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Necesitamos terapia

“La gente no está dispuesta a asumir el dolor del otro, con lo que ya tienen es suficiente”, me dijo recién alguien.
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OPINIÓN (Desde acá)

Me gusta cuando callas

*Periodista salvadoreño

Estamos en el cine, en una sala que parece salón de conciertos por el brillo de decenas de celulares con dueños sordos. En la pantalla, que a ratos pierde el sonido, dos adultos se encuentran sumergidos en una conversación densa, sin ningún atisbo de comedia o ironía. Hay más humor en los contornos de una sala de velorio, les aseguro, pero nada más alejado de lo que estamos presenciando en esa pantalla, donde el señor McGregor se parte por buscar a su esposa (en la película) tras el tsunami que golpeó el hotel tailandés donde recibió el 2004. Al principio no lo creemos, pero desde las butacas de abajo, porque estamos sentados hasta arriba, escuchamos risas, al principio tímidas, pero que después pierden cualquier pudor.

Estamos en el teatro, viendo “Incendios”, una obra dramática que retoma el horror de la guerra. La explicación debería bastar pero vale la aclaración: era un drama, no una comedia. No eran pocos los que escudriñaban los movimientos de los actores (o sus parlamentos) para ver si se podían reír. Y lo hicieron muchas veces, créanme, pese a que en las tablas una mujer se enfrentaba, en un tribunal, al hombre que la había violado.

Estoy frente a la computadora, un día cualquiera: el viernes de esta semana, a finales de diciembre, antes del 8 de marzo de 2012. Da igual, siempre es lo mismo. Me torturo leyendo los comentarios que algunos lectores dejan en notas que cuentan homicidios. En los homicidios con pandilleros involucrados. Se podrían resumir en uno: quémenlos a todos. Muy pocos de los que escriben dicen haber sido víctimas, de alguna forma, de las pandillas. Eso, claro, no debería importar. Me ha quedado rebotando uno en el lóbulo derecho: “Ya no hay tiempo para dejar a la población sola, debemos actuar ya con huevos de guanaco, como Atlacatl lo hizo. Las pandillas no entenderán con ‘santuarios’, no se debe negociar, démosle plomo o se forma la guardia nacional”.

Estoy en el penal de Ciudad Barrios, hablando con un pandillero que pronto terminará su condena por homicidio. Le pregunto si está listo para salir a las calles, para reinsertarse en la sociedad, lo que carajo eso signifique. Me dice que puede trabajar como carpintero, haciendo muebles o mesas o marcos para títulos universitarios. Le pregunto si eso es todo, si no ha intensificado sus sesiones con el psicólogo del equipo técnico de la cárcel. Me dice que ahí nadie los trata. Otro pandillero que está cerca complementa: “Nadie nos evalúa, aquí estamos mezclados homicidas, ladrones con psicópatas”. El primero, después de pensarlo un tiempo, dice que sí, que sería bueno que alguien los tratara de la cabeza.

Muchos de los que han llorado por la renuncia de su Santidad (¿así se dice?) celebran la aparición del héroe mediático Pablo Díaz para reírse un poco en estos días tan calamitosos. Hay algunos más conscientes del reclamo emocional, que asisten juiciosos a los estadios para una terapia de bajo costo: lanzamiento de orines o la novedosa lucha grecorromana con los agentes de la UMO.

“La gente no está dispuesta a asumir el dolor del otro, con lo que ya tienen es suficiente”, me dijo recién alguien que respeto mucho. Se refería a la necesidad de reírse hasta de la desgracia más cruel. A eso, claro, habría que sumarle otro montón de asuntos sin resolver, traumas y un sinfín de duelos sin tratar. Hablamos de la guerra y nos salen sapos de la boca. Del Barcelona y del FAS y nos aventamos piedras. Claro que necesitamos terapia, nomás necesitamos seis millones de psicólogos.

PD. Aclaro que lo anterior se basa en estrictas observaciones empíricas, nada del estricto rigor científico de mis otras columnas.

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