Memorias de una adopción

Metidos en una bolsa plástica, arrojados a la basura, encontrados, en hospitales, en aceras, en fosas sépticas, a la orillas de quebradas y hasta detrás de las llantas de camiones. Así han sido abandonados en El Salvador 1,761 niños y adolescentes desde 2005. Estos pequeños, cuando son rechazados por sus parientes biológicos, quedan privados de su derecho a una familia. Entonces, la adopción es la única vía que los puede alejar de un hogar de resguardo. Esta es la historia de una familia que decidió acoger a un miembro que no lleva sus genes.
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Incidencia.  Según registros del ISNA, cuatro de cada 10 niños abandonados son menores de tres años. A septiembre de 2012, registraron 391 niños entre cero y tres años.

Incidencia. Según registros del ISNA, cuatro de cada 10 niños abandonados son menores de tres años. A septiembre de 2012, registraron 391 niños entre cero y tres años.

Procedencia. San Salvador es el departamento donde se han abandonado más niños en los últimos ocho años. De 2005 a septiembre de 2012 el ISNA registró 566.

Procedencia. San Salvador es el departamento donde se han abandonado más niños en los últimos ocho años. De 2005 a septiembre de 2012 el ISNA registró 566.

Estadísticas. Entre los últimos  años, fue en 2005 cuando más abandonos registró el ISNA, con 328. Le siguen 2006 y 2011, durante ambos abandonaron a 253 niños.

Estadísticas. Entre los últimos años, fue en 2005 cuando más abandonos registró el ISNA, con 328. Le siguen 2006 y 2011, durante ambos abandonaron a 253 niños.

Memorias de una adopción

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San Salvador, mayo de 2005. Una pareja de ancianos decidió ver qué sucedía fuera de su casa. Era de noche y ambos escucharon que un sonido muy parecido al llanto de un bebé se colaba por entre las rendijas de su zaguán. En efecto, cuando salieron, encontraron allí a una criatura diminuta. El bebé lloraba y estaba envuelto en una frazada celeste. Quizá tenía hambre o frío, quizá las dos cosas.

Su equipaje era la suma de una pacha vacía, un jabón de olor y la mudada que llevaba puesta. Habría nacido pocos días antes. Y como sacado del guion de una telenovela mexicana, el bebé traía una carta manuscrita: “Soy la mejor amiga de la mamá de este niño. Ella está muerta y no tiene más familia. Yo no puedo mantenerlo. No tengo dinero. Por favor, cuídenlo”.

Conmocionada, la pareja de jubilados llamó a la policía. La policía interrogó al vigilante de esa zona residencial y este, en el alboroto, lo primero que hizo fue ir contar lo sucedido a los vecinos más cercanos, Luz y Pedro Hernández.

—¡Han dejado un niño en la casa de los señores García! –habría dicho el vigilante.

Luz y Pedro fueron a ver al bebé y –como ya habían hecho otros vecinos y policías– no dudaron en ofrecerle brazos y arrullos. Este salvadoreñito fue uno de los 328 niños que el Instituto Salvadoreño para el Desarrollo Integral de la Niñez y la Adolescencia (ISNA) registró como abandonados solo durante 2005. Desde ese año a la fecha, más de 1,760 niños, la mayoría menores de tres años, han tenido ese mismo destino.

Aquel bebé, el que fue abandonado en el zaguán, tuvo un efecto en Luz y Pedro Hernández, quienes años atrás habían estado considerando adoptar a un bebé. Ambos se preñaron con el deseo de que ese bebé fuera él. Tras un rosario de exámenes, papeleos y audiencias, pudieron convertirlo en el cuarto de sus hijos. En ese proceso, repararon en lo que la adopción puede significar en la vida de un ser humano que ha sido repelido por quien, durante varios meses, estuvo detrás de su cordón umbilical.

En El Salvador las adopciones parecen considerarse como el destino final y exclusivo de una pareja que, por diferentes circunstancias, no puede tener hijos. Desde esta perspectiva los adoptantes figuran como protagonistas. A los niños abandonados, a quienes con la adopción se les garantiza el derecho de pertenecer a una familia, se les suele rodear de paradigmas que rayan en la mitología: que si es hijo de un criminal, puede ser un problema para la familia; que si los genes y la sangre son más fuertes que la crianza; que si mientras más pequeños, más fácil “moldearlos”.

