Mejor que vos

De cuando en cuando surgen causas públicas en las que las masas, ávidas de oportunidades para alzar la bandera de la moral, surgen encantadas a dar todo tipo de opiniones, condenas, insultos.
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De cuentos y cuentas

Hace algunos años, Ligia María Orellana, una psicóloga que conocí a través de Twitter, me explicaba la tendencia que tenemos a exaltar nuestra propia virtud, con el triste recurso de señalar la falta de esta en otras personas.

Así, por ejemplo, señalamos las carencias morales, deslices, errores, ligerezas y una larga lista de etcéteras que vemos en otras personas, para podernos subir en un altar de superioridad que nos permite juzgar y ver de menos al resto, mientras los demás —principalmente las personas ante las que hemos hecho ver la falta de virtud de la otra— pueden admirar nuestras propias cualidades.

La moralina —la moralidad superficial y falsa— se nutre de este tipo de prácticas. Hablar más de lo que se hace. Señalar más de lo que se corrige en uno mismo. Criticar sin conocer. Criticar desde la distancia de los privilegios. Yo te critico porque soy mejor que vos.

En esta antítesis de la crítica constructiva hay un sinfín de matices, de nuevo, desde el que emite juicios sin malicia, pero sin conocimiento, hasta quienes desinforman y mienten premeditadamente para hacer quedar mal al otro. Los efectos, de la misma forma, pueden ser más o menos graves.

Como sociedad nos ha encantado desde siempre empacharnos con quienes creemos que se han salido de nuestro sistema de valores. Valores y principios, dos conceptos sumamente abstractos, subjetivos, variables, y que, sin embargo, tomamos como escritos en piedra y como leyes universales, y nos casamos con blancos y negros, con extremos, que estructuran los límites de nuestra propia tolerancia.

Y se impone, sí, el sistema de valores de la mayoría. Por eso las minorías de todo tipo continúan, en pleno siglo 21, sufriendo de discriminación, rechazo y mofas. Por eso que te digan “niña”, “maricón” o “peperecha” siguen siendo insultos.

De cuando en cuando surgen causas públicas en las que las masas, ávidas de oportunidades para alzar la bandera de la moral, surgen encantadas a dar todo tipo de opiniones, condenas, insultos y, en los peores casos, ataques y manifestaciones de violencia. El de Beatriz, joven con lupus a quien las autoridades de Salud recomendaron interrumpir su embarazo, fue uno de estos: la opinión pública la juzgó e insistió en decidir lo que sería mejor para ella y su bebé aún no nacido.

Pronto la artillería encontró otro blanco: “las 17”, como grupos proelección y organizaciones feministas han denominado a un grupo de mujeres condenadas por haber asesinado a sus hijos. Asesinado, según la ley, según el proceso que se les siguió, y según las condenas que están purgando.

Hay un debate fuerte sobre las circunstancias extremas en las que una madre puede ser la causante de la muerte de su hijo recién nacido, sobre la evidencia de que la depresión post parto es un detonante. También hay discusión sobre si fueron embarazos de término o si fueron abortos.

“Mató a su hijo, qué bárbara, ni las perras, que la maten a ella también”, es el tipo de comentarios que muchas almas piadosas repiten en foros, redes sociales y pláticas de pasillo cuando se habla de alguna de las 17. ¿Las conocen? No. ¿Saben los detalles de sus procesos? No. ¿Se habla de cómo quedaron embarazadas, de en qué ambiente dieron a luz, de cómo estaba su estado emocional y psicológico en ese momento? No, no, no. No hace falta, son asesinas, que se pudran en la cárcel.

Y es que para opinar de estos temas hay que bajarse del pedestal, hay que tener empatía, hay que informarse, hay que tener un poco de amor y piedad por el prójimo y dejar a un lado los prejuicios. Esos bebés murieron, es una gran tragedia, pero una tragedia en la que somos cómplices en una sociedad que no provee de una adecuada educación sexual a nuestros niños, ni de condiciones suficientes de salud reproductiva, ni de prevención y atención a los casos de abuso, ni de otro montón de factores que harían que estas y otras tragedias sucedieran menos.

Pero es más fácil, cómodo y bien visto condenarlas a ellas, y seguir igual. Total, nosotros somos mejores

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