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Mi amigo Astvaldur Astvaldsson

Islandia, cinco veces más grande que El Salvador, está considerada la primera democracia del mundo: tiene parlamento desde hace mil años.
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Grata sorpresa me dio la selección islandesa de fútbol en la reciente Eurocopa. Pasó por encima de Eslovaquia, Hungría, Austria e Inglaterra. Previamente fuera de dicha competencia derrotó a Holanda y Turquía. Menciono esto no solo porque me gusta el fútbol, sino por el papel honroso de Islandia con un poco más de 300,000 habitantes, menos de los habitantes que tiene el departamento de San Miguel.

Esta proeza futbolística me hizo recordar a mi amigo islandés Astvaldur, a quien cariñosamente le llamo “el Vikingo”. Lo conocí en la Universidad de El Salvador (1998), cuando él la visitaba en su año sabático de la Universidad de Liverpool. Desde entonces he recibido varias pruebas de amistad de un islandés enamorado de El Salvador.

Experto en literatura centroamericana e hispana, Astvaldur me entrevistó en mi oficina de secretario de Cooperación Internacional de la universidad estatal. Su nacionalidad y excelente manejo del español llamaban la atención. Además, era el primer nacional que conocía de un país excepcional, aunque sabía de los vikingos como los primeros en llegar a América, muchísimos antes (año 1006) de Cristóbal Colón. Otro día me invitó al cafetín donde comía para hablar de la literatura salvadoreña. En la conversación supe que se había enamorado de una salvadoreña que trabajaba en el cafetín donde estábamos. Me presentó a María Elena.

Ya no nos vimos, pero intercambiamos correos electrónicos. Un día me escribió contándome que había viajado a Liverpool con María Elena. “Convivo muy feliz con mi salvadoreña que para mutuo bienestar he comprado una casa en Liverpool”. Un año después me hizo una visita de cortesía a mi casa, lo acompañaba nuestra compatriota. Conversamos y afianzamos más la amistad. Nos despedimos. Tiempo después recibí una triste noticia, su mujer había muerto de cáncer. Lo sentí mucho pues sabía el origen humilde de María Elena, quien al fin se sentía protegida ante la violencia social, joven de origen modesto y superviviente de los horrores de la guerra civil.

Pasaron pocos meses. Fui invitado a Valencia, España, para presentar una antología de cuentos. Aproveché la coincidencia de fechas para asistir al Congreso Internacional de Literatura Centroamericana (CILCA) con académicos de EUA, Europa y latinoamericanos, a celebrarse en Liverpool. El organizador por su universidad era un deprimido y triste Astvaldur Astvaldsson.

Como había sido invitado a varios congresos internacionales de CILCA, conocía a varios universitarios asistentes, entre otros estaba la doctora española Ángela Romero. Y se la presenté a mi amigo vikingo, quien nos invitó a su casa. Me sorprendió que la sala estuviera adornada con fotografías de la difunta y recuerdos de El Salvador. Nos despedimos del congreso no sin antes visitar la Casa de Lennon y la Caverna, el sótano desde donde los Beatles conquistaron el mundo musical. Nunca perdimos contacto con Astvaldur. Un día regresó a El Salvador, traía las cenizas de María Elena, me visitó en mi casa y decidí acompañarlo al funeral, las cenizas descansan en el cementerio de un pueblecito de La Libertad. Repuesto de su pena me expresó su deseo de investigar sobre mi poesía, que podía financiarlo la Universidad de Liverpool.

“Solo tengo tres libros publicados”, le digo. “Investigaré en revistas y periódicos de varios países”, me responde. Incluso visitó a mi madre en San Miguel, pues yo le había contado que ella tenía recortes de mi poesía de adolescente joven. Visitó la Biblioteca Nacional y bibliotecas de provincia donde le dije que estaban publicados mis poemas. Finalizó su investigación agregando una biografía de 100 páginas con algunos datos que yo había escondido en mi memoria, pero que estaban plasmados en entrevistas propias o realizadas a otros escritores.

Mi amigo vikingo terminó su investigación: “Poemas completos de M. A. 1956-2007”, y gestionó para que se publicara en Editorial Hispamérica (Maryland, EUA, 2007).

Siete años después (2014), en iniciativa con otras dos universitarias de EUA, decidieron editar algunos análisis sobre mi novela y poesía. Con las doctoras Linda Craft y Ana Patricia Rodríguez, esta última es salvadoreña cuyos padres la llevaron bebecita al país del Norte, y que me conoce de cuando impartí una cátedra en San Francisco State University. “Hago este curso para conocer a un salvadoreño que me hará saber aspectos de mi país de origen”, me dijo.

Los tres hicieron una selección de ensayos críticos escritos en universidades de Canadá, EUA y Europa. La obra se titula “De la hamaca al trono, crítica y análisis de la literatura de M. A.”, publicado por Universidad Tecnológica y Universidad Don Bosco.

Por último, hace dos semanas recibí por correo una novela: “En Islandia no hay árboles”, escrito por el nuevo amor de Astvaldur: Ángela Romero, que es una saga más de una Islandia que apenas conozco por Halldor Laxness, Premio Nobel 1955; y por “El cisne”, (Guodberger Bergsson, 1932), novela que me obsequió mi amigo Astvaldur. La obra me sorprendió por la similitud de contextos con dos de mis novelas, no obstante pertenecer a geografías contrapuestas. Explicable porque al universo humano no le importan diferencias.

Islandia, cinco veces más grande que El Salvador, está considerada la primera democracia del mundo: tiene parlamento desde hace mil años. Cuenta con el Premio Nobel mencionado y con una cantante capaz de imitar el canto de los pájaros, Bjork Guómunsdóttir, elogiada mundialmente por su originalidad.

Hace siglos Islandia (Iceland, territorio de hielo) estuvo unida a Groenlandia por los hielos. Por ello la superficie cultivable es solo el 1 %, aunque con páramos de vegetación, lagos y glaciares que suman el 87%. Tampoco hay árboles originarios, de ahí el título de la novela de Ángela Romero. Lo demás es nieve y fuego con 200 volcanes activos.

País de pescadores, ahora productor de tecnología, cada islandés lee un promedio de 40 libros anuales, y tiene un 99.9 % de alfabetizados. En los últimos 70 años, después de ser de los países más pobres de Europa, ocupa el primer lugar mundial en desarrollo humano. Clave: educación y cultura, fuente nutricia de amor patrio verdadero, de progreso social y desarrollo

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