En nada de eso pensó Luz cuando sostuvo a ese bebé entre sus brazos. Hoy, casi ocho años después, lo que más recuerda es que le costó contenerse los deseos de amamantarlo.

San Salvador, mayo de 2005. El bebé envuelto en la frazada celeste siguió llorando. Luz lo arrulló hasta que llegó una patrulla de la Policía Nacional Civil (PNC).

—Señor agente, mi esposo y yo queremos al niño –no dudó en decir Luz, quien a pesar de tener tres hijos biológicos, desde hacía años venía pujando con la idea de adoptar a un niño.

—Mire, señora, nosotros tenemos que llevarlo al ISNA. Si quieren, síganos y arréglese allá con ellos.

Luz y Pedro le contaron a sus tres hijos –todos mayores de edad– sobre el niño y el instinto paternal que les había inspirado. “Váyanse con él. Nosotros vamos a ver dónde le compramos las cosas que pueda necesitar. Adoptémoslo”, dijeron con ese mismo impulso irracional. Luz y Pedro agarraron su carro y se fueron detrás. Llegaron hasta una delegación y los recibió el jefe de turno. Después de un interrogatorio para descartar “malas intenciones” en la pareja, les pidió ayuda para llenar el expediente del abandono del niño. Aproximó horas y acontecimientos en papel. Luego les hizo una pregunta que la pareja interpretó como una señal divina de que el niño sería su cuarto heredero.

—¿Y qué nombre le ponemos a este cipote, pues? Así cuando vengan los del ISNA ya van a tener cómo decirle.

—Pongámosle Daniel. Así queremos que se llame nuestro cuarto hijo –respondió Pedro, emocionado.

—Está bonito el nombre. Así que se llame.

San Salvador, enero de 2013. Están por cumplirse ocho años desde que Luz y Pedro Hernández decidieron adoptar a Daniel. Esta mañana de sábado, Luz está en la oficina de la pequeña empresa que fundó con su esposo desde hace algunos años. Permanece sumergida entre telefonazos y correos electrónicos.

En un momento de silencio –sin telefonazos–, Luz aprovecha para hablar de Daniel, quien está apunto de cumplir ocho años. Daniel y los nombres del resto de protagonistas de esta historia son ficticios. Luz ha pedido que se proteja su identidad y la de los suyos. Dice temer al enjambre de “prejuicios” que aún rodean a las adopciones en este país.

Cuando recuerda cómo llegó Daniel a su vida, se le inundan los ojos y la voz se le engola. Atribuye todo lo ocurrido a una intervención divina, y dice que ha sido una de sus más grandes bendiciones. Asegura que cuando el niño llegó al ISNA, ella y Pedro se fueron con él. Los atendieron dos mujeres, quienes desde un principio les aclararon que no se podrían llevar al niño. “La ley lo impide. Este niño se tiene que quedar con nosotros”, asegura Luz que les dijeron. La pareja, testaruda, buscaba una forma para llevárselo consigo. Dice que intentaron hacerlos desistir.

—¿Y si tiene alguna enfermedad grave? ¿Y si tiene retraso mental? ¿Y si tiene sida? –les advirtió una de las empleadas del ISNA.

Luz y el resto de su familia aseguran que se enfocaron en el pequeño, en su delgadez, en cómo tomaba su biberón con arrebato. En sus manos, dicen, le atisbaron unas marcas diminutas y rojas que parecían quemaduras.

—No nos importa. Queremos darle una familia –respondieron.

Tras esa insistencia, en el ISNA les explicaron que podrían solicitar ser para el bebé una familia sustituta. Eso, según sus leyes, es entregar a un menor de edad a una familia que se compromete a brindarle protección integral.

