Lo más visto

Más de Revistas

Mi centro histórico

Prefiero pasar detrás del vehículo a morir exigiendo mi derecho de circulación. Existen las rayas pero no la seguridad.
Enlace copiado
Mi centro histórico

Mi centro histórico

Enlace copiado
Opinión

Escribiviendo

Me picaba la mano, o los pies, por volver al tema de caminar por las calles de San Salvador y comentar con respecto al derecho no escrito de algunos motorizados dispuestos a atropellar a cualquier cristiano, aquellos que convierten las vías en autopistas, sea un bus destartalado o una garnachita, creyéndose todos pilotos de Fórmula 1.

Esto enlaza con el uso de las pasarelas y una anécdota de la que soy protagonista, vinculada a estas. Me ocurrió la semana pasada. Y fue esta anécdota la que me dio la oportunidad para insistir en esta columna sobre las experiencias peatonales, sobre el Centro Histórico y sobre las llamadas pasarelas.

Antes había tenido el primer intento de escribir de la temática, al leer el año pasado una pancarta que decía: “No seas terco, subite a la pasarela”; dicha pancarta estaba en la pasarela que atraviesa la Juan Pablo y la alcaldía municipal. Tres días después la habían quitado, alguien dio un buen consejo y ya no tuve motivo para mi columna.

Bueno, lo que me pasó la semana pasada es un cuento largo. Unos amigos costarricenses me pidieron con urgencia un ejemplar de “Cuentos de cipotes”, de Salarrué. Pregunté a varias editoriales y nada. Decidí entonces visitar la “calle de las librerías”. Es entendible por qué se llama así. Estas fueron las respuestas cuando preguntaba sobre la obra: “¿Cuentos de cipotes? se está burlando de mí”. O bien: “¿De quién es?”. “De Salarrué”. “No; de ese señor no tenemos nada”. Las vendedoras más inteligentes fueron diplomáticas: “Se nos agotó”.

En resumen, no existe en las librerías esa joya de la literatura salvadoreña, que debería leerse en todas las aulas del país, ni siquiera en edición pirata; al fin y al cabo la necesidad obliga a buscar refugio en la “cultura” ilegal. Acto seguido pensé en Segunda Lectura, en donde venden libros usados y está ubicada en la avenida Monseñor Romero, cerca de la alcaldía, a cuadra y media. Tampoco tenían el libro.

Cuando regresaba de esta librería, pese al tráfico temerario, decidí no subir al armatoste llamado pasarela, por una promesa que le he hecho al Salvador del Mundo; aunque con esa falta se corre el peligro de justificar al homicida temerario. Si no, veámoslo: un comisionado policial al preguntarle por una anciana atropellada afirmó: “Le pasó por no subirse a la pasarela”. Otros son más benignos: “Al que no se suba le caerá multa”. Y muchas perlas más que hacen parecer normal que un energúmeno al volante aplaste a las personas, sin importar si es lisiado o adulto mayor. El Estado tiene mucho que ver para que los dinosaurios de metal se supriman de la ciudad. Además, la multa es inconstitucional, pues en todo esto hay trato indigno al ciudadano. Ver el artículo 1 de la Constitución.

Muchos no están de acuerdo y me comentan: “Don Manlio, ya no insista, nosotros pedimos usar las pasarelas a nuestros estudiantes, el problema es que no estamos acostumbrados a respetar los semáforos, ni hay cultura automovilística de respetar zonas de seguridad”. Les respondo que en las grandes megápolis no existen pasarelas, en Manhattan, Buenos Aires, o Santiago de Chile, o en Costa Rica o Panamá, y las primeras tres ciudades mencionadas tienen más habitantes que en todo El Salvador.

Continúo para no hacer larga la anécdota chistosa que anuncié al principio. Estaba atravesando la avenida Juan Pablo, al frente había seis agentes municipales. Me paran, me registran, me piden credenciales. Educados, me consta. Me dicen que he cometido un atentado contra mi vida, por no subirme al tiranosaurio metálico, o porque no usé la zona de seguridad. Quebranté las ordenanzas municipales, me dicen. Uno de ellos hace la esquela, y aprovecho para una clase magistral a los otros: “Si me voy a esa zona segura, es peor en caso de que el color rojo se encienda y me tome a mitad de la calle”. Hay que santiguarse para que un bólido no se lleve de encuentro al peatón. “Soy enemigo de las pasarelas, son indignas para la ciudadanía y deben destruirse”. Y respecto a las “cebras” en las esquinas, les explico que en mi trabajo de cronista paso varias veces por estas zonas, y las rayas blancas siempre están invadidas por los vehículos.

Sigo explicando para ahorrarme la multa: un día me atreví a decirle con gestos a un automovilista que retrocediera, que me dejara pasar, me vio con ojos inyectados de balas. No volví a repetir la experiencia, prefiero pasar detrás del vehículo a morir exigiendo el derecho a mi circulación peatonal. Existen las rayas pero no la seguridad.

En el Centro Histórico no hay tales ordenanzas municipales, las aceras están ocupadas por vendedores y se debe caminar por las cunetas. No solo yo, la gente camina en fila india en la cunetas.

Si amamos el patrimonio cultural histórico debemos modernizar la circulación vehicular y peatonal; administrar mejor la justicia para evitar tragedias, como la del busero que arrolló a una señora ante cientos de espectadores y cámaras. Es difícil que las leyes u ordenanzas controlen a los jenízaros.

No tengo vocación suicida, pero me apropié del centro de San Salvador y será difícil dejarlo. Como novelista urbano, la ciudad histórica me alimenta. Veo la vida con otro cristal. El oficio de cronista obliga a conocer los riesgos que corre el otro ciudadano común, el de a pie.

Final feliz: encontré “Cuentos de cipotes” en Obras Completas de Salarrué, fui a la casa que las ha editado. Volviendo a estas obras me pregunto: ¿por qué se les desconoce? ¿Y Masferrer? ¿Y Gavidia? Por lo menos, este último plasma su nombre en varios edificios. Como en San Miguel que hay dos teatros “Gavidia”. Pero no basta, hay que leerlo. La cultura transnacional nos absorbe, es cierto, pero por eso debemos contar con credenciales que nos representen, valores que, pese a dramas del pasado, no debemos borrar: la ternura, la humildad, la sensibilidad ante el prójimo. Fuentes de convivencia. Cualidades que se identifican con nuestras raíces originarias.

Tags:

  • Manlio Argueta
  • pasarela
  • Centro Historico
  • San Salvador
  • Salarrue

Lee también

Comentarios