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Nadie merece tan poco

El país tampoco ha podido incluir en su sistema previsional a los campesinos, un tema que se discute actualmente en Colombia. En El Salvador, que un trabajador del campo tenga AFP es un mal chiste.
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Hubo una época en que tuvimos esperanza, una vez como pocas en la historia de El Salvador. Quizás la única. Fueron los días posteriores a los Acuerdos para el fin del conflicto armado en 1992, hace más de 24 años. En esa ocasión, en medio de la fiesta y de la incertidumbre, se pensó que tal vez todo podría cambiar, que el país por fin iba a tomar buen rumbo después de la turbulencia que representaron los años del conflicto armado y sus años previos; que la reconstrucción sería una época distinta.

Al menos un par de optimistas lo pensaron como una posibilidad, más la gente en el campo, que fueron los que más sufrieron la guerra y el desplazamiento. Hace unos meses me pidieron que recordara esa época. La Sociedad de Agricultores de Colombia me invitó a un conversatorio con periodistas colombianos sobre el posconflicto. La actividad fue en Ibagué, una cálida ciudad en el departamento del Tolima con cierto parecido a San Salvador. Ahí me pidieron que les resumiera los años de la posguerra y lo que pasó con las ilusiones que se crean tras la firma de unos acuerdos de paz.

Fue imposible ser positivo. La agricultura, uno de los temas centrales del conversatorio, no es una apuesta seria –como ninguna apuesta productiva en realidad– para el país. En ese sentido, los Acuerdos de Paz implicaron la creación del Programa de Transferencia de Tierras (PTT) para desmovilizados de la Fuerza Armada y del FMLN. El programa fue finalizado en 2000 (duró ocho años). Pero la baja rentabilidad y el pobre acceso al crédito, tecnología y canales de comercialización afectaron la utilización de esas tierras.

Y después, bueno, el Instituto Salvadoreño de Transformación Agraria (ISTA) se vio implicado en una serie de penosos casos de corrupción, que ya son conocidos por todos, y donde terrenos que tuvieron que ser para campesinos de bajos recursos terminaron otorgándose con base en intereses políticos. Actos que son comunes en todas las esferas del Estado, y que han emanado desde el mismo despacho de los distintos presidentes de la República.

El país tampoco ha podido incluir en su sistema previsional a los campesinos, un tema que se discute actualmente en Colombia. En El Salvador, que un trabajador del campo tenga AFP es un mal chiste. Un aspecto que es tan básico en cualquier sociedad que busca integrar a la gente que vive de la agricultura. Pero aquí eso no importa. Ni hablar de otro tema ampliamente discutido como la disparidad entre los salarios en el ámbito urbano y el rural. Algo totalmente injusto y una burla tal como si el trabajo en el campo fuera algo de segunda categoría.

Este es El Salvador rural después de 24 años de la firma que puso fin al conflicto. Después de cuatro gobiernos bastante mediocres, el sector agrícola camina empujado por sus ciudadanos en el exterior y su propia voluntad. Camina entre el flagelo de la violencia y el desarraigo. Camina con la excusa favorita en estos días: no hay recursos suficientes.

Y dinero hay, pero prefieren invertirlo en otras cosas. Sus prioridades son renovar flotas de vehículos o la construcción de oficinas más ostentosas. Según ellos porque se lo merecen, ¿cómo es posible que los diputados o jueces se transporten en carros viejos? Lo demás puede esperar. Hace poco fui a Chirilagua, San Miguel, y duele ver a niños desnudos corriendo y jugando a la orilla de la carretera del Litoral. Son los mismos cuadros de siempre. Es una espiral interminable que está triturando a estas nuevas generaciones que nacen en lo rural. Nadie se merece tan poco

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  • programa de transferencia de tierras
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