Con la jerga que utilizan los funcionarios en temas de niñez, Mario Mena, asesor de dirección y especialista en niñez del ISNA, dirá en dos días que un hogar sustituto es como otra habitación de alguno de los hogares de resguardo para niños abandonados. En lugar de que esté dentro del ISNA, está con una familia por un tiempo. Bajo esta figura, la familia no tiene ninguna potestad legal sobre el niño. El niño es una especie de huésped. “Es provisional. La familia sabe que no puede enamorarse de ese niño porque ese niño está ahí como acto de bondad y de generosidad”, afirmará. Hará énfasis en que el Comité de los Derechos del Niño de Naciones Unidas le hizo una observación a El Salvador por utilizar mal este recurso.

—Hemos tenido la mala práctica de toda la vida de ‘tómelo (como hogar sustituto) y después siga la adopción’. Ese es un fraude al niño –insistirá.

Sin embargo, también aceptará que ese fenómeno continúa repitiéndose hasta la fecha.

Luz y Pedro estaban convencidos de que podrían formar un hogar sustituto y en sus planes estaba que luego lo pedirían en adopción. Después de varios días y de una serie de charlas y pruebas, el ISNA determinó que Daniel estaría mejor con ellos. Desde entonces, aseguran que recibieron varias visitas “sorpresas” para evaluar si el pequeño estaba siendo bien cuidado.

Luz recuerda que cuando lo recibieron, Danielito todavía tenía esas marcas rojas en las manos. “Hasta pensé que lo habían quemado con algún cigarro”, comenta. Luego, un pediatra dijo que Daniel con seguridad había pasado hambre antes de haber sido abandonado. Y que, como instinto, se había estado chupado las manos hasta lacerárselas. “Los primeros días agarraba la pacha con ansiedad. Doblaba las manitas y apretaba los puños. Venía con miedos”, dice con la voz entrecortada.

El pequeño padecía de alergias y era intolerante a casi cualquier medicamento. Tras un vaivén entre consultorios privados, les hablaron de la posibilidad de que durante la gestación Daniel sufriera recurrentes amenazas de aborto. En sus intentos por establecer el vínculo madre-hijo, Luz le ofrecía los pechos que llevaban más de 18 años sin amamantar.

—No sé si me salía leche. Solo sé que el niño mamaba y que se tranquilizaba. Sé que con mi pecho compensé esos nueve meses que no lo albergué en mi vientre y le hice sentir que era amado y deseado.

La oficina de Luz tiene algunas fotografías de un niño delgado, moreno y de cabello negro y liso. En todas aparece sonriente. De entre los documentos y facturas que plagan el escritorio de Luz sobresalen algunas páginas llenas de pintura de colores. La más vistosa es una que dice en letras grandes “te amo, mamá”. Es uno de los últimos regalos que Daniel –el niño de las fotografías– le ha dado. Como estimulada por esa frase garabateada, decide ver en su computadora imágenes de algunos viajes que ha realizado con Pedro y Daniel.

Luego de que les entregaron a Daniel para que fueran su hogar sustituto, Luz y Pedro iniciaron los trámites de adopción lo más pronto que pudieron. En el ISNA iniciaron una investigación para determinar si Daniel podría ser adoptado. Les dijeron que investigarían hasta determinar si Daniel tenía o no algún pariente que pudiera hacerse cargo de él. Al mismo tiempo, los esposos solicitaron a la Procuraduría General de la República (PGR) ser candidatos para realizar trámites de adopción.

Fueron visitados por trabajadores sociales y junto a sus tres hijos mayores pasaron por una serie de análisis psicológicos. Luego, cuando pasaron todos los filtros, tuvieron que comparecer ante un juez de Familia. Después de varios meses el ISNA no encontró a la familia biológica de Daniel, así que Luz y Pedro lograron que pasara a ser legalmente su hijo. El proceso duró menos de dos años y Daniel fue uno de los 143 niños que se entregaron en adopción a padres salvadoreños en 2005, según la Oficina para Adopciones (OPA) de la PGR.

Sin embargo, no todos los procesos de adopción son tan fluidos como el de ellos. De acuerdo con Rosario de Barillas, encargada de la OPA, ha habido casos en los que un proceso de adopción tarda más de cinco años.

—¿Cuánto tiempo puede dilatarse un proceso de adopción?

—Es increíble que nosotros hemos tenido adopciones donde el niño tiene siete años de estar institucionalizado y la familia tiene siete años de estar esperando una adopción.

