera con México.

“La Vecinita” quedó sola y sin dinero en un lugar desconocido. Trató de acordarse cómo habían llegado ahí y empezó a deshacer lo andado desde algún punto en Guatemala. Así pasó tres meses perdida buscando un camino de regreso a El Salvador hasta que finalmente llegó a una terminal en Santa Ana y llamó por teléfono para que la fueran a traer. Tres meses hasta que regresó a su casa ese domingo 24 de agosto.

María se imagina lo que le pudo haber pasado cuando iba y lo que le pudo haber pasado cuando estuvo perdida. Se acuerda de que a la mayoría de mujeres las violan en el camino. Se le viene a la mente su hija, Andrea, a quien ya decidió enviar sola con un coyote por ese mismo camino que acaba de vomitar a una niña de 12 años llena de llagas. Su hija es siete años menor que “la Vecinita”, solo tiene cinco años. ¿Y si la dejan abandonada?

La envuelven las dudas. Pero trata de matizar la situación pensando en que el problema fue el coyote con el que mandaron a la niña. Ese coyote no era bueno. El que ella consiguió es de confianza.

A los días le llama al coyote al teléfono y le cuenta la historia de “la Vecinita”. Este le pide que no se preocupe y le asegura que a su hija no le pasará nada parecido. Pero entonces María recuerda que ya no confía en nadie. Recuerda que todas las personas mienten. El coyote le podría decir una cosa y hacer otra. Suspira.

Todo está confuso. No sabe qué es lo que debe hacer. Pero algo hay que hacer porque dejar a su hija donde está tampoco es una opción. Desde hace meses a ambas las amenaza de muerte una pandilla. Fue por esto que decidió enviar a su hija a la boca de ese peligro, el cual se volvió muy real con la llegada de “la Vecinita”, casi tanto como el de las amenazas que recibe.

Es agosto y faltan poco más de dos semanas para la fecha en que está planeada la salida de Andrea. “La Vecinita” acaba de regresar. Al igual que ella y la madre de “la Vecinita”, cientos de miles de familias decidieron este año enviar a sus hijos solos a Estados Unidos.

En junio la situación se volvió tan crítica en la frontera sur que el presidente de EUA, Barack Obama, la llamó una “crisis humanitaria”. Al final de ese año fiscal –entre octubre de 2013 y septiembre de 2014– un total de 68,541 menores indocumentados fueron detenidos al cruzar la frontera de Estados Unidos con México sin un acompañante legal. Esto implicó un aumento del 77% con respecto al año anterior, según datos de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de EUA.

De estos, 16,404 menores eran salvadoreños. En comparación con el año fiscal anterior, en el que 5,990 menores fueron detenidos, la migración de menores salvadoreños no acompañados aumentó un 174%.

La legislación estadounidense determina que menores de países no fronterizos, como El Salvador, que no llegan acompañados por un guardián legal, deben ser resguardados en un albergue y deportados solo si un juez lo determina a través de un juicio migratorio.

Las decenas de miles de menores centroamericanos que llegaron de esta manera a Estados Unidos fueron detenidos por la guardia fronteriza y trasladados a refugios. La viceministra de Salvadoreños en el Exterior, Liduvina Magarín, describe estos refugios como prisiones y denuncia que a los menores se les trata como privados de libertad. La Comisión Internacional de Derechos Humanos solicitaría en octubre que Estados Unidos cierre estos centros de detención por violaciones a derechos fundamentales, sin encontrar eco en el Gobierno norteamericano.

María, en medio del punto más grave de la crisis en la frontera, está decidida a enviar a su hija de cinco años por ese camino. “Va a ser más doloroso verla aquí (muerta) como que es un animalito... Entonces hemos decidido que mejor ella se vaya”, dice.

Cuando estaba en noveno grado, María conoció a Pedro. Los dos asistían a la misma escuela y cursaban el mismo grado. A los pocos meses de ser novios, quedó embarazada y nueve meses después su hija Andrea nació. María tenía 17 años.

Se fue a vivir con Pedro y su madre después de que nació su niña. Su familia se molestó con la unión porque él ya era pandillero. Cuando tenía 13 años entró a una pandilla y ahora ella vivía y tenía una hija con él. “Estaba niño y se brincó pensando en que era una solución, no sabíamos que era la misma pandilla la que te mataba”, lo justifica María más de cinco años después de estar juntos.

