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Memoria histórica indocumentada

Después de un drama de represión, las sociedades tienen derecho a saber la verdad con documentos fehacientes sobre lo ocurrido, es de justicia que las víctimas y los sobrevivientes conozcan en qué circunstancias acontecieron los aciagos incidentes y para eso es necesario tener registros que den fe sobre la verdad que subyace en algún rincón.
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“La masacre de la que no hay registro”, de Valeria Guzmán, reporta esa tendencia siempre a olvidarse de quienes sufrieron las fechorías del pasado, aunque a veces es adrede por intereses ocultos, esconder siempre es mala señal. En cuanto a los sucesos de 1932 en la ciudad de Izalco y demás pueblos del occidente alzados en armas, la información que pudiéramos encontrar es muy poca o nula, por la desidia de las administraciones municipales en custodiar celosamente los archivos, debido a la cultura de la ignorancia de los alcaldes. Las crónicas de un conflicto casi siempre son escritas por los vencedores, por supuesto a su conveniencia, generalmente manipulando la verdad y, si es posible, desapareciendo vestigios de excesos cometidos, con eso también se evita resarcir daños.

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