Según Barillas, uno de los principales obstáculos es que en el ISNA se tarde en poner a disposición a niños que puedan ser adoptados. “Si nosotros no contamos con una aptitud de adoptabilidad de un niño, no podemos accionar el sistema para proteger al niño a través de una medida permanente (adopción)”, agregó con voz dulzona hace tres días.

Aseguró que el paso de verificar si una familia califica para adoptar a un niño dura no más de tres meses y que, si los procesos se llevan en regla y sin trabas en la documentación, una adopción puede durar un año. En 2012, de 170 solicitudes de adopción que recibió la OPA –136 nacionales y 34 extranjeras–, se consolidaron 102 adopciones efectivas –82 nacionales y 20 extranjeras. “Los niños no son juguetes, no son mascotitas, no son un objeto que va a llegar a llenar algo que usted perdió. La adopción tiene que ser una decisión de amor, una decisión pensada”, hizo hincapié.

Y es a ese precepto de que un niño no puede considerarse mercancía que el ISNA atribuye la demora en determinar qué niños pueden ser adoptados. Manuel Carías, subdirector del área de Restitución de Derechos del ISNA, dirá dentro de dos días que el proceso de investigación para saber si un niño puede ser adoptado debe ser minucioso. “Tenemos que agotar todas las posibilidades y todos los recursos. Agotamos si hay tíos, si hay abuelos, hermanos u otro pariente que pueda servir como una red de apoyo... Solo cuando el derecho a crecer con una familia no es posible con su familia (biológica), entonces se emite la adoptabilidad”, afirmará.

Mencionará, además, que la investigación puede durar como mínimo cinco o seis meses. Incluso se puede llevar hasta dos años. “Un niño fue localizado en el municipio de San Salvador, pero tiene familia en oriente y occidente. Entonces, vamos a buscar familiares”, argumentará. Entre octubre y diciembre de 2012 el ISNA determinó que alrededor de 50 niños podían ser adoptados.

Resulta fácil deducir que los meses que pueda tardar la OPA en hacer sus diligencias con parejas que desean adoptar, más los que el ISNA puede llevarse en determinar si un niño es adoptable, más los que tarde el caso en procesarse en un juzgado de Familia pueden convertirse en años. Una pareja adoptante sin la fortuna de Luz y Pedro podría pasar mucho tiempo en la espera de un recién nacido. Hasta podría encontrarse con que, en la espera, se volvió muy vieja para que le permitan adoptar a un menor de un año –los adoptantes no pueden tener más de 45 años que el adoptado.

De los 1,761 niños y adolescentes abandonados que registra el ISNA desde 2005 hasta septiembre de 2012, solo han sido adoptados 1,027 durante las mismas fechas, según datos de la OPA. A los demás niños o les encontraron algún familiar que se hizo responsable o siguieron creciendo en alguno de los hogares de resguardo del ISNA. Quizá algunos hasta cumplieron su mayoría de edad y salieron al exterior sin haber tenido una familia. Como sea, hasta sus registros de diciembre de 2012, el ISNA sigue albergando a 522 infantes. Para Luz, por encima de cualquier cálculo estadístico, lo que hace falta es que haya más parejas que quieran adoptar.

—Yo no entiendo esa forma de pensar de muchas familias que tienen la capacidad de darle amor a una criatura y que se limitan. Es una ceguera voluntaria. Yo siento como que a mi hijo hubiera cargado en el vientre –dice.

Después de varios minutos, Luz deja de provocarse recuerdos con las imágenes en su computadora. Suena el teléfono una vez más. Contesta.

—Hola, amor... Sí, ya me di cuenta de que pintaste con lodo la pared. Recordá que te compré el barro para que hicieras tu proyecto, no ensuciés las paredes. Ok, ya voy a llegar a la casa... Sí, amor, decile a tu hermana que te ayude. Te amo.

Cuelga. Sonríe y mueve la cabeza de lado a lado. Reconoce el lado pillo de Daniel. Lo describe como un amante de los documentales de ciencias y animales, con madurez precoz e ingenioso. Pero esa expresión embelesada que le quedó después de la llamada se le escapa. Con la misma velocidad de un estornudo se pone seria. Acaba de regurgitar el momento en que tuvo que decirle que era adoptado.