María asegura que su marido se quería retirar de la pandilla desde que Andrea nació, pero que la oportunidad de realmente hacerlo se dio hasta finales del año anterior. Para salirse, Pedro tenía que darle algo a la pandilla. “Tenía que hacer unos crímenes para poder estar a saldo –en saldo le llaman ellos en la pandilla–”, dice.

Pero es en esta área en la que su historia se vuelve algo gris. No le gusta dar detalles sobre lo que Pedro hizo, ni cuenta qué fue lo que volvió a la pandilla en su contra, ni detalles sobre el proceso penal que lo llevó a recibir una condena de 10 años en prisión. No quiso hablar, aunque se le explicó que no se publicaría su nombre.

Lo que sí cuenta es que su marido está en prisión, que hizo algo que la pandilla considera traición y que por esto amenazaron de muerte a ella, a su hija y a la familia de Pedro.

La primera amenaza llegó a la casa de María. Tocaron la puerta, ella abrió y unos pandilleros estaban frente a ella, diciéndole que sabían lo que Pedro había hecho y que si no se retractaba la matarían a ella y a su hija. María les lloró y les dijo que lo que decían no era cierto, que Pedro no los había traicionado, pero no le creyeron.

Las amenazas luego llegaron en forma de llamadas telefónicas desde un centro penitenciario de la zona central del país. Cuando cuenta esto, María se enoja y cuestiona cómo esto es posible. “¿Qué seguridad va a haber?”, pregunta y luego se responde con indignación: “Nada. Los dejan andar libres. Porque cómo me van a hablar de un teléfono celular. Me llamaron como cinco veces”, dice.

Después de esas llamadas cambió el chip de su celular, pero las amenazas le empezaron a llegar al teléfono fijo. Ese también lo tuvo que cambiar. De nuevo, le volvieron a hablar. Esta vez ya no pudo cambiar los números de teléfono porque ahí recibe llamadas de posibles trabajos.

Después las amenazas empezaron a incluir algo más. Le empezaron a pedir $300 semanales.

En el país, las extorsiones no son algo fuera de lo común. Según datos de la Policía Nacional Civil (PNC), entre enero de 2013 y el 15 de agosto de 2014, recibieron 4,505 denuncias de extorsiones por un monto total de $7.9 millones. Este registro no refleja las extorsiones que nunca llegaron a oídos de la policía. El Consejo Nacional de la Pequeña Empresa de El Salvador (CONAPES), por ejemplo, aseguró que sus agremiados pagan alrededor de $18 millones anuales a extorsionistas.

“Hoy pidiendo dinero... no, o sea... Ya rebasó todo esto”, dice María, frustrada. Las primeras veces no los pagó, les dijo que no tenía. Pero después le dio miedo y le pidió el dinero a una tía que vive en Estados Unidos, la tía con quien Andrea viviría si la envía por el camino.

Sin embargo, ya no pudo dar ese dinero otra vez. No podía porque tiene que reunir el dinero para enviar a Andrea con el coyote. El viaje le costará $10,000. Su tía le dará la mitad y ella conseguirá la otra mitad con tres prestamistas, que le cobrarán un 20% de interés. A uno le prestará $2,000 y a los otros dos, $1,500.

No muchas personas saben que planea enviar a Andrea a Estados Unidos. Una prima, su abuela, una vecina. De su familia, comunidad o trabajo nadie más. Pero María decidió contarle a alguien fuera de su comunidad. Alguien que conoce desde hace 10 años.

Andrés conoció a María hace más o menos 10 años cuando colaboraba en un proyecto social. María tenía 13 años. Cuando ella le contó su plan, Andrés la invitó a una charla como parte de una campaña de prevención de la migración de menores. María escuchó la campaña, escuchó las razones que daban para no enviar a los niños, escuchó a Andrés –en ese momento miembro de una fundación que lideró una campaña de sensibilización–, escuchó en silencio. Pero luego se acercó a él porque quería pedirle contar su historia.

Ella quiere contar su historia porque está enojada. Le molesta que digan que las personas se van por la economía. No es solo la economía, es la inseguridad, dice.

De los problemas económicos se sale, asegura, pero de la inseguridad no se sobrevive. “Es que la vida de la persona ya no vale en este país, ya no vale... es como matar un per... ni como matar un perro porque hasta para matar a un perro se necesita valor. Es como matar una cucaracha que no vale nada, o sea, es un insecto”, dice con rabia en su voz.

En septiembre del año pasado, la directora ejecutiva del Consejo Nacional de la Niñez y la Adolescencia (CONNA), Zaira Navas, declaró que es erróneo asegurar que la violencia es el principal factor que impulsa la migración. “Atribuirle a la violencia la causa única para la migración es un error grave y eso puede generar la adopción de políticas equivocadas”, comentó.

