Nina Álvarez, fulgor y raíz

Nacida en Nueva York, la documentalista de origen salvadoreño Nina Álvarez ha conseguido hacerse de un espacio en la demandante industria audiovisual estadounidense. Ganadora de varios Emmy y parte del equipo de una cinta nominada al Óscar, la artista se confiesa muy cercana a El Salvador.
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Cuando Nina Álvarez todavía era una niña en el Bronx, Nueva York, El Salvador era una especie de nebulosa, a pesar de que cada año de esa primera mitad de los setenta lo visitaba en los veranos junto a su familia. En ese entonces, no había muchos salvadoreños en Nueva York.

Sus otros compañeros que en la escuela hablaban español, los puertorriqueños, le decían que El Salvador estaba en la Isla del Encanto, y ella lo creyó. No sabía que sus raíces se ubicaban mucho más al Sur, en una tierra llena de volcanes y donde en unos años explotaría una guerra civil.

Su madre se lo aclaró cuando cumplió ocho años y la necesidad de conectarse con esa nación se encendió desde entonces. Y se hizo más fuerte con las noticias de bombas y hermanos matando a hermanos que le llegaban desde las fotografías de Larry Towell y Susan Meiselas, ambos de la agencia Magnum. Imágenes en blanco y negro que privilegian el paso de la vida cotidiana en medio del conflicto.

Fue por eso que el primer trabajo para el que usó una cámara, cuando tenía 19 años y estaba en la New York University, fue sobre El Salvador, más específicamente sobre comunidades rurales repobladas en Chalatenango, en 1990. Fue su primer contacto profesional con el país de sus padres y con esa nube cuyo signo es la desmesura, la guerra.

Se trata del primer punto de una carrera que la ha convertido en un nombre propio en la televisión de Estados Unidos, una que, al menos desde la pasada década, vive una época dorada, tanto en la ficción como en los documentales.

Nina ha sido la merecedora de cuatro premios Emmy, tres por sus coberturas noticiosas para la cadena NBC News y uno más por su trabajo como field producer en el documental “Which Way Home” (2009), dirigido por Rebecca Camissa bajo la sombrilla de HBO.

Este mismo trabajo estuvo nominado a un Óscar en la categoría de mejor largometraje documental en 2010, año en el que se impuso “The Cove”. El trabajo sigue a dos niños hondureños en su camino hacia Estados Unidos a bordo de La Bestia. El trabajo rompió el corazón de la Academia al mostrar el desgaste físico y psicológico de dos seres que apenas acaban de comenzar su vida y se lanzan a lo desconocido. Fue uno de los primeros trabajos sobre el fenómeno realizado para público exclusivamente estadounidense.

Para esta cinta, la neoyorquina estuvo encargada de realizar toda la investigación previa y dirigir las filmaciones en el campo. En 2013, otro premio se sumó a sus vitrinas. Se trata del Peabody, considerado el Pulitzer del periodismo televisivo, por su trabajo en el cuarto capítulo del ambicioso proyecto “Latino Americans”, “Los nuevos latinos”.

Su trabajo en la actualidad parece seguir la temática de este documental de seis horas: los inmigrantes de Estados Unidos, un elemento revolucionario en el panorama cultural estadounidense. Su último trabajo (en medio de eso se convirtió en madre) fue un corto documental, “Field of Promise”, resultado del seguimiento por dos veranos de una familia indígena en Oaxaca, que migra a trabajar a los campos de California y Oregón. Es, dice, una manera de reivindicar la figura del migrante en los tiempos del precandidato presidencial Donald Trump.

“Me encantaría una conversación sana y productiva sobre la inmigración en este país. Lamentablemente esa ignorancia ha dominado la narrativa sobre quiénes son los inmigrantes. En mi familia hay inmigrantes que llegaron en los sesenta, otros que llegaron en los ochenta y otros más recién llegados… pocos vinieron por el sueño americano, sino por la pesadilla económica o violenta que vivían en su país de origen”, dice Nina desde su casa en Nueva York.

Su siguiente trabajo, quizá el más íntimo de su carrera, ha estado en su cabeza desde hace muchos años. Es un trabajo sobre un grupo de inmigrantes salvadoreños que en los años ochenta demandaron al Departamento de Migración de Estados Unidos por un trato injusto, por la no comprensión de que su llegada correspondía al atroz ambiente de una guerra civil. Conformaron un movimiento, al que nombraron Santuario. La cinta se titulará "Sanctuary on trial".

"No éramos guerrilleros, no éramos refugiados económicos. Venimos a este país para poder salvar nuestras vidas", dice uno de los personajes en la primera muestra del futuro documental.


