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Miles de refugiados encallan en Hungría ante las trabas policiales

Las familias pagan billetes a Austria pero los agentes les prohíben subir a los trenes. Esta semana, además, apareció el cadáver de Aylan, un niño de tres años, en las costas turcas. Viajaba con su familia hacia Grecia y el destino final era Canadá, un país que meses antes le había negado el refugio.
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Miles de refugiados encallan en Hungría ante las trabas policiales

Miles de refugiados encallan en Hungría ante las trabas policiales

Desesperación.  Migrantes cruzan por la fuerza el alambrado en la frontera entre Macedonia y Grecia cerca de Gevgelija.

Desesperación. Migrantes cruzan por la fuerza el alambrado en la frontera entre Macedonia y Grecia cerca de Gevgelija.

Miles de refugiados encallan en Hungría ante las trabas policiales

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La imagen del cadáver diminuto de un niño sirio al que las olas depositan en las costas turcas se clavó en la retina de los europeos como símbolo del drama migratorio. Esa huella gráfica de un naufragio que costó la vida al menos a otro niño –también fotografiado– y a una decena de adultos condensa la gravedad de un fenómeno que está sacudiendo al continente. Más de 23,000 inmigrantes que lograron cruzar el Mediterráneo han arribado a las costas griegas en la última semana. Se trata de un 50 % más que en los siete días anteriores. La UE busca medidas de emergencia ante una crisis que desborda a sus dirigentes.

La desesperación que conduce a lanzarse al mar huyendo de la guerra queda plasmada en esa foto del pequeño sirio al que las autoridades turcas encontraron sin vida en la playa de Bodrum. La barca en que viajaba naufragó cuando trataba de cruzar la estrecha franja que separa Turquía de la isla griega de Lesbos.

El destino de los dos niños hallados muertos en la playa ilustra un drama extendido: dos millones de menores sirios viven como refugiados en otros países, según datos de UNICEF. Aunque la mayoría está en territorios vecinos, cada vez son más las familias que deciden llevarlos consigo hacia Europa. Un tercio de los migrantes que desembarcan en Grecia, principal punto de entrada de los sirios, son mujeres y niños, apunta la organización de la ONU. El niño se llamaba Aylan. Y su familia había solicitado por la vía legal asilo como refugiados en Canadá, país que se los negó, lo que les llevó a iniciar su mortal travesía desde Bodrum.

¡Fuera!” Con esta palabra y un despectivo movimiento de mano, un policía húngaro rubio y fornido prohíbe a una familia siria –en la que hay un bebé de pocos meses– subir al tren con destino Viena (Austria) para el que habían comprado el billete. Miles de familias que hace días cruzaron a Hungría desde Serbia han sido destinadas a otros campos de refugiados alrededor del país a los que deben llegar en 48 horas, pero no quieren ir. Pernoctan en las estaciones de tren de Nyugati y Keleti que se han convertido en auténticos campamentos, a la espera del próximo tren que les saque de Hungría y les lleve “al primer pueblo alemán”, señala un paquistaní que acaba de recoger unos zapatos donados en un puesto improvisado de la única ONG presente, Migration Aid. “Son 45”, señala la voluntaria. “Da igual, me servirán”, contesta feliz el inmigrante, que usa 43.

María, una joven voluntaria, señala que su misión es explicarles en inglés dónde tienen que dirigirse. “El único papel que les dio la policía en Röszke (localidad en la frontera con Serbia) está en húngaro y ellos, obviamente, no lo entienden”. Por eso, muchos piensan que se pueden ir sin más y en realidad tienen que trasladarse al centro que tienen asignado en 48 horas. “No quiero más campamentos, huelen muy mal y están sucios”, señala una mujer, madre de tres niños. De no llegar a su destino dentro de esos dos días, estarán violando la ley y “podrían tener un problema serio”, explica otra voluntaria de 23 años que no quiere dar su nombre. El Gobierno del ultraconservador Viktor Orbán agiliza una decena de reformas antiinmigración por las que si la autoridad intercepta a un inmigrante en situación irregular o fuera de su centro asignado en el horario de toque de queda –normalmente las 22:00– podría ir a la cárcel hasta tres años.