La directora del CONNA dijo que las tres causas de la migración, en orden de importancia, son: la reunificación familiar, las condiciones socioeconómicas y luego la violencia e inseguridad.

En contraste, en agosto de ese año, la organización con base en Washington, D. C., Diálogo Interamericano publicó un estudio en el que concluye que el principal factor que contribuye a la migración irregular desde El Salvador, Honduras y Guatemala hacia Estados Unidos es la violencia.

Tanto instituciones no gubernamentales como gubernamentales coinciden en decir que la migración se da por una combinación de tres factores, en lo que no terminan de coincidir es cuál es el orden de relevancia de dichas causas. UNICEF describe en una presentación sobre migración infantil que los principales factores para la migración de niñas, niños y adolescentes son la reunificación familiar, la falta de oportunidades y la violencia y la inseguridad.

Andrés la trata de convencer. Le enumera los peligros, le dice que la está mandando a otro peligro, le recuerda las violaciones a mujeres, le desmiente lo dicho por los coyotes. Pero para María él no está en sus zapatos, no vive lo que ella vive y por eso la trata de desanimar. Lo único que sí ha sabido llenarla de dudas ha sido la imagen de “la Vecinita”.

María sabe que tiene que decirle a su hija que debe dejar a su familia, irse con extraños para luego vivir con una tía a la que nunca ha visto en un país que no conoce y donde no se habla su idioma.

Trata de pintar un cuadro bonito, una imagen de otra vida llena de felicidad y libertad, lejos de la vida que tienen aquí. Primero le dice que se tiene que ir a Estados Unidos y que allá vivirá con la tía y que estudiará y tendrá muchos amigos. Pero la niña llora, llora y llora y le pregunta por qué.

Le dice que irá sola con personas que no conoce, pero que se tiene que portar bien. Y la niña llora y le pide que se venga con ella. A esto le responde que no se puede, pero que después ella llegará y vivirán juntas allá.

Para tratar de animarla, María le pone películas para que vea cómo será su vida allá y le asegura que así va a vivir cuando llegue a Estados Unidos. “Quizás un cuento de hadas, se lo hago creer para que no lo sienta difícil”. La única respuesta de Andrea es llorar porque quiere irse con su madre. Pero María sabe que eso no es posible.

Meses después de esa conversación, Andrea todavía no acepta lo que su madre le dice. La cita es cinco días después de la llegada de “la Vecinita” en la tienda de una gasolinera a orillas del municipio donde viven. Durante toda la mañana Andrea casi no ha dicho una palabra.

Está sentada sobre las piernas de su mamá. Lleva puesto un vestido a cuadros rosados y blancos que le llega hasta las rodillas. Sobre el pecho, el vestido tiene una margarita blanca y una mariquita rosada que revolotea alrededor de la flor. Margaritas blancas y mariquitas rosadas también decoran el borde de su vestido. Sobre su cabeza lleva un pañuelo con los mismos cuadros rosados y blancos. Sus zapatos también son rosados. Los de su mamá, María, también. Sus ropas están coordinadas. María viste un par de jeans y una camisa polo a rayas blancas y rosadas y tenis del mismo color.

Desde que Andrea nació nunca ha estado separada de su mamá. Ahora la abraza y se resguarda en sus brazos cuando tiene pena de hablar.

—¿Con quién te vas a ir? –le pregunta María a su hija.

—Con usted –le responde con una sonrisa.

—Ja, ja, ja, ja, no, mi amor, pero con la tía te vas a ir –responde María mientras le da un abrazo.

No quisiera tener que hacer esto, quisiera tener derecho a quedarse con su hija. “Cuando me veo en esta situación y veo de que el futuro de ella está mejor allá, decido mejor que se vaya. Que se vaya porque una mamá quiere lo mejor para sus hijos. Yo quiero que ella sea feliz”, reflexiona.

En un evento de la Universidad Tecnológica sobre el fenómeno de la migración a finales de octubre de 2014, la procuradora adjunta para la Defensa de los Derechos de la Niñez y la Juventud, Alba Margarita Aguilar de Guardado, comentó que la situación escolar de los menores migrantes se modifica desde el momento en que se toma la decisión de su viaje. “Cuando se decide que un niño, niña y adolescente salga del país para buscar la reunificación, para buscar otro modo de vida, huyendo de las condiciones de violencia, cuando se toma esa decisión ese menor ha salido del sistema educativo por mucho tiempo antes o ha estado en una situación fuera de su comunidad, de su tejido social, huyendo por las amenazas”, expuso.