—Mami, ¿y yo nací de tu pancita? –asegura Luz Bque le preguntó Daniel una noche de 2009, cuando tenía cuatro años.

Reconoce que, aunque se había estado preparando para el momento en que le tuviera que decir la verdad sobre su origen, sintió como que le habían tirado una baldada de agujas.

—No, mi amor, vos no naciste en mi pancita. Vos tenés dos mamitas. Y a la que te llevó en su pancita la llamó Dios y hoy te está cuidando desde el cielo. Después Dios te mandó hacia mis brazos para que te cuidara y te amara –recuerda haberle contestado. Ahora esa expresión seria parece a punto de desbordarse.

Daniel pasó llorando toda la noche. Dentro de unos minutos, Pedro, el padre de Daniel, dirá que toda la familia lloró con él cuando pedía estar dentro de “la pancita” de Luz. El llanto le volvía durante las noches, y todos en la casa –sus tres hermanos mayores y sus padres– se empeñaban en consolarlo de todas las maneras que se les ocurrían. Después de varios días Daniel logró aceptar que había sido adoptado. Ahora, luego de casi cuatro años, Daniel sigue haciendo alguna pregunta esporádica sobre sus orígenes.

La familia Hernández comulga con la idea de apoyar a Daniel si es que desea buscar sus raíces cuando crezca. Por ahora, aseguran, tratan de disfrutar cada etapa de ese niño que vieron por primera vez envuelto en una sábana celeste.

De la adopción solo saben los familiares y amigos más cercanos. Ante los demás, Daniel sí hospedó el vientre de Luz. Aun así, no se ha escapado de recibir algunos comentarios que desmeriten su maternidad en relación con el menor de sus cuatro hijos.

—Nunca creí y he confirmado que un niño adoptado no porque venga de otros genes va a ser un niño violento, menos un asesino en potencia. Todo depende de la educación y de los cuidados que un niño reciba.

Aunque falta una hora para que sea mediodía, Luz ha decidido suspender su trabajo e ir a ver a Daniel.

Una vez en su casa, lo encuentra jugando con su bicicleta en una sala amplia y tapizada de fotografías familiares. Daniel la recibe con un abrazo.

—Mami, ¿saldremos esta tarde? –le pregunta Daniel. Sesea. Tiene un par de huecos detrás de los labios porque no ha terminado de mudar la dentadura.

—Sí, amor. Cambiate que ya casi nos vamos.

Da un par de vueltas más dentro de la sala con su bicicleta y se va a su cuarto. Dentro de unos minutos los hermanos de Daniel dirán que el pequeño es justo la pieza del rompecabezas que le faltaba a la familia. También mencionarán que se organizan entre sus trabajos y demás responsabilidades para dedicarle tiempo. Asegurarán que, a pesar de que suele esconderles las llaves de los carros para seguir jugando con ellos, no se imaginan la vida sin “el pegostío”, como le dicen de cariño. También aceptarán que a veces se exceden y que lo consienten más de la cuenta.

Quizá del impacto por la noticia que le dieron esa noche de 2009, Daniel está siendo tratado por un leve déficit de atención. Sin embargo, los Hernández aseguran que el pequeño está progresando bastante bien y rápido. Pedro, su el patriarca, dirá que cada día Daniel lo sorprende con una pregunta diferente y más complicada que la anterior, casi siempre basada en los documentales que le gusta ver. Dejará claro que el hecho de que no haya participado en su concepción no ha afectado en absoluto el amor que le tiene. “No es como que fuera mi hijo. Es mi hijo”, remachará.

Están por salir de paseo. Luz no puede evitar recordar las veces que fue a uno de los hogares de resguardo de niños abandonados. Cree que, aunque ahí les puedan satisfacer las necesidades básicas, los internos siempre tendrán ese vacío que solo lo llena una familia.

—Si una persona mala tiene oportunidad para comenzar de nuevo, por qué no va a tener derecho a ese nuevo comienzo tanta criatura abandonada. Un niño necesita sentir la ternura de un abrazo que lo arrulle. Adoptar no nos hace menos padres.

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