Lo más visto

Meanguera del Golfo

El pueblo vive de espaldas a El Salvador y al Pacífico, escondido como caracol en la arruga de una piedra. Y si no fuera por la abrupta isla Pirigallo, los nicaragüenses podrían husmearlos desde las cimas de los volcanes de Cosigüina y San Cristóbal.
Enlace copiado
Meanguera del Golfo

Meanguera del Golfo

Meanguera del Golfo

Meanguera del Golfo

Enlace copiado
Existe un lugar en El Salvador donde no hay pandillas ni homicidios ni párroco. Cuenta con solo cinco vehículos. Y a pesar de su literal “aislamiento”, a veces se figura como un jardín recoleto.

Se llama Meanguera del Golfo, el único municipio insular del país. El más sureño, el más oriental, el más confinado. Es la suma de tres islas volcánicas habitadas por poco más 2,500 personas y muchísimos gatos y pelícanos: Pirigallo, Conchagüita y Meanguera. Esta última es la más grande y “poblada”. También es la más alta: uno de sus dos erosionados cráteres aruña los 500 metros de altura y –a pesar de sus fumarolas de vapor– permite cosechar algunos aguacates y formar la única laguna de este archipiélago. Esta laguna desaparece en verano, al mismo tiempo que los cactus que cuelgan de los acantilados se calcinan bajo un sol de justicia.

Al pueblo homónimo hay que hallarle su chiste. Es un montón de casitas, algunas muy agringadas, que trepan un cerro alrededor de una diminuta bahía en forma de concha donde siempre pernocta un puñado de lanchas de pescadores. Al igual que los pueblitos de las islas griegas, cada vivienda se conecta con otra a través de laberínticos pasillos de piedra. En casi todas se puede ver televisión por cable y un espectacular panorama hacia este enorme vestíbulo de agua salobre que es el golfo de Fonseca.

Las calles son empinadas y estrechas, algunas miden poco más de dos metros de ancho y suelen estar moteadas por bosta fresca o gallos. En contraste, otras tienen WiFi gratis, un señuelo para eventuales turistas. Pero a falta de ellos, es aprovechada por los isleños más jóvenes, que a través de sus tabletas y celulares suelen abstraerse de su aislamiento. Y sin ningún miedo a ser asaltados, ni siquiera por algún lugareño ahogado en aguardiente marca El Golfo. Se respira calma y olor a pescado frito.

El pueblo vive de espaldas a El Salvador y al Pacífico, escondido como caracol en la arruga de una piedra. Y si no fuera por la abrupta isla Pirigallo, los nicaragüenses podrían husmearlos desde las cimas de los volcanes de Cosigüina y San Cristóbal.

Esta ubicación recuerda las muchas incursiones piratas que sufrió, como la de los ingleses Francis Drake en 1579 y Thomas Cavendish en 1587.

El historiador Pedro Escalante Arce asegura que en 1684 volvieron a aparecer otros dos barcos ingleses al mando de los capitanes Edward Davis y Thomas Eaton. Y el terror se impuso. “Los habitantes de las islas huyeron antes de la destrucción de los pueblos de Santiago de Conchagua, San Ana de la Teca (ambos ruinosos en la isla de Conchagüita) y de Santa María Magdalena en Meanguera”.

Una de tantas incursiones piratas fue inmortalizada en 1689 por el francés Raveneau de Lussan en su “Diario del viaje hecho a la mar del Sur con los filibusteros de América en 1684”.

Los bucaneros dejaron sin ninguna edificación antigua a Meanguera. María Magdalena no es más su patrona. Es más, su iglesita católica podría ser la única del país que no tiene estatuitas. Lo que la isla conserva son algunos petroglifos precolombinos y la leyenda de que hay un tesoro enterrado en algún punto de sus 17 kilómetros cuadrados.

Los lugareños prefieren hablar de La Joya del Golfo, el único y elegante hotel de la isla. Pocos recuerdan que hace unos cien años se dedicaban a bucear y extraer perlas hasta que, según los isleños, la concha nácar empezó a extinguirse. También solían comerciar huevos y carapachos de tortugas de carey, hasta que les notificaron que están por “extinguirse”.

Las tortugas siguen llegando a la isla a desovar, sobre todo en las playas de película, del sur de la isla, acunadas por bosques y farallones. Cerca de allí, se está creando un vivero de tortugas, como maridaje entre turismo y medio ambiente. Los isleños ya clasifican su basura y tienen una máquina compactadora de plástico.

Además de las vistas al golfo, el verdadero tesoro de Meanguera es su gente. Esto lo atestiguó fray Alonso de Ponce en 1589, cuando iba de México a Nicaragua. En su bitácora anotó que los indios del golfo usaban unas canoas con remos y una especie de petate como cobertor cuando viajaban entre El Salvador y Nicaragua. En Conchagüita fue recibido “alegremente” con chocolate, gallinas, ostiones, pescado…

Las lanchas con cobertores y esa prestancia isleña continúan. El Salvador tiene estas perlas en el golfo, falta que un día le eche una buena mirada y las aprecie como merecen.

Tags:

  • meanguera del golfo
  • turismo
  • carlos chavez
  • playa
  • isla
  • el salvador

Lee también

Comentarios