La situación de Andrea es como calcada de estas declaraciones. Desde hace más de seis meses que dejó de ir a la escuela. En 2013 cursó kínder 4 y ahora debería estar en kínder 5, pero María decidió no enviarla a la escuela por miedo a que algo le sucediera ahí y porque ya había decidido enviarla a Estados Unidos. De hecho, María apenas la saca de la casa.

María y Andrea viven en un municipio al norte del Área Metropolitana de San Salvador. Desde que las amenazas empezaron, la vida de ambas cambió. Casi no salen de la casa y cuando lo hacen lo hacen a escondidas, fijándose bien de que nadie las haya visto.

Andrea es una niña morena, tiene pelo liso y una voz suave, poco más fuerte que un murmullo. Sus ojos son grandes y almendrados, que tira al piso o a sus manos, evitando hacer contacto visual. Sonríe, pero no habla con alguien desconocido, ni siquiera cuando su madre está ahí. Es penosa o quizás el no salir le ha afectado a socializar, piensa María.

Según datos de el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), en 2013 284,325 niñas, niños y adolescentes entre cuatro y 17 años no asistieron a la escuela. Los principales obstáculos a su educación son la inseguridad, la infraestructura, calidad, relevancia y falta de ingreso familiar.

Para ver a alguien, María busca reunirse en zonas controladas por la pandilla contraria para que quienes la amenazan no la puedan ver, como con la cita en la tienda de la gasolinera. En las noches es cuando más se preocupa. Le angustia que puedan abrir la casa, entrar y hacerles algo. Es entonces cuando está totalmente segura de la decisión que tomó y se convence de que tiene que enviar a su hija sola.

Que le pidan dinero le preocupa porque si no paga la situación puede empeorar. Y ya no les va a pagar. Tiene que ahorrar para el viaje de su niña. Pero tampoco está segura de ese viaje. Tomar una decisión la atormenta porque equivocarse les puede costar la vida a ambas.

Conoce los riesgos que se corren en el camino, pero cree que el peligro es más grande aquí. “Quien no se arriesga, no gana”, dice justificando su decisión.

Y cree que la ganancia será grande. Si pasa, su hija tendrá otras oportunidades que aquí nunca tendría. Tendrá la posibilidad de estudiar, de ser alguien más. Y además, cree que por ser menor de edad le darán asilo en Estados Unidos. Eso es lo que le dijo el coyote y un abogado que tiene un despacho jurídico en su colonia, después de cobrarle $25, claro. Es el mismo abogado que defendió a su marido durante el juicio en el que terminó condenado a 10 años de prisión.

La crisis de 2014 se desató por información errónea dada por coyotes, aseguraron autoridades estadounidenses como la embajadora de Estados Unidos en El Salvador, Mari Carmen Aponte.

Según la información del Departamento de Estado de Estados Unidos, el programa de refugiados define a un refugiado como “alguien que ha huido de su país de origen y no puede regresar por un miedo fundamentado de persecución en base a su religión, raza, nacionalidad, opinión política o pertenencia a un grupo social específico”.

En diferentes ocasiones, funcionarios han aclarado que la persecución por pandillas o extorsión no califican a una persona al estatus de refugiado.

En diciembre de 2014, el Gobierno estadounidense inició un programa de refugio para menores de El Salvador, Guatemala y Honduras cuyos padres viven legalmente en Estados Unidos, anunciado por el presidente Obama un mes antes.

Padres de estos países pueden pedir refugio para sus hijos menores de edad que residen en sus países de origen. Pero este programa es de por sí limitado. Los menores aceptados tendrán que entrar dentro del cupo de 4,000 puestos asignados anualmente para la región de Latinoamérica y el Caribe y deben cumplir requisitos específicos.

Para cuando llega a la cita en la cafetería de la gasolinera, a María ya le explicaron la ruta de viaje. Sabe que la noche del 10 de septiembre debe llevar a Andrea a Santa Ana y dejarla con el coyote, al que llama por teléfono de vez en cuando.

Desde ese momento hasta la llegada a los brazos de su tía, el viaje dura como máximo dos semanas y media, le han dicho. La madrugada del 11 Andrea debe salir de Santa Ana hacia Guatemala con un nombre falso y una partida de nacimiento que diga que su padre es el coyote. Es ahí cuando María debe dar la primera mitad del pago: $5,000.

