Monseñor

Imaginamos que quizás querían ropa de cama. Nos sorprendió la petición que hizo casi la totalidad de los ingresados: que Monseñor Romero les diera una misa.
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Opinión

Gabinete Caligari

Jacinta Escudos

Aquella mañana me despertaron los pájaros. Unos pájaros que cantaban de manera preciosa. En el entresueño, me sorprendí. No había escuchado pájaros en aquella ciudad. Mucho menos en el 7o.° piso del edificio donde vivíamos. Era temprano, tanto que aún no clareaba. Volví a dormir, con un sentimiento extraño por el canto de aquellas aves.

Luego, al levantarme, escuché las noticias en la radio. La noticia fue cruel en su brevedad: Monseñor Romero había sido asesinado la tarde anterior, de un tiro en el corazón.

Tenía poco más de una semana de haber llegado a Berlín occidental, estaba deprimidísima porque no sabía muy bien qué significaba aquel exilio obligado e impuesto por mi padre, odiaba el frío y me irritaban una serie de circunstancias familiares que estaba viviendo. Y entonces aquello.

Monseñor Romero fue parte de mi vida gracias a que en el colegio católico en el que estudié, él era una presencia constante. Nos visitaba con frecuencia, nos dio misa en muchas ocasiones y más de alguna vez nos impartió charlas de orientación religiosa.

Era muy común para nosotras, las alumnas, verlo caminar por los pasillos del colegio y detenerse a conversar con nosotras, a escuchar nuestras tonterías de adolescentes y a darnos palabras de aliento y entusiasmo en cuanto a los estudios. Pero sus palabras nunca fueron regaños o reprimendas anticipadas, como las que nos decían otros curas que, por eso mismo, no se ganaban nuestra simpatía y mucho menos nuestra confianza. Monseñor Romero transmitía una sensación de familiaridad y naturalidad que nos permitía acercarnos a él, bromear con él y no sentir miedo ni rechazo, a pesar de todo el respeto que le teníamos.

Tengo muchos recuerdos de él, pero compartiré dos: el primero, cuando visitamos el Hospital de La Divina Providencia donde (¡cómo nos lo íbamos a imaginar en ese momento!) sería asesinado meses después. El colegio exigía a sus alumnas, como trámite de graduación de bachillerato, un trabajo social de 100 horas en alguna institución pública. Como parte del programa visitamos varios lugares, como salas cunas, hospitales y asilos.

No recuerdo exactamente la circunstancia, pero fui de las primeras en llegar. Habíamos tres o cuatro alumnas, muy temprano en la mañana. Él nos recibió en la puerta de la capilla, hablamos sobre el servicio social, bromeó con nosotras un rato. Recuerdo el jardín, su sonrisa, y sus disculpas porque no iba a poder atendernos personalmente, pero debía realizar otras tareas. Nos quedamos con una de las monjas que nos hizo el recorrido por todo el hospitalito.

Ese servicio social lo hice en el asilo Sara, el asilo de ancianos, aunque también albergaba gente abandonada desde que eran niños y habían crecido allí. Era una mezcla de psiquiátrico con asilo de ancianos. Es uno de los lugares más impactantes que he conocido en mi vida. No sé en qué condiciones estará actualmente, pero en 1979 era un lugar lúgubre, sucio, abandonado y triste, muy triste.

Para Navidad, los jóvenes que estábamos haciendo el voluntariado les preguntamos a los ancianos con los que se podía conversar (porque varios otros habían perdido la razón) que qué querían de regalo. Imaginamos que quizás querían ropa de cama o un almuerzo especial. Pero nos sorprendió la petición que hizo casi la totalidad de los ingresados: que Monseñor Romero les diera una misa.

Pensamos que era una petición difícil de cumplir porque nos imaginamos que Monseñor estaría muy ocupado, sobre todo para esa fecha. De todos modos hicimos la gestión formal correspondiente y esperamos una respuesta. A los pocos días la recibimos: Monseñor Romero nos confirmó que daría la misa el mero 24 de diciembre, al mediodía.

Aquel 24 arreglamos la capilla del asilo para el evento. Barrimos, llevamos flores, arreglamos el altar descolorido y opaco. Los viejitos comenzaron a llenar el local desde temprano, emocionados, ansiosos. Al mediodía, todos los viejitos que podían movilizarse estaban en la capilla o en el pasillo principal esperando a Monseñor.

Se hicieron las 12 pero Monseñor no aparecía. Pasaron los minutos, la media hora. Comenzamos a sospechar que ya no llegaría. No queríamos ni pensar en la decepción que se llevarían los viejitos si Monseñor no llegaba. No teníamos “plan B”. Comenzamos nada más a rezar porque todo saliera bien.

Casi a la 1 de la tarde, apareció un carrito. Monseñor Romero venía con un ayudante. Antes de que se bajara, corrimos a encontrarlo. Monseñor se deshizo en disculpas por la tardanza y nos explicó que se había atrasado por otros compromisos, pero que no quería dejar de saludar a los viejitos del asilo.

Cuando Monseñor Romero entró a la capilla, los viejitos estallaron en aplausos. Cuando terminó la misa, todos se acercaron a saludarlo, a tocarlo, a pedir su bendición. Monseñor Romero, con infinita paciencia y generosidad, escuchó a todos, bendijo a todos y se pasó otro buen rato conversando con aquellas personas, muchas de las cuales habían sido olvidadas hasta por sus propias familias. Para todos, Monseñor tenía una palabra de ánimo. Fue, sin duda, una de las misas más emotivas a las que he asistido en mi vida.

Al fin, Monseñor se despidió de nosotros porque tenía otros compromisos que cumplir. Entonces comprendí por qué había llegado tarde al asilo. Si así era recibido en todos lados, imagínense.

Esa misa en el asilo Sara fue la última vez que lo vi. Exactamente tres meses después, lo mataron.

En alguna actividad en la que mencioné haber conocido a Monseñor Romero, una muchacha muy joven se me acercó y me dijo, emocionada, que me tenía envidia, porque lo había conocido. Fue hasta ese momento que comprendí el inmenso privilegio que fue, que es para mí, el tener esos recuerdos de Monseñor. El haberlo podido conocer en vida, aunque fuese de manera pasajera.

Su transformación espiritual, su entrega, su vivencia de la fe, su generosidad, su alegría, tocaron a miles de salvadoreños. Yo soy, simplemente, una más de las que fue tocada por su luz. Rindo testimonio.

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