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Meridiano 89 oeste

Con todo y a manera de introducción, esta columna es para ustedes que no se encuentran nítidamente ni dentro ni fuera de un país, no pertenecen a una sola comunidad ni se identifican o conceptualizan con una sola identidad.
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No sé cómo me di cuenta un día, hace poco, que las dos ciudades con las que más me identifico, San Salvador (El Salvador) y Madison (Wisconsin, en Estados Unidos), se sitúan en la misma línea cartográfica: el meridiano 89 oeste. Hasta ese momento no había encontrado otra cosa que uniera esas dos realidades fuera de mi propio cuerpo y mis recuerdos obstinados. Parece un detalle intrascendente, pero para una mujer que nunca ha podido contestar la pregunta ‘de dónde eres’ con menos de un párrafo confuso y arduo como manera de explicación, hay algo triunfante en esa afirmación geográfica.

Tampoco puedo recordar en qué viaje de regreso al país empecé a fijarme en el monumento Bienvenido a Casa. Pero sí que la idea de poder formar parte de una comunidad que trascendía la distancia me cautivó, solo que concebirme como un pariente que vivía separado no hacía lo suficiente para romper con los esquemas de ciudadanía y nación ni expresaba la fusión de esas dos realidades. Me identifiqué más con el cinismo de Horacio Castellanos Moya al describir la estructura de ese monumento como un “gigantesco mingitorio” que no le provocó nada más que ganas de orinar (“El asco”, 95).

Antes de conocer ese monumento, ya había construido mis propias metáforas para entender la experiencia de destierro. La primera que me sirvió mucho era compararla con la vida de una semilla que el viento se lleva y que no logra echar raíces. Por eso al casarme no sentía que tenía el lujo de otras mujeres en Estados Unidos de tachar su apellido y ponerse el del marido. Para mí, perder hasta el nombre habría sido cortar una última conexión con mi familia y con mi país.

Ya inmersa en la investigación de doctorado en El Salvador, me he identificado con imágenes de los árboles de Banyan en los templos de Angkor Wat, esos que echan raíces sobre rocas y ruinas. Siempre me ha impresionado la insistencia e ironía de esos árboles que para establecer una conexión vital con la tierra, hacen nudos insólitos y forjan caminos radicales.

De todos modos, en los últimos viajes al país me he dado cuenta de que existe una diáspora interna y que estar dentro no significa necesariamente que haya una identificación con el lugar. Fui conociendo a personas que tenían la mira en irse, en llegar a ciudades como Barcelona, Montreal, Houston, Chicago, Washington, D. C. o Nueva York. Los motivos eran diversos y todos válidos; se querían ir para reunirse con sus familias, por la falta de oportunidades que les ofrecía El Salvador, por la violencia o por una desesperanza más general.

Con todo y a manera de introducción, esta columna es para ustedes que no se encuentran nítidamente ni dentro ni fuera de un país, no pertenecen a una sola comunidad ni se identifican o conceptualizan con una sola identidad. Les ofrezco mis experiencias de irme, volver, salir y venir, formar parte y quedar fuera de, ser sin estar y volver a regresar. Les invito a participar en un acto simbólico de autorizar un espacio desde el que percibir, experimentar y escribir. En fin, el desplazamiento es un suceso casi ordinario de la experiencia humana. Así que bienvenidos a esta columna que narra desde el imaginario meridiano 89 oeste, ni dentro ni fuera

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  • madison
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