En Guatemala el camino los tiene que llevar hasta la ciudad fronteriza de Tecún Umán, para ahí cruzar el río Suchiate en balsas hechas de neumáticos hacia Chiapas, México. Al otro lado del río, María debe separarse de su padre falso y quedar en las manos de un segundo coyote, un total desconocido.

María tiene una lista de suministros con los que tiene que equipar a Andrea para el viaje: dos botellas de agua, dos mudadas de ropa y un par de zapatos extra, además de la ropa que lleve puesta. La comida es parte del pago.

Desde Chiapas, Andrea tiene que caminar junto con el segundo coyote hasta llegar a México D. F., luego a Sonora y desde ahí cruzar la frontera sur de Estados Unidos hasta Phoenix, Arizona. En este lugar, la niña debe pasar a unas terceras manos, a un tercer coyote, quien tiene la responsabilidad de hacerla llegar a Los Ángeles, California, y entregarla a las manos de la tía a cambio de la otra mitad del pago.

Hasta la llegada de “la Vecinita” en agosto, María estaba segura de ese plan. Nada parecía tan sólido como para hacerla cambiar de opinión. Después de ver a esa niña de 12 años que no aguantó ni siquiera llegar a México, ya no sabe qué hacer.

Pasan dos semanas y la fecha del viaje está a solo unos días. María piensa en los peligros del viaje, en lo que puede pasarle, en lo que ha visto y cambia de opinión. Dice que no llevará a cabo el plan, ya no mandará a su hija sola y tratará de buscar otra solución a su problema.

Llega el 10 de septiembre, la fecha del plan, y María no aparece. Deja de contestar llamadas por teléfono hasta que, una semana después, Andrés logra comunicarse con ella. Quiere saber qué pasó, si realmente desistió del plan. María contesta y le informa que al final sí lo hizo.

En esa llamada telefónica cuenta que Andrea salió del país el 13 de septiembre pero le daba pena decir algo. Por eso ya no contestaba el teléfono.

Contrario a lo dispuesto en el plan, Andrea no se tardó dos semanas, sino que un mes. Las dos semanas extra representan para María una angustia que no tiene manera de dibujar. Durante ese período de tiempo solo habló con su hija un par de días después de haberla dejado en Santa Ana, cuando todavía estaban en Guatemala. Después de eso fue un silencio total. Al mes de haber partido, en octubre, Andrea logró llegar a Estados Unidos. María dice que llegó bien, pero no da detalles del viaje ni del retraso, solo dice que está bien.

Pasan dos meses desde la llegada de Andrea, y María, de nuevo, no contesta su teléfono. A través de algunos contactos, Andrés empieza a averiguar qué ha pasado. En algún momento, entre finales de noviembre y mediados de diciembre, María se fue siguiendo los pasos de su hija.

Antes del viaje de Andrea, la idea de María era vender todas sus posesiones para pagarle a los usureros y luego, “aunque sea con $400, me voy detrás de ella, aunque sea aguantando de todo”.

Durante casi 24 días viajó por Guatemala y México hasta llegar a la frontera con Estados Unidos. De ese tiempo, alrededor de seis días pasó esperando en el desierto una oportunidad para poder cruzar, según cuentan familiares. Desde ahí logró llamar por teléfono un par de veces.

Atrás dejó a su abuela, una mujer de 72 años que la crió a ella y a sus dos hermanas desde que eran unas niñas. Ahora que ya consiguió trabajo en limpieza le manda dinero “solo para la comida” y para pagar el dinero prestado, cuenta la abuela.

Sentada en la mesa de una pupusería esta fría mañana de finales de enero, acompañada de un bisnieto, la mente de la abuela divaga hacia el recuerdo de Andrea y espera que haya valido la pena el viaje que hizo. Con orgullo en la cara afirma que era una niña inteligente. “Yo voy a ser doctora, abuelita, y yo la voy a sanar a usted”, recuerda que le decía. Ahora se conforma con saber que están bien durante esas llamadas que llegan una vez al mes.

Esta mujer, arrugada por los años de trabajo y cuidar hijos, nietos y bisnietos suelta un par de lágrimas cuando habla del viaje de María. No cuenta muchos detalles porque dice que la edad hace que se le olvidan las cosas. Agradece esas llamadas que recibió cuando María viajaba y le aplacaron la angustia que tenía. Pide a Dios que le pague a esas personas que le prestaron el teléfono a su nieta y que le dieron de comer cuando tenía hambre porque ella no llevaba dinero. “Mala suerte tuvieron las bichas”, dice de la vida de sus nietas.

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