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Miguel Huezo Mixco conoció a Nina Álvarez en su primer viaje profesional a El Salvador, cuando ambos coincidieron en el regreso de miles a su hogar en Chalatenango. Era casi una niña, dice, pero en su forma de trabajar y en su particular mirada ya se vislumbraba la intensidad de la Nina actual, una mujer “muy exigente con ella misma y con sus equipos de producción, y también una mujer dispuesta a tomar riesgos a la hora de hacer su trabajo”.

Miguel, desde entonces, ha seguido el desarrollo de su carrera en Estados Unidos, desde su papel como corresponsal, que la llevó por toda Latinoamérica y el Oriente Medio, hasta sus trabajos más personales como documentalista.

“Ese tipo de trabajos le ha permitido desarrollar una estética de acercamiento, del uso de las expresiones de las personas como algunas de las claves para entender los mensajes que muchas veces no están puestos de una manera clara en el guion ni en los parlamentos de las personas que intervienen. Deja lugar para que la fotografía haga bastante de ese trabajo”, comenta Huezo Mixco, uno de los poetas más importantes de El Salvador contemporáneo.

Para Miguel, la obra se Nina bien podría inscribirse en la tradición del documental salvadoreño, que tan buenas piezas ha dado en el trabajo reciente de creadoras como Marcela Zamora o Tatiana Huezo, quizá un ejemplo más equivalente a Nina, pues ha pasado casi toda su vida en México.

“Somos una sociedad transnacional, la familia de Nina es salvadoreña. Sin duda que tiene un lugar dentro del mundo de Estados Unidos, un reconocimiento importante, sobre todo en los círculos de Nueva York. Pero en nuestro país su trabajo es poco conocido”, remata el poeta.

Paula Heredia es otra de las figuras que aprecian el trabajo de la neoyorquina, a quien la acercan, también, sus colaboraciones en Casa Clementina, fundada por Heredia, un sitio para compartir sus conocimientos. Tiene su sede en Suchitoto.

Para Paula, la principal virtud de Nina es darle un halo de ternura, de esperanza, aún a los momentos más duros, como en su cinta “Very Young Girls”, codirigida junto a David Schisgall y que sigue la historia de jovencitas que, viviendo en ciudades de Estados Unidos, el país del “american dream”, han sido víctimas de la prostitución forzada y de la trata de personas.

"Su trabajo es una mezcla de periodismo con corazón", apunta Paula.

La también ganadora del Emmy señala otra ventaja de Nina: ser hija de inmigrantes salvadoreños en Nueva York. Eso, comenta, le abre un lente que le permite ser más abierta en sus perspectivas y temáticas, algo de lo que carecen "otros periodistas que no han tenido ese tipo de experiencia".


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El trabajo sobre los salvadoreños que demandaron al Departamento de Migración de Estados Unidos, y ganaron, comenzó su período de investigación a principios de 2014. No es sino hasta este año cuando "Sanctuary on trial" empieza a dar sus primeras luces. Nina asegura que, por ahora, el principal freno es el financiamiento.

Sin embargo, ya recibió una parte del Independent Television Service, un fondo público para proyectos cinematográficos, para el que es finalista y podría recibir los $400,000 que requiere su trabajo. Otra parte ha llegado del Latino Public Broadcasting, dedicado exclusivamente a piezas que hablen de la vida de latinos en Estados Unidos.

“Es un tema que es nuevo para la televisión pública aquí… es difícil sacar temas sobre nuestra comunidad. Eso está cambiando poco a poco, pero siempre es complicado… pero es nuestra labor, nuestro legado para ser un poco mejor comprendidos por las otras comunidades”, dice Nina. Sabe que este trabajo, con la suerte que ha corrido, no quedará en el cuadro de los proyectos fallidos, tan comunes para un productor independiente, aún en Estados Unidos, uno de los países más cinematográficos del mundo.

Será su primer proyecto exclusivamente sobre salvadoreños desde el que realizó sobre las comunidades repobladas de Chalatenango. Otra forma de conectarse a la tierra de sus mayores. La misma en la que desde hace 10 años vive su padre, Adán Álvarez Romero, quien decidió dejar el frío clima de Nueva York para instalarse en el municipio salvadoreño de La Unión.

“Él trata de estar aquí, vino hace un mes a conocer a mi hija. Lo extraño, quisiera que estuviera aquí, pero entiendo que siente la necesidad de estar en su país”, dice Nina desde la distancia.

Parecería que su padre es el vínculo más fuerte con El Salvador. Sin embargo, Nina afirma que ha logrado construir una relación propia con el país de sus mayores desde que era una adolescente creciendo en medio del Bronx, en un espacio en el que la mayoría sabe qué es sentir un doble origen, una duplicada herencia cultural.

Nina, ahora, escucha que su niña comienza a llorar. Apura la plática en la noche neoyorquina y la salvadoreña, consciente de que ambas, para ella, conforman la misma y cercana realidad.

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