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Milagros de la edad

Faltaba poco para que amaneciera y ya no se escuchaban por ninguna parte, ni siquiera desde las lejanías más presentes en la nostalgia, los cantos de los gallos que nunca faltaron en los amaneceres de la infancia campesina. Ahora quizás habría que ir a buscarlos a Facebook, donde todo es posible y se oye cualquier sonido, por inverosímil que parezca.
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Pero aquel día un pálpito sin origen conocido estaba naciéndole en el rincón más visitado de su conciencia. Tal sensación coincidió matemáticamente con el primer rayo de Sol que se colaba por un desgarro de la cortina que tapaba su única ventana. Fue hasta ahí, apartó la tela, con cuidado para que no se siguiera rasgando, y miró hacia el callejón que estaba allá abajo, a tres pisos de donde él se hallaba. En el callejón todavía vagabundeaban las sombras, aunque algunas figuras reconocibles se desplazaban entre ellas, ya en las primeras faenas del día.

Entonces, y como la cosa más natural del mundo, surgió de uno de los extremos del callejón una carreta tirada por bueyes que llevaba en su cama un montón de sacos del carbón que procesaban en las estribaciones del volcán vecino. Nadie parecía ser el conductor de la carreta, salvo el candil que pendía de una estaca amarrada en uno de los extremos. Y para completar la escena, empezó a cantar un gallo perfectamente afinado en algún corral invisible de los entornos.

No pudo evitarlo: bajó corriendo las escaleras que llevaban al nivel del suelo, y ya ahí buscó las imágenes que acababan de despertarle remembranzas tan vívidas. Nada. El callejón estaba oscuro y solitario como siempre a esas horas. Bueno, no todo se había perdido. Si la nostalgia podía hacer de las suyas al menos en algún momento, quedaba esperanza de que lo recordado pudiera volver a flotar en el aire, como los trapos lavados que colgaban de los alambres.

Entonces descubrió, como una lección perfectamente aplicable a su propio destino, que el aire y el tiempo hacen cabuda para servirle de plataformas al milagro. El milagro de estar aquí, que es el más grande de todos.


BROMA DEL
CALENDARIO

Era viernes, sábado chiquito. Y al pulsar esa tecla mental recordó que había quedado con Tania en chatear con ella en cuanto la claridad solar se hiciera presente por cualquier rendija. Promesa de varios días antes, que aún se hallaba pendiente, porque él era de los que apuntan sin anotar.

Pues bien, la claridad ya estaba ahí, jugando al escondelero con las sombras huidizas que venían de ser dueñas y señoras de la noche.

—Hola, Tania. ¿Qué tal dormiste?

—Sola, como siempre.

—¿Y eso qué es: un reclamo o una invitación?

—Sos un lépero, como decía mi abuelita.

—No entiendo.

—Ah, pues te le voy a decir en guanaco de siempre: un cabrón.

—Tampoco entiendo, jajá. Pero entonces, ¿qué? ¿Quedamos?

—¿Dónde nos vemos?

—En la puerta de tu casa.

—Mi casa no tiene puerta, así como vos no tenés cerebro.

—Entonces vas a tener que estar preparada para todo.

—¡Me encantan las sorpresas, bicho sin imaginación!

Pasó el día, sin otra novedad que los ruidos ensordecedores de un par de manifestaciones sindicales que trastornaron el tráfico por todos lados. Él en sus trabajitos en el Juzgado de Familia y ella en sus clases de cosmetología avanzada.

Por la tarde, cada quien al vagabundeo respectivo. Y así llegó de nuevo la noche, que podía ser como ambos quisieran. Él entonces recordó que le había ofrecido a Tania algo fuera de lo común. Ella vivía en un condominio antiguo y casi deshabitado con escaleras para emergencias, y él había venido observando los accesos posibles, por cualquier cosa. Y ese era el día señalado. Se las ingenió para ascender sigilosamente y así llegó hasta la pequeña veranda penumbrosa del apartamentito de Tania.

Se colocó en una esquina que no era visible desde adentro, salvo que se corriera la chirriante hoja de vidrio. Y entonces activó su celular para que surgiera de él lo que había preparado. Sí, en alto volumen, una canción navideña de las tradicionales, aunque ni por sombra coincidían las fechas.

Adentro se oyó un alboroto de pasos. Tenía que ser Tania, porque previsiblemente no podía haber nadie más. Ella descorrió la cortina y se asomó. El entonces se dejó ver, sonriendo con picardía:

—Si estabas aburrida, ya podés dejar de estarlo, porque esta noche es Noche Buena y mañana Navidad… Jijijí.

Tania pareció asustada de pronto, pero tal reacción sólo duró un par de segundos, porque de inmediato se irguió como una deidad en posesión de sus derechos:

—Ay, mi chulis, me prometiste una sorpresa, pero yo me adelanté para que aprendieras a no dejar nada para después, porque las mujeres somos impacientes por naturaleza en las cosas del amor, sólo acordate de la que llaman nuestra madre Eva…

Se volvió hacia adentro e hizo el gesto de llamar a alguien. Lo que apareció fue un adolescente en ropas menores.   

Ahora la canción navideña seguía sonando entre risas y pujidos.


VITRAL DE
MEDIANOCHE

El automóvil, un Studebaker de los años cincuenta que aún era utilizable medio siglo después sin necesidad de ningún cuidado especial, iba avanzando tosigosamente pero sin muestras de cansancio extremo por la carretera de tierra bordeada de colinas resecas y de pequeños valles baldíos. Era bien entrada la noche, y en el cielo sí había una fertilidad luminosa impresionante.

De pronto, sin embargo, la máquina comenzó a dar señales de quebranto, y llegó el momento en que se detuvo con una especie de intenso suspiro que parecía brotarle de la interioridad más profunda. El conductor, un hombre ya mayor que quién sabe por qué razones se atrevía a transitar por aquellas soledades, hizo un ligero e inútil intento por revivir la energía motora. Entonces se bajó del vehículo y observó lo que le rodeaba. Ninguna señal de vida en los entornos visibles. ¿Qué hacer?

Unos minutos después estaba caminando hacia ninguna parte, a paso lento como era su costumbre para no forzar las disminuidas coyunturas. De seguro faltaba mucho para que comenzaran a asomar las señales del alba, y no había más que seguir hacia donde llevara el camino, ojalá hacia alguna construcción que pudiera hacer las veces  de albergue.

Si alguien hubiera podido observar a aquel transeúnte fuera de lugar de seguro le habría parecido un zombie desorientado. Y quizás en verdad era algo así. Entretanto, la carretera iba volviéndose un trazo sinuoso, hasta el punto que resultaba indistinguible lo que vendría unos pasos adelante. Así apareció de pronto aquella cabaña rodeada por una empalizada irregular.

Se detuvo ante la puerta falsa y no vaciló en avanzar hacia adentro. En realidad, no era una vivienda sino un establo. Fue entonces a revisar todos los rincones, para constatar lo que le decía con medias palabras su memoria ya balbuciente.

Era un establo, sí, pero con una extraña reminiscencia de museo.

—¿Hay alguien aquí?

Tenía que preguntarlo, para atar imágenes.

Y al oírse la pregunta se iluminó la pared posterior, casi derruida, y en su lugar apareció un vitral espléndido. El Nacimiento del Señor. Se tambaleó y cayó de rodillas, mientras la mula y el buey observaban con atención de testigos, y las tres figuras humanas adquirían el volumen de los seres comunes…

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