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Mayoría de edad, pero...

Los Acuerdos de Paz cumplen su mayoría de edad, y la mayoría de sus creadores son retrancas para la democracia.
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OPINIÓN (Desde acá)

Sextadécima

*Periodista salvadoreño

El recuerdo parece de ayer. El castillo de Chapultepec, en el Distrito Federal, lucía para una de sus mejores galas, quizá tan importante como aquellas que se derivaron de la revolución mexicana. Había cientos de invitados, algunos muy almidonados y otros no tanto, y claro, también los protagonistas de ese evento, un evento que de alguna manera se mostraba como el corolario del fin de la guerra fría que inició con la caída del muro de Berlín en 1989. Y no era para menos, era la firma de los Acuerdos de Paz de El Salvador y el fin de 12 años de guerra civil con casi 80,000 muertos.

Lo que vendría después de ese acto, desde luego, no necesariamente reflejaría la cordialidad que se vivió ese día, cuando los enemigos firmaron la paz y algún periodista despistado creyó que era posible que los negociadores del acuerdo ofrecieran u na conferencia de prensa conjunta y terminó confundiendo al canciller Manuel Pacas Castro con el comandante Leonel González, del FMLN.

Los negociadores del proceso de paz lo saben mejor, pero el proceso de implementación de los acuerdos firmados el 16 de enero de 1992 no fue nada fácil en tanto debía traducirse no solo en el desmontaje de los cuerpos de seguridad y la reducción de la Fuerza Armada, sino también en el desarme del FMLN como grupo insurgente y lo más complejo: el cambio de mentalidad o de actitud de toda la sociedad.

Desde ese acontecimiento, mucha agua corrió por el molino. Se creó una Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos, un nuevo Tribunal Supremo Electoral, una Academia Nacional de Seguridad Pública y una Policía Nacional Civil, que reemplazó a los cuerpos de seguridad, entre otras instituciones vitales para cimentar la institucionalidad.

Los autores de ese proceso fueron el partido ARENA desde el Gobierno, el FMLN en la insurgencia y los dirigentes de los partidos políticos, casi los mismos que aún siguen representados en el parlamento y otros que desaparecieron, como el Movimiento Nacional Revolucionario (MNR), que lideraba Guillermo Manuel Ungo.

Sí, es correcto. Esos partidos y esos dirigentes fueron capaces entonces de ir a la guerra, de desmontar la guerra y de entrar a un proceso (debatible o no si fue por conveniencia o convicción) irreversible de cambios que le dieron la paz indiscutible al país, potenciaron los derechos civiles y apuntalaron el crecimiento de la economía.

El próximo miércoles 16 de enero los Acuerdos de Paz entrarán a su mayoría de edad, cumplirán 21 años, y como una paradoja la mayoría de sus protagonistas y creadores –con honrosas excepciones– habrán entrado a la tercera edad y se habrán constituido en una retranca para la consolidación de la democracia y las transformaciones que El Salvador demanda en el siglo XXI. Y valga la aclaración, aplicando en este caso la tercera edad más a una cuestión mental.

Observemos algunos ejemplos inmediatos. Después de 21 años, el TSE no se ha reestructurado, no hay ley de partidos políticos, el voto en el exterior está en duda, no existe representación proporcional de los concejos municipales y sigue el intento por desmantelar la actual Sala de lo Constitucional y copar las instituciones de militantes o servidores político-partidarios.

Estas y otras decisiones cruciales para la transformación del país, como antes, están ahora en manos de los dirigentes de los partidos políticos. Puede ser una simple coincidencia, aunque ellos reafirman lo contrario. No hay relevos generacionales en los partidos y los que se intentan vender como tal no dejan de ser remedos o muecas mal hechas para seducir a los incautos. O simplemente se trata de jóvenes con viejas mañas.

Ahora que inicia 2013, nada sería más oportuno que la clase política del país entrara a una profunda reflexión sobre el rumbo que quiere imprimir al país, colocando como punto de partida el interés social sobre el particular, separando la ambición personal desbocada y reafirmando el compromiso con la democracia.

Sorprendan a sus correligionarios, a sus seguidores, sorprendan por una vez al país y alejen de ustedes mismos la amenaza de ser rebasados por la historia. Recuerden que la sociedad actual nada se parece a la de 1992.

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