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Mi tía Consuelo Suncín

El hambre de mundo que impulsó a Consuelo Suncín a ser una de las figuras salvadoreñas más conocidas en el exterior en el siglo XX no le impidió el contacto con su familia. Su única sobrina en primer grado, Mireille Escalante Dimas, conserva varias de las cartas que le dirigió, en las que se muestra una faceta humana, en las que incluso deja traslucir su soledad. En Armenia, su ciudad natal, su recuerdo es pálido, algo que se vuelve entendible en un país acostumbrado a no velar por el recuerdo de sus ciudadanos más célebres.
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Hay pocas obras tan famosas como “El principito”, publicada en 1943 por el francés Antoine de Saint-Exupéry y traducida a más de 250 idiomas y dialectos. Y desde principios de siglo a esta parte, el nombre de la salvadoreña Consuelo Suncín, esposa del autor e inspiradora de la historia, ha comenzado a formar parte del imaginario colectivo de El Salvador, como un motivo de orgullo de un país no tan acostumbrado a las buenas noticias.

Al personaje, que tuvo contacto con lo más granado de la intelectualidad latinoamericana y europea de la primera mitad del siglo XX, se le ha descrito de muchas formas, pero la mayor parte de estas coincide en definirla como una seductora, más por la magia de sus palabras y su imaginación que por su belleza física, también celebrada.

“Sherezade tropical” la llamó el poeta guatemalteco Luis Cardoza y Aragón. Tras salir de su natal Armenia, en Sonsonate, hacia San Francisco, California, cuando apenas había alcanzado la mayoría de edad, recorrió mucho mundo, como una gran aventurera que se adelantó a su tiempo.

Pero Consuelo no solo fue arrojo vital, hambre de novedades. También fue una mujer unida a su familia, a la que, sin embargo, solo vio cuatro veces después de su salida del país en 1919. Así lo muestra su sobrina, Mireille Escalante Dimas, hija de su hermana Ana Dolores, mientras sostiene en sus manos una de las tantas cartas que su tía le envió desde Francia. Mireille no tiene en su partida de nacimiento el "Suncín" porque Escalante-Dimas era el apellido compuesto de su padre. En su DUI, sin embargo, se lo modificaron a "Escalante Suncín".

Esta es su residencia en Ciudad Merliot, donde guarda los pocos tesoros que han quedado de su familia, como estos manuscritos, luego de que lo demás se perdió cuando la casa familiar en Armenia se derrumbó tras los terremotos de 2001. La carta jamás se había hecho pública y ni siquiera fue incluida en el libro que Mireille publicó sobre su tía en 2005, del que ya no quedan copias.

La misiva, escrita en un papel semejante al vegetal, contiene un dibujo que recuerda a aquellos que han servido para ilustrar “El principito”. Este, sin embargo, es un retrato de la propia Mireille en sus años mozos, hecho por Consuelo a pura imaginación, a puro recuerdo de su visita en 1962, cuando la ahora doctora Escalante Dimas era una adolescente de 17 años.  

“Mireilla, quise hacer tu retrato, pero no me salió. No te conozco bien. Este es un dibujo. En las líneas principales está mejor. Yo hubiera pasado mi vida dibujando”, comienza la carta. Lo último es una especie de reproche.

Artista.  Consuelo expuso su trabajo en algunas galerías de París. La imagen de arriba es de una celebrada en 1960. La acompaña su sobrino Édgar Valle Suncín (fallecido en 1968), fruto del segundo matrimonio de Dolores, hermana de Consuelo. Mireille Escalante Dimas es hija de terceras nupcias.

Consuelo hubiera querido ser una artista plástica de grandes alcances, un sueño que comenzó a perseguir en su viaje a San Francisco, donde estudió pintura y escultura. Pero eso nunca terminó de cuajar. Lo suyo fue hechizar con sus historias, aderezadas con mucho de lo que después se conocería como realismo mágico.  

Como de “un talento torpe y fácilmente borrable de la memoria artística”, describe a su trabajo en la pintura y la escultura la crítica francesa Fabienne Bradu, quien celebra otras facetas de su personalidad, como su capacidad para contar, lo que quedó patente en el prólogo escrito para la edición española de “Memorias de Oppede”, la única novela publicada por la salvadoreña. Mireille continúa recreando las palabras de su tía.

“Creo que Édgar se está aclimatando en casa. Dios haga que le llegue un poco de alegría. Aquí no quiso estudiar mucho. Me da pena, pues ya veo que él comprendió que solo una vez se tienen 20 años. Creo que está seriecito. Tú le debes ayudar”, dice Consuelo en su misiva. Y la persona a la que se refiere es a Édgar Valle Suncín, hermano de Mireille, a quien Consuelo llevó consigo a Francia en su visita a El Salvador de 1952, para que estudiara y conociera el mundo que ya era suyo.

El resultado no fue el que la señora esperaba, pues Édgar, según afirma Mireille con un poco de vergüenza, se dedicó a todo menos a formarse. La señora lo trajo consigo en su siguiente arribo, 10 años después, harta de lidiar con un familiar que nunca le fue dócil.

La casa de campo.  Al fondo está la propiedad de Consuelo en Grasse, heredada de Enrique Gómez Carrillo. Consuelo es la segunda a la izquierda, de blanco. El primero a la derecha es Édgar Valle Suncín, quien vivió con ella 10 años.
 

—En esa época era así como ahora –dice Mireille– los que se iban antes se llevaban a sus demás familiares para que ellos pudieran tener una vida mejor. Pero él no quiso, siempre fue un poco rebelde, ya hubiera querido yo tener esa oportunidad –comenta, acomodándose las gafas para continuar con la lectura.

En la carta Consuelo se queja porque en la capital francesa no ha podido terminar un asunto de negocios con una editorial y ya tiene que volver a su casa de campo en Gasse, la que le era propicia para sus padecimientos de asma. Afirma que no le quieren pagar su trabajo por adelantado, por lo que amenaza con no hacer ningún esfuerzo por escribir.

En un arranque de vulnerabilidad, Consuelo le dice a Mireille que es una afortunada por ser una jovencita y todavía ser mantenida y protegida por sus padres, algo a lo que la “rosa del principito” renunció apenas tuvo oportunidad.

Consuelo salió del país gracias a su audacia y al nombre de su padre, el coronel Félix Suncín. Consiguió una beca en audiencia privada con el entonces presidente provisional de El Salvador, Alfonso Quiñónez Molina, según lo sostiene el escritor Francisco Mena Guerra en “Consuelo Suncín y su vida anecdótica”. Ella tenía 18 años.
Antes de partir.  Consuelo cuando tenía 18 años, antes de salir hacia San Francisco. La foto pertenecía a Juan de Dios Galán, fallecido en 2015.
 

Más adelante en la carta, Consuelo expone a su sobrina su tristeza, su dolor porque a una de sus amigas, a quien simplemente identifica como María Berta, le han dado un diagnóstico demoledor: le quedan apenas dos semanas de vida. Quizá sintió su propia mortalidad reflejada en una de sus contemporáneas.  “Ya no sirvo para gran cosa, ando cansada”, escribe Consuelo.

El tono de la misiva cambia pocas líneas adelante, y se pone juguetón para hablar de su empleado favorito de entonces, y presunta última pareja, el español José Martínez Fructuoso, Pepe, el mayordomo y jardinero a quien legó todos sus bienes al momento de morir. Nada material quedó para su familia de aquello que le había correspondido como viuda de Antoine de Saint-Exupéry.

Consuelo manifiesta que a Pepe se le han subido sus privilegios a la cabeza, pues sale sin avisar a dónde por muchas horas. Lo ha trajeado, dice, de forma elegante, por lo que es el trabajador mejor vestido de todos los que trabajan en su círculo de amistad.

“Es gordo y no habla francés. Parece mudo. Telefoneo y tengo que hacerlo yo solita. Pero más vale arrear al macho que llevar la carga, ¿verdad, hija?”, escribe Consuelo, como una especie de guiño para su sobrina.  

Mireille interrumpe la lectura para recordar la última vez que su tía visitó El Salvador. Fueron 15 días en 1974, en los que siguió el mismo itinerario de sus anteriores llegadas: tras bajar del avión y descansar en un inmueble de la familia en la capital, viajó a la casa de su hermana menor, Amanda, en Armenia, para finalmente hospedarse en un hotel en el lago de Coatepeque, uno que le atraía porque, debido a su naturaleza volcánica, le servía de tratamiento contra su asma, padecimiento que la llevaría a la muerte cinco años después.

Mireille, entonces, conoció al famoso Pepe. Era alto y guapo, con una prestancia que rebasaba a la de un mayordomo común. Su tía se esmeraba en que luciera apropiadamente, como para que no desentonara en un gran salón, aunque estuviera realizando tareas domésticas.

La vio, dice, ponerse histérica con su empleado cuando este se apareció con una corbata roja para completar su vestimenta. José, inmediatamente, corrió a su habitación para ponerse una azul cielo, para el beneplácito de Consuelo. La música del idioma francés ocultó la altisonancia de la orden.

A pesar de esta actitud, comenta su sobrina, Consuelo también le guardaba un profundo respeto. Un día a Mireille se le ocurrió que era buena idea llevar a Pepe a un restaurante a Los Planes de Renderos, para que él le colocara la silla y la sirviera como lo hacía con su tía. Le planteó la idea y Consuelo se puso roja de la cólera: Pepe no podía servir a nadie más que a ella.

Mireille ríe ante lo jocoso de la anécdota. Pero las cosas vuelven a ponerse serias al leer la carta. Consuelo, la mujer que toda la familia admiraba por su valentía, que había logrado codearse con grandes del arte y la literatura en Europa y Latinoamérica, quien fue esposa de Antoine de Saint-Exupéry y consiguió su sueño de convertirse en una noble, guardaba entonces un vacío en su corazón.

“Estoy triste, hija mía, y me siento sola”, remata Consuelo al final de su misiva, una de las que con mayor cariño guarda su única sobrina en su residencia de Merliot.
 
***
 
Armenia es el pueblo  natal de Consuelo Suncín, ese donde modeló sus primeros sueños. Pero su presencia aquí es, cuando menos, escasa. No hay un solo monumento oficial que la recuerde y el único sitio donde se puede observar algo que haga referencia a su figura es un mural pintado hace tres años por artistas de la localidad en la casa del fallecido Juan de Dios Galán, un telegrafista reconocido como el historiador de la localidad.

Mientras estuvo vivo, era la memoria oral de sus grandes personajes, entre las que se incluye Consuelo Suncín. Junto al mural se colocó uno de los versos de Galán, también poeta: “Armenia fue inventada con un beso”.

Para ver más cosas relacionadas con la salvadoreña hay que ir a la Casa de la Cultura. Pero aquí también es escaso el material destinado a su memoria: solo unos banners y afiches diseñados por los propios encargados de la casa, Victoria Reyes y Nicolás Hernández, conforman toda la colección. El único que tenía material documental era Galán, pero, afirman, no saben qué ha pasado con este, pues la familia del historiador ha preferido guardarse sus tesoros.

En Armenia la figura de Consuelo palidece frente a la de su contemporánea Carmen Brannon, mejor conocida como Claudia Lars. Así lo demuestra el hecho de que en la alcaldía pueden encontrarse, ya separados, los documentos correspondientes a la poeta y que en el parque hay un monumento en el que se ha esculpido su busto.

También la enorme diferencia que existió en la participación de un reciente concurso de poesía dedicado a la figura de ambas mujeres: mientras en el caso de Consuelo se inscribió una veintena de jóvenes, en el de Claudia se llegó casi a los 100, por lo que fue necesario hacer eliminatorias preliminares.

“Ahí vimos el peso de las dos, la diferencia que existe en el reconocimiento”, dice Victoria. Pero eso no se traduce en un mayor esmero por conservar el legado de Claudia Lars: la casa donde nació y pasó su infancia y su juventud no está dedicada a su memoria. Hace unos años fue la sede del partido FMLN, hoy trasladada a otro sector del pueblo, como lo explica Nicolás, quien se ha ofrecido a servir de guía para ir a ver los lugares que hacen referencia a Claudia y Consuelo.  

En la actualidad la casa natal de Lars es el local de una tienda comercial, dedicada a vender artículos varios, como un potente equipo de sonido en que ahora suena el éxito reguetonero “Si tu marido no te quiere”, de Ozuna, Arcángel y Farruko.

La casa corrió mejor suerte que el inmueble que fue el hogar de Consuelo, pues ninguna pared quedó en pie después de los dos terremotos de 2001. Por esos días, recuerdan los lugareños, también llovió con insistencia. No es extraño, por tanto, que las cajas que guardaban las cartas de Consuelo Suncín a su hermana Amanda y demás familiares hayan desaparecido.


La casa natal.  En la primera imagen está el terreno donde Consuelo pasó su infancia. En la actualidad está rodeado de un conjunto de láminas. De la casa solo se conserva el piso. En la segunda foto está el inmueble antes de derrumbarse producto de los terremotos de 2001. Era una construcción con 100 años de antigüedad. En este sitio también pasó Consuelo su tiempo en sus cuatro únicas visitas a El Salvador luego de salir hacia San Francisco.
 

De la casa solo se conserva el antiguo piso. Ahora permanece amurallada por una serie de láminas. Adentro hay otra edificación del mismo material, que le sirve de resguardo a los nuevos propietarios del terreno, que se muestran accesibles para dejar a los visitantes observar este hogar.

“Decía don Juan de Dios que, cuando él era pequeño, con los demás niños acostumbraban venir a ver a las muchachas, que brillaban por su belleza. Eran recibidos por la madre de ellas con una bienvenida de agua caliente”, dice Nicolás, a manera de broma.

En el pueblo todavía hay familiares de Suncín. Sin embargo, se han vuelto reacios a hablar de su pariente. Desde que su nombre adquirió relevancia, sobre todo gracias al ruido generado por el libro escrito por Abigaíl Suncín, una lejana sobrina de Consuelo, han preferido desligarse del privilegio. Temen que hacer patente su orgullo se traduzca en el acoso de las estructuras delincuenciales que operan en la zona.

En el cementerio de Armenia está la tumba de casi toda la familia cercana de Consuelo. Ahí están su madre, Ercilia Sandoval, y su padre, Félix Suncín Mónchez; sus dos hermanas, Dolores y Amanda, y su sobrino Edgardo, el mismo que tantos dolores de cabeza le dio en su paso por Francia. Tras eso tuvo una modesta carrera como diplomático, con trabajos en países cercanos, como Honduras.

En la misma tumba también está una inscripción que Consuelo mandó a hacer para su madre en su segunda visita a El Salvador, en 1952. La primera fue para su muerte, en 1938, cuando aprovechó para llevarse consigo a Amanda, que no duraría mucho en el Viejo Continente.

Consuelo estaba afligida porque sus hermanas no habían hecho nada especial para su progenitora y pagó porque hicieran ese detalle. En la tumba los nombres son poco legibles, a excepción del de Dolores, custodiado por uno de sus nietos.

Los restos de Consuelo nunca fueron expatriados: están en el cementerio Père Lachaise, junto a los del guatemalteco Enrique Gómez Carrillo, su segundo esposo, del que quedó viuda antes de casarse con Antoine de Saint-Exupéry.

La última morada.  Consuelo fue sepultada en el cementerio Père Lachaise en París, Francia. Murió el 28 de mayo de 1979. La fecha del nacimiento está equivocada: la real es el 16 de abril de 1901, en Armenia, no San Salvador.
 

De nuevo en la Casa de la Cultura, su encargada, Victoria Reyes, habla de planes, proyectos a futuro para promocionar las figuras de Claudia Lars y Consuelo Suncín. Pero les falta el dinero que la alcaldía no tiene destinado a los temas culturales, pues el presupuesto asignado por la Secretaría de Cultura apenas les sirve para funcionar.

“Nos parece importante dar a conocer a estas dos mujeres, porque hay bastante desconocimiento en torno de ellas. Algunas personas, cuando se les está hablando de las dos, vienen con la idea de que se trata de una sola persona, que Claudia Lars es el nombre verdadero y Consuelo Suncín el seudónimo. Nos falta mucho por hacer”, comenta Reyes.
 
***
 
Mireille es la única sobrina  en primer grado de Consuelo Suncín. Algo que se puede afirmar sin reparos porque ella misma se ha tomado el trabajo de documentarlo: tomó la partida de nacimiento de su madre (Dolores), la de su tía y la suya para presentarse ante un juzgado como la única heredera en El Salvador de la “rosa del principito”.

“Declárase heredera definitiva y con beneficio de inventario”, dice el documento extendido por el Juzgado de Primera Instancia de Armenia el 30 de marzo de 2004. Es la única que ha podido demostrar su parentesco, a diferencia de Abigaíl Suncín, quien, sin embargo, es la más reconocida por su labor de difusión de la labor de Consuelo.


Se trata de un título simbólico para Mireille, pues su tía, salida del país en 1919, jamás tuvo propiedades en El Salvador. El único derecho que podría hacer efectivo es el de pedir una repatriación de sus huesos, lo que no está dispuesta a hacer. Le basta con haberle hecho saber al mundo que sangre de una condesa corre por sus venas.

Mireille toma el legajo de cartas que le quedaron como único recuerdo de su tía. Y se detiene en una, fechada en 1967. Ahí, Consuelo le manifiesta su preocupación porque le han informado que sigue estando tan pasada de peso como cuando la vio en 1962, y le explica que puede tratarse de un problema con las glándulas. Le recomienda hacerse un examen llamado metabolismo basal. Incluso le habla de un médico en San Salvador al que puede acudir y le ofrece mandarle dinero.

“Siempre que me mandaba dinero lo hacía envuelto en un poquito de papel carbón, porque le habían dicho que así no lo detectaban y no se lo robaban. Siempre me llegó. Me encanta que ella, que apenas me vio y estaba tan lejos, siempre guardó un poco de su preocupación para mí”, comenta Mireille, alegre por la anécdota.

Sin embargo, acepta que en su mente a su tía siempre la cubrió un halo de misterio, como si en su persona existiera un lugar que a ella siempre le estuvo vedado.

Su única verdadera confidente, dice, fue su tía Amanda, quien decidió quedarse en Armenia para vivir soltera. Fue la única que residió junto a Consuelo en París, aunque hasta 1939, pues el soplo de la Segunda Guerra Mundial la hizo buscar un lugar más seguro que Europa en El Salvador.

Mireille, nacida en 1945, recuerda lo relatado por Amanda en referencia a esos años, la escasez de alimentos y un asco casi instintivo que le quedó por las pastas, que, según Mireille, nunca volvió a probar en su vida: era lo único que comían cuando las ciudades francesas comenzaron a ser sitiadas por el ejército alemán.

La propia Consuelo retrataría esta etapa en su novela “Memorias de Oppede”, dedicada al pequeño pueblo del sur de Francia al que huiría después del armisticio de 1940, que entregaría, en la práctica, el Gobierno francés al ejército nazi. Se trataba de una suerte de utopía, donde un grupo de artistas decidieron que seguirían creando mientras la sangre se derramaba en Europa. Al salir, en 1940, en dirección a Nueva York, donde la esperaba su esposo, prometió escribir su historia.

Lo hizo patente en 1944 y envió el primer borrador a Saint-Exupéry al indeterminado lugar donde estaba. El autor la felicitó por la calidad del relato y prometió escribir para este “el prefacio más bello del mundo”. Eso no ocurrió, pues el avión de Antoine desapareció en el Mediterráneo el 31 de julio del mismo año.  

Ahora, Mireille se levanta de su silla, con la dificultad que le representan sus 72 años. Mira el título que cuelga de su pared, que la certifica como doctora en Derecho, carrera que ejerce hasta hoy. Con una mano limpia una telaraña intrusa que contrasta con la limpieza del resto de objetos. Lo mira y pasa la mirada por las demás cosas que ocupan esta sala, casi todos relacionados con su tía Consuelo.

“Es posible que no haya destacado en aquello para lo que me preparé, que no sea un nombre ilustre dentro de mi familia. Pero me alegra continuar hablando de aquella que es el sol de nuestro firmamento. Tal vez, quién sabe, ese era mi destino”, dice Mireille mientras arregla uno de los retratos de su tía Consuelo Suncín de Saint-Exupéry.
 

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