El grupo de voluntarios intenta sin éxito convencerles de que en estos campos “estarán bien”, pues su integridad física peligra si permanecen en las calles. “Cada vez hay más gente que rechaza a los inmigrantes en este país”, señala Esther. Pero son demasiados meses de viaje y miles de dólares invertidos en atravesar fronteras como para esperar meses a obtener, o no, el asilo. A Ibrahim, de Siria, le quedan “aproximadamente unos $130” y se irá en taxi si hace falta hasta la frontera con Austria. El negocio de este transporte se empiece a fraguar en la puerta de la estación de Keleti –desde donde parten los trenes internacionales–, donde grupos de cuatro personas se van subiendo, muy poco a poco y con discreción, a los taxis amarillos de la capital húngara para que les acerquen un poco más a su destino final: Alemania. Los más jóvenes, sin embargo, examinan los huecos entre vagón y vagón donde creen que podrían esconderse.

Las mafias que trafican con los inmigrantes están creciendo en Hungría. Hace dos días, 71 cadáveres de inmigrantes y refugiados fueron hallados en el interior de un camión abandonado en Austria, muy cerca de la frontera con Hungría. Los presuntos traficantes, dos búlgaros y un afgano, fueron detenidos al día siguiente. El viernes, dos personas –presumiblemente de nacionalidad rumana– fueron detenidas en las inmediaciones de Röszke, en la frontera entre Hungría y Serbia, por intentar trasladar en el interior de un camión a un grupo de inmigrantes. “Ahora no tengo dinero encima pero iré a Western Union (empresa de envió de dinero internacional) y entonces veré cómo salir de Hungría”. A., de Karachi (Pakistán), primero intentará subir a uno de esos trenes con destino Viena, si no lo consigue, pagará un taxi para que le saquen de Hungría. “Mis amigos se han comprado billetes para Viena tres veces. Y las tres, la policía les ha echado de la plataforma”, explica. El primer ministro Orbán tiene también previsto implantar una pena de hasta 10 años de prisión para aquellos ciudadanos que trafiquen con inmigrantes y refugiados.

El tráfico de personas es uno de los múltiples frentes que la comunidad internacional quiere erradicar. Pero no solo. Yven Pascoas, experto en migración europea del European Policy Center (EPC), explica que hay que cambiar la forma de vivir la inmigración. “No es un problema de política interna, es un tema global”, señala. Pascoas sostiene que la definición para dar asilo es muy escueta y que “obviamente” existen nacionalidades como la somalí, la nigeriana, la bangladesí y la paquistaní que “también deberían optar al asilo, pues en sus territorios también hay conflicto de una forma u otra”. El propietario de una tienda en Islamabad dice que ha “aprovechado” este masivo flujo migratorio para huir de su país. Es “por motivos religiosos”, susurra. Se convirtió del islamismo al cristianismo y en Pakistán se sentía “amenazado”.

A pocos metros y en medio de todo el alboroto de la estación de Nyugati, un trío de musulmanes extienden sus alfombras en dirección a La Meca (Arabia Saudí) para comenzar uno de los cinco rezos del día. La misma escena se veía también en los márgenes de las vías del tren que hace días les sirvieron de guía para llegar a Hungría.

Ni en Nyugati ni en Keleti hay rastro de las autoridades húngaras. Son los voluntarios –este sábado estaban también los españoles Meli, Sergio y María– los que se encargan de que cada persona llegue a su destino correcto sin violar la ley. “Tenemos también traductores al árabe y al hurdu”, explican. Absolutamente todo, incluido el transporte de una estación a otra, lo gestionan entre los vecinos de Budapest y algún turista como Sergio que ha decidido invertir un día de vacaciones para echar una mano y conocer el problema “más